mercredi 30 décembre 2015

Inocencio BECERRA∕ Octavio PAZ: el compartidor

REVISTA LA GACETA
El compartidor
Por Inocencio BECERRA

La Gaceta, en su nº 556, publica el ensayo ganador del concurso internacional para jóvenes que organizó para festejar los 80 años del Fondo de Cultura Económica y el centenario del nacimiento de Octavio Paz. El ganador, Inocencio Becerra, recorre la obra del Octavio Paz poeta y ensayista, y rescata la filosofía y el análisis que desprenden sus principales textos. Hace especial hincapié en la concepción del mexicano de que somos otro, de que somos todos y somos ninguno, y lo define como "el compartidor de su soledad".

¿Cómo saber cuál es la verdadera razón por la que existe esa vaina hermosa pero extraña que lastima y excita, cuestiona y parpadea, engulle y maldice, y existe y canta: la poesía? Labios de comunidad, corazón de misántropo, plenitud de viento que se disfruta y no se entiende, que no quiere ser entendida. La posición de Octavio Paz en este mundo, su condición de hacedor de ritmos, se comprende cuando se produce esa pregunta sabiendo -aceptando- que la respuesta no se conocerá nunca.

Octavio Paz, aquel que nació con la primera gran guerra, tuvo la generosa y loable misión de preguntarse y respondernos, pero es evidente que no fue su respuesta, tal vez ni siquiera su formulación de la pregunta, lo que lo hizo definitiva en la literatura del siglo pasado. ¿Cómo enfrentó el escritor mexicano su destino? ¿Y qué lo hace memorable?

Entre los muchos, Octavio Paz que existen, hay dos muy sobresalientes: el ensayista y el poeta. Asimétricos, distintos, raros, lúcidos e inseparables. Paz, limpio razonador, tercermundista analítico, gran conocedor de las líneas de la historia mexicana; el otro, Octavio, menos pensativo, más libre y sensitivo, el ritmador, el que orina, el que canta, el natural,  el de las sensaciones extrañas, el que es distinto y similar, el que es otros y ninguno, al que no es necesario entender, es mucho más interesante. Octavio pregunta y responde con líneas que están al nivel de sus altas posibilidades intelectuales. Más que de sabiduría, Octavio Paz está hecho de entendimiento; los procedimientos de su raciocinio son afines a la necesidad de análisis propio que exige la compleja cultura mexicana y -aunque parezca abusiva y pretensiosa la extrapolación- las que exige la cultura latinoamericana.

El Paz de El laberinto de la soledad es un Paz entendedor, inteligente y atrevido. Es capaz de hacerse espejo para mostrarle a su país el rostro de su identidad. Exhibir ante todos sus compatriotas su profunda perspectiva de lo que el mexicano es a partir de sus tropezones históricos, su soledad, su introversión y su manera de ver el mundo, requiere una valentía enorme, sin olvidar, por supuesto, que para eso también necesitaba inteligencia y mexicanidad, pero tales atributos, evidentemente no le faltaban.

En El laberinto de la soledad el primer Paz, el ensayista, se sienta a invocar a todos sus coterráneos: dioses precolombinos, caudillos muertos y fantasmales, pachucos, aguerridas mujeres, hombres cerrados, fiestas habituales, estudiantes entlatelolcados, pensadores, hijos de la Malinche, campesinos, media, rebeldes, adalides y, sobre todo, humanos de idiosincrasia indeterminada.

Se sienta para intentar entenderlos, y la herramienta que utiliza para dar un concepto de lo que es y lo que son, es —además de la soledad y la introversión— su noción de otredad.

La primera página de Postdata explica ese fenómeno e inevitablemente su análisis deja de ser nacional:
“La mexicanidad no es sino otro ejemplar, una variación más, de esa cambiante idéntica criatura plural una que cada uno es todos somos ninguno”.

Pero si el mexicano, según él, se esconde, se cierra para no rajarse, ¿cómo puede ningunearlo y —con más atrevimiento— cómo puede decir que un mexicano es cada uno de todos los hombres? La paradoja generada por la contrariedad entre el cerrado y lo otro se abre y se aclara si se analiza desde el mismo individuo que la produjo. Octavio Paz era buscador de instantes, retratador de jardines —desde su posición de niño—, analizador de olas, descriptor de noches y de obscuridades, avistador de relámpagos; ésos parecen ser síntomas de soledad.

