samedi 15 juillet 2017

Pedro Pablo GUERRERO∕Darío OSES: "No hay una edición definitiva de las memorias de NERUDA"


"Confieso que he vivido"
Darío OSES: "No hay una edición definitiva de las memorias de NERUDA"
Por Pedro Pablo GUERRERO

Con prólogo y notas de Darío Oses -director de la biblioteca de la Fundación Pablo Neruda-, Seix Barral publica una edición que agrega más de veinte textos inéditos a "Confieso que he vivido" (1974). El libro autobiográfico será presentado este miércoles 12 de julio, a las 19:00 horas, en la casa-museo La Chascona.

El 31 de agosto de 1973, Neruda le dictó tres cartas a su secretario Homero Arce: una dirigida al Presidente de México, Luis Echeverría, en solidaridad por el terremoto de Veracruz; otra, al general Carlos Prats, que había dimitido una semana antes como comandante en jefe del Ejército, y la tercera fue enviada a Hernán Díaz Arrieta, Alone, quien la reprodujo en su libro de memorias "Pretérito imperfecto" (1976): "Yo estoy escribiendo por estos días mis recuerdos y con mucho temor le envío dos capítulos recién pergeñados e incorregidos. Son naturalmente confidenciales. Ese será un libro largo, con el que me divierto mucho escribiéndolo". Sin embargo, el poeta no incluye esos capítulos. "Me arrepentí a tiempo. Espero hacerlo más adelante, cuando me haya envalentonado", le explica en la posdata.

Por ese entonces lo visita con frecuencia el profesor Hernán Loyola. "Neruda me dijo muchas veces que estas memorias las iba a entregar en mayo del año siguiente, el 74. Iban a ser mucho más extensas", afirma Loyola desde Cerdeña, donde vive actualmente. El volumen debía publicarse para la celebración de los 70 años de Neruda, en julio de 1974.

El resto es historia conocida. El 14 de septiembre de 1973, Neruda dicta a Matilde Urrutia el último capítulo de sus memorias, dedicado a Salvador Allende y su muerte en La Moneda. El cáncer del poeta recrudece, lo trasladan a Santiago, y fallece el 23 de ese mes, sin terminar el libro que había comenzado a escribir el año anterior.

Matilde llama a Homero Arce para que le ayude a ordenar los originales que Neruda le había dictado en Francia. Al revisar los papeles, este le dice, atemorizado, que el último capítulo había que quitarlo. Matilde le contesta: "No seguiremos trabajando, porque si ése es su pensamiento, le retiro toda mi confianza".

Matilde viaja a Venezuela

En respuesta a varios telegramas de la agente literaria Carmen Balcells, la viuda del poeta le envía una carta el 27 de septiembre. Le informa en ella que habló por teléfono con Miguel Otero Silva, escritor y periodista venezolano, senador de izquierda y gran amigo de Neruda. Su esperanza es que él venga a Chile para ayudarle con los inéditos. Sin embargo, tal como escribe más tarde en su libro de memorias "Mi vida junto a Pablo Neruda" (1986), Matilde Urrutia comprende que las recientes declaraciones de Otero sobre la muerte de Neruda en el Congreso venezolano hacen imposible el viaje. Acepta, en cambio, su invitación a Caracas.

Las memorias serían enviadas a Otero por valija diplomática de la embajada de Venezuela. ¿Los originales? Debe ser una copia de ellos, porque Matilde escribe que se fue a Santiago resuelta a sacar una fotocopia del libro completo. Desesperada, sin saber a quién acudir, llama a la embajada de México, y le envían a un secretario que cumple el encargo. Le entrega la copia en el hotel Crillón. "La embajada guardaría el original. ¡Qué alivio!", escribe Matilde en sus memorias.

¿Qué pasó con ese original? ¿Lo recuperó a su regreso a Chile? No vuelve a hablar de él, y actualmente nadie sabe dónde está.

Al día siguiente de su llegada a Caracas, Matilde y Miguel Otero se ponen a editar las memorias de Neruda. "No fue agregado ni quitado nada. Estaba trabajando con un verdadero hermano de Pablo, respetuoso y gran conocedor de su obra", afirmó Matilde.

