samedi 15 juillet 2017

Pedro Pablo GUERRERO∕El mundo salvaje de Luis LÓPEZ -ALIAGA


Llega a librerías Relatos de iniciación y viajes:
El mundo salvaje de Luis LÓPEZ -ALIAGA
Por Pedro Pablo GUERRERO
(El Mercurio)

Después de siete años, el autor vuelve a publicar un libro de cuentos, en el que revela una mirada crítica a su familia y a su generación. Mundo salvaje se presentará este martes, a las 19:00 horas, en el Museo de Artes Visuales (MAVI).

"Era lo que se llama una joven promesa. Sin embargo mi mente estaba debilitada", dice el narrador de "El bicho", último de los 12 relatos que integran Mundo salvaje. El más abiertamente autobiográfico del volumen. Tanto que hasta aparecen, con sus nombres reales, los abuelos maternos del protagonista. Luis López-Aliaga narra en ese cuento el viaje que hizo a Italia en 1998. Una verdadera fuga de su entorno familiar y del medio literario.

"Estaba choreado con el mundo. Ya para ese momento había aparecido Cuestión de astronomía y una novela que probablemente nunca debí publicar: Fiesta de disfraces. Sí, era una mala etapa", recuerda López-Aliaga mientras saca avellanas de una bolsa, sentado en el comedor de un departamento de Ñuñoa al que se acaba de mudar.

Salido del taller de Antonio Skármeta -del que también egresaron Nona Fernández, Alejandra Costamagna, Andrea Jeftanovic, Marcelo Leonart y Rafael Gumucio-, Luis López-Aliaga fue el primero de sus compañeros en publicar. Con su libro debut, Cuestión de astronomía (1995), ganó el Premio del Consejo del Libro y el Municipal de Santiago, y fue entrevistado en todos los medios. "Lo que pasó fue perturbador", admite hoy. No hubo ninguna crítica negativa, pero todas terminaban con una sentencia del tipo: "Ahora hay que esperar su nuevo libro". En la editorial le pagaron un anticipo por una novela que aún no tenía escrita, algo desacostumbrado en ese entonces para un narrador primerizo.

"Pienso ahora, y también lo converso con mis amigos más jóvenes, que no hay que engrupirse con el primer libro, porque tarde o temprano te van a cobrar algo de lo que, a lo mejor, no eres responsable", dice López-Aliaga. "Todos queremos escribir una novela y a todos nos exigen publicarla. Es una imposición. Un desafío. Probablemente, si yo me hubiera dejado llevar solo por mi instinto, habría seguido escribiendo cuentos, que es más complejo que hacer novelas".

Por algo se toma su tiempo para volver al género. Desde El bulto (2010) que no publicaba relatos. Antes aparecieron su novela Primos (2011) y el libro de crónicas La imaginación del padre (2014), inscrito en la corriente de la autoficción, referida en este caso a su progenitor y a la rama paterna, que viene de Perú. Mundo salvaje, en cambio, podría considerarse "la imaginación de la madre", dice su autor, porque en ella adquiere mayor relevancia la línea materna: los Roncagliolo-Bertolotto, sus dos abuelos emigrados a Chile desde el norte de Italia, región donde todavía quedan parientes, como pudo comprobar el narrador-viajero de "El bicho". En Rapallo, por ejemplo, encontró el bazar "Roncagliolo & Simonetti". Pero ni en el cuento ni en la vida real el escritor se atrevió a hablarles a sus dueños y prefirió seguir de largo, hasta el pueblo de Marradi, en la Romaña-Toscana. El gran objetivo de ese viaje, inesperadamente, llegaron a ser las huellas del poeta Dino Campana (1885-1932), en quien parecía ver una especie de alter ego . "En ese tiempo, tenía la mente debilitada ", repite López-Aliaga citando una confesión del poeta italiano a su psiquiatra.

