dimanche 23 juillet 2017

Sabine DRYSDALE∕El último quebranto de Violeta

Revista Sábado
El último quebranto de Violeta
Por Sabine DRYSDALE

Tras el estreno de Violeta se fue a los cielos, reconstruimos los tormentosos días finales de la folclorista, hablando con las últimas personas que la vieron con vida: su hijo, una amiga y su pareja. Estas son las escenas que la película no muestra, la historia no oficial de su suicidio.

Cinco de febrero de 1967.
-¿Dónde no falla una bala? -le pregunta Violeta Parra a Alberto Zapicán, su última pareja.
-Aquí -le contesta, tocándose la sien con el índice.
1965.

"Esta va a ser su tumba".

Cuando Nicanor Parra entró a la casa de su hermana Violeta en calle Segovia 7366 en la comuna de La Reina y vio esa carpa en el suelo, una carpa de circo pobre, vieja, llena de agujeros, dijo eso: "Esta va a ser su tumba".

Violeta Parra acababa de llegar de París, donde había expuesto sus arpilleras, sus óleos y esculturas en alambre en el Louvre. Allí donde los artistas terminan su carrera, Violeta Parra la había comenzado.

Y con su guitarrón y su voz tosca y sus tonadas y cuecas había sido aplaudida en La Candelaria, en L´Escale y en el Théâtre des Nations de la Unesco de París, también en Finlandia, Unión Soviética, Alemania, Italia, Suiza e Inglaterra.

Pero en 1965 volvía a Chile a instalarse en esa carpa de circo donde su hermano Nicanor presagió la muerte. Ahí Violeta Parra iba a levantar la Universidad del Folclore.

La carpa se inauguró el 17 de diciembre de 1965 en el Parque La Quintrala, en un sitio descampado que le ofreció el entonces alcalde de La Reina, Fernando Castillo Velasco.

-Ojalá nunca lo hubiera hecho -escribió su hijo Ángel Parra en el libro Violeta se fue a los cielos, varios años después.


PISO DE TIERRA

Sentado en el comedor de su casa de Providencia, mientras bebe café de grano, Ángel Parra relata a "Sábado" la última vez que vio a su madre con vida.

-Fue un poquito antes, a fines de enero, fui a la carpa a despedirme. Mis suegros tenían una casa en Isla Negra y nos íbamos todos los veranos.

Colgada en la pared, frente a él está la arpillera "Contra la guerra" que bordó su madre. Ángel Parra no representa los 68 años que tiene, usa pantalones de cuero, el pelo todavía lo tiene oscuro, pero han pasado 44 años desde la muerte de Violeta y los recuerdos aún le duelen. 

-La última imagen que tengo de ella es apoyada en una vara de madera que había puesto sobre dos horcones. Tenía el pelo mojado, recién lavado, ella se lo lavaba con quillay. Estaba iluminada como con un aura, pero naturalmente era la luz del sol. Era una mañana preciosa y yo le dije: "Mamá, nos vamos en la tarde a la isla. La espero el lunes". Y ella me dijo: "Sí, por supuesto, voy a ir a almorzar con ustedes".

Guarda silencio.

-Aún la estoy esperando.

La carpa de La Reina tenía unos 40 metros de diámetro. Los lados estaban forrados en madera hasta la mitad y desde ahí se elevaba la lona formando un cono de circo. El escenario era un entablado con una silla y algunos instrumentos, guitarrones, charangos, un arpa y un bombo. Bajo el palo mayor había un fogón donde se quemaba un saco de carbón para los braseros y desde ahí hacia atrás había mesas y sillas para los espectadores, que bebían mate, mistela y aguardiente, y comían sopaipillas, anticuchos de ubre, pana, corazón, carne, chunchules, riñones, chorizo, pan amasado y empanadas fritas. Todo hecho por Violeta.

Cabían cientos de personas, pero nunca se llenó. Había días en que no llegaba nadie. Violeta Parra vivía en una pieza dentro de la misma carpa, una pieza con piso de tierra.

-Cuando volvió de Europa dijo que quería volver a la tierra, al piso de tierra -dice Ángel Parra, zapateando la madera del piso de su casa-. Ella eligió eso. Las cosas materiales no le interesaban.

No hubo cosas materiales en la vida de Violeta. Creció en el campo cerca de Chillán, en una familia de nueve hermanos formada por la campesina Clarisa Sandoval y el profesor y folclorista Nicanor Parra que se volvió alcohólico. Eran tan pobres, que desde niña Violeta le robaba la guitarra a su padre para salir a cantar en ferias y trenes y ganar unos pesos. Los zapatos eran un lujo, los vestidos se los cosía su madre con retazos. También actuó en un circo. A los 15 años llegó a estudiar a Santiago. En la capital comenzó a cantar con sus hermanos en bares. Tocando en uno de esos, El Tordo Azul, conoció al maquinista de trenes Luis Cereceda, militante comunista, su primer marido y padre de sus hijos Ángel e Isabel. Se separaron y luego se casó con el tapicero Luis Arce -padre de sus hijas Carmen Luisa y Rosita Clara-, de quien también se separó. Ganó el premio Caupolicán a la mejor folclorista. La invitaron a cantar a Varsovia, hacia donde viajó en barco, sola. Cuando llevaba 28 días a bordo, en Chile murió su hija Rosita Clara, de tres años, de pulmonía. Se enamoró febrilmente del músico suizo Gilbert Favre, 18 años menor. Y se convirtió en investigadora: recorrió todo Chile recopilando las canciones populares del campo que garabateaba en papeles sueltos. 

