samedi 15 juillet 2017

Lois VALSA∕¿Por qué de nuevo es necesario (re)leer a Karl POLANYI?

CLAVES DE RAZÓN PRÁCTICA
¿Por qué de nuevo es necesario (re)leer a Karl POLANYI?
Por Lois VALSA

Polanyi mostró que el Mercado no era natural ni de toda la vida, lo que significa que si tuvo un comienzo puede tener un final; o, al menos, ser frenado por ciertas fuerzas sociales, como ya sucedió en otros periodos de la historia humana.

Karl Polanyi (Viena, 1886-Ontario, 1964) fue un científico social que trabajó en el ámbito de la “antropología económica”. Su curiosidad social y su fervor político, sin olvidar el ambiente intelectual crítico en el que había nacido y formado, ya se había desarrollado en sus años de estudiante. Con su hermano Michael y con Oscar Jaszi, había fundado el Círculo Galilei, un grupo estudiantil liberal que editaba la revista Szabadgondolat, y que promovía la independencia de Hungría. Fue en sus años de articulista en Viena (1924 a 1933), cuando criticó a la escuela austriaca liberal y comenzó a interesarse por el fabianismo y el socialismo cristiano. Más tarde, se integró en los círculos socialistas cristianos ingleses (“The essence of fascism” (1935), en Christianity and the Social Revolution). Antes, ya había organizado en su casa un seminario privado sobre el modelo de economía socialista democrática: Polanyi defendía una economía colectivizada pero no centralizada, organizada a través de instituciones municipales. Su objetivo era evitar que las decisiones económicas se tomaran desde una base puramente técnica. De estos debates surgió su polémica con Von Mises, quién, en 1920, había negado la posibilidad de un “cálculo económico racional en un sistema socialista”. Sus clases sobre historia económica de Inglaterra le proporcionaron parte de los materiales que emplearía más tarde en La gran transformación1 , su gran obra, escrita en Estados Unidos (1940 a 1943), gracias a una beca Rockefeller. Tras su jubilación, Polanyi recibió una ayuda de la Fundación Ford para estudiar los sistemas económicos de las civilizaciones antiguas. Con Conrad Arensberg y Harry Pearson organizó un grupo de investigación que dio lugar al volumen colectivo Comercio y mercado en los imperios antiguos2 , uno de los textos fundacionales del “sustancialismo antropológico”. En 1963, Karl Polanyi e Ilona Duczynska editaron Plough and the Pen. Writings from Hungary 1930-1956, una presentación de la literatura húngara al público angloparlante. En octubre de ese año visitó Hungría por primera vez desde 1919. Su última actividad pública fue la fundación de una revista (Co-Existence). Falleció al año siguiente. En 1977 apareció su obra póstuma El sustento del hombre3 , una obra inacabada pero recopilada y completada por Harry Pearson a partir de apuntes de clase y textos inéditos suyos que profundizan en las tesis de Comercio y mercado. Sin embargo, su gran obra no fue publicada en España hasta 19894. Sus traductores ya señalaban que “su cuestionamiento de la economía de mercado le hará reprochar a Marx y sobre todo a los marxistas, la primacía que conceden a las relaciones de producción a la hora de desentrañar la verdad profunda de las variadas formas que adoptan las relaciones sociales”. (Presentación) Polanyi se distanciaba así de las grandes teorías del liberalismo económico y del marxismo que se movían en el mismo ámbito de la economía política y que daban prioridad a la economía sobre la sociedad, oculta así bajo la pesada losa de la economía de mercado. Con ella supo mostrar también cómo el mecanismo de mercado somete a la naturaleza y al ser humano al imperio de lo económico, y destierra del mundo la compasión humana hacia las víctimas del afán de beneficio. De esta forma, “el derecho a vivir” se veía desplazado por la eficiencia económica, y todo sentido de cohesión social acababa corroído por la búsqueda del beneficio inmediato. Mostraba ya entonces su convicción en la insostenibilidad de la “sociedad del mercado” porque la consideraba destructiva para el ser humano y el medio natural en el que habita. Su publicación había supuesto una enorme ruptura en los medios académicos destacada por McIver: “He aquí un libro que hace que la mayoría de los libros de este mismo campo queden obsoletos o superados. Un acontecimiento tan poco frecuente es un signo de los tiempos. Aquí, en esta hora crucial, surge un nuevo modo de comprender los asuntos humanos” (Presentación). Polanyi explicaba los orígenes políticos y económicos del derrumbe de la civilización del siglo xix, y la gran transformación que provocó en sus cuatro instituciones (el equilibrio entre las potencias, el patrón-oro, el Estado Liberal, y su matriz común, el mercado autorregulador). Analizaba las causas económicas, sociológicas y antropológicas de conflictos que incluían dos guerras mundiales, la caída del patrón-oro internacional y el surgimiento de nuevos proyectos políticos totalitarios. “Todo lo dicho nos conduce a formular la tesis que trataremos de probar: los orígenes del cataclismo que