La edición demoró dos meses. Matilde Urrutia y Miguel Otero trabajaron incluso el Año Nuevo de 1974. La corrección final la hizo Otero solo, en otra casa. Tardó dos días. Apenas terminó, Matilde llevó el material a Barcelona, donde lo revisó con Carmen Balcells. Después tomó un avión a Buenos Aires. "Confieso que he vivido" se publicó en España, por Seix Barral, y en Argentina, por Losada. Era la primera vez que un libro de Neruda aparecía simultáneamente en dos editoriales. En Francia compitieron por publicarlo Flammarion y Gallimard. Matilde intercedió ante Carmen Balcells para que lo hiciera esta última.

La edición de Losada se terminó de imprimir el 3 de mayo. Matilde Urrutia viajó a recibirla desde Salvador de Bahía, donde había pasado Semana Santa con Jorge Amado y Zélia Gattai. Segura de que el libro sería prohibido en Chile, ingresó 36 ejemplares en un paquete muy amarrado y otros pocos ocultos con tapas de la novela "Teresa Batista cansada de guerra", de Jorge Amado. El 13 de mayo de 1974, Carmen Balcells le informa en una carta que la edición de Seix Barral -impresa el 23 de marzo-, con un dibujo de Tàpies en la portada, "gusta mucho a todo el mundo, especialmente a Gabo y a Mario. Me preguntan por ti muchas veces y te mandan saludos".

Una nueva versión del libro

"Confieso que he vivido" ya pudo circular en Chile a inicios de los 80 y conocerá varias reediciones sin cambio alguno, hasta que los hallazgos de material autobiográfico no publicado, en la casa-museo La Chascona -sede de la Fundación Pablo Neruda-, condujeron a la edición ampliada con textos inéditos que ahora publica Seix Barral. Su edición, prólogo y notas estuvieron a cargo de Darío Oses, director de la biblioteca y archivo de la institución. En el prólogo, recuerda que la base de las memorias fueron las diez crónicas autobiográficas "Las vidas del poeta", que aparecieron en la revista O Cruzeiro Internacional, en 1962, tal como Neruda le cuenta a Volodia Teitelboim en una carta de 1972. Oses advierte, desde el primer momento, que el libro fue la reelaboración de escritos, recuerdos y reflexiones autobiográficas de diversas épocas y procedencias.

Hace un par de años, al revisar minuciosamente los archivos de la Fundación Neruda, hubo varios hallazgos vinculados a las memorias nerudianas. Oses se refiere a ellas como "un rompecabezas que se va armando con distintas piezas". Primero apareció un cuaderno, fechado en junio de 1973, con anotaciones manuscritas de Neruda sobre los temas que debía incluir en "Confieso que he vivido" ("Ulyses, Pound, Eliot..."). Fotografías de algunas páginas se reproducen al final de esta nueva edición.

De particular interés fue el descubrimiento realizado gracias a una remodelación. Al desarmar una bóveda de La Chascona para su traslado a otro piso se encontraron dos carpetas a las que Oses no dio mucha importancia al comienzo, creyendo que solo contenían fotocopias. Sin embargo, al revisarlas, halló inéditos autobiográficos de Neruda. Uno de los más importantes, "El último amor del poeta Federico", incluía una nota manuscrita de Matilde: "Este artículo fue escrito para las memorias. Fueron muchas las veces que conversamos con Pablo si debía incluirlo o no. Me dijo textualmente: «Está el público suficientemente desprovisto de prejuicios para admitir la homosexualidad de Federico sin menoscabar su prestigio?». Esa era su duda. Yo también dudé, y no lo incluí en las memorias. Aquí lo dejo, creo que yo no tengo derecho a romperlo".

