mercredi 30 décembre 2015

Gilberto PADILLA CARDENAS∕ Gerardo FERNANDEZ FE: Notas al total

Notas al total
Por Gilberto PADILLA CARDENAS

Creo que fue a Richard Ford al que le escuché decir que un escritor debe intentar, por encima de todo, contar al lector algo que no sabía acerca de un tema que le interesa, y que una vez que lo conoce, se vuelve esencial. Una manera perfecta de describir el efecto que me causó Notas al total (Bokeh, 2015), de Gerardo Fernández Fe. No hay nada más extraño que comentar un texto –como Notas…, por ejemplo– que probablemente sea el mejor libro publicado por un cubano en el año 2015. (Recuerdo la euforia del Graham Greene que recomienda Lolita, de Nabokov, al gran público inglés del Sunday Times a fines de 1958.) Hay días en que pienso que el futuro de la ficción cubana está en el non-fiction y Notas al total es el libro perfecto para tomar dicha decisión.

Los ejemplares que tengo de Gerardo Fernández Fe (GFF, a partir de este punto) los conseguí gracias a extrañas maniobras. El primero, La falacia (Unión, 1999), una novelita infrecuente en nuestro panorama narrativo (su descripción del paisaje habanero es el reverso de la mirada realista-sucia-subtropical de Pedro Juan Gutiérrez & Cía.), llegó a mis manos exactamente quince años después de su publicación. ¿Dónde diablos estaba yo en 1999? Escuchando pésimos cassettes con música de Ace of Base, supongo. Da pudor. Da cosa. Las palabras pedestres (Unión, 1996) y El último día del estornino (Madrid, 2011) se los canjeé a un tipo obeso y de espinillas por los libros de Luisa Campuzano.

Cuerpo a diario (Buenos Aires, 2007) me lo envió una amiga desde Estados Unidos en un operativo que involucró, incluso, a un monocorde Premio Nacional de Literatura. Recuerdo haber encontrado oportuna la idea de escribir un diario íntimo de lecturas, digamos, elevado a la segunda potencia, esto es: un diario de diarios; pero también inquietante. En mi opinión, GFF se ha dado cuenta de que hay vida más allá de la novela. Vida extraterrestre. Una variante de la ficción más multiforme y ambigua: el ensayo. Esa es quizá la razón de que haya probado suerte en textos tan al límite –entre ficción y biografía, entre invención y documento– como Cuerpo a diario y Notas al total. Este último me lo envió el propio Gerardo, recién salido del horno de Bokeh. Sin desfasaje. El libro olía a Mónica Bellucci.

En mi opinión, GFF está en el Salón de la Fama del ensayo cubano. Con una obra que admite su condición mutante y que trabaja desde sus propios aciertos –una tendencia al disenso y a cierta explosión egomaníaca–, Gerardo indaga en zonas a las que a muchos escritores cubanos no les interesa demasiado tocar: el ilusionismo literario. “Reacio a las summas, a los tratados, a las tesis universitarias, tan redondos ellos, o tan cuadrados –según se mire–, siempre he preferido los libros heterodoxos, los desiguales. Por eso quizás lleve años leyendo diarios, libros de cartas (¡con fotos!), crónicas de viaje o simplemente ensayos fragmentados, llenos de alusiones personales, de espacios de ficción” –escribe en la “Primera nota” del libro. Por lo general, sus ensayos aspiran a darnos algo grande, pero en una valiosa parquedad de tiempo y espacio. Son el número del equilibrista de la literatura nacional, el del hombre capaz de mantener todos esos platos girando sobre delgadísimos palillos. Mientras los otros envejecen, GFF rejuvenece con una literatura hecha de relaciones, epifanías, reveladora casi siempre, que se lee como una batalla de otros géneros –el periodismo, la historia, el testimonio, etc.– contra el nirvana de las formas tradicionales; una guerra donde se esboza la pregunta de cuál es el futuro –¿o el presente?– de la ensayística literaria cubana.

Así, Notas al total parece una novela fantástica –más que un libro de ensayos– sobre los espectros que habitan la mente de Gerardo Fernández Fe: fotógrafos famosos, una temporada en Quito, la sombra de Sergio Pitol, el fantasma de Roland Barthes, la belleza siniestra y fría de Piñera y Baudelaire, las cartas de Bulgákov, las disonancias de Kozer, la poesía de Friol, etc. Con todos ellos salda cuentas. Hay un detalle impactante en Notas al total que recuerda la dinámica del diario kafkiano: la tendencia a mezclar en el mismo párrafo lo tremendamente serio con lo ridículamente baladí, la enfermedad terrible de un gran escritor con el apunte sobre un bicitaxi, lo que trae a la memoria la célebre entrada en el diario de Kafka: “Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Por la tarde, Escuela de Natación”. No es un estilo mandarín, sino verdaderamente exploratorio. GFF cultiva un ensayo cubano en peligro de extinción mientras los tiempos que corren piden salidas fáciles, humor rápido y emociones ligeras como un yogurt.

Pero en Notas… Gerardo funciona (más que ensayista bien entrenado) como forense o detective privado intentando dilucidar mitos impenetrables, objetos de escritura. Metido en esa guerrilla de la lucidez, GFF recuerda al narrador sin nombre de Las vírgenes suicidas, aquella novela mítica de Jeffrey Eugenides. Se parece a ese narrador anónimo que contempla extasiado los recuerdos que dejaron cinco adolescentes hermanas y muertas: objetos empacados y numerados como piezas policiales en una vieja casa en un árbol. Ese narrador desconocido escribe para que la literatura devore al tiempo, supere a la muerte, restaure la belleza y desplace por algún momento el horror vacui. Por supuesto, es un esfuerzo fútil. Eugenides y Gerardo no se parecen en nada, pero cuando leo Notas al total no puedo dejar de pensar en todas esos fetiches secretos que son pistas del enigma y la tragedia de Eugenides. Porque puede que tal vez el relatar y ensayar no sean más que sistemas complementarios donde el pasado y el presente terminan también por adquirir sentido. Nota: GFF no sufre la incontinencia de la mayoría de los ensayistas cubanos, incapaces de escribir un sustantivo sin agregarle al menos dos adjetivos. (Me incluyo.)

Y hablaba de ilusionismo literario, sí, porque Gerardo –mediante el lenguaje– crea tensiones que provisionalmente subordinan nuestros intereses a los suyos y –en la medida en que nos sentimos inducidos a leerlo–, nos aleja de lo que pensamos para acercarnos a lo que él piensa. A los orígenes de su geometría propia. En ese sentido, la prosa de GFF recuerda aquellos antiguos dibujos de Disney, que representaban escenas de bosques aparentemente vacíos y pedían al espectador “busca la vaca escondida en el dibujo”. Al principio no encuentras ninguna vaca. Después encuentras una vaca que te devuelve enigmáticamente la mirada. Pero no mucho después encuentras vacas, más vacas, solamente vacas, y ya no puedes volver a ver bosque. La verdad es que hay ensayos en Notas al total que hacen vibrar las ventanas. (“Moleskine Sergio Pitol”, por ejemplo.) Y mientras a José Massip le tomó una película horrible (Páginas del diario de José Martí) y un libro de 174 páginas (Martí ante sus diarios de guerra) tratar de emocionarnos, a GFF le toma apenas 23 cuartillas (“Fragmentos de Martí”).

Cuán equivocado estaba Richard Ford, en 2007, cuando afirmó que los críticos eran los pálidos héroes de lo extraliterario. Ford debería leer Notas al total.

Articulo: http://oncubamagazine.com 04∕11∕2015

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GFF, lector seguro
Por Rafael Rojas

En su novela Marienband eléctrico (2015), Enrique Vila-Matas retrata un escritor seguro, tipo Alain Robbe-Grillet -o Samuel Beckett o Robert Walser o W. G. Sebald o Roberto Bolaño o él mismo-, que ha archivado finalmente la tentación del silencio de Rimbaud y que no teme recurrir a paraísos artificiales para dar vida a su literatura. Un escritor que no sólo es ya una máquina insaciable de lecturas sino un visitador de otras artes, el cine de Werner Herzog o la fotografía de Dominique González-Foerster, con quien dialoga empecinadamente.