conoció su cenit en la Segunda guerra Mundial, residen en el proyecto utópico del liberalismo consistente en crear un sistema de mercado autorregulador” (pág. 65). La economía de mercado, el librecambio y el patrón-oro, como trinidad dogmática del liberalismo económico, habían nacido en Inglaterra: “Es en Inglaterra, el país natal de la revolución industrial, en dónde hay que estudiar los factores de larga duración que han causado el derrumbe de esta civilización” (pág. 66). Por otra parte, Polanyi, con su profunda investigación antropológica, demostró que si bien en otras sociedades habían existido mercados, éstos nunca habían estado separados de la organización social, sino integrados en la sociedad. Con rigor ejemplar (Hitler, Inglaterra de Ricardo, Aristóteles y Grecia, Babilonia de Hammurabi, los Tuareg, Dahomey en el xviii), tejió una investigación histórica-antropológica intensa en el espacio y extensa en el tiempo. En coincidencia con la antropología social, y con referencias a Durkheim y a Weber que primaban las condiciones sociales sobre los diferentes tipos de acción individual; y siguiendo a antropólogos como Malinowski, y a Thurnwald, quién, en 1916, ya había estudiado el sistema matrimonial de los Banaro de Nueva Guinea. También había tomado como referencia a otros antropólogos como Benedit y Mead. En 1940, Pritchard, en su monografía sobre los Nuer, había mostrado que su economía nunca había estado separada de sus relaciones de parentesco. Los trabajos de Sahlins también confirmaron su tesis de que la economía nunca había estado separada de la sociedad hasta el brutal advenimiento del mercado autorregulador. Sin embargo, advierte Dumont, a veces, cae en la trampa sustantivista y aísla una esfera económica en lo no moderno, pero a pesar “de este paso atrás” sigue fiel a su tesis. Polanyi demostró que ni en el sistema tribal, ni en la feudalidad, ni en el mercantilismo existió un sistema económico separado de la sociedad: Ni la Historia ni la Etnografía habían tenido conocimiento de ninguna otra sociedad que estuviese dirigida y regulada por los mercados. Todas las sociedades están sometidas a factores económicos, pero únicamente la civilización del siglo xix fue “económica” en un sentido diferente y específico, ya que optó por fundarse sobre un móvil, el de la ganancia, cuya validez era raramente conocida en la historia de las sociedades humanas. El sistema de mercado autorregulador deriva exclusivamente de este principio. Pero el problema es que vemos lo anterior con la óptica de la economía de mercado cuando la verdad es que esta nueva manera de ver el mundo se impuso en el siglo xix, al producirse una separación económica, la de la economía política, que desde entonces, a través del mercado autorregulador como mecanismo institucionalizado, media, “ideológicamente”, nuestra visión de la realidad. Así acabamos viendo el mercado como algo natural y de toda la vida. El etnocentrismo occidental ha impuesto a otras sociedades esta misma visión. En el siglo xix, coincidiendo con la Revolución Industrial, es cuándo la economía se separa de la sociedad, y el mecanismo de mercado, rompiendo la cohesión social que había existido hasta entonces, somete a la sociedad. Precisamente, en esta enorme ruptura consiste la “gran transformación” operada por el mercado autorregulador, y las fuerzas y poderes que lo apoyan, contra la sociedad: “Es evidente que la dislocación provocada por un dispositivo semejante amenaza con desgarrar las relaciones humanas y con aniquilar el hábitat natural del hombre” (pág. 82). Sin duda, la verdadera raíz del “fascismo” del siglo xx, para Polanyi, se hallaba en el desierto social propiciado por la desestructuración de la sociedad provocada por el mercado autorregulador en el siglo xix: para comprender el “fascismo” alemán (Hanna Arendt diría totalitarismo) había que retornar a la Inglaterra de Ricardo. Pero Polanyi también nos recordó que en aquella defensa social contra los desmanes del mercado coincidieron fuerzas sociales, incluso contrarias, que intentaban mantener un sentido social. El Sistema Speenhamland (“leyes de pobres”, Berkshire, 1795) había sido el punto de partida de toda esta dinámica resistente, y por eso le dio tanta importancia en su investigación sobre el liberalismo económico. Frente a los satanic mill (Blake), y frente a la ola economizadora fabril que arrastraba todo a su paso, surgió un movimiento defensivo de protección social: fuerzas conservadoras que ya antes habían apoyado dispositivos institucionales y presionado a la monarquía, sobre todo en pro de sus privilegios, pero también con un sentido social, se encontraban aliadas sin quererlo en una “autodefensa, realista, pragmática y espontánea” con lúcidos progresistas y revolucionarios, ecologistas avant la lettre, que buscaban la manera de frenar la conmoción social que introducía el mercado en las vidas de las gentes, sobre todo de las más humildes. La vida de la sociedad era más importante que la mejora salarial que aportaban las fábricas.