Había llegado el momento del rescate. "A partir del hallazgo de este artículo y la posibilidad de que hubiese otros textos destinados a las memorias, surgió la propuesta de la Fundación de hacer una nueva edición de 'Confieso que he vivido'", cuenta Darío Oses. Se preparó entre 2016 y 2017. Los escritos agregados se intercalaron en el texto ya conocido con un tipo de letra y una caja distintos al resto del libro. Son 20 los textos interpolados, incluyendo los dos fragmentos, también inéditos, de la conferencia-recital "Viaje alrededor de mi poesía" (8 de diciembre de 1943). Corresponden a su introducción y epílogo, que se colocan, respectivamente, en el comienzo y en el cierre de la nueva edición de "Confieso que he vivido". Además, Oses decidió publicar en los Apéndices tres conferencias autobiográficas de 1954 que pronunció Neruda en la Universidad de Chile. Permanecían inéditas, y también sirvieron de "canteras" a la redacción original de las memorias.

Según Darío Oses, lo que autoriza a incorporar al libro los inéditos son, por un lado, las propias anotaciones de Matilde, como en el texto de García Lorca. En otros casos, atribuye la omisión de algunos escritos al desorden reinante en esos días. "Yo creo que Matilde trajo de vuelta cosas de Venezuela o se le quedaron aquí. Con las casas de Neruda saqueadas, el revolutis de papeles debe haber sido tremendo. Esto nos indica que, además de causas específicas, había material que podía haberse perdido o traspapelado".

"Casi todos los textos (ver ejemplos en recuadro), salvo el de García Lorca, profundizan o expanden temas que ya están. No hay revelaciones que cambien el panorama", admite Darío Oses.

Respecto de la primera edición, ¿por qué Matilde Urrutia elige a Otero Silva, y no, por ejemplo, a Volodia Teitelboim para editar las memorias? "Me parece que ella no tenía con Volodia la confianza ni la empatía que tenía con Otero", contesta Oses. "Volodia era muy amigo de ellos, pero tenía una cosa más disciplinada; le faltaba la espontaneidad venezolana de Otero". Contra la opinión de algunos, Oses no cree que Matilde haya expurgado las memorias de aquellos nombres que no le simpatizaban. "Es una especulación que nunca se va a poder comprobar. Tendríamos que revisar todas las memorias, pero yo encuentro que es un trabajo ocioso", considera el editor.

La ausencia de Malva Marina es caso aparte. "Neruda no alcanzó a terminar sus memorias", recuerda Oses. Y Hernán Loyola agrega: "En su hipotética obra finalizada en mayo del 74, tal vez habría escrito un homenaje de recuerdo a su hija. Yo no tengo la menor duda de que no alcanzó. ¿Cómo no iba a hablar de ella? ¿O de Volodia? Es absurdo. Faltan amigos tan cercanos como José Miguel Varas. Se ve que empezó a hablar de los personajes más lejanos; hay toda una galería de extranjeros, por ejemplo. Seguramente dejó a las personas más cercanas para el final".

¿Y Stalin? Oses recuerda que en las memorias le dedica un capítulo entero. En él, Neruda se hace cargo de las acusaciones: "Muchos me han creído un convencido staliniano", declara. El poeta ya venía ajustando cuentas con el tema desde "Memorial de Isla Negra" (1964) y sería mucho más drástico en sus libros "Fin de mundo" (1969) y "Elegía" (1974).

"Es interesante lo que dice Jaime Concha en cuanto a que hay una transmigración de la memoria de la poesía de Neruda a 'Confieso que he vivido'", señala Oses. "Lo que podría explicar -y esto ya es mío- que Neruda pudiera escribir una obra tan consistente en un tiempo más bien reducido. El mismo Neruda habla del poema cíclico de su vida, de la poesía de la sensación de cada día, o de la crónica de lo que ocurría en el interior y el exterior de sí mismo, que ya comienza con 'Crepusculario'".

La nueva edición de "Confieso que he vivido" es ampliada, pero "en ningún caso definitiva", enfatiza Darío Oses, recordando que, según Emir Rodríguez Monegal, nunca podría haber una edición canónica, final, de este libro. "En poesía podemos hacer ediciones definitivas, pero en las memorias, por la forma en que se escribieron y se gestaron, no creo que sea posible. El que hayamos podido agregar textos indica que no hay una edición definitiva. Imagínate que en unos años más aparecieran en alguna parte los originales de la primera edición", conjetura Oses.