Octavio Paz era —es— un ser humano; era —es— un mexicano, y eso lo hace susceptible de soledad; ¿no querría él, por medio del concepto de alteridad, siendo otro, siendo otros, siendo todos y nadie, muchos y ninguno, sentirse menos atacado por la soledad?

Hace entonces el análisis de la pirámide, de las máscaras, de la herencia continuada de Quetzalcóatl, de los ritos, creencias y fiestas de su patria, de su historia política y su cosmogonía, para entenderse a sí mismo luego de entender al mexicano, para anticiparse a la soledad, para ahorcarla, para interpretarla.

En 1956 publica una versión distinta de su elucidación sobre la otredad dentro de una piel y un objetivo diferentes. Esta vez justifica, más bien esconde, su concepción de que somos otro, de que somos todos y somos ninguno en el caparazón de una teoría poética: El arco y la lira.

Además de haber sido un monumental hacedor, Paz fue, como pocos, un lector insaciable; por eso no se hace posible decir que El arco y la lira es sólo un escondite de la otredad. Octavio conocía la poesía desde los dos lados del rito y ese libro es la prueba más válida de esa doble condición. Contener su visión del concepto de poesía, su manera de entender los componentes del poema y su análisis de la historia y porvenir de su género, conociendo lo que él conoció: sus lecturas de Novalis, de Pound, de Quevedo y de muchos otros, es conocerlo a él y consumar comunión y soledad a un mismo tiempo.

“El poema no es una forma literaria sino el lugar de encuentro entre la poesía y el hombre.” Haciendo tangible la poesía, el autor mexicano, como casi todos los poetas, logró justificar su línea de pensamiento: lo bifurcó todo, lo expandió todo; así, el poema ya era uno que eran dos. Con ayuda de las revelaciones de Marcel Granet en territorio filosófico chino, pudo también Paz alterar, hacer otro, al intocable universo, mientras además lúcidamente explicaba los elementos del poema: el universo es un sistema bipartido de ritmos contrarios, alternantes y complementarios.

Ya tenía ganadas dos batallas dificilísimas. Ya había hecho otro al espacio infinito: universo, y otro a su herramienta de trabajo: el poema. Se hizo de una espada poderosísima: la noción del ritmo. Sólo faltaba otear al tiempo para que la historia no se engullera toda su teoría, para que no se lo comiera la soledad. Entonces atacó con una seguridad inigualable: al tiempo se le acaba multiplicándole las sienes; mortificó a la historia haciéndola una y todas; dejó más que bicéfalo al tiempo cuando dijo: “el ritmo poético es la actualización de ese pasado que es un futuro que es un presente: nosotros mismos. La frase poética es tiempo vivo, concreto: es ritmo, tiempo original perpetuamente recreándose”. Quedó libre entonces: ya era Paz, tenía toda la autonomía para justificar su pasado poético y lo que vendría. Era un Octavio sin cadenas.

La columna vertebral de la obra del mexicano son los libros que publicó en la década de los años cincuenta. Los “Trabajos del poeta” de ¿Águila o sol? Es una versión maravillosa de lo que le pasaba; un experimento morado, amarillo, azul, indefinible de lo que sentía cuando la nube de las palabras se detenía sobre su ser; un manual de cómo matar, violar, quebrar, sujetar, pinchar, hacer chillar a las palabras, dominarlas y al mismo tiempo hacerlas libres; el poeta de esa sección del libro tiene un sexto, séptimo y hasta octavo sentido para conjeturar la llegada de sus amigas enemigas puntuales y despeinadas. A quién se le ocurre verse como quien “lucha a solas con una palabra. La que le pertenece, a la que pertenece…”. Sólo a un genio: a un poeta. Al mismo al que se le ocurre un indiecito amable buscándole cabeza a una niña entre su colección de cabezas (esa mutilación de la puntuación —tan mágica como en “Semillas para un himno”— es alocada y mítica) o una ola traviesa en una tranvía capitalino convertida en huésped bipolar, en puta de pececitos, en estatua, en hielo; al mismo que hizo un pueblo con un enamorado de peculiar gentileza que le regala un ramo de ojos azules a su novia.