Si habían existido otras sociedades en las que el mercado no ocupaba un lugar central no era de extrañar que una sociedad que antes se había organizado de otras maneras radicalmente diferentes, ajenas desde luego a ese mecanismo de mercado, se defendiese frente a aquel sometimiento, que intentaba convertir en mercancía tanto el trabajo como la tierra, y hasta al mismo ser humano. Polanyi no sólo demostr.o con sus estudios antropológicos la inexistencia de tal mercado en otras sociedades y periodos de la historia humana, sino que también investigó otros principios de organización social como la “redistribución”, la “reciprocidad” y el “intercambio”, ajenos por completo al mecanismo de mercado. Eso ayuda a explicar que “la autoprotección de la sociedad se instaura, no obstante, casi de inmediato: se asiste a la aparición de las leyes sobre las fábricas, de la legislación social y de un movimiento obrero político y sindical” (pág. 144). Polanyi había investigado antes la relación entre el proceso industrializador y las enclosures y conversions promovidas por señores y nobles de Inglaterra en los siglos xvi y xvii. Para él, éstas supusieron la primera dislocación social provocada por los “señores del pastoreo”, quienes, por encima de todo, con sus cercados, y a costa de los pastos comunales, promocionaban la lana, que sería el vehículo de la revolución industrial, y que ya en el siglo xv había sido la base de la industria a domicilio. En aquel periodo, frente a la dislocación social, “el rey, su consejo, los cancilleres y los obispos defendían el bienestar de la comunidad, y, por qué no, la sustancia humana y natural de la sociedad. Lucharon contra la despoblación casi sin cesar durante un siglo y medio –desde 1490 (a más tardar) hasta 1640”– (pág. 72). De esta forma, los Tudor y los primeros Estuardo regularon el proceso económico, luchando el Estado contra la despoblación para que al menos fuese socialmente soportable y no hubiese graves daños sociales. Así, a pesar de la derrota de la rebelión de Kett, y de la masacre de muchos miles de campesinos, se evitaron en Inglaterra los desastres provocados por los pastos en España en el siglo xvii. Un siglo después se reproducían las enclosures pero estos nuevos cercados eran ahora promovidos por ricos propietarios campesinos y negociantes afortunados. Y lo que ya no se pudo regular ni evitar fue la segunda gran dislocación posterior a las nuevas enclosures, que supuso, además de la creación de un capitalismo agrícola de grandes latifundios, la privatización de tierras comunales, la imposición de máquinas a una sociedad comercial y rural. Esto fue lo que trajo consigo la Revolución Industrial pero esta revolución solo se pudo llevar a cabo en una “economía de mercado”. Por el contrario, la historia de la civilización del siglo xix fue construida en gran medida por las tentativas realizadas para proteger a la sociedad contra los estragos de aquel cruel mecanismo. La legislación contra estos cambios es cierto que no logró detenerlos, pero Polanyi siempre valoró mucho la modulación política del cambio en el progreso económico para que se hiciese socialmente soportable. Al tiempo, Polanyi había comparado el terrible proceso de conmoción social provocado por el mercado autorregulador con el horrible proceso colonizador, en unos estudios antropológicos específicos sobre la conmoción social sufrida por el continente africano. Lo peor, según él, de este proceso no fue la explotación económica, a la que ciertos estudios “economicistas” concedían excesiva importancia, sino la desintegración social y la destrucción del sistema cultural indígena ya que se condenaba a unas masas pauperizadas a una indefensión parecida a la de Inglaterra en 1795-1834. Los vicios de las masas eran los mismos que caracterizaban a las poblaciones de color envilecidas por un contacto cultural desintegrador: el derroche, la prostitución, el robo, la imprevisión y la falta de empuje y respeto por uno mismo. El progreso económico, la mejora al precio de la conmoción social, en ambos casos, significaba trastornar una sociedad tradicional, con una forma comunitaria de vida dentro de un entorno sociocultural propio, para convertir a sus gentes en masas de desarraigados, con escasa estima de su dignidad y fácil presa de las fábricas y carne de cañón de las empresas militares. La indiferencia de los estudios economicistas ante los costes sociales se ha convertido en imperativo del sistema y dificulta la percepción de estos