"Para Campana el viaje era una manera de escapar", escribe el narrador. Muchos de los cuentos de Mundo salvaje abordan episodios de pasaje o iniciación. En "Crías", un niño abandona por primera vez su barrio para deambular por el centro de Santiago sin avisarles a sus padres. "El año del chancho" evoca los veranos del protagonista junto a los primos en un fundo cerca de Temuco. Hasta esa ciudad viaja en tren el narrador de "Un pájaro negro" para encontrarse con un amor prohibido. "La voz de los pájaros" es un canto fúnebre a la combativa generación estudiantil de los 80 y al amargo final de un carismático dirigente universitario.

López-Aliaga estudió, a fines de los 80, Filosofía en el ex Instituto Pedagógico y luego Literatura en la Universidad de Chile. "Nunca he podido sentir nostalgia de esos años. Muéstrenme la serie que quieran, pero yo lo pasé mal. No me interesa que este cuento ni los otros del libro sean leídos como una nostalgia por los tiempos idos", comenta.

El cuento "Mundo salvaje" entrelaza -como en la película "Amores perros"- tres historias de parejas en crisis ("Casi todas lo están en este libro", señala el autor) que se cruzan en un hecho de consecuencias brutales. En "Monito del monte" se muestra a dos especies en extinción: el diminuto marsupial chileno y el hombre que lo descubre. "León chino" explora en la noche de Iquique la naturaleza del engaño. La locura acecha en "Galápagos" y "Breve estudio de las arañas", preludios del extenso relato "El bicho".
Hay un personaje en Mundo salvaje que adquiere protagonismo en varios cuentos: Flavia, prima del narrador, que ya aparecía en la novela Primos. Es hija de padres separados, insolente, atractiva, y está considerada por los adultos una mala influencia. "Flavia tiene una base autobiográfica", admite López-Aliaga. "Es una prima real y concreta, pero también son muchas primas. Está asociada a una familia conservadora de inmigrantes italianos asentada en la Novena Región. Es un elemento disruptivo o de rebelión, por todo lo que significa ser mujer y no estar asimilada a lo que se espera de ella".

Tal como dice en el libro, surgió entre ambos primos una atracción irresistible. "Una pulsión que fue violentamente detenida", recuerda López-Aliaga. "Y eso que en mi familia era casi una tradición el casamiento entre primos. Yo fui el último intento. La idea de no mezclarse tiene que ver con una lógica de guetos y ese orgullo imbécil del origen: una búsqueda de mantener algo intacto".

El narrador es muy crítico con algunos descendientes de la colonia. "Desde joven me ha llamado la atención cómo se acuicó cierta comunidad italiana. Fue un proceso de blanqueamiento. El inmigrante que se vino a Chile lo hizo arrancando de la guerra o de la miseria. Mis abuelos eran gente pobre, de campo, nada más lejano a lo que mi familia se convirtió posteriormente".

Los orígenes de Mundo salvaje se remontan a 2013. "Fui armando el libro en torno a la idea de la naturaleza como un espacio en contraste con las relaciones humanas", afirma. Quiso darle una progresión al libro ubicando al principio aquellos cuentos relacionados con el fin de la infancia, para luego continuar con los del paso a la adultez. El título surgió de los documentales de naturaleza, donde la competencia entre las especies suele manifestarse con extrema violencia.

"El mundo en que me formé, mi educación, fue de una brutalidad increíble", afirma. "La crueldad era la correlación perfecta entre la dictadura, el colegio y la familia. Era un mundo de hombres. Pero ya los protagonistas de estos cuentos están viviendo el proceso de extinción de ese tipo de masculinidad. Y no lo viven con nostalgia, ni mucho menos. Está bien que sea así. Tengo una hija, entonces, ¿cómo no me va a parecer maravilloso que ocurran cambios significativos y la mujer tenga un protagonismo que en los 80 no tenía?".

Artículo: www.elmercurio.com  04/6/2017

***
Cuento:
«Breve estudio de las arañas»
De Luis LÓPEZ –ALIAGA

La cuba, al fondo de un patio interior, botaba un vapor blanco que subía hasta convertirse en una nube autónoma que buscaba su propio rumbo entre los cerros. No tenían traje de baño, pero les prestaron unas batas blancas de toalla con las que salieron a la noche; eran así dos fantasmas de cómic que corrían descalzos por el pasto húmedo.