Algunos de los cuentos-poemas de ¿Águila o sol? son maravillosos, algunos otros prescindibles. Dos sentencias imperdonablemente rescatables, de “La higuera y el viejo poema”: “Adolescencia feroz: el hombre que quiere ser, y que ya no cabe en ese cuerpo demasiado estrecho, estrangula al niño que somos”, y como inigualable epitafio: “El hombre empieza donde muere. Voy a mi nacimiento”. Sigue siendo en su posición de poeta un más de uno: el niño, el adolescente, el adulto; el que nace, el que muere. Eso, la otredad invisible es lo que hace memorable a Octavio Paz.

El verdadero, el más pleno de todos los Octavios posibles, es el Octavio de la edición de Libertad bajo palabra, del tomo siete de las obras completas. Un Octavio Paz ilimitado y limitado ya acepta, ya no esconde su contrariedad, sus oposiciones, su alteridad; las muestra de una manera magistral, más cercana que nunca a su relación amorosa con la naturaleza. Ese Octavio es más árbol y más hoja, y más cielo y más luz. Es el libro que mejor intitula el autor, ya que verdaderamente es el que le da una redención de la soledad (libertad perpetua) teniendo por pago el hacer uso de lo mejor que la casualidad le había legado: el uso de la palabra.

Pero a la otredad no renunció tampoco en ese libro; ese elemento no necesita, no merece siquiera ser renunciado; más bien, tal vez involuntariamente, la otredad traspasó los mohosos límites de la redondez cerrada de cada libro, caló en su obra de año en año. Recordando que Paz y todos somos todos pero también ninguno y también el mismo, se vislumbran inconcebibles conexiones entre distintas narraciones; el ejemplo más notorio: los personajes centrales de “La calle” en “Calamidades y milagros” y de “Encuentro” en “Arenas movedizas” son uno mismo que es uno mismo, es decir dentro del cuento son o creen ser el otro y eso los hace ser el mismo, no con el otro del mismo texto sino con el otro del otro libro.

Espejo, Manantial, Palabras, Niña, Adiós a la casa, la vida sencilla, La poesía, El ausente, Soliloquio de medianoche, Piedra de sol, Cuerpo a la vista. Las páginas legales de todos los libros de Paz dicen que la herencia es para Marie-José Paz, pero el legado de rubor poético y magia natural es nuestro, es de él que es todos, es de mí que soy muchos, es de todos que nada somos; no se puede individualizar, no se puede asir pero sí oler y escuchar.

Los poemas que llenan el anterior párrafo son de los mejores que un hombre ha podido hacer. Todos ellos, todo lo anterior y lo siguiente, su renuncia a la embajada, su solidaridad, su otredad, su ensayística y su poesía, después y antes de batallar contra la soledad del que conceptualiza las olas, su ademán mordiéndola, escupiéndola, pero no acabándola nunca, porque a la soledad se le odia pero se le necesita, dejan entrever el verdadero adjetivo que podría describir a Octavio: el compartidor.

Octavio Paz es un compartidor en todo el sentido de la palabra. Es el hombre elegido, como los poetas, los magos y los antiguos místicos, para encender el fuego y quemar, y mojar y dejar ir, y traer de nuevo a la palabra: “la poesía es la historia de los pueblos y de uno mismo”, “la poesía es de todos y de nadie”, el juego, la armonía, el rito, la apuesta, es el medio a través del cual Octavio comparte lo que siente, y lo que hay por dentro: el ritmo, la rima, la metáfora, la adecuación del lenguaje es la forma de ese medio.

Octavio es el silbador que nos escucha y al que oímos, nuestra memoria y la reconstrucción, y destrucción y renovación líquida de lo que somos. Octavio Paz es la voz que canta murmurando, la que cierra los ojos y ve párpados rojos naufragando; el que comparte, lo que es y no es, lo que percibe o imagina, lo que hace y especialmente a lo que le teme: Octavio es, sin vericuetos, el compartidor de su soledad.