Podría decirse que ese escritor seguro que retrata Vila-Matas debe ser portador de un ente lector, también seguro. La seguridad en la lectura que lo define es una mezcla precisa de dispersión y foco, de curiosidad y fijación. En el libro de ensayos del narrador cubano Gerardo Fernández Fe, Notas al total (Bokeh, 2015), se escenifica un tipo de lectura muy parecida a la que Vila-Matas convierte en estancias de la ficción en sus novelas. Una lectura atenta a lo fragmentario y a la retacería de diarios y cuadernos de apuntes, pero con algunas gravitaciones rutinarias.

Algunos nombres se repiten en Vila-Matas y Fernández Fe: Benjamin, Barthes, Walser, Pitol... Y ambos, como Robbe-Grillet, insisten en leer a Barthes como novelista. Dice Vila-Matas que lo que más admira de Por qué me gusta Barthes de Robbe-Grillet es que "cuenta la historia de dos escritores que trabaron relaciones de novelista a novelista, hasta definir un cierto tipo de relación amorosa, de contacto afectuoso". La admiración, y no el halago, como sustancia moral del arte literario y de la propia crítica.

Sean chapoteos en la orilla o natación en aguas profundas, las piezas de Notas al total son siempre muestras de admiración. A Paul Morand por su Nueva York, a Philip Roth por La orgía de Praga, a Walter Benjamin por su Diario de Moscú, a José Manuel Prieto por Livadia o a José Kozer y Sergio Pitol por todas sus obras. Chapoteo y natación para sorprender la rutina del lector o para adentrarse en ella, como en el espléndido "Moleskine Pitol", un diario de lectura del escritor mexicano que en cuatro años va desdoblándose hasta conformar la memoria de un lector pertinaz, obsesivo o, más bien, abusivo.

Hay en el texto sobre Pitol el atisbo de un horizonte, que no se advierte en la obra afrancesada de Vila-Matas, y es el interés por Europa del Este. Fernández Fe lee a los escritores Bulgakov y Kundera, pero también al político Dubcek y al fotógrafo Saudek. Como en otros escritores cubanos de la misma generación, Europa del Este es una marca de referencia para la lectura de Fernández Fe. Un archivo que ha sido domesticado al punto de perder toda connotación exótica y disponerse como rumor casi provincial, que habla desde una esquina del total.


Articulo: http://www.librosdelcrepusculo.net 18∕12∕2015

Teresita FERNANDEZ∕ Escritura nocturna

REVISTA GRANTA
Escritura nocturna
Por Teresita FERNANDEZ

1. Parpadear es hacer una pausa

Cuando Napoleón Bonaparte hizo un llamamiento para dar con un código secreto que sus soldados pudieran utilizar para comunicarse de noche (en silencio y sin luz), Charles Barbier de la Serre, capitán del ejército francés, inventó la «écriture nocturne» o «escritura nocturna». Barbier, que pretendía eliminar la necesidad tanto de sonido como de luz para enviar mensajes por la noche en el campo de batalla, ideó una cuadrícula de cartón de seis por seis casillas con una serie de puntos que se correspondían con las letras y los sonidos del alfabeto francés. Los soldados podían pasar los dedos por los puntos en relieve para comunicarse en la oscuridad. El sistema, difícil de aprender y poco eficaz, podía llegar a requerir doce puntos para representar un solo símbolo/sonido, y las fuerzas armadas lo rechazaron rápidamente.

Al cabo de unos años, el real instituto para Jóvenes Ciegos invitó a Barbier a presentar su idea a un grupo de alumnos, entre los que fue bien recibida de inmediato, ya que los puntos les parecían mucho más manejables que el sistema convencional de letras latinas en relieve, con la complejidad de sus curvas y sus rectas. A un alumno en concreto, un niño ciego de doce años llamado Louis Braille, se le ocurrieron algunas sugerencias para mejorar el método de Barbier reduciendo la cantidad de puntos, de doce en seis filas a seis en tres filas, de modo que la yema del dedo humano pudiera percibir todo el carácter de una sola vez, lo que permitía pasar con agilidad de un símbolo (o «celda») a otro. Aunque Barbier no se mostró muy receptivo a esas propuestas, lo cierto es que la versión perfeccionada de su idea original fue la que acabó revolucionando el sistema de lectura para los ciegos, lo que más adelante se conocería como «braille».


2. Incondicional

Yo escribía silencios, noches, tomaba nota de lo inexpresable.
Rimbaud

El recuerdo casi nunca se manifiesta como una escena general, sino como una serie de detalles sensoriales. Barthes habla del «punctum» fotográfico, el pequeño detalle que surge de una imagen como una flecha y se nos «clava». Al igual que una imagen hablada, una palabra es persuasiva. Visual cuando se escribe y sonora cuando se dice, una palabra determinada penetra en el oyente cuando toca un punto sensible. Establece una conexión subjetiva entre el hablante y el receptor, un dialecto privado.

Como el dibujo, la escritura es de una intimidad inequívoca. Es la expresión más inmediata entre la imaginación y la realidad silenciosa, un vínculo frágil que revela lo que hay de privado en un gesto de marca o de palabra. Aunque las palabras puedan parecer sólidas, la pausa entre palabras es siempre exquisita, rebosa resonancia. Todo acto de espera se carga con la promesa de que lo siga algo excepcional; un momento vacío no tiene más remedio que crecer. Una buena pausa, da igual que dure unos cuantos segundos o unas cuantas líneas, o unos cuantos meses, es contundente. El ritmo, al parecer, lo es todo. ¿Y si creo un lenguaje de pausas? Al oscurecer las palabras, al disolverlas sólo un poquito, podría dedicarme a una especie de alquimia de la escritura, a un código confidencial.


3.

Todo lo cercano se aleja.
Goethe

Siempre me ha fascinado la conexión entre lo visual y lo táctil, lo que Juhani Pallasmaa llama con tanta elocuencia «los ojos de la piel». ¿Qué quiere decir, exactamente, ser ciego? ¿Y cómo entronca con la vista el sentido del tacto, el más primario y el que antes desarrollamos?

Borges hablaba de su «modesta ceguera», de que veía colores, pero no las tinieblas que se vinculan a la pérdida de la visión:
La gente se imagina al ciego encerrado en un mundo negro. [...] uno de los colores que los ciegos (o en todo caso este ciego) extrañan es el negro; otro, el rojo. «Le rouge et le noir» son los colores que nos faltan. A mí, que tenía la costumbre de dormir en plena oscuridad, me molestó durante mucho tiempo tener que dormir en este mundo de neblina, de neblina verdosa o azulada y vagamente luminosa que es el mundo del ciego. […]

El mundo del ciego no es la noche que la gente supone. si reconsideramos la ceguera como una variedad infinita de los niveles de la vista, resulta fácil ampliarla a otros tipos de visión restringida o aumentada: ocultar, camuflar, tapar, atisbar, escudriñar, retirar, escrutar, observar, divisar, ojear, destellar, enmascarar, proyectar, evitar, disimular, enterrar, enfundar y eclipsar. Todos esos verbos sugieren una «falta de visión» menos conectada con la función física del ojo y más íntimamente relacionada con las demás formas de visualizar algo: soñar, pensar e imaginar. Intuitivamente, cerramos los ojos tanto para recordar como para olvidar.

Mirar, ver, contemplar, observar... siempre implica una distancia entre el sujeto y el objeto, mientras que tocar siempre implica una proximidad tangible. ¿Qué sucede, pues, cuando soñamos? Al entablar ese diálogo interno y sumamente íntimo que conforma la imaginación involuntaria, tenemos la sensación de que lo muy próximo y lo muy lejano se convierten en una misma cosa. El acto del sueño, tan personal y tan inalterado, se convierte a la vez en una especie de sensación táctil, palpable a larga distancia, y en una acción visual íntima a corta distancia. Es casi como si, de algún modo, avanzáramos instintivamente palpando las pistas visuales. Al referirse a la lenta evolución de su propia ceguera, Borges dijo que era más un don que «una total desventura»: debe ser un instrumento más entre los muchos, tan extraños, que el destino o el azar nos deparan.


4. Escrito en el firmamento

El concepto del destino, de la suerte, gira en torno a la premisa de que existe un orden natural fijo en el cosmos, con una secuencia concreta de acontecimientos que está predeterminada. Universalmente, los seres humanos siempre han mirado al cielo en busca de información.

