samedi 15 juillet 2017

María GIL∕GOYA: Un niño, un monstruo y una multitud


CLAVES DE RAZÓN PRÁCTICA
GOYA: Un niño, un monstruo y una multitud
Por María GIL

César Pérez Gracia incide en el aspecto histórico y social de los retratos del pintor, que describe con estilo desenfadado y elocuente.

César Pérez Gracia es un erudito de lo goyesco. Y si afinamos más en esta especialidad, él domina los vínculos del pintor zaragozano con su tierra natal. Este breve libro, Retratos de Goya, es un alarde, en este sentido. Pero la mustia, académica palabra especialidad no termina de encajar con el estilo de la obra, porque es un trabajo literario, desinhibido, atractivo, a ratos impresionista y digresivo. En lo que respecta al contenido, en torno al Goya retratista, la imagen que Pérez Gracia traslada al lector es dúplice. Recoge dos ensayos que en cierto modo se complementan, componen un Goya bifronte. En el primero de los dos escritos, El niño Ayerbe el lector se topa con un cuadro sobriamente siniestro, según Pérez Gracia el primer retrato del genio de Fuendetodos. Éste es el Goya de los enigmas, el hermético, el Goya del lado oculto de la luna. Su complemento está en el texto Retratos de Goya, que lleva el título del volumen. En este ensayo, afín en el estilo a otras piezas de crítica cultural del autor, vemos al pintor colocado en medio del barullo del salón y de la corte, en comercio con el mundo. Este segundo Goya está rodeado de personajes, sobre el escenario de lo social, a plena luz expuesto. Si el Goya hermético es abordado en torno a una sola obra, El niño Ayerbe, el Goya social es una evolución, a través de una gran cantidad de datos que Pérez Gracia nos brinda.

El estudioso goyesco comenta más de un tercio de los retratos que el pintor realizó durante toda su vida. Según mi experiencia lectora, el recorrido que este libro sugiere va de la noche al día, como el vistazo histórico de la obra del pintor nos lleva de la luz a lo oscuro. En ocasiones veo caras En la primera parte César Pérez Gracia analiza el que podría ser, como digo, el primer retrato de Goya, El niño Ayerbe. Fue pintado en 1781, en pleno conflicto con la basílica de El Pilar a propósito del fresco que hizo de la Regina Martyrum. En este momento, al parecer, el visceral pintor no quería saber nada de Zaragoza pero escribía a su amigo Zapater accediendo a realizar el cuadro en cuestión: “el cuadro lo haré basta que tu (sic) me lo pides, y lo haré lo antes que pueda para que quedes bien con tu palabra, pero creo que solamente tu amistad me lo haría hacer, porque en acordarme de Zaragoza y pintura me quemo vivo”. En este contexto nos presenta el autor el lienzo de un niño con cara de viejo vestido, parece, de monaguillo. El autor aclara que viste con el uniforme de los caballeros de Malta. Técnicamente vemos ya en este temprano cuadro la maestría de Goya creando los volúmenes a través de la luz, el claroscuro y la escala de grises que utiliza para situar al retratado en el entorno de un oratorio. Destaca así, en lo oscuro, el rosto de este inquietante, melancólico chiquillo. Valeriano Bozal, otro estudioso, ha hablado, a propósito del pintor, de la “aparente sencillez que esconde una complejidad que pocos artistas son capaces de alcanzar”. Por esa complejidad oscura bucea César Pérez Gracia y va más allá, nos sorprende con la visión de rostros escondidos a lo largo de los ropajes del Infante Ayerbe. En su primera inquisición pictórica, Pérez Gracia propone algunas aproximaciones a lo subliminal. Según asegura, en este retrato aparentemente sencillo, hay caras, rostros varios que desencriptar, siluetas y otras cosas insospechadas, como en algunos lienzos famosos de Dalí. Pérez Gracia se dedica aquí a “deducir de rasgos poco estimados o inobservados, del residuo –el refuse– de la observación cosas secretas encubiertas”, como decía Freud en su estudio sobre Leonardo. Leemos en el ensayo de Pérez Gracia: “Tan bizarro es el lazo que me dije, aquí hay algo extraño. Y de pronto, como en un mazazo visual inesperado, percibí el perfil de moneda del rey Carlos III, napia larga, frente de carnero, peluca blanca. Este perfil lo conocía todo el mundo en el siglo de Goya, pues aparecía en todas las monedas, las famosas peluconas de plata de Indias.” Podemos encontrar, asegura Pérez Gracia, más cosas por estos terrenos pictóricos. También en las puntillas del traje del niño tenebroso se puede ver a Carlos III, nuevamente. Además, en las diferentes mangas, en los codos y en el bonete descubrimos un monstruo. Es calificado como una pintura negra avant la lettre. Un rostro terrible, triangular, una mezcla entre un bóvido y ET el extraterrestre, con la lengua fuera. Esta aparición de pinturas negras en el mismísimo comienzo de la carrera de Goya, me hace pensar en la idea de “zigzag” defendida por el crítico y biógrafo Juan de la Encina, a la hora de entender la vida y la obra del aragonés: Goya no es lineal. La tesis general del primer ensayo queda resumida, me parece, en esta frase: “El collage de la realidad es infinito y el retrato Ayerbe es un microcosmos de esa realidad concreta de Zaragoza hacia 1780”.

