samedi 15 juillet 2017

AZUL@RTE∕Recuerdos a un amigo de las letras, Óscar PORTELA


Análisis de la poesía de Óscar Portela
El espía de los secretos
Por Norma PÉREZ MARTIN

Poeta correntino por su origen (nació en Loreto en 1950); sin fronteras por la proyección de su mensaje lírico, la poesía de Oscar Portela muestra al creador con un sello muy personal.

Lleva publicados hasta la fecha: Senderos del bosque (1977); Los nuevos asilos (1980), Autos de fe (1982), Había una vez (1983), Memorial de Corrientes (1985), Estuario (1989), Golpe de gracia (1990). Desde sus títulos, él aproxima al lector a una intencionalidad verbal encarnada, que, partiendo del eje natal, no se queda en él. Su vitalismo, su sensual temperamento poético lo llevan hacia la profundización panteísta y ritual de yo: afirma y devela su yo íntimo, conflictivo, luminosamente solitario.

Alfredo Veiravé señala, en el prólogo a Los nuevo asilos: “No es ajena a las búsquedas la obra de otros poetas de su provincia. Francisco Madariaga y Martín Alvarenga, al igual que O. Portela, van del canto a la soledad, en una ruptura de la realidad”.

Lo esencial emerge desde la realidad situada. En Senderos del bosque –afirma Veiravé- “los dioses fueron convocados por impulsos y exclamaciones de entusiasmo dionisíaco”. Y es que, en una indagación obsesiva (poética y racional, valga la paradoja) Portela se detiene en los elementos de la naturaleza lujuriosa de la Mesopotámica. A partir de allí, espía los secretos, ausculta el misterio, se introduce hermenéuticamente hacia lo que el mismo llama “la Victoria del Mundo”.

El lenguaje barroco, a partir de un deliberado romanticismo, al que O.P. suma herencias surrealistas (como han insistido muchos críticos, refiriéndose a sus poemarios) constituye una máscara. Pero, yo diría, una máscara transparente, a partir del espejo que va reflejando poco a poco los enigmas. El poeta lo ha manifestado, señalando su lucha con el signo como una celebración ritual que no lo abandona.

Hace tiempo declaraba Oscar Portela: “Para mí, la poesía es un rito, no meramente verbal, textual, estos son el fuego, el agua y la madera de las que se conforma el signo, el significante: llamado y respuesta del poema”.

En el origen, a partir de su infancia, O.P. salta hacia el origen total. Auto de fe confirmará esta obsesiva constante en su lírica. En aquella ocasión, con motivo de la publicación de este poemario, el autor me escribió lo siguiente: “Había una vez un niño al que castigaron por insistir en ser Niño y que termina preguntándose qué significado es ser niño”.

Su “lirismo es denso y extraño, torrencial y caótico”, como dice Abel Posse. Sin embargo, como tal lo afirma con exactitud Noemí Ulla, hay en la poesía de Oscar Portela”, un orden un armado juego situando los opuestos”.

Este creador correntino no descarta la cólera ni la entonación bíblica: desenmascara así su propia penuria existencial. Pero, en el libro Había una vez abandonará el barroquismo eufórico para entregarnos versos más descarnados, entre infancias con memorias dolientes, muertos-vivos y espectros con “materia de sueños”. Las tres partes en que se divide este libro (Había una vez) anticipan la índole del derrotero poético-metafísico de Oscar Portela: Memorias de la tierra y el cielo – Memorias de la naturaleza y el tiempo – Memoria del espacio y el retorno. El brillo telúrico cantado con sutileza, no carente de fervorosas cóleras ancestrales, suma imágenes que se van abriendo en frecuentes e inusitadas polisemias. El autor, discípulo fiel e incondicional de Heidegger, Novalis, Höelderlin, ahonda en la Poesía como forma de conocimiento, instaurando el cosmos, a partir del más minúsculo rincón fluvial de su provincia. Su caída en los abismos dramáticos del ser promueven en él acuciante análisis existencial. El “niño solar”, como el mismo se autodefine (imagen que nos recuerda al poeta Miguel Ángel Bustos conoce la vibración trágica, entre las aguas bienhechoras).

Memorial de Corrientes ha sido calificado por la crítica como una “plegaria de los sentidos”. Los referentes constantes (agua-verano-luz-mariposas-tierra, etc.) impulsan los juegos metafóricos múltiples y, a veces, contrastes. Oscar Portela insiste en su búsqueda de Estuario. El “jardín sin sombra”, “las derrotas de la sed”, “el Olor que expande el heliotropo” (nótese el uso de la mayúscula al apelar al núcleo semántico-simbólico de “Olor”) avivan el despliegue múltiple de un yo, más allá de la propia individualidad. En tal sentido, la apelación a ese “tú” (desdoblamiento) que había presentado en otras páginas, se afianza, apuntando al yo lírico desnudamente con plenitud.