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FRAGMENTO ESCOGIDO DE PABLO NERUDA
El caballo de la talabartería
El Mercurio

Uno de los textos añadidos a la nueva edición de "Confieso que he vivido" es este recuerdo de infancia que hace el poeta en un viaje que realiza a Temuco ya adulto. El caballo de madera que vio a diario en su niñez le produce fuertes reminiscencias.

Temuco, esta ciudad del sur de mi patria que ahora vuelvo a ver, significó toda la realidad y todo el misterio del mundo para mi larga infancia. Larga infancia, porque en las regiones de lluvia y frío las edades son estáticas.

Los árboles del sur de Chile tardan siglos en crecer. Por eso a mi regreso, veo casi todo el paisaje destruido. Los dueños de hacienda queman implacablemente los maravillosos y antiguos bosques. Interviene la codicia en esta destrucción inmensa. Se necesitan árboles que crezcan con rapidez. La venta de madera así lo requiere.

Pocas cosas quedan de la ciudad de mis sueños infantiles. Desde luego, casi ningún rostro humano. Otros niños, otros viejos, otra gente de ojos desconocidos. Solo encontré un rostro que reconocí de inmediato y que pareció reconocerme. Es la cabeza de un gran caballo de madera, en la vieja talabartería del pueblo. Allí estaba entre las mercaderías de siempre, monturas, lazos de cuero para enlazar las reses, inmensas espuelas para acicatear el galope, anchos cinturones para los bravíos jinetes.

Pero de toda aquella multitud de fascinantes objetos campesinos, solo los ojos de vidrio del gran caballo de madera me volvieron a fascinar. Me miraban con infinita tristeza, reconociendo al niño que había dado más de una vez la vuelta al mundo y que ahora volvía a saludarlo. Él y yo habíamos envejecido. Con seguridad tendríamos mucho que contarnos.

En el Temuco de hace cincuenta años los comerciantes anunciaban sus mercaderías con una gran figura que colgaba de las puertas. Desde lejos los indios araucanos que venían de sus apartados y misteriosos reductos podían ver sin equivocarse dónde tenían que comprar el aceite, los clavos, los zapatos. Un enorme martillo desde una esquina les advertía que allí se vendían las herramientas. También podían hacerlo en la ferretería El Candado, que se anunciaba con un gigantesco candado de color azul. Los zapateros los atraían con inmensas botas en lo alto de las zapaterías. Cucharas y llaves de madera de tres metros de altura les mostraban en forma irrefutable donde comprar arroz, café y azúcar.

Yo pasaba con pantalones cortos y extraordinario respeto bajo estas colosales insignias. Me parecían parte de un mundo desmesurado, extraño y adverso, de la misma manera que los helechos gigantes y las lianas que colgaban de los altísimos árboles en la selva vecina. Pertenecían al viento tempestuoso que hacía trepidar las pobres casas de madera y a la manifestación de los volcanes que de pronto comenzaban a cantar con palabras de fuego.

No pasaba así con el caballo de la talabartería. Cada día al pasar hacia la escuela me detenía un momento en la ventana para ver si aún estaba allí. Porque él no se había trepado a lo alto de las puertas. Revestido de verdadero cuero, pezuñas, crines y cola verdaderos, era demasiado precioso para exponerlo al viento y a la lluvia helada del sur del mundo. No, estaba allí muy quieto y orgulloso de su lustrosa piel y arreos de primer orden. Cuando ya estaba yo seguro de su presencia, de que no se había ido galopando o volando hacia las montañas, entonces entraba, alargaba mi pequeña mano de entonces y la pasaba por su suave hocico. El gran caballo de madera sabía que, con sol o con lluvia, el pequeño escolar pasaría a acariciarlo. Lo sentí así muchas veces en la mirada de sus ojos de vidrio.

La ciudad ha cambiado de tal manera que es como si la otra se hubiera ido. Las casas de madera, color de invierno, se han transformado en grandes casas de tristísimo cemento. Anda más gente por las calles. Menos caballos y menos carretas se detienen a la puerta de las ferreterías. Esta era la única de las ciudades de Chile con araucanos en las calles. Me complace que siga siéndolo. Las indias con sus mantos morados, los indios con sus ponchos negros en que una extraña greca blanca se repite como un relámpago. Antes vinieron solo a comprar y a vender sus pequeñas mercaderías: tejidos, huevos, gallinas, ahora hay algo nuevo. Contaré mi sorpresa.