Como una enorme valla publicitaria, el firmamento nocturno siempre se ha «leído» y escrutado para encontrar una revelación, una dirección, una orientación.

La práctica de buscar un sentido a los fenómenos celestiales está enraizada en el lenguaje moderno, con muchas palabras derivadas de términos de la astronomía antigua. «Desastre» se formó a partir del prefijo peyorativo latino «dis-» y de «astrum», con el sentido de «mala estrella». En inglés, Shakespeare acuñó «disaster» a principios del siglo XVII en El rey Lear, donde significaba «adverso para las propias estrellas». El verbo «considerar» viene del latín «considerare», que significa «observar, examinar». «Com-» quiere decir «con», y «sideris», «constelación». Originalmente, su sentido era «considerar las estrellas».

Cuando decimos, por ejemplo, que una pareja tiene «mala estrella », cuando hablamos de «amantes desdichados», la idea subyacente es que una conexión desventurada entre dos personas es inevitable y reconocible al instante, aunque de todos modos se ve afectada por fuerzas externas. Hay un sentido subyacente, una mitología personal, que subraya esa concepción de que las cosas están predeterminadas a gran escala. Inconscientemente, tenemos también tendencia a pensar que los golpes de suerte tienen orígenes cósmicos, y a relacionar el sentido de la oportunidad y la sincronicidad con la «alineación» de las estrellas o con algo extraordinario que sucede por «el influjo de la luna».


5. Uno entre un millón

Que se produzca un choque parece casi un milagro. De acuerdo con la sincronicidad, es poco probable que dos hechos sin relación ocurran simultáneamente por casualidad, sino que más bien debe de haber un motivo. Jung lo denominó «coincidencia significativa».

En aviación, la teoría del gran cielo sostiene que hay poquísimas probabilidades de que dos cuerpos en vuelo cualesquiera acaben chocando, dada la inmensidad del espacio abierto con respecto a ellos. Cuando se aplica al terreno marítimo se denomina «teoría del gran océano» y afirma que es poco probable que lleguen a chocar dos embarcaciones cualesquiera que estén situadas en un océano y maniobren en cualquier dirección, debido a la extensión del mar abierto. Siempre me ha impresionado que una teoría tan racional genere una imagen tan profundamente poética.

Si bien los campos abiertos, tanto del agua como del aire, provocan una especie de incorporeidad, cuando miramos el cielo por la noche, da igual dónde estemos, todos vemos las mismas estrellas. Los astros siempre han servido de guía que nos fija a una ubicación física y un momento; nos ofrecen una especie de orientación sensual en el universo. Es como si el variable cielo nocturno, abstracto y esquivo, también nos atara a una sensación de lugar. Los movimientos regulares y predecibles de las estrellas hicieron posible el inicio de la navegación celestial y la designación de coordenadas terrestres fijas. Una vez que situaban Polaris, la estrella Polar, los barcos podían navegar sirviéndose de las constelaciones para determinar la latitud. A pesar de todo, las dos embarcaciones hipotéticas de la teoría del gran océano, separadas por una gran distancia, están fijadas a la misma estrella, punto de conexión mutuo a un palo de ciego.

Las constelaciones, con su lento movimiento, también nos fijan en el tiempo; son el calendario más primitivo y marcan las estaciones y las fases de los ciclos agrícolas con una cadencia perfecta, casi mecánica. Esa progresión refleja los ritmos circadianos que nos regulan con una coreografía tácita entre el día y la noche.


6. Rotundamente

Tanto «diamante» como «adamantino» derivan de una palabra del griego antiguo, «adamastos», que significa «indomable» o «irrompible ». En la edad Media, el término se utilizaba para describir cualquier superficie dura, y más adelante para referirse a la magnética calamita, de modo que las propiedades de indestructibilidad y atracción magnética resultaron intercambiables. Así, la definición del término inglés «adamant» («adamantino») fue ampliándose para significar «imán», falsa derivación del término latino «adamare», que quiere decir amar o tener apego.

Los antiguos griegos y romanos creían que los diamantes eran lágrimas de los dioses o esquirlas de estrellas fugaces. Eran muchos quienes en la antigüedad consideraban que los diamantes y otras piedras preciosas podían traer buena fortuna y éxito, pero también contrarrestar de algún modo los efectos del destino y los acontecimientos astrológicos. Platón llegó incluso a escribir sobre los diamantes como entidades vivas que encerraban espíritus celestiales. A lo largo de los siglos, los diamantes fueron adoptando un papel casi de talismán, no ya como joyas en el sentido moderno, sino como amuletos que transmitían poder y protección. O, por el contrario, como en el caso de la mayor parte de los grandes diamantes famosos que existen en el mundo, como símbolos que traían la desgracia a su propietario. Al igual que las estrellas, las piedras preciosas fijan una ubicación y son testigos del tiempo. un diamante es, en un sentido estricto, el fragmento de un lugar, extraído con mucho esfuerzo de las entrañas de la tierra por el ser humano, como una especie de versión terrestre de una estrella, un punto portátil de luz brillante.


7. Coordenadas

Agra, Argelia, Níger, Libia, egipto, Épernay, Arabia saudí, los emiratos Árabes unidos, Omán, la india, Bangladesh, Myanmar, China, taiwán, México, las Bahamas, el sahara Occidental, Mauritania, Malí, el mar rojo, el mar de Arabia, el estrecho de taiwán, el océano Pacífico, el océano Atlántico, el mar de Cortés, el golfo de México, Namibia, el desierto del Kalahari, el desierto del Namib, Botsuana, suráfrica, Polokwane, Mozambique, inhambane, Madagascar, toliara, Australia, el desierto de Gibson, el lago disappointment, Alice springs, emerald, rockhampton, Longreach, Chile, el desierto de Atacama, los Andes, Argentina, Nueva York, Miami, París, Catherine y Heathcliff, Cecilia y Leonardo, Cyrano y roxane, devdas y Paro, Hagbard y signe, Abelardo y eloísa, Hero y Leandro, Jahangir y Anarkali, Cosroes y shirin, Lancelot y Ginebra, Layla y Majnún, Liang shanbo y Zhu Yingtai, Marco Antonio y Cleopatra, Paris y Helena, Pelléas y Mélisande, Popocatépetl e iztaccíhuatl, Píramo y tisbe, romeo y Julieta, tristán e isolda, Troilo y Crésida, Venus y Adonis, Yusuf y Zuleika, el Allnat, el Archiduque José, el Ashberg, la Aurora, la Mariposa de la Paz Aurora, el Beausancy, el Orlov Negro, el Corazón Azul, el Briolette de la india, el Centenario, el Chloe, la Cruz de Asia, el Cullinan, el darya-i-Nur, el rojo de deYoung, el Verde de dresde, el Blanco de dresde, el Amarillo de dresde, la estrella terrestre, el eureka, el excelsior, el Florentino, el Ojo dorado, el Jubileo de Oro, el Azul de Graff, el Gran Crisantemo, el Gran Mogol, el Gruosi, el Corazón de la eternidad, el Hope, el Hortensia, el Jones, el Jubileo, el rojo de Kazanjian, el Koh-i-Nur, el Marrón de Lesoto, la Promesa de Lesoto, la Luz de día, la estrella del Milenio, la Luna de Baroda, el Mouna, el rojo de Moussaieff, el Nassak, el Nepal, el Nizam, el Nur-ul-Ain, el sueño del Océano, el Oppenheimer, el Orlov, el Paragón, la estrella Polar, el Porter rhodes, el Portugués, el Premier rose, la Cruz roja, la Calabaza, la Pirámide de esperanza, el regente, el sancy, el sha, el sha Akbar, el espíritu de de Grisogono, la estrella de África, la estrella de Oriente, la estrella del sur, la estrella de sierra Leona, la estrella de la temporada, el rosa de steinmetz, el taylor-Burton, el teréschenko, el Amarillo de tiffany, el tío sam, el Vargas, el Wittelsbach-Graff, amatista.


8.

Vuelan mis palabras hacia lo alto, mis pensamientos se quedan aquí abajo. Palabras sin pensamientos jamás llegan al cielo.
Shakespeare

Escritura nocturna es una serie de obras que insertan textos épicos en lienzos de papel únicos hechos a mano. Las palabras se traducen a braille y esa composición de puntos se superpone a imágenes del cielo nocturno a gran escala, coloreadas a mano y empapadas de tinta.