La trayectoria de Oscar Portela tiene doble mérito. Como dice Madariaga, Corrientes ya le debe mucho a Portela “por su cultura en acción”: ya que “él puede ser –por intermedio de nuestra América- poeta absoluto y absoluto hombre público”. En efecto, su canto en acción y su acción como funcionario en el área cultural no resultan incompatibles: complementan el ser y el existir de este creador. Después de atravesar estremecedoras búsquedas a lo largo de sus libros, Portela publica, a fines de 1990, Golpe de gracia, en Buenos Aires. Poemario órfico: tras el descenso de los infiernos, el creador busca la salida trascendiendo. Poesía hecha de pensamiento con carnadura existencial, sin confundir los planos, ni las riesgosas instancias poético-filosóficas. Mutaciones arrebatadas, combinaciones aprehendidas desde revelaciones ónticas, desde buceos abismales; su poesía es “síntesis de todos los resplandores”.

Libro excelente, digno de la más alta expresión de la lírica contemporánea. O.P. asciende por el árbol de la locura y sabe que la indagación “ultraja la razón”.

La serie de nominativos candentes con los que introduce el primer poema acude a un pórtico esencial: alcoholes-insomnios-suicidios-desdoblamientos-monólogos-silencios. Y a partir de esta página se ofrece al lector cómplice la médula de su arte poética. Poieis anunciada anteriormente y que, ahora, se condensa: Nadie protege/ ni indaga los signos/ convertidos en cifras. Unas escrituras desde/ donde puedas hablar / y hablas. (ob. cit. p. 11).

La razón del ser y el ser de la razón de este título (Golpe de gracia) avanzan por sus páginas: tejes la ilusión de la/ muerte, el texto no acabado,/abierto, que alumbra la/ tempestad de la poesía/ (ob. cit. p. 13). No es casual la fractura de cada verso que obligan al intencional encabalgamiento tan explícito en el propio mensaje subyacente.

Además, la apelación a una segunda persona, que encontrábamos en otros libros de O. Portela, se enfatiza dramáticamente en el libro que estamos comentando. No es que se desplace el yo lírico, más bien se vitaliza, se reduplica, desde el alimento confesional imperante en el poema.

El lenguaje de O.P. se ha vuelto mesurado. Los elementos se condensan en diafanidad y angustia, a partir de una sintaxis ágil, sin subordinaciones ni amplificaciones: Ritos y redes/ que no te dan/ consuelo e imágenes y nombres/ que aún esperan despojarte del sueño (pág. 15).

En estos versos citados, el paralelismo que estructuralmente ofrecen las dos proposiciones relativas, se diluye a partir de la quiebra fónica que el autor establece como explícitos indicios de un estilo y un mensaje confluyendo armónicamente. Podríamos hablar de una semiótica de la fractura y el ascenso, en conjunción perfecta.

El “hechicero del odio” desenmascara las apariencias. Sabe que los “desacuerdos” y las trampas están agazapados para dar el golpe: pero en la indagación del ser, en la hermenéutica que el artista aborda, los símbolos asumen la ordenación del caos: palabras en sabia combustión. El niño, el espectro (opuestos asumidos) instalan el paraíso perdido en obsesionantes asensos y descensos recíprocos. La locura, el viento, el desamparo, la luz, el canto, la orilla absoluta, los pájaros, la noche escalonan niveles de la añoranza, esa “belleza impiadosa” que lastima y libera al creador.

La referencialidad situada (espacio-tiempo) asoma, pero no constituye un juego anecdótico, ni escapismo ni merodeo por los esteros de la literalidad: más bien se ofrece como “la metáfora viva” que postula Ricoeur. Tampoco será tan tangencial los referentes aludidos por el poeta de Corrientes; puesto que el hombre es un fluyente devenir en las aguas del tiempo. La “poética del espacio” indagada por Gastón Bachelard se ofrece plenamente en las páginas de O. Portela: lo minúsculo y lo mayúsculo conviven; lo pequeño y, a veces, tangencial, deviene en esencia, capaz de afrontar la eternidad.

“Posiblemente la alianza del deseo y la soledad a través de la armonía en la serenidad, es lo que quizás busco –dice O. Portela-. Yo no sé si esto lo encontré, continúa. No sé si el derrotero se conduce al poeta finalmente a través de la palabra, hacia un horizonte determinado, sea la sabiduría”.

La duda se agudiza, pero al mismo tiempo, el creador intuye la salida. No es precisamente, el camino de la razón el que le ofrece las respuestas.

La poesía es la vía del conocimiento profundo; lo saben los grandes creadores de la humanidad.


***
POESIA:

El túnel

Las lívidas arenas, el oro del más preciado
de todos los metales, allí donde el frío de la noche
cósmica nos muestra la finitud del hombre, que supo allí
morar y construir, mientras otro desierto, el que linda con
la no espera de la nada crece en el corazón del hombre,
y las estrellas caen como hojas de invierno, allí, donde sólo
quedan ruinas de lo que fue y la oscura noche se extiende como una mancha
sobre la historia que ha dejado de ser la fábula de lo que vendrá:
un túnel se extiende allí
donde el frágil mortal, soporta el cierzo de la soledad,
y los Dioses de las tenebrosas alas del vampiro,
allí donde el túnel se desborda en el infinito de una noche
anterior a todas las noches, allí donde marcha el mortal,
muerto de frío, sin plegarias en los labios, con memoria de
escombros, sí, y un corazón endurecido por las arenas
del desierto de la razón, que nos ha traído al principio de la noche,
noche primera, la soledad primera,
la finitud en la que nos perdimos, nosotros, antaño Dioses, hoy solo
mendigos al oro de un abismo sin fundamento,
donde el hombre puede caer bajo del hombre.