La orfebre Amalia Chaigneau recuerda el día que acompañó a Violeta hasta la editorial Nascimento para que le publicaran su trabajo. La escena, hoy, la recuerda así:

-Vengo a ver si don Carlos (Nascimento, dueño de la editorial) me publica esto... Son las canciones que recopilé -le dice Violeta al encargado de la editorial.

El hombre revisa las hojas.

-¿No tienen partituras? ¿Notas musicales? ¿No sabes música, Violeta?
-No poh, si supiera sería el Bach de la música chilena.
-Era muy graciosa la Violeta -dice sonriendo Amalia Chaigneau-. Una persona sin ningún barniz, totalmente auténtica. Y si se portaba grosera, se portaba grosera, no le importaba nada.

A pedido de su hermano Nicanor, Violeta Parra escribió su autobiografía en décimas. Luego él le dijo que escribiera una novela. "Eso vas a tener que hacerlo tú mismo", le contestó el día antes de morir, según relató el poeta en el libro Presentación de Violeta Parra, del escritor Leonidas Morales. 

En 1966 su rostro maduro, marcado por la viruela que la atacó a los tres años, se volvía cada vez más sombrío. No sólo la carpa estaba siendo un fracaso, también Gilbert Favre, el amor de su vida, la había dejado para radicarse en Bolivia, donde puso una peña y encontró otra mujer. 

Desolada, escribió para él "Run Run se fue pa'l norte" que, junto a otras canciones como "Gracias a la Vida" y "Volver a los 17" grabó en un disco que tituló Últimas composiciones. Cuando su hermana Hilda le preguntó la razón del nombre, le dijo, riendo: "Porque son las últimas", según consigna el libro Gracias a la Vida, de Bernardo Subercaseaux, Jaime Londono, Patricia Stambuk y Patricia Bravo.

Rubén Nouzeilles, entonces encargado del sello EmiOdeon, con que Violeta tenía contrato, relata -en el documental Violeta, flor de Chile, del cineasta Hugo Arévalo- que un día de 1965 ella llegó a su oficina con una actitud extraña.

-Apareció con un aspecto demacrado, triste, muy vulnerable. Y me dijo en voz baja que me quería hacer escuchar algo. Fuimos al estudio y escuché "Gracias a la Vida". En ese momento me quebré. La tremenda impresión de la música y la letra me sobrepuso en mi conciencia que estaba pasando por una crisis casi terminal, de la cual había que salvarla.


INDIGNADA

Amalia Chaigneau la visitó en su carpa en septiembre de 1966. Sentada en el taller que tiene en su casa de Vitacura, entre piedras y mostacillas, recuerda la última noche que la vio con vida.

-No había más de 30 personas en la carpa. Llovía a cántaros. El lugar estaba hecho un barrial. Cantó Violeta. Cuando terminó el concierto, me dijo, "quédate un rato para que conversemos". Estuvimos tomando mate hasta las tres de la mañana. Echó garabatos contra todo el mundo, entre ellos, contra los dos chiquillos. Estaba muy peleada con sus hijos, porque no querían meterse en el proyecto de la carpa. Tenían, a lo mejor, razón los chiquillos. Ella quería hacer un centro de música popular que pudiera proyectarse más socialmente y los chiquillos querían una peña, ganaban plata y podían vivir de eso.

Cuando Violeta llega de París en 1965, sus hijos Ángel e Isabel tenían La Peña de los Parra en la calle Carmen 340.

-Cuando ella volvió, nosotros ya estábamos lanzados en este proyecto. La concepción de ella era más purista, quería hacer la Universidad del Folclore, alcanzó a editar un folleto con los nombres de los profesores, los cursos, y lo nuestro estaba de moda, muy de moda, y eso a mi mamá le cargaba -dice Ángel, tomando un segundo café.

-¿Se sentía abandonada por ustedes?
-¡Noooo!

Ángel Parra se levanta del comedor, camina hacia su escritorio y regresa con el Libro Mayor de Violeta Parra, escrito por su hermana Isabel.

-Mira, te voy a mostrar una foto.

Lo abre y aparecen las imágenes en blanco y negro de su madre sonriente, rodeada de personas, cantando en la peña de Carmen 340.