Vino todo el pueblo al estadio a escuchar mi poesía. Era una mañana de domingo y la gran sala colmada se sentía vibrar con gritos y risas de niños. Los niños son los grandes interruptores y no hay poesía que resista el grito de un niño que recuerda a esa hora su desayuno. Yo subí al tablado, mientras el público me saludaba, y sentí esa vaga inclinación a Herodes que puede atacar al ser más paternal. Entonces escuché que se hacía el silencio. Y dentro de este silencio vi elevarse la más extraña, la más primordial, la más antigua, la más áspera música del planeta, que surgió de un grupo en el fondo del local.

Eran los araucanos que tocaban sus instrumentos y cantaban para mí sus dolorosas melodías. Nunca en la historia se había presenciado tal cosa: que mis compatriotas huraños participaran con su arte ritual en una ceremonia poética y política. Nunca creí que me tocaría presenciarlo, y que esta acción comunicativa fuera dirigida hacia mí, me conmovía más aún. Los ojos se me empañaron mientras sus viejos tambores de cuero y sus flautas gigantescas sonaban en una escala anterior a toda música. Sorda y aguda a la vez, monótona y desgarradora, era como la voz de la lluvia combatida por el viento o el gemido de un animal antiguo, martirizado debajo de la tierra.

Esto, para contar cómo La Araucanía, o lo que queda de ella, se conmueve, parece salir de su sueño inmemorial y quiere participar en el mundo que hasta ahora le fue negado.

Los campos cambiaron de fisonomía. Desaparecieron en gran parte las montañas quemadas en forma brutal. En muchos montes altos se ve la cabeza calva, los huesos de la tierra. La erosión camina con paso despiadado. Por otra parte, muchas casas y construcciones de aldeas y pueblos en la región del sur fueron sacudidas y destruidas por el terremoto. Pasa el tiempo y no se reconstruye sino en el centro de las ciudades, en los barrios de la administración y del lujo. En algunas poblaciones nuevas recién reconstruidas y atractivamente pintadas se ve en letras negras sobre blanco la siguiente leyenda: "Esta población fue reconstruida con dinero del pueblo norteamericano".

Muchos países, innumerables ayudas, llegaron en socorro de Chile para su última y aterradora desgracia. Pero solo los norteamericanos se vanaglorian de sus escasos grupos de casas bien pintadas. No dicen, claro está, que con el dinero que se llevaron por la sola explotación del cobre se podrían hacer de nuevo todas las ciudades, todos los caminos y ferrocarriles, todos los puentes y fábricas, es decir, todo lo que el hombre ha edificado en mi país durante su historia.

Mientras me mira el viejo caballo inmóvil que ha visto tantos cambios, debo decirle también yo, cuánto he cambiado.

Mi viejo amigo: cuando salí de esta ciudad escribía yo versos sobre el amor y sobre la noche, cantos ensimismados que en mí se producían como la semilla lenta de los cereales o el agua secreta que corre bajo estas montañas. Te contaré, caballo, que cambió muchas veces mi poesía. Se tiñó con el humo de las ciudades, tomó la voz de las reuniones humanas, sirvió también de arma y de bandera.

Estoy contento, viejo amigo.

Pero no quiero ser definitivamente catalogado, metido en el cajón de los dogmas de nuestra época. Quiero cambiar perpetuamente, nacer perpetuamente, crecer perpetuamente. Quiero cantar con la intimidad que tuve, con la lluvia y con la tierra. He vuelto a ti, viejo amigo, para darte cuenta de que he cambiado como nadie puede cambiar y de que sigo siendo el mismo.

Dichas estas palabras con mis ojos, ya que no podía pronunciarlas mi boca, quise despedirme acariciando una vez más su hocico de madera y noté que allí donde puse mi mano, la piel del hocico, del hermoso hocico revestido de cuero había sido gastado y ya se tocaba la madera. Era como tocar el alma del viejo caballo.