La pulpa de papel da lugar a un solo lienzo y, mientras aún está húmeda, se practican los distintos agujeros de braille con aire presurizado, con lo que se puntúa la pulpa maleable, literalmente, para crear una superficie estampada en la que, poco a poco, al secarse, quedan unos orificios irregulares y diminutos. Detrás de la capa de papel moldeado se coloca un espejo que hace que la constelación de agujeros se ilumine y refleje al observador, al transeúnte y la luz variable del espacio en sí. El efecto da lugar a un centelleo periférico, a medida que los cambios constantes del entorno, en tiempo real, animan la superficie reflectante de las obras. En un absurdo, ese braille visual e intocable se torna ilegible tanto para los invidentes como para los videntes. Las palabras escritas se pierden en un código indescifrable de puntos. Los dos lenguajes, superpuestos, se anulan mutuamente, y el significado de las distintas palabras cargadas queda enmudecido.

Las palabras de estas obras se invisibilizan; el texto efímero, oculto pese a estar a la vista de todo el mundo, se convierte en la máxima abstracción de la mirada, el anhelo y la lectura.

Julio de 2011
Traducción del inglés de Carlos Mayor


Articulo : http://www.elboomeran.com 15∕12∕2015 

Inocencio BECERRA∕ Octavio PAZ: el compartidor

REVISTA LA GACETA
El compartidor
Por Inocencio BECERRA

La Gaceta, en su nº 556, publica el ensayo ganador del concurso internacional para jóvenes que organizó para festejar los 80 años del Fondo de Cultura Económica y el centenario del nacimiento de Octavio Paz. El ganador, Inocencio Becerra, recorre la obra del Octavio Paz poeta y ensayista, y rescata la filosofía y el análisis que desprenden sus principales textos. Hace especial hincapié en la concepción del mexicano de que somos otro, de que somos todos y somos ninguno, y lo define como "el compartidor de su soledad".

¿Cómo saber cuál es la verdadera razón por la que existe esa vaina hermosa pero extraña que lastima y excita, cuestiona y parpadea, engulle y maldice, y existe y canta: la poesía? Labios de comunidad, corazón de misántropo, plenitud de viento que se disfruta y no se entiende, que no quiere ser entendida. La posición de Octavio Paz en este mundo, su condición de hacedor de ritmos, se comprende cuando se produce esa pregunta sabiendo -aceptando- que la respuesta no se conocerá nunca.

Octavio Paz, aquel que nació con la primera gran guerra, tuvo la generosa y loable misión de preguntarse y respondernos, pero es evidente que no fue su respuesta, tal vez ni siquiera su formulación de la pregunta, lo que lo hizo definitiva en la literatura del siglo pasado. ¿Cómo enfrentó el escritor mexicano su destino? ¿Y qué lo hace memorable?

Entre los muchos, Octavio Paz que existen, hay dos muy sobresalientes: el ensayista y el poeta. Asimétricos, distintos, raros, lúcidos e inseparables. Paz, limpio razonador, tercermundista analítico, gran conocedor de las líneas de la historia mexicana; el otro, Octavio, menos pensativo, más libre y sensitivo, el ritmador, el que orina, el que canta, el natural,  el de las sensaciones extrañas, el que es distinto y similar, el que es otros y ninguno, al que no es necesario entender, es mucho más interesante. Octavio pregunta y responde con líneas que están al nivel de sus altas posibilidades intelectuales. Más que de sabiduría, Octavio Paz está hecho de entendimiento; los procedimientos de su raciocinio son afines a la necesidad de análisis propio que exige la compleja cultura mexicana y -aunque parezca abusiva y pretensiosa la extrapolación- las que exige la cultura latinoamericana.

El Paz de El laberinto de la soledad es un Paz entendedor, inteligente y atrevido. Es capaz de hacerse espejo para mostrarle a su país el rostro de su identidad. Exhibir ante todos sus compatriotas su profunda perspectiva de lo que el mexicano es a partir de sus tropezones históricos, su soledad, su introversión y su manera de ver el mundo, requiere una valentía enorme, sin olvidar, por supuesto, que para eso también necesitaba inteligencia y mexicanidad, pero tales atributos, evidentemente no le faltaban.

En El laberinto de la soledad el primer Paz, el ensayista, se sienta a invocar a todos sus coterráneos: dioses precolombinos, caudillos muertos y fantasmales, pachucos, aguerridas mujeres, hombres cerrados, fiestas habituales, estudiantes entlatelolcados, pensadores, hijos de la Malinche, campesinos, media, rebeldes, adalides y, sobre todo, humanos de idiosincrasia indeterminada.

Se sienta para intentar entenderlos, y la herramienta que utiliza para dar un concepto de lo que es y lo que son, es —además de la soledad y la introversión— su noción de otredad.

La primera página de Postdata explica ese fenómeno e inevitablemente su análisis deja de ser nacional:
“La mexicanidad no es sino otro ejemplar, una variación más, de esa cambiante idéntica criatura plural una que cada uno es todos somos ninguno”.

Pero si el mexicano, según él, se esconde, se cierra para no rajarse, ¿cómo puede ningunearlo y —con más atrevimiento— cómo puede decir que un mexicano es cada uno de todos los hombres? La paradoja generada por la contrariedad entre el cerrado y lo otro se abre y se aclara si se analiza desde el mismo individuo que la produjo. Octavio Paz era buscador de instantes, retratador de jardines —desde su posición de niño—, analizador de olas, descriptor de noches y de obscuridades, avistador de relámpagos; ésos parecen ser síntomas de soledad.

Octavio Paz era —es— un ser humano; era —es— un mexicano, y eso lo hace susceptible de soledad; ¿no querría él, por medio del concepto de alteridad, siendo otro, siendo otros, siendo todos y nadie, muchos y ninguno, sentirse menos atacado por la soledad?

Hace entonces el análisis de la pirámide, de las máscaras, de la herencia continuada de Quetzalcóatl, de los ritos, creencias y fiestas de su patria, de su historia política y su cosmogonía, para entenderse a sí mismo luego de entender al mexicano, para anticiparse a la soledad, para ahorcarla, para interpretarla.

En 1956 publica una versión distinta de su elucidación sobre la otredad dentro de una piel y un objetivo diferentes. Esta vez justifica, más bien esconde, su concepción de que somos otro, de que somos todos y somos ninguno en el caparazón de una teoría poética: El arco y la lira.

Además de haber sido un monumental hacedor, Paz fue, como pocos, un lector insaciable; por eso no se hace posible decir que El arco y la lira es sólo un escondite de la otredad. Octavio conocía la poesía desde los dos lados del rito y ese libro es la prueba más válida de esa doble condición. Contener su visión del concepto de poesía, su manera de entender los componentes del poema y su análisis de la historia y porvenir de su género, conociendo lo que él conoció: sus lecturas de Novalis, de Pound, de Quevedo y de muchos otros, es conocerlo a él y consumar comunión y soledad a un mismo tiempo.

“El poema no es una forma literaria sino el lugar de encuentro entre la poesía y el hombre.” Haciendo tangible la poesía, el autor mexicano, como casi todos los poetas, logró justificar su línea de pensamiento: lo bifurcó todo, lo expandió todo; así, el poema ya era uno que eran dos. Con ayuda de las revelaciones de Marcel Granet en territorio filosófico chino, pudo también Paz alterar, hacer otro, al intocable universo, mientras además lúcidamente explicaba los elementos del poema: el universo es un sistema bipartido de ritmos contrarios, alternantes y complementarios.

Ya tenía ganadas dos batallas dificilísimas. Ya había hecho otro al espacio infinito: universo, y otro a su herramienta de trabajo: el poema. Se hizo de una espada poderosísima: la noción del ritmo. Sólo faltaba otear al tiempo para que la historia no se engullera toda su teoría, para que no se lo comiera la soledad. Entonces atacó con una seguridad inigualable: al tiempo se le acaba multiplicándole las sienes; mortificó a la historia haciéndola una y todas; dejó más que bicéfalo al tiempo cuando dijo: “el ritmo poético es la actualización de ese pasado que es un futuro que es un presente: nosotros mismos. La frase poética es tiempo vivo, concreto: es ritmo, tiempo original perpetuamente recreándose”. Quedó libre entonces: ya era Paz, tenía toda la autonomía para justificar su pasado poético y lo que vendría. Era un Octavio sin cadenas.