El Gólgota

El azul que ayer poblaba
mis ojos y el infinito del azul del mar y el viento
la arena mezclada al roza del deseo
las lágrimas y los secretos demonios
que mantenían mi corazón en vilo y la danza coral
en la estación del aura primigenia, la inocente infancia
que se negaba a abandonarme y los dioses
con sus huellas dibujadas en mi sudorosa piel
todo ahora sucumbido y mirado con los ojos del cíclope
el desfiladero de la locura la pesadilla del vampiro,
el pavor de las sombras el insomnio que acecha
como un tigre agazapado tras las leyes inexorables de
la fragilidad humana el tiempo irredento las fuerzas
de los Daimones de la poesía que me mantenían despierto
en la sueñela de mi alma el gólgota amaneciendo frente a mi,
la cruz negada y afirmada cien veces cien antes del canto
del gallo y la gota de sangre cayendo sobre mi frente
cayendo sobre mi frente...


Escombros

El mas inhóspito de los huéspedes
habita ahora mi corazón;
escombros y más escombros
sobre el norte de la soledad
donde se incuba el huevo de la
serpiente que engendró fuera de
tiempo mi alma. ¿Mas que hacer?
Horror es todo que llenó de infantil
alegría el pobre que ven ahora
mis ojos. Vacié el amor que llenaba
las horas que se hicieron
presas del vampiro de los sueños.
Ay! Vivir eternamente para ver
la estéril repetición de las horas
y la degradación inútil de las formas.
Dormir, dormir
bajo el peso de la soledad y los
escombros del tiempo,
el veneno que la vil espada
pone en el corazón ya sin asombro
de traiciones y humillaciones
maldecidas. Demasiada soledad
sobre mi soledad, demasiados espectros
sobre los espectros, demasiados duelos
sobre los duelos, demasiada intemperie,
sobre la intemperie,
que allá en Elzingor
fue un tiempo el azur y la alucema.
Sobre el horror lo informe.
Dormir, dormir, rodeado de serpientes
cuando el mundo no es ya mundo
sino silueta fulminada
de quien no ha salido todavía
de la caverna. No me digáis más adiós.
Demasiada soledad sobre mi soledad,
demasiados espectros sobre mis espectros,
demasiados escombros sobre los escombros
que no hacen sino derrumbar escombros.


Espera

Toda la música
que afluía a mi boca
el lago de mi boca
los peces de mi boca
la gran mar estrellada
de mi boca
el infinito azul
perfumado de mi boca
perdidos ya
ya perdidos
el mismo seto,
la misma esquina,
la misma desazón
la misma culebra
sibilante de la noche,
la misma noche perdida,
con notas disonantes
y el recuerdo como el piano
de Holderlin con las
cuerdas cortadas. Eso es todo.
Cuerpos asesinados
por la pasión,
manos entregadas al vacío
de la caricia,
piel exaltada por el azufre,
todo aquí, todo enterrado
en un ahora eterno,
y yo esperando
la muerte y yo esperando.


El Día

Llegó un día a mi puerta con un claro
silencio sobre la frente.
Era solo
respuesta tras el dintel vacío,
pura interrogación su boca
sin ninguna pregunta,
que guiara sus pasos.
Serené entonces mi corazón
agobiado
por el recuerdo innúmero
de lo que fue combate provocación,
y éxtasis.
Ay, lucha y cortejo, agua y ceniza
derramadas
sobre el cruel arabesco
de lo que hizo destino.
Yo fui de nuevo el ánfora
donde mezclar las horas,
melodías y acentos.
Fingí ignorarlo todo
pues de ignorancia vive,
la llama que ilumina
y dá forma
a las sombras.
Y tú eras la sombra.
Al mar dejó mis pasos
y quede en el escrito
de la nada y la boda,
nombres que alumbran
huellas
cuando pena la noche.
Mi corazón gentil
diciendo
el naufragio primero
sucumbiendo a la estela
del número
y la estrofa:
para dejar estar,
el vivo sol que entonces
tu mano
liberara a la entrega
primera de lo que fue
llamado,
sin endecha ni queja
y en silencio cantado
sobre la carne muda
y el perfume de un huerto.
Carne de las palabras
entregadas
al deseo primero,
así fuiste volcado –
pues en la muerte sola
y los días que hasta el poeta
llegan
claramente retorna
furtivo como toda
pregunta
que repite insaciada
el origen del verbo,
la memoria encendida
y el aura de tu pelo.


Leer más de esta antología : https://www.artepoetica.net/oscar_Portela.pdf
(La presente compilación y selección de los textos de Oscar Portela, ha sido realizada por el poeta André Cruchaga)


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