El agua estaba muy caliente y ella soltó un gritito agudo cuando metió el pie para tantearla. De todos modos lograron acostumbrar sus cuerpos al calor y se metieron desnudos, ya muy tarde en la noche. Si había más gente en el hotel, estaría durmiendo. Desde la cuba se veían todas las habitaciones con las luces apagadas. No se escuchaban sino algunos ladridos lejanos. ¿Te acuerdas cuando hacíamos espiritismo allá en el sur?, quiso saber ella. A Batista le pareció una mala broma y prefirió seguir callado; sudaba ya por el agua caliente. Era divertido, siguió ella. Puros muertos mulas. Sin brillo. Tenían solo las cabezas fuera del agua, como si flotaran sueltas, dos cráneos pegados a la madera de la cuba. Los cascarrabias eran lejos los mejores, dijo ella, no querían que nos fuéramos a acostar. Como si se sintieran solos. Entonces Batista recordó y lo dijo: Había un cuaderno, ahí anotábamos todo lo que nos iba a pasar en el futuro. Se quedó callado unos segundos, miró hacia el final del patio, donde una puerta de madera se tambaleaba por el viento, y agregó: Ahora. Esto. ¿Qué habrá sido de ese cuaderno?, preguntó ella y sacudió los pies como si se diera impulso. Se formaron olas en la superficie, una tempestad en miniatura. Batista se levantó para sacar la mitad del cuerpo afuera, al aire frío; sentía que se estaba achicharrando. A lo mejor está entre los cachureos de alguna tía, dijo. Y a lo mejor ahí está escrito esto. Esto: ella dijo “mejor salgamos”, si no vamos a ser cazuela. Y está escrito también que se secaron sobre la tarima de madera, se pusieron las batas blancas y cuando iban de regreso, a mitad del camino, ella se quedó inmóvil y dio un grito que era un grito hacia adentro, un ahogo. Temblaba sin moverse. Batista se preocupó, le preguntó qué le pasaba, pero ella no decía nada. Le tomó la mano y, aunque venían del agua caliente, estaba fría. Él siguió con la mirada la dirección de los ojos de ella, muy abiertos siempre, y allí, a sus pies, vio la araña. Al parecer el bicho también se había paralizado por el miedo. El pasto brillaba mojado por la llovizna y devolvía la luz de un farol que a pocos pasos brotaba del piso. Entre los pies descalzos de ella y la cerámica que antecedía a la puerta de vidrio, esa mancha café oscuro, con los pelos parados y las patas como centellas negras aferrándose al piso. Flavia, le dijo él y la sacudió un poco del hombro. Pero ella no reaccionaba. Era la primera vez que mencionaba su nombre desde que se la encontró por casualidad en aquel restorán, enclavado por ahí cerca, en otro cerro. Aunque dudó de eso incluso, quizás sí la había nombrado antes, la había nombrado en su cabeza al menos, o es probable que lo dijera en voz alta para llamarla, para advertirle de algo o solo por gusto. Flavia, repitió entonces, pero nada. Ella seguía ahí, con los ojos bien abiertos, sin reaccionar y sin respirar casi, ahogada en una inhalación que no terminaba nunca. Ya ni siquiera temblaba. Batista temió lo peor, pero esa sola idea lo tranquilizó un poco. ¿Qué era lo peor en este caso? Quizás incluso era la posibilidad de que ella, Flavia, se quedara. Antes, cuando salieron del restorán, un ventarrón frío los golpeó en la cara. Las montañas estaban ahí mismo, encima, la nieve se veía, en la noche, como una especie de sombra luminosa. Recién ahora entiendo por qué se llama cajón, dijo ella. Estamos metidos en un cajón. Se refería a las montañas, las paredes negras que se dibujaban sobre un cielo azul oscuro. ¿Por qué no te puedes quedar?, le preguntó Batista. Ay, qué pesado, le dijo ella. Estoy muerta. Era una obviedad. Pero la pregunta era otra, y si no volvió a formularla fue porque se distrajo con una sombra negra que planeaba en el cielo, entre una montaña y otra. Un