La columna vertebral de la obra del mexicano son los libros que publicó en la década de los años cincuenta. Los “Trabajos del poeta” de ¿Águila o sol? Es una versión maravillosa de lo que le pasaba; un experimento morado, amarillo, azul, indefinible de lo que sentía cuando la nube de las palabras se detenía sobre su ser; un manual de cómo matar, violar, quebrar, sujetar, pinchar, hacer chillar a las palabras, dominarlas y al mismo tiempo hacerlas libres; el poeta de esa sección del libro tiene un sexto, séptimo y hasta octavo sentido para conjeturar la llegada de sus amigas enemigas puntuales y despeinadas. A quién se le ocurre verse como quien “lucha a solas con una palabra. La que le pertenece, a la que pertenece…”. Sólo a un genio: a un poeta. Al mismo al que se le ocurre un indiecito amable buscándole cabeza a una niña entre su colección de cabezas (esa mutilación de la puntuación —tan mágica como en “Semillas para un himno”— es alocada y mítica) o una ola traviesa en una tranvía capitalino convertida en huésped bipolar, en puta de pececitos, en estatua, en hielo; al mismo que hizo un pueblo con un enamorado de peculiar gentileza que le regala un ramo de ojos azules a su novia.

Algunos de los cuentos-poemas de ¿Águila o sol? son maravillosos, algunos otros prescindibles. Dos sentencias imperdonablemente rescatables, de “La higuera y el viejo poema”: “Adolescencia feroz: el hombre que quiere ser, y que ya no cabe en ese cuerpo demasiado estrecho, estrangula al niño que somos”, y como inigualable epitafio: “El hombre empieza donde muere. Voy a mi nacimiento”. Sigue siendo en su posición de poeta un más de uno: el niño, el adolescente, el adulto; el que nace, el que muere. Eso, la otredad invisible es lo que hace memorable a Octavio Paz.

El verdadero, el más pleno de todos los Octavios posibles, es el Octavio de la edición de Libertad bajo palabra, del tomo siete de las obras completas. Un Octavio Paz ilimitado y limitado ya acepta, ya no esconde su contrariedad, sus oposiciones, su alteridad; las muestra de una manera magistral, más cercana que nunca a su relación amorosa con la naturaleza. Ese Octavio es más árbol y más hoja, y más cielo y más luz. Es el libro que mejor intitula el autor, ya que verdaderamente es el que le da una redención de la soledad (libertad perpetua) teniendo por pago el hacer uso de lo mejor que la casualidad le había legado: el uso de la palabra.

Pero a la otredad no renunció tampoco en ese libro; ese elemento no necesita, no merece siquiera ser renunciado; más bien, tal vez involuntariamente, la otredad traspasó los mohosos límites de la redondez cerrada de cada libro, caló en su obra de año en año. Recordando que Paz y todos somos todos pero también ninguno y también el mismo, se vislumbran inconcebibles conexiones entre distintas narraciones; el ejemplo más notorio: los personajes centrales de “La calle” en “Calamidades y milagros” y de “Encuentro” en “Arenas movedizas” son uno mismo que es uno mismo, es decir dentro del cuento son o creen ser el otro y eso los hace ser el mismo, no con el otro del mismo texto sino con el otro del otro libro.

Espejo, Manantial, Palabras, Niña, Adiós a la casa, la vida sencilla, La poesía, El ausente, Soliloquio de medianoche, Piedra de sol, Cuerpo a la vista. Las páginas legales de todos los libros de Paz dicen que la herencia es para Marie-José Paz, pero el legado de rubor poético y magia natural es nuestro, es de él que es todos, es de mí que soy muchos, es de todos que nada somos; no se puede individualizar, no se puede asir pero sí oler y escuchar.

Los poemas que llenan el anterior párrafo son de los mejores que un hombre ha podido hacer. Todos ellos, todo lo anterior y lo siguiente, su renuncia a la embajada, su solidaridad, su otredad, su ensayística y su poesía, después y antes de batallar contra la soledad del que conceptualiza las olas, su ademán mordiéndola, escupiéndola, pero no acabándola nunca, porque a la soledad se le odia pero se le necesita, dejan entrever el verdadero adjetivo que podría describir a Octavio: el compartidor.

Octavio Paz es un compartidor en todo el sentido de la palabra. Es el hombre elegido, como los poetas, los magos y los antiguos místicos, para encender el fuego y quemar, y mojar y dejar ir, y traer de nuevo a la palabra: “la poesía es la historia de los pueblos y de uno mismo”, “la poesía es de todos y de nadie”, el juego, la armonía, el rito, la apuesta, es el medio a través del cual Octavio comparte lo que siente, y lo que hay por dentro: el ritmo, la rima, la metáfora, la adecuación del lenguaje es la forma de ese medio.

Octavio es el silbador que nos escucha y al que oímos, nuestra memoria y la reconstrucción, y destrucción y renovación líquida de lo que somos. Octavio Paz es la voz que canta murmurando, la que cierra los ojos y ve párpados rojos naufragando; el que comparte, lo que es y no es, lo que percibe o imagina, lo que hace y especialmente a lo que le teme: Octavio es, sin vericuetos, el compartidor de su soledad.

La poesía —además de ser lo que citó García Márquez y dijo Cardoza y Aragón: la única prueba concreta de la existencia del hombre— es, por todos y para ninguno, comunión y soledad. Eso responde a la primera gran pregunta, la cambiante pregunta que es siempre la misma: la poesía existe como método para compartir la soledad de todos y cada uno de los hombres, bardos o incestuosos, adinerados o revoltosos, mexicanos o no mexicanos.

La proyección y multiplicación anuladora que Paz hizo de su ser le permitió alcanzar otro tipo de magia: el vaticinio. Leer el discurso Nobel que Saint John Perse pronunció en Estocolmo en 1960 es como leer una síntesis antillana de algunos apartes de El arco y la lira. Entonces hay magia también en la poesía —eso es indiscutible—. Además de compartidor el hombre fue vaticinador de Léger, fue amanuense de los árboles rotos bajo y sobre cuya sombra nos sentamos a comulgar, a recitar, a saborear, a escuchar, a compartir, a solas, con otros, a escondidas, su poesía, sus palabras, su sentirse solo, su ser fluctuante que es “perpetua posibilidad de caída y salvación, no sólo carencia o abundancia sino posibilidad”. Me reconozco en la comunión que hago de esa posibilidad que él es y será, que soy y seré, que somos y seremos.

Bardo, no somos dignos de que entres en nuestro pueblo pero una sentencia tuya bastará para purificar. Paz es un hombre, un nombre, una palabra, un conjunto de palabras para leer afuera, afuera de la casa y de nosotros. Veo poesía. Aunque tengo algunos libros de Paz en frente, no es a eso a lo que me refiero. Veo poesía, esto es poesía: azul, árbol, cielo, luz, vida, tronco arrugado, adobe enraizado, pasto amarillo, ajenos montes… Leer a Octavio Paz es entendernos intentando desentendernos. El mexicano afrontó su destino posibilitando la aglomeración de los pronombres personales y posesivos, compartiendo, siendo otros y otro: así superó su soledad, dándosela a todo el mundo, y así nos desembarazó, nos quitó ese peso vacío de encima; nos enseñó a domeñarla y a utilizarla: compartiéndola, haciéndola de todos.