Este Goya de los enigmas no es refractario al mundo que lo circundó, sino al revés. Este mundo real se filtra por el cuadro, en forma de fantasmagoría. Hay una sociedad entera en este retrato individual. Pero una sociedad reinventada, deformada. Escribe el autor: “… siempre tuvo claro que lo importante era inventar, innovar, y como diría el propio artista, en otro contexto, todo lo demás es superfluo. La pincelada, los alardes de pasta, los colores en liza, su rabioso olfato cromático, el dibujo, la composición, incluso el famoso contraluz, uno de sus caballos de batalla a la hora de iluminar un cuadro, todo ello es secundario para el pintor, y la primacía absoluta se la lleva la idea, el estudio, la invención”. De pronto, aparece la gente Como he dicho más arriba, el segundo artículo de Retratos de Goya propone una antología. Al tiempo que transcurre, en sucesión de títulos y personajes, la evolución de un estilo, el de Goya, por caso, también transcurre y fluye, a veces broncamente, la historia de un país, España, en este caso. España entre el siglo, hoy llamado, de las luces y el de las revoluciones. El clima del cuadro del El niño Ayerbe era reposado, interior. César Pérez Gracia participaba sus varias experiencias estéticas con el cuadro y aventuraba sus rostros, y sus furtivas pinturas negras in nuce. En el segundo texto encontramos una dimensión muy diferente en los retratos del artista aragonés. Vemos la realidad de esos años a través de la misma sociedad: a través de los retratados. Tres reyes de la dinastía Borbón, familia, más familia, amigos, más amigos, conocidos, desconocidos y demás muchedumbre. “La galería de retratos goyescos nos permite asomarnos a un mundo fascinante (…) formado por unos 150 personajes, en conjunto 220 retratos, pues una minoría es retratada dos o más veces”. De éstos, el autor selecciona 60 retratos, en su opinión los más excepcionales, en los que aparecen alrededor de 110 personajes. El retrato, género considerado históricamente “menor”, llega a su auge en este siglo xix en Europa gracias al triunfo de la burguesía, y de las nuevas ideas ilustradas del individualismo. Goya será uno de los grandes maestros del género. Sus cuadros van más allá de la detallada verosimilitud de los rasgos del retratado, las texturas o de la técnica utilizada. Son retratos con una gran profundidad psicológica.

En este punto se tiende a citar a sus referentes barrocos: Velázquez y el holandés Rembrandt. En este ensayo el principal cometido del autor es repasar cronológicamente la carrera de Goya, a través de esta selección de retratos. Da cuenta de sus relaciones con los reyes, de su trabajo como pintor de la corte con Carlos III, Carlos IV y Fernando VII, y con las grandes personalidades de la época: el arquitecto Ventura Rodríguez (1784), los Duques de Osuna con sus hijos (1788), el Conde de Altamira (1787), el zaragozano Ramón Pignatelli (1790), la Marquesa de la Solana (1794), el Duque de Alba-Haydn (1795). También incluye obras en las que retratan a amigos y familiares: Martín Zapater, su amigo de toda la vida al que retrató dos veces (1790 y 97), la mujer de Goya, Josefa Bayeu (1795). No podían faltar los retratos de Cayetana, la Duquesa de Alba (1795 y 97), el Ministro Jovellanos (1798), su amigo Moratín (1799 y 1824 en Burdeos), Godoy en la guerra de Portugal (1800), su mujer la Condesa de Chinchón (1800), el arquitecto Villanueva (1800), el naturalista Félix de Azara (1805) siendo los de estos años los retratos más sobresalientes. Sigue su evolución Goya con los retratos de su hijo Javier Goya y su mujer Gumersinda en su boda (1805), su nieto Mariano Goya, a quien retrato muchas veces (1807-1827), el cura afrancesado padre Llorente (1810), el General Wellington a caballo (1812), el General Palafox a caballo (1814), el Duque de San Carlos (1815)… En su última etapa, están referidos retratos más personales: el Doctor Arrieta curando a Goya (1820), La dama de Dublín (1823-24), su amiga Leocadia Weiss (1823-24), o el retrato de Pío Molina, el alcalde liberal de Madrid (1828). Incide Pérez Gracia en el aspecto histórico y social de los retratos. Da cuenta de los cargos, títulos, y propiedades de cada uno, relación con el pintor... Si alguno de ellos tiene alguna conexión con Zaragoza el autor da rienda suelta a su erudición. Retratos reales, de grupo, retratos femeninos, infantiles, ecuestres… Los describe todos el autor con un estilo desenfadado y elocuente. De fondo vamos viendo, como he dicho, la evolución y desarrollo del estilo pictórico desde un Goya más velazqueño, pasando por el Goya rembrantiano, hasta el Goya impresionista y expresionista. Esta estación de fin de línea vital cierra el círculo, hemos visto, con los pliegues y las mangas del iniciático El niño Ayerbe, con aquel monstruo de Ayerbe. Curioso Goya bifronte, el de Pérez Gracia, entre el “refuse” y lo esotérico y la multitud.

María Gil escribe sobre historia del arte.

César Pérez Gracia, Retratos de Goya, Libros Certeza, Zaragoza 2016


Artículo: www.elboomeran.com 08/5/2017

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