cóndor, dijo en voz alta, para tranquilizarse. Flavia no levantó la vista para mirar, pero asintió. No me puedo quedar, dijo. Pero esta noche sí, si quieres. El hotel estaba algunos kilómetros más abajo, tenía las escaleras torcidas y unas figuras desproporcionadas en las cornisas, todo hecho de madera. Parecía el refugio de un cuento infantil, la casita donde duerme la princesa o donde los niños se esconden del ogro malo. Hotel Peumayén, leyó Batista en un folleto promocional que tomó de la recepción. Significa “lugar soñado”, le dijo después a Flavia, cuando ya estaban en la pieza, preparándose para meterse a la cuba. Qué chulo, dijo ella, y los dos se rieron apenas. Ya se habían colocado las batas blancas. La araña movió primero una pata hacia delante, lento, como si tanteara, y después dio un giro hacia el costado y corrió a toda velocidad hasta desaparecer detrás de la piscina. Pensó que entonces, por fin, Flavia reaccionaría, pero siguió igual, apenas dejaba escapar un hilito de aire por la boca, una exhalación insignificante que él sintió diluirse cuando llevó la palma de la mano a pocos centímetros de sus labios. Aprovecharse, quedarse con ella, con esa versión disminuida de ella. Un pensamiento mezquino, lo sabía y no le importaba. Entonces se dio cuenta de que también él estaba allí pegado hace rato, apenas movía un brazo para sentir la respiración de Flavia, apenas abría la boca para pronunciar su nombre. Iba a comenzar la fuga, subiría a Flavia sobre sus hombros, tiesa, pagaría la cuenta, la escondería en la maletera del auto. Pero entonces ella pestañeó con fuerza, varias veces, y luego sacudió los hombros, un movimiento que se expandió como una corriente hasta la punta de sus pies, el dedo chico que era curvo, un ganchito que la acomplejaba. Me dio la garrotera, dijo, y sonrió. Fue heavy, le explicó Batista. No sabía qué hacer. Ponle color, le dijo Flavia y se apretó la cinta de la bata en la cintura. Vamos a la pieza, mejor. Y lo tomó de la mano y lo condujo hacia el interior del hotel. En la habitación se sacaron las batas y quedaron desnudos. Ya estaban secos y sus cuerpos se habían puesto blancos y arrugados. Blancos con grandes manchones rojizos, como mapas que se extendían por detrás de un hombro o entre las piernas. En Flavia la mancha roja se desplegaba por la cadera izquierda y aterrizaba en punta, casi tocándole los pelitos de la concha. Batista le tomó las manos. Notó que estaban especialmente blancas y arrugadas. Igual mala onda pasar por esto de nuevo, le dijo. Ya, lo interrumpió ella. No seai llorón. A Batista ya se le había parado. Cuando dio un paso hacia ella, sintió que la punta del pico se le doblaba hacia dentro, presionado contra la panza apenas curvada de Flavia, una pequeña porción de piel que no se había enrojecido con el agua caliente. Le cruzó los brazos por la espalda y con la mano derecha palpó el huesito donde terminaba la espalda. Se quedó ahí, reconociéndolo. Llevó entonces la otra mano hacia delante y metió el índice en su concha. Estaba mojada, tibia por dentro. Se arrodilló en la alfombra áspera y comenzó a lamerla, afirmándose con fuerza de las nalgas, los dedos casi garras sobre esa sustancia maleable. Mantuvo su lengua ahí, entre esos pliegues, moviéndola de arriba abajo, hacia los lados, tensando los músculos para llegar más lejos; después comenzó a sorber, los labios estirados como un tubo, succionaba, tragaba, el sabor de ella iba ganándolo todo, se ahogaba a veces, se mareaba, pero persistía, los gemidos de Flavia los escuchaba cada vez más cerca, tan cerca que en un momento le pareció que salían de él, era él el que gemía, solo en esa pieza, sin dejar en ningún momento de sorber.


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