La poesía —además de ser lo que citó García Márquez y dijo Cardoza y Aragón: la única prueba concreta de la existencia del hombre— es, por todos y para ninguno, comunión y soledad. Eso responde a la primera gran pregunta, la cambiante pregunta que es siempre la misma: la poesía existe como método para compartir la soledad de todos y cada uno de los hombres, bardos o incestuosos, adinerados o revoltosos, mexicanos o no mexicanos.

La proyección y multiplicación anuladora que Paz hizo de su ser le permitió alcanzar otro tipo de magia: el vaticinio. Leer el discurso Nobel que Saint John Perse pronunció en Estocolmo en 1960 es como leer una síntesis antillana de algunos apartes de El arco y la lira. Entonces hay magia también en la poesía —eso es indiscutible—. Además de compartidor el hombre fue vaticinador de Léger, fue amanuense de los árboles rotos bajo y sobre cuya sombra nos sentamos a comulgar, a recitar, a saborear, a escuchar, a compartir, a solas, con otros, a escondidas, su poesía, sus palabras, su sentirse solo, su ser fluctuante que es “perpetua posibilidad de caída y salvación, no sólo carencia o abundancia sino posibilidad”. Me reconozco en la comunión que hago de esa posibilidad que él es y será, que soy y seré, que somos y seremos.

Bardo, no somos dignos de que entres en nuestro pueblo pero una sentencia tuya bastará para purificar. Paz es un hombre, un nombre, una palabra, un conjunto de palabras para leer afuera, afuera de la casa y de nosotros. Veo poesía. Aunque tengo algunos libros de Paz en frente, no es a eso a lo que me refiero. Veo poesía, esto es poesía: azul, árbol, cielo, luz, vida, tronco arrugado, adobe enraizado, pasto amarillo, ajenos montes… Leer a Octavio Paz es entendernos intentando desentendernos. El mexicano afrontó su destino posibilitando la aglomeración de los pronombres personales y posesivos, compartiendo, siendo otros y otro: así superó su soledad, dándosela a todo el mundo, y así nos desembarazó, nos quitó ese peso vacío de encima; nos enseñó a domeñarla y a utilizarla: compartiéndola, haciéndola de todos.

Si se es todos y ninguno el tiempo, el universo, la soledad y la realidad nunca podrán avasallarnos. Así la sombra es mía y de otro; tropiezo, tropiezas, tropezamos, sigues, sigo, seguimos, eres, soy, somos:

Es una calle larga y silenciosa.
Ando en tinieblas y tropiezo y caigo
y me levanto y piso con pies ciegos
las piedras mudas y las hojas secas
y alguien detrás de mí también las pisa:
si me detengo, se detiene;
si corro, corre. Vuelvo el rostro: nadie.
Todo está obscuro y sin salida,
y doy vueltas y vueltas en esquinas
que dan siempre a la calle
donde nadie me espera ni me sigue,
donde yo sigo a un hombre que tropieza
y se levanta y dice al verme: nadie.1

El compartidor nació con la primera Guerra Mundial, tal vez antes, tal vez después, cuando ya no tengamos agua en que mirarnos, entre las guerras médicas o durante la llegada de Rúrik al Ládoga; renunció en Nueva Delhi cuando murieron los de Tlatelolco, tal vez antes, tal vez después, cuando la poesía no se diga, cuando Gandhi reconcilió contrarios, cuando tuvo tiempo el suicidio de Asunción Silva; murió en el año en que nació mi hermano, en el que ganó Saramago su merecido trozo de la herencia de Alfred Nobel, tal vez antes, tal vez después, cuando lleguemos a Marte, cuando nació Barrabás, cuando se independizó Texas; el compartidor somos todos porque lo compartido es general: “la poesía es de todos y del escogido que es todos y es un don nadie”.
Señor, Octavio Paz: en El laberinto de la soledad usted dice que “hoy —en su hoy, en el hoy de todos, en el hoy de nadie y de ninguno— somos contemporáneos de todos los hombres”. Es un placer para mí, para nosotros, para todos, que usted haya sido nuestro contemporáneo.

El colombiano Inocencio Becerra fue el ganador de nuestro concurso internacional de ensayo escrito por jóvenes en torno a Octavio Paz.

1“La calle”, en “Calamidades y milagros”, Libertad bajo palabra.


Articulo : http://www.elboomeran.com 22∕12∕2015

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