problemas. Entonces, para entender aquella barbarie, puede ayudarnos la experiencia no solo teórica sino también vital de Polanyi, miembro activo del Círculo Galilei en Hungria y, luego, gran investigador de bibliotecas en Austria, Inglaterra y EE. UU. Su trabajo y su vida son un buen ejemplo de honestidad ya que incluso llegó a criticarse su pasividad, su esfuerzo moral más que político, en un tiempo en el que acaecían graves sucesos en los que consideraba que debía haber intervenido más políticamente. Por ello, no es de extrañar que la crisis económica que se hizo patente a mediados de los años 70 en los países occidentales, y la catástrofe política neoliberal del gobierno de R. Reagan (luego, en 1979, subiría al poder Margaret. Thatcher en Inglaterra, como gran icono del libre mercado), contribuyeran, paradójicamente, a rehabilitar su obra maestra; y a que, más tarde, en los años 90, se publicaran bastantes obras sobre él. Porque para comprender también la barbarie actual es fundamental entenderla, al menos, desde sus orígenes, o sea desde el nacimiento del mercado autorregulador. Su legado desde luego fue muy claro: si se pretendía recuperar la sociedad debía volver a encontrarse dónde y cuándo se perdió, o sea en el momento en que fue secuestrada por el mercado. Las investigaciones llevadas a cabo por Karl Polanyi han asentado, pues, unas firmes bases para entender lo que sucedió también en el siglo xx. Y, por consiguiente, lo que sucede hoy, a comienzos del siglo XXI, con la gran globalización tecno-económica financiera como nueva amenaza social, como la continuación de un proceso de atomización hacia un individualismo económico consumista ultraliberal (Todorov) en el que “lo económico” ya se ha impuesto a “lo político”. En esta cuestión, Polanyi se ve reforzado por el análisis de J. Gray: No se entiende esto “si no se comprende este desarrollo globalizador del neoliberalismo económico dentro de un proceso histórico en el que al igual que el capitalismo del pasado, el capitalismo global logra su prodigiosa productividad actual mediante la destrucción de las viejas industrias, ocupaciones y medios de vida a escala mundial” (Falso amanecer) 5 . Esta “gran transformación” producida por la globalización económica ultraliberal del capitalismo financiero continúa el proceso de dislocación social comenzado en la época de la Revolución Industrial, pero ya a todos los niveles y en toda la tierra, y a una velocidad vertiginosa. En estos tiempos en los que una ingeniería financiera, totalmente ajena a la sociedad, ya se ha convertido en la parte más rentable de la producción, y en los que los activos financieros escapan al poder político estatal. Frente a esta situación, se trataría de recoger experiencias pasadas de resistencia social frente a las imposiciones del mercado autorregulador del liberalismo económico del siglo xix, y replantearlas frente al capitalismo financiero global actual. Claro está, abandonando posiciones teóricas ya caducas con análisis renovados e imaginativos acordes con estos nuevos tiempos. De tal manera que la experiencia de aquella resistencia social, primero más espontánea y luego más organizada, de aquel contramovimiento proteccionista, se pueda traer al presente como memoria que trate de escapar a la óptica de mercado y de la producción sin límites. Como experiencia que tenga en cuenta a la sociedad, o lo que queda de ella, en estos tiempos de finanzas. Como referencias históricas, y antropológicas, que fundamenten una auténtica resistencia social, sobre todo en un momento en el que se vuelve a debatir sobre “municipalismo” y sobre “bienes comunes”. Porque si Polanyi mostró que el mercado no era natural ni de toda la vida se puede pensar que si tuvo un comienzo puede tener un final; o, al menos, ser frenado por ciertas fuerzas sociales como ya sucedió antes en otros periodos de la historia humana. ¡Lo hecho por humanos puede ser cambiado por humanos activando una dimensión política! Pero desde una ecología política como alternativa a la economía política, como nueva visión común y planetaria, con un pensamiento postprometeico6 que tenga en cuenta, frente a la voracidad sin límites del capitalismo financiero global, que los recursos del planeta son finitos. Porque solo se puede llegar a trascender la miopía económica que nos domina desde una perspectiva ecológica en la que los principios sociales polanyianos, la “reciprocidad”, la “redistribución” y el “intercambio”, adquirirían de nuevo su pleno sentido.