Hasta ahora pensé siempre que solo yo en mi infancia había tenido ese gesto de acariciar el caballo de la talabartería, pero aquel desgaste me probaba que muchos, muchísimos, habían hecho lo mismo. Comprendí que muchos niños, muchísimos, siguieron pasando por aquella calle hacia la casa y la escuela.

Y comprendí que aun siendo un viejo caballo de madera perdido en un pueblo remoto del inmenso mundo se puede contar con la ternura. La ternura de los niños que pasan muchas veces por el largo camino que nos lleva a ser hombres.

***
OPINIÓN En torno a las memorias de Neruda:
Confesiones añadidas
Por Jorge Edwards, Premio Cervantes
(El Mercurio)

"La Fundacion Neruda tiene una tarea apasionante por realizar: reunir los trozos de memorias verdaderamente dictados por Neruda en los años anteriores a su muerte y publicarlos", sostiene el autor. 

Se puede sostener que toda la obra de Pablo Neruda, con pocas excepciones, en prosa y en verso, es confesional, autobiográfica, de la memoria profunda, de la intimidad en su forma extrema, a menudo desgarrada. Es una poesía y una prosa del yo. Neruda fue rimbaldiano; después, hugoliano, y en sus años finales trató de recuperar la atmosfera de Jean-Arthur Rimbaud y de Charles Baudelaire. Osciló siempre entre Lautréamont y Walt Whitman, pero tuvo una actitud constante: la desconfianza mayor frente al saber libresco, frente a las especulaciones de los filósofos, frente a toda forma de pensamiento abstracta. Hace pocos días, antes de viajar de París a Santiago, pasé por la vieja rue de Varenne, donde se encuentra el "hotel" del primer ministro de Francia y donde habitó una pareja literaria que hoy es leyenda, Elsa Triolet y Louis Aragon. Reconocí el gran portón de madera de color gris celeste, comprobé que el timbre era el mismo de hace ya más de cuarenta años, y seguí mi camino, pensativo y más bien sonriente. Aragon, ya viudo de Elsa, nos invitó a cenar a Neruda con Matilde y a mí con Pilar allá por 1972. La casa del poeta francés quedaba exactamente al frente de las puertas celosamente custodiadas del Hotel Matignon. Toqué el timbre profundo, protegido por un resguardo de acero, y Neruda dio un pequeño salto de flebítico, de persona de cuerpo pesado, de agilidad escasa. "¡Estamos fritos, exclamó, vamos a tener que ser inteligentes toda la noche!". Comimos un arroz a la valenciana, bebimos vinos de La Rioja, España, en compañía del dueño de casa y de otro invitado, el poeta y editor Pierre Seghers, y ya no recuerdo si fuimos inteligentes todo el rato. Recuerdo, sí, que Aragon nos mostró una magnífica colección de obras de Émile Zola y nos habló, con algunas reservas, de la filosofía narrativa del autor de "El vientre de París". Salimos de esa casa y Pablo Neruda propuso que nos fuéramos a comer una "cazuelita" en La Coupole. ¡Sin necesidad de ser inteligentes, sin estar obligados a cuidar cada palabra!

En esos días, la conversación del poeta, que sabía que estaba enfermo, era intensamente evocativa, nostálgica, de balance de una larga vida, de recuerdo emocionado. Cada vez que me contaba una historia, le decía de inmediato que la contara en sus memorias, y él me pedía que se lo recordara al día siguiente. Pero la embajada chilena, en esos días complicados, en plena renegociación de la deuda externa en el llamado Club de París, no me daba tiempo ni respiro para colaborar en la escritura de "Confieso que he vivido".

Neruda tuvo en los comienzos una idea interesante, que aparte de su aspecto práctico revelaba un estado de espíritu. Se proponía tratar de conseguir que el gobierno de Salvador Allende nombrara agregado cultural en París a Luis Oyarzún Peña a fin de dictarle sus memorias. "Lucho Oyarzún, me decía, recibirá el dictado mejor que nadie y después, en París, hará su vida". Conociendo al poeta, al ensayista, al especialista en botánica, al paseante y vagabundo, al noctámbulo que era Oyarzún, nos reíamos y nos preparábamos para recibirlo. El hecho de que fuera hombre de pensamiento cristiano, cercano a la Democracia Cristiana, que formaba parte en esos años de la oposición política al régimen de la Unidad Popular, no nos inquietaba en absoluto.