Si se es todos y ninguno el tiempo, el universo, la soledad y la realidad nunca podrán avasallarnos. Así la sombra es mía y de otro; tropiezo, tropiezas, tropezamos, sigues, sigo, seguimos, eres, soy, somos:

Es una calle larga y silenciosa.
Ando en tinieblas y tropiezo y caigo
y me levanto y piso con pies ciegos
las piedras mudas y las hojas secas
y alguien detrás de mí también las pisa:
si me detengo, se detiene;
si corro, corre. Vuelvo el rostro: nadie.
Todo está obscuro y sin salida,
y doy vueltas y vueltas en esquinas
que dan siempre a la calle
donde nadie me espera ni me sigue,
donde yo sigo a un hombre que tropieza
y se levanta y dice al verme: nadie.1

El compartidor nació con la primera Guerra Mundial, tal vez antes, tal vez después, cuando ya no tengamos agua en que mirarnos, entre las guerras médicas o durante la llegada de Rúrik al Ládoga; renunció en Nueva Delhi cuando murieron los de Tlatelolco, tal vez antes, tal vez después, cuando la poesía no se diga, cuando Gandhi reconcilió contrarios, cuando tuvo tiempo el suicidio de Asunción Silva; murió en el año en que nació mi hermano, en el que ganó Saramago su merecido trozo de la herencia de Alfred Nobel, tal vez antes, tal vez después, cuando lleguemos a Marte, cuando nació Barrabás, cuando se independizó Texas; el compartidor somos todos porque lo compartido es general: “la poesía es de todos y del escogido que es todos y es un don nadie”.
Señor, Octavio Paz: en El laberinto de la soledad usted dice que “hoy —en su hoy, en el hoy de todos, en el hoy de nadie y de ninguno— somos contemporáneos de todos los hombres”. Es un placer para mí, para nosotros, para todos, que usted haya sido nuestro contemporáneo.

El colombiano Inocencio Becerra fue el ganador de nuestro concurso internacional de ensayo escrito por jóvenes en torno a Octavio Paz.

1“La calle”, en “Calamidades y milagros”, Libertad bajo palabra.


Articulo : http://www.elboomeran.com 22∕12∕2015

Albert EINSTEIN∕100 años de la Teoría de la Relatividad General

100 años de la Teoría de la Relatividad General
EL CULTURAL

El 25 de noviembre de 1915, Einstein presentaba ante la Academia Prusiana de las Ciencias su Teoría de la Relatividad General. El artículo era un prodigo de la mente humana que cambiaba el rumbo de la ciencia. Con motivo de su centenario, el académico y catedrático de Historia de la Ciencia José Manuel Sánchez Ron, que publica Albert Einstein, su vida, su obra y su mundo (Editado por Crítica y Fundación BBVA) coincidiendo con el aniversario, y José M. Martín Senovilla, catedrático de Física Teórica de la Universidad del País Vasco, analizan la importancia del hito. Además, siete investigadores escriben sobre los desafíos surgidos a raíz de aquellas históricas ecuaciones.

Una magna formulación
Por José Manuel Sánchez Ron

Con motivo del centenario de la Teoría de la Relatividad General, el académico y catedrático de Historia de la Ciencia José Manuel Sánchez Ron, que publica Albert Einstein, su vida, su obra y su mundo (editado por Crítica y Fundación BBVA), analiza la importancia histórica de la formulación.

La historia de la ciencia no es parca en logros extraordinarios, en innovaciones (descubrimientos experimentales y construcciones teóricas) que no habían soñado las generaciones precedentes. De toda esa pléyade de novedades, sobre las cuales se asienta la historia de la humanidad, una destaca como la más original e insospechada: la Teoría de la Relatividad General, de cuya presentación definitiva se cumple este mes un siglo. El 25 de noviembre de 1915, en efecto, Albert Einstein ponía fin a una búsqueda de una teoría relativista (esto es, que fuese compatible con los requisitos de la Teoría de la Relatividad Especial que había producido en 1905) de la interacción gravitacional que había comenzado en 1907: aquel día presentó a la Academia Prusiana de las Ciencias un artículo titulado "Las ecuaciones del campo gravitacional", que se publicó el 2 de diciembre, en el que se encuentran las leyes con las que aún hoy describimos los fenómenos gravitacionales. Y esto incluye no sólo movimientos como los de los planetas del sistema solar, sino también la propia estructura del Universo, en el que impera la fuerza gravitacional; de hecho, enseguida, en 1917, el propio Einstein fundó la cosmología relativista, que en su momento proporcionó el marco teórico para entender el descubrimiento, observacional (Edwin Hubble, 1929), de la expansión del Universo.

Todo esto es maravilloso, pero ¿no son también extraordinarios, por ejemplo, la capacidad explicativa del cálculo infinitesimal, inventado por Isaac Newton y Gottfried Leibniz en el siglo XVII, la Teoría de la Evolución de las Especies que presentó Charles Darwin en su inmortal El origen de las especies de 1859, o la mecánica cuántica de Werner Heisenberg y Erwin Schrödinger (1925, 1926), sobre la que se asienta nuestra civilización actual? Fenomenales como son estas construcciones del pensamiento, hay algo que las distingue de la Relatividad General. El mismo hecho de que la invención del cálculo infinitesimal se debiese, independientemente, a dos personas, Newton y Leibniz, nos indica que "estaba en el ambiente"; aunque de una forma menos elaborada, Alfred Russel Wallace llegó al mismo tiempo que Darwin a sus mismas ideas; y la mecánica cuántica fue, en realidad, un producto comunal en el que participaron durante un cuarto de siglo muchos físicos. Pero hay aún más. Nadie había pensado en el tipo de estructura en que se basa la Relatividad General, hasta tal punto que es difícil imaginar que algún otro científico hubiese producido el tipo de teoría a la que llegó Einstein. ¿Y cuál es esa estructura? Hasta la Relatividad General, todas las teorías de la física utilizan un marco geométrico, un "espacio", que no depende de lo que contenga, de su contenido energético-material. El espacio -de hecho, el espacio-tiempo, pues ambos, espacio y tiempo se hermanan en una unidad indisoluble- de la Relatividad General sí depende de ese contenido, y como éste varía (los cuerpos se desplazan, las energías son cambiantes), la geometría del espacio-tiempo no puede ser fija. Afortunadamente, en la época de Einstein ya se disponía del instrumento adecuado para dar cabida a semejante característica: las geometrías no euclidianas (esto es, curvas), desarrolladas en el siglo XIX por Gaus, Lobachevskii y Bolyai, que sistematizó Riemann en 1854. Todavía hoy, salvo la Relatividad General, todas las teorías de la física se basan en marcos geométricos "estables".

Dije antes que fue en 1907 cuando Einstein comenzó a plantearse el problema de construir una teoría de la interacción gravitacional que fuese compatible con la Relatividad Especial (la teoría que Newton formuló en 1687 no lo era), pero ¿es posible decir algo más sobre aquel origen? Sí, y sorprende su sencillez y ambición, pues los pilares que Einstein estableció entonces fueron dos, que podemos entender bien: (1) la inexplicada igualdad en la mecánica de Galileo-Newton de la masa inercial y la gravitacional (la primera expresa la resistencia de un cuerpo a abandonar el movimiento inercial de reposo o de movimiento uniforme, la segunda, la reacción ante la fuerza gravitacional), que le dio la pista para establecer lo que denominó "principio de equivalencia", que equiparaba fuerza gravitacional y sistemas de referencia acelerados; (2) el deseo de generalizar el "principio de relatividad" que utilizó en la Teoría de la Relatividad Especial: ¿por qué limitarse a exigir que las leyes de la física fuesen independientes del sistema de referencia inercial, y no a cualquier sistema de referencia, independiente de su movimiento? Con aquellos pilares, y tras vencer grandes obstáculos y seguir caminos equivocados, llegó a la magna formulación de noviembre 1915.

Aceptamos o rechazamos las teorías científicas por su capacidad de "explicar" los fenómenos que observamos. En el caso de la Relatividad General, las primeras predicciones que se podían a someter a pruebas fueron tres (décadas más tarde, con el desarrollo tecnológico, llegaron otras): la del movimiento anómalo del perihelio de Mercurio (lo que la teoría ensteiniana predecía se ajustaba a lo ya conocido, inexplicado con la teoría newtoniana); la del desplazamiento hacia el rojo de las líneas espectrales; y la de la curvatura de los rayos de luz debido a un campo gravitacional. La comprobación de esta última predicción la llevó a cabo en 1919 una expedición británica, utilizando un eclipse de Sol. La noticia se hizo pública el 6 de noviembre, e inmediatamente los periódicos se hicieron eco de ella, haciendo de Einstein un personaje de renombre universal, posición que nunca abandonaría y que continúa ocupando cuando se cumplen sesenta años de su muerte.