-Mira cómo la gente la amaba en la peña, mira la cara que tiene -dice.

Esa noche de lluvia torrencial, mientras tomaba mate, Violeta Parra también despotricó contra el Partido Comunista.

Cuenta Amalia:

-Echó garabato tras garabato. Decía que la habían botado después de que ella había sido muy colaboradora con el partido, aunque no era militante. Estaba muy indignada con la vida. El uruguayo no apareció esa noche, pero yo sabía que estaba adentro.

El uruguayo era Alberto Zapicán. Su último compañero. La última persona que la vio con vida.

Zapicán llegó en 1966 a la carpa con un bombo en el hombro y con ganas de conocer a Violeta. La carpa estaba cayéndose a pedazos y él se ofreció para trabajar, cosiéndola. Se fue quedando. Dormían en la misma pieza, aunque en camas separadas.

-Yo aparecí un poco como una muleta -dice Zapicán en el documental de Arévalo-. Hubo una relación quizás un poco confundida, incluso para Violeta, de pretenderla como una relación de pareja, pero no se dio así, no fue así.


EL ÚLTIMO DÍA

El sábado 4 de febrero, Violeta fue a almorzar a la casa de su hermano Nicanor en La Reina. La escena se la relató el poeta a Leonidas Morales:

-Estábamos aquí en una terracita, frente a la quebrada. Ella el martes partía a Europa. Llegó bien tarde, con un regalo, unos patos blancos. Los patos venían amarrados. Yo corté las amarras y salieron volando.

Almorzaron juntos. Violeta le dijo: "Déjame cantarte la última canción". Le tocó "Un domingo en el cielo".

Esa noche su vecino Edmundo Edwards había llegado de Isla de Pascua y los invitaba a una fiesta. Al teléfono, desde Hanga Roa, Edwards cuenta que ese 4 de febrero de 1967 a él también Violeta le regaló un pato, pero se excusó de ir a la fiesta. "Tengo que ir a la peña", le dijo.

-Y se fue a la peña. Yo no sospechaba, si hubiera sospechado, me hubiera movilizado -cuenta Nicanor Parra en el libro de Leonidas Morales.

A la una de la tarde del día siguiente, Alberto Zapicán estaba fuera de la carpa, leyendo, fumando bajo un pino. Ella estaba en su dormitorio escuchando "Río Manzanares".

-¿Qué pasó ese día?

-Eso ya se lo conté a Hugo Arévalo -dice a "Sábado" Zapicán, al telefono desde Uruguay, donde hoy vive.

Así lo relata en el documental:

-Ella quería estar sola. En un momento salió con los ojos desorbitados, con la mirada que a veces tenía, miradas infinitas que no se sabía a qué esqueleto estaba llegando. Si era la esencia humana, a sus grandes respuestas o a sus grandes preguntas. Una mirada desenfocada. Me miró, me preguntó algo y en esa actitud de zombi se retiró. A los pocos minutos, uno, dos, tres, antes de cinco, sonó el estampido. La pregunta fue, ¿dónde no falla una bala?, y yo le dije aquí (se toca la sien derecha), y me quedé fumando.

Alberto Zapicán agrega a "Sábado":

-Unos días antes ella había tenido un intento de suicidio y yo la salvé con un torniquete. Corrí una cuadra con ella. En esas semanas había problemas con Roberto (Parra), el de las cuecas choras. Ella estaba muy convulsionada emocionalmente, muy desbordaba y se automedicaba, fondeaba unas pastillitas y se las tragaba.
-¿Tomaba alcohol también?
-Sí, por ahí tomaba una copita de vino y, como había tomado pastillas, le hacía una convulsión interna que le desataba la borrachera. Fue cuando se tomaron las precauciones. Había un matrimonio que cuidaba la carpa y que ella no tuviera acceso a cuchillos. Se preveía un desenlace así. Ese matrimonio había escondido el revólver. Ella buscaba y buscaba, hasta que al final lo encontró.

Esa tarde, el cuidador de la carpa llegó corriendo hasta la casa de Nicanor Parra. El relato aparece en el libro de Morales:

-Don Nicanor, acaba de ocurrir una cosa terrible -le dijo.
-Lo sospecho, ¿por qué no la llevan a la posta?

"(El hombre) se quedó en silencio mirando al suelo. Después me pasó una carta. Me dijo: 'Esta carta estaba en las rodillas de ella'. Una carta con manchas de sangre".

Esa carta nunca ha sido publicada. Nicanor Parra se la ha mostrado a pocos. Entre ellos, a su sobrina Isabel, que en su libro cuenta que no deja títere con cabeza, hijos incluidos. Leonidas Morales la leyó y dice, al teléfono, que es una carta terrible, manuscrita, muy lúcida, que no alcanza a llenar una página, donde hace algunas menciones familiares. El papel está manchado con sangre.

Ángel Parra prepara más café.

-¿Ha leído usted la carta?

-No me interesa.



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