Oyarzún, que estaba refugiado en una cátedra de la Universidad Austral, en la ciudad de Valdivia, y que tenía problemas de salud que no conocíamos, murió en esos días. Alcancé a recibir dos cartas suyas apasionantes, que describían mejor que nada el clima chileno de ese momento. Pablo Neruda, entonces, consiguió que su amigo de juventud, Homero Arce, funcionario jubilado del servicio de correos de Chile y poeta a sus horas, viajara a París y recibiera el dictado de sus memorias de vejez. Homero vivió encerrado en la embajada como provinciano asustado, muerto de miedo, y me acuerdo del poeta embajador que partía al dentista y llamaba a gritos a "Homerito" para que por lo menos pudiera conocer la ciudad a través de las ventanillas del automóvil.

Pablo dictó las memorias de "Confieso que he vivido" en la embajada de la avenida de la Motte-Picquet y más tarde, poco antes de su muerte, en su casa de Isla Negra. Murió en septiembre del año 1973 cuando todavía estaba lejos de terminar el dictado. Matilde, su viuda, viajó entonces con las páginas ya dictadas a Venezuela y "editó" el libro con ayuda de Miguel Otero Silva, novelista, gran amigo del poeta, dueño principal del diario "El Nacional" de Caracas. La edición consistió en añadir páginas autobiográficas escritas por Neruda en años anteriores e insertarlas en las memorias de acuerdo con un criterio cronológico. El resultado fue un libro de dos personas diferentes: el Neruda anterior a la muerte de José Stalin, estalinista confeso, y el posterior al congreso en el que Nikita Kruschev, entonces secretario general del partido, hizo la dramática relación de los crímenes del estalinismo. Fue un libro contradictorio, válido en su vertiente narrativa, pero de coherencia interna, mental e intelectual, discutible. Doy un solo ejemplo: en páginas sobre Berlín Oriental escritas a comienzos de la década de los cincuenta, Neruda, a propósito del temible fiscal de los procesos de Moscú, escribe sobre "el gran Vishinski". Era como haber hablado del gran Lavrenti Beria, el policía siniestro del estalinismo, o del gran José Stalin. El Neruda de los años crepusculares, el de la "Sonata crítica", el del poema "La verdad" de "Memorial de Isla Negra", jamás habría hablado en esa forma.

El trabajo que ha hecho ahora la Fundación Neruda al preparar esta nueva edición de "Confieso que he vivido" consiste en agregar al texto nuevas páginas autobiográficas encontradas entre los papeles del poeta. Es decir, ha reincidido en el error. Por ejemplo, hay un retrato literario de Pushkin, el gran poeta romántico ruso, por quien el Neruda del final tenía una fuerte devoción. El retrato no dice gran cosa, pero recuerdo un episodio interesante. Encontramos en una recepción en París a un chileno a quien yo conocía algo, que le presenté a Neruda, y cuyos apellidos eran de Heeckeren D'Anthès. Era descendiente directo del barón George-Charles de Heeckeren D'Anthès, el oficial francés que mató a Pushkin en Moscú, en 1837, en un duelo célebre. Neruda escuchó esos nombres y quedó profundamente conmovido. Parecía que la sangre de Pushkin había salpicado al lejano descendiente del duelista que lo había matado, y tuvo frente al descendiente una muy amistosa curiosidad.

Yo creo que ahora la Fundacion Neruda tiene una tarea apasionante por realizar: reunir los trozos de memorias verdaderamente dictados por Neruda en los años anteriores a su muerte y publicarlos. El libro sería un testimonio y un texto único, además de necesario. Un testimonio verdadero, no estereotipado ni fabricado.

Edwards dice que la Fundación Neruda ha reincidido en el error.


Artículo: www.elmercurio.com  09/7/2017

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