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¿Qué es la Relatividad General?
Por José M. Martín

Con motivo del centenario de la Teoría de la Relatividad General de Albert Einstein, José M. Martín Senovilla, catedrático de Física Teórica de la Universidad del País Vasco, reflexiona sobre la relevancia histórica de la formulación del físico alemán.
Parafraseando a Leibniz, dispongo de varias respuestas. Podría citar a Max Born ("el mayor hito del pensamiento humano acerca de la naturaleza") o Paul Dirac ("probablemente, el mayor descubrimiento científico de todos los tiempos"), ambos laureados con el Nobel de Física, pero esto no satisfará la curiosidad de los lectores.

Permítanme que empiece diciendo lo que no es: ninguna relación con el relativismo filosófico, doctrina resumida en la sabiduría popular con un "todo es relativo". ¡No! La Relatividad General es una rama de la Física. Desvelado el infortunado equívoco, lo que sí es: una teoría de la gravedad, ese fenómeno físico cotidiano de todo conocido. La mejor que hemos sabido construir.

¿Por qué el inusitado interés acerca de la gravedad y su descripción física? Puede que ustedes no estén al tanto, pero el 25 de noviembre es una fecha señalada. No sólo, que también, porque en 1960 acaecieron los asesinatos de las hermanas Mirabal -razón por la que en tal fecha se celebra el día internacional para la eliminación de la violencia contra la mujer-, sino porque en ese día de 1915, jueves, Albert Einstein publicó las ecuaciones definitivas de la teoría. Eran días convulsos de guerra, el New York Times titulaba: "Grecia accede a las exigencias de los aliados" (parece que el tiempo no pase...). El caso es que en 2015 se cumple el centenario de la teoría.

La Relatividad General es una teoría extraordinaria, construida por el puro intelecto sin poder inspirarse en ningún hecho experimental no explicado previamente, y por ello adelantada un siglo, quizás más, a su debida época. Basada en la unificación del espacio y el tiempo de su antecesora la Relatividad Especial -ya lo intuía Cervantes: "en un lugar... no ha mucho..."-, se erige sobre lo que Einstein mismo consideró la idea más feliz de su vida (¡hala!): el principio de equivalencia.

Viene a decir este principio: las aceleraciones que experimentamos cuando damos una curva, o si el conductor pega un frenazo, son indistinguibles de la atracción gravitatoria que ejerce la Tierra sobre nosotros. ¿No han notado cómo, si un tren se acelera o frena, caminar sobre el vagón es tan difícil como subir una pendiente, o tan peligroso como bajar una ladera empinada? Pues eso. Claro está, el tren puede pararse, o mantenerse con velocidad uniforme, y tales impresiones desaparecen. ¿Pasa lo mismo con la gravedad? Aquí la intuición del genio: sí, basta con ponerse en caída libre, y ¡no sentiremos nuestro propio peso! Uno puede subirse a una báscula para después lanzarse por la ventana con ella... que dejará de marcar el peso (hasta el porrazo con el suelo).

Actualmente, abundan los vídeos mostrando cómo los astronautas de la Estación Espacial Internacional (ISS), que está en órbita de la Tierra -es decir, en caída libre-, viven en un entorno de ingravidez. En resumidas cuentas, la gravedad es un fenómeno escurridizo, localmente inexistente si estamos en caída libre. Estarán pensando: una teoría de la gravedad en la que ésta parece ser una ilusión. Chocante. Mas, atención. Como escribió Einstein en una carta a Sommerfeld: "De la Relatividad General se convencerá en cuanto la hubiere estudiado; por tanto, no la defenderé con la más mínima palabra". Estudiémosla.

La implicación más profunda del principio de equivalencia es la geometrización de la gravedad. Las masas deforman la geometría a su alrededor. Así, las trayectorias de los cuerpos "se tuercen" debido a la curvatura del espacio-tiempo. Siendo cierto que en la ISS se vive en estado de ingravidez (local), también lo es que cada hora y media vuelve al mismo punto del espacio (efecto no local debido a la curvatura que la Tierra produce). La Tierra misma nota la curvatura provocada por el Sol (y la Luna) con las mareas, o mediante la repetición de las estaciones debida al paso por los mismos lugares orbitales cada año. En breve: aunque la gravedad puede considerarse localmente una ilusión, se manifiesta como una entidad real no localmente a través de la curvatura del espacio-tiempo. De su forma.

Las ecuaciones matemáticas que cumplen un siglo describen con precisión cómo una distribución de materia crea la curvatura/gravedad a la par que ésta gobierna el movimiento de la materia. ¡Ajá!, y si se retira todo lo material del Universo, ¿qué queda? Uno podría responder: el espacio y el tiempo. En realidad, no queda nada. El espacio-tiempo es una mera manifestación de la existencia de cosas. Sin éstas, aquél no tiene forma, no existe (Leibniz dixit). Ese es, sucintamente, el contenido sustancial de las ecuaciones de la Relatividad General; una relación íntima, aglutinadora, entre la geometría del espacio-tiempo y la materia. Pero, ¿cuál fue la repercusión de la teoría?

La física se vanagloria de su capacidad de predicción. La Relatividad General predijo fenómenos insospechados, por ejemplo que la luz se desvía al pasar cerca del Sol (¡geometría!), o que el tiempo transcurre a diferente ritmo según la altura sobre la Tierra, ambos medidos con cierta precisión en los albores de la teoría. No obstante, los efectos son tan diminutos que, después de una infancia asombrosa, la Relatividad General pasó a ser el "patito feo" de la familia de teorías físicas: un alarde intelectual sin apenas consecuencias observables. Por ello vivió una juventud difícil, menospreciada por muchos, hasta que alcanzó la madurez, las técnicas experimentales se refinaron, el patito feo devino "cisne" y pasó a ser admirado, hasta la adoración, por todos. De tal manera, los fenómenos mencionados pasaron a ser herramientas indispensables para la ciencia, la técnica y hasta los artefactos de uso diario. La desviación de la luz es la base de las medidas basadas en lentes gravitatorias, que permiten conocer la distribución de masa en objetos distantes y enormes tales como cúmulos de galaxias, cimentando en particular la idea de que existe mucha materia oscura en el Universo. El transcurso irregular del tiempo a diferentes alturas de la Tierra afecta a la sincronización de los relojes en la constelación de satélites responsables del funcionamiento del GPS (sí, esos aparatos). Sin conocer la teoría, éstos no funcionan.

De hecho, se puede dar una larga lista de consecuencias experimentales inexplicables sin la Relatividad General. A título de ejemplo: la Cosmología, que describe la historia, evolución y composición del Universo, incluyendo su expansión, actualmente acelerada. Los púlsares, estrellas de neutrones muy compactas, con masas mayores que la del Sol pero radios de apenas unos kilómetros. Más compactos aún, los agujeros negros, objetos fascinantes por sus propiedades y su simplicidad, ubicuos en el Universo: parece que existe uno gigante en el centro de cada galaxia respetable. (La Vía Láctea tiene el suyo, "nuestro agujero negro": Sagitario A* se llama esta simpática mascota de millones de masas solares). En fin, las ondas gravitatorias, remedos gravitacionales de las ondas de luz, tan débiles que aún no se han podido detectar directamente (tenemos “ceguera gravitatoria”) a pesar de tremendos esfuerzos materiales y espirituales, pero sí indirectamente por sus consecuencias en sistemas de dos astros, uno de ellos púlsar. Todo lo cual ha traspasado la frontera de la cultura científica y permeado la jerga habitual: Big Bang, agujero negro, energía oscura,...

¿Alguien da más? Ejem..., subsiste un misterio que rodea a la teoría: su manifiesta incompatibilidad, casi "repugnancia" mutua, con la rama de mayor éxito de la física, la cuántica, sin la que tampoco se puede entender el Universo ni la mayoría de los fenómenos. Es un rompecabezas persistente cuya solución carece de pistas fiables aún (mi opinión). Sin embargo, dado que la Relatividad General se adelantó 100 años a su lógico nacimiento, es posible que estemos, por fin, en disposición ideal para atacar este enigma. En ello estamos. Al fin y al cabo, los investigadores alimentamos el instinto de saber intentando engrandecer el patrimonio intelectual de la humanidad. Dimos un paso gigante hace un siglo que nos enorgullece. Preparémonos para el siguiente salto con determinación. Como se sabe, 100 años no son nada.

***
Las claves del universo

Observar las ondas gravitacionales
Alicia Sintes / Profesora de Física Teórica. Universidad de las Islas Baleares.