Lois Valsa es ensayista.

1 The Great Tranformation. Political and Economic Origins of Our Time, Rinehart, N. York y Londres, 1944.
2 Comercio y mercado en los imperios antiguos, Barcelona, Labor, 1976 (Trade and Markets in the Early Empires, The Free Press, 1957)
3 El sustento del hombre, Barcelona, Mondadori, 1994. Reedición de Capitán Swing Libros (2008). The Livelihood of Man, Edición de H. W. Pearson, Academic Press Inc, 1977.
4 La gran transformación: Crítica del liberalismo económico, Traducción de Julia Varela y Fernando Alvarez-Uría, Madrid, La Piqueta, 1989
5 John Gray, Falso amanecer: los engaños del capitalismo global, Barcelona, Paidós, 2000.
6 François Flahault, El crepúsculo de Prometeo, traducción de Noemí Sobregués, Galaxia Gutenberg/ Círculo de Lectores, Barcelona, 2013.


Artículo: www.elboomeran.com 22/5/2017

Juan ÍÑIGO IBÁÑEZ∕Violeta PARRA: cabeza de pájaros azules

Violeta PARRA: cabeza de pájaros azules Por Juan ÍÑIGO IBÁÑEZ 2017 marca el centenario de la cantautora de “Gracias a la vida” y ta...