La existencia de las ondas gravitacionales fue predicha por Einstein mediante el estudio de fenómenos en el marco de su teoría de gravedad linealizada. En un principio se cuestionó si éstas describían fenómenos físicos reales o simplemente eran efectos de coordenadas, pero ya en la década de los sesenta se comprendió su naturaleza física. Según esta teoría, cualquier masa acelerada de forma no esféricamente simétrica produce un cambio en el campo gravitatorio que se propaga en el universo a la velocidad de la luz. Justamente las ondas gravitacionales son estos cambios en el espacio-tiempo. Pero debido a que la gravedad es la más débil de las cuatro interacciones fundamentales, las ondas gravitacionales son sumamente pequeñas, cosa que ha imposibilitado hasta ahora su observación directa. Se espera que los experimentos Advanced LIGO, que ya están tomando datos (y en un futuro Virgo, KAGRA y la misión espacial eLISA), lograrán con el tiempo los niveles de sensibilidad que nos permitirá “oír” y comprender los fenómenos astrofísicos más energéticos de las profundidades del universo.

De Einstein a Hawking, una cuestión de conviviencia
José Navarro-Salas / Catedrático de Física Teórica de la Universidad de Valencia y miembro del IFIC.

Cien años después del nacimiento de la Relatividad General de Einstein su convivencia con la Teoría Cuántica continúa siendo problemática. La Relatividad Especial y la Teoría Cuántica se conciliaron en la electrodinámica cuántica. Iniciada por Dirac y desarrollada entre otros por Feynman y Schwinger, constituye la teoría científica con mayor acuerdo experimental. El problema que resolvieron fue la eliminación de los infinitos que la plagaban. B. DeWitt extendió sus métodos a la Relatividad General. Pero pronto comprobó que no había manera de generar una teoría sin infinitos. L. Parker cambió la estrategia y extendió la Teoría Cuántica de Campos a un universo en expansión. Llegó a un descubrimiento sorprendente: la expansión cósmica crea partículas elementales, sobre todo en los primeros instantes del universo. S. Hawking extendió este resultado a los agujeros negros. La nueva estrategia mostraba su potencial. La expansión cósmica también crea perturbaciones de densidad de energía, efecto corroborado en medidas de temperatura del fondo cósmico de microondas. Pero el problema original de la cuantización completa del propio campo gravitatorio continúa abierto.

Materia cuántica
Guillermo Mena / Director del Instituto de Estructura de la Materia y del Centro de Física Miguel A. Catalán. CSIC.

La Relatividad General describe la gravedad como un fenómeno geométrico. La materia curva del espacio y el tiempo, y a su vez este marco espacio-temporal determina las trayectorias de la materia. Un reto de la Física es conciliar la Relatividad con los postulados cuánticos desarrollados a partir de Planck. En Teorías de Cuerdas, este reto se aborda con técnicas de Física de Partículas. Los problemas para cuantizar las interacciones locales se superan introduciendo un objeto extendido: la cuerda. Sus excitaciones proporcionan las partículas elementales. Una de estas excitaciones tiene las características de una partícula gravitatoria en un espacio-tiempo plano: el gravitón. En este sentido, Cuerdas contiene la gravedad. Frente a ello, la Gravedad Cuántica de Lazos o Relatividad General Cuántica utiliza un lenguaje geométrico más cercano al de Einstein. Persigue una cuantización de la teoría einsteiniana, sin modificarla. El énfasis se pone en cuantizar la geometría, y sin recurrir a estructuras de fondo sobre las que expandir las interacciones, como sería el espaciotiempo plano. Es esta realidad de áreas, volúmenes y trayectorias geométricas cuantizadas la que permite hacer compatible la gravedad con la Física de Planck.

El Santo Grial de los físicos
Tomás Ortín / Instituto de Física Teórica UAM / CSIC.

La Teoría de la Gravitación Cuántica es una teoría que creemos que es posible formular y que nos serviría para describir los fenómenos cuánticos en un contexto gravitacional o los fenómenos gravitacionales a escalas cuánticas. Es el ‘Santo Grial' de los físicos teóricos. Lo que creemos saber es que tiene que dar los mismos resultados que la Relatividad General cuando se aplica a los cuerpos del Sistema Solar y a los cuerpos que vemos caer cada día en el campo gravitacional de la Tierra, porque los resultados de la RG son a esas escalas magníficos. Las teorías físicas nuevas superan a las antiguas, pero, aunque sean muy diferentes, han de dar los mismos resultados allí donde aquéllas funcionaban. Hay varias propuestas de Teoría de Gravitación Cuántica. Precisamente la que utiliza más elementos de la RG (la Gravedad Cuántica de Lazos) es la que menos cumple el principio general que he enunciado. La Teoría de Supercuerdas parte de supuestos muy diferentes, pero recupera mejor la RG en los límites adecuados. También tiene sus problemas aunque nos ha dado ideas revolucionarias como la holografía.

Supercomputadores
José María Ibáñez / Catedrático de Astronomía y Astrofísica de la Universidad de Valencia.

Hace 50 años aproximadamente se obtuvo la primera solución numérica -mediante el uso de ordenadores- de las ecuaciones de Einstein. En 2004-2005 se consigue determinar la estructura del campo gravitatorio generado en la colisión de dos agujeros negros. Tal éxito no habría sido posible sin el desarrollo de algoritmos numéricos precisos, y sofisticados códigos (con decenas de miles de líneas) a ejecutar en los más potentes supercomputadores. Los supercomputadores son sistemas de cálculo que pueden llegar a tener cientos de miles de núcleos de cálculo. Constituyen verdaderos laboratorios virtuales en los que es posible recrear las condiciones en las que tienen lugar los fenómenos astrofísicos y cosmológicos. La Relatividad General es el marco teórico que permite analizar, mediante la simulación numérica en supercomputadores, problemas astrofísicos y cosmológicos tan complejos como, por ejemplo, la colisión de objetos compactos o la formación y evolución de agujeros negros, estrellas de neutrones, supernovas hidrodinámicas, galaxias o grandes estructuras en el Universo.

En el centro, los Agujeros Negros
Roberto Emparan / Profesor de Investigación de ICREA.
Universidad de Barcelona.

La Teoría General de la Relatividad hace dos predicciones espectaculares: la expansión del Universo y la existencia de agujeros negros. Se suele decir que el mayor error de Einstein fue no haber apreciado la primera de ellas, algo que reconoció cuando la predicción fue verificada por las observaciones de Hubble. Es mucho menos conocido que a Einstein también se le escapó la idea, mucho más sutil, del agujero negro, que no fue entendida hasta la década posterior a su muerte. La Teoría de la Gravedad de Newton predecía la existencia de “estrellas oscuras”. Éstas, sin embargo, no serían más que estrellas muy masivas, muy distintas a los agujeros negros de la teoría de Einstein, que están hechos de espacio y tiempo tremendamente distorsionados. Hoy en día, los agujeros negros se consideran los objetos más básicos de la teoría de la gravedad de Einstein y juegan un papel central en cualquier investigación de dicha teoría.

Sistemas de simulación
Luis J. Garay / Profesor de Física Teórica de la Universidad Complutense de Madrid.

Dada la dificultad experimental de manipular objetos con campos gravitatorios intensos, se ha realizado recientemente un esfuerzo para construir sistemas en el laboratorio que se comporten como agujeros negros, con radiación de Hawking. En estos sistemas, el sonido desempeña el papel de la luz. La teoría se ha desarrollado durante los últimos treinta años y ya se han hecho experimentos en los que se han construido agujeros negros acústicos y se ha observado la diminuta y elusiva radiación de Hawking (en su versión acústica). Otro asunto distinto es simular en el laboratorio la teoría completa de la Relatividad General de Einstein, la propia dinámica del campo gravitatorio (gobernada por las ecuaciones de Einstein) y, de hecho, existen evidencias de que no es posible llevar a cabo dicho proyecto en los materiales conocidos actualmente.

Ilustración: Raúl Arias

Articulo : http://www.elcultural.com/06∕11∕2015

Juan ÍÑIGO IBÁÑEZ∕Violeta PARRA: cabeza de pájaros azules

Violeta PARRA: cabeza de pájaros azules Por Juan ÍÑIGO IBÁÑEZ 2017 marca el centenario de la cantautora de “Gracias a la vida” y ta...