lundi 12 octobre 2015

ESPECIAL Antonin ARTAUD

Sobre NERVAL
Por Antonin ARTAUD

Rodez, 7 de marzo de 1946

Señor Georges Lebreton
al cuidado del señor Max-Pol Fouchet
Director de la revista Fontaine
calle Saint-Placide 41
París.


Querido señor:

Acabo de leer en la revista Fontaine dos artículos de usted acerca de Gérard de Nerval que me han causado una extraña impresión.

Usted debe de saber por mis libros que soy un ser violento e iracundo, lleno de espantosas tempestades internas, a las que siempre he canalizado en poemas, pinturas, puestas en escena y escritos, pues también debe de saber por mi vida que nunca muestro esas tempestades al exterior. He de decir a usted hasta qué punto he sentido siempre la vida de Gérard de Nerval junto a la mía, y hasta qué punto los poemas de las "Quimeras" en los que hace usted descansar su esfuerzo de elucidación, representan para mí esa especie de vínculos del corazón, esos viejos dientes de una acrimonia mil veces rechazada y extinta y con la cual Gérard de Nerval, desde el fondo de sus tumores de espíritu, logró hacer vivir seres, seres por él recuperados de la alquimia, y reivindicó los Mitos, y puso a salvo del amortajamiento de la Adivinación. Para mí, Anteros, Isis, Knef, Belus, Dagán o la Mirto de la Fábula no terminan de ser los de las turbias historias de la Fábula, sino seres inauditos y nuevos que no tienen del todo el mismo sentido y que tampoco traducen célebres angustias, sino las fúnebres de Gérard de Nerval, colgado una mañana y nada más. Quiero decir que el poder de rechazo de un gran poeta frente a los Mitos es absoluto, pero que Gérard de Nerval, como ha dicho usted en ciertos pasajes de sus artículos, añadió a ello su propia transfiguración, no la de un iluminado, sino la de un ahorcado y que siempre sentirá al ahorcado. Para colgarse a la madrugada del farol de una calle turbia hay que tener torsiones del corazón como primicias de la inmanencia del colgamiento. Hay que tener unas ansias como las ansias con que Gérard de Nerval supo constituir increíbles músicas, que valen, no por la melodía o la música, sino por el tono bajo, quiero decir, la caverna baja, abdominal, de un corazón azotado.

Con toda seguridad, Gérard de Nerval estudió la Cábala alquímica, que, como todos saben, rozó la Gran Obra, pero nunca llegó a ella. En tanto que los poemas de Gérard de Nerval, quiero decir, los insólitos sonetos de sus irrecusables Quimeras, se hallan en el camino de las explosiones de la Gran Obra, que fueron siempre y serán la zambullida del poder de ser en el delirio de las reivindicaciones.

Me han sumergido tres veces en las aguas de Cocito
Y protegiendo siempre a mi madre Amalecita
Siembro a sus pies los dientes del viejo Dragón

Anteros se venga de su madre, como que la hace nacer con dientes viejos. Gérard de Nerval se retuerce tres veces contra el olvido en que "los monarcas de los dioses" lo hunden como en un baño de vitriolo.
El verso dice:

Y protegiendo siempre a mi madre Amalecita

¿A quién, pues? Sabido es que los amalecitas eran una raza que se creía surgida de la tierra pura, sin ningún compromiso con dios, pero que a la larga, y a fuerza de confundirse con el principio del limo generador, quiso encontrarlo en el útero para extraer de él su progenie, y si hay un algo heroico en ese siempre con el que Gérard de Nerval Anteros continúa protegiendo a su madre, en medio mismo de su descenso a los infiernos, también puede sentirse -y esto ya no se desprende de la Cábala de los Mitos, ni del juego de cartas de la Adivinación-, también puede sentirse, digo, el apretamiento de las primeras denticiones, y yo diría esa espantosa tripsis dentaria de un deber a punto de soltar la presa y sublevarse contra las servidumbres filiales. Pues la Amalecita es conocida en la Biblia por ser también la primera madre que haya querido tomarle a la tierra el principio innato de dios, y en la parte más húmeda de su propia caverna de tierra -el útero- incubarlo como a su propio hijo. Y sembrar a sus pies los dientes del viejo dragón es plantar raíces para hacerla, quizás, crecer, pero también es sacar contra ella todos los dientes de una teta materna a fin, sobre todo, de desembarazarse de ella. Y no es tan sólo un asunto de sentido. Quiero decir que la prueba del sentido de los versos de las Quimeras no puede ser dada por la Mitología, la alquimia, la adivinación por cartas, la mística, la dialéctica o la semántica de las psicurgías, sino únicamente por la dicción. Todos los versos han sido escritos para ser primero oídos, concretados en la plenitud de las voces, e incluso nada más que su música los aclara y pueden entonces hablar por las simples modulaciones del sonido, y sonido por sonido, pues sólo fuera de la página impresa o escrita puede un verso auténtico cobrar sentido y necesita el espacio del aliento entre la fuga de todas las palabras. Las palabras huyen de la página y se abalanzan. Huyen del corazón del poeta, quien incita su intraducible fuerza de asalto. Y que ya no las retiene en su soneto sino por el poder de la asonancia; sonar afuera con un idéntico ropaje, pero sobre una base de enemistad. Y esto lo dicen las sílabas de los versos, tan duros versos para parir las Quimeras, pero con la condición de ser nuevamente, y a cada lectura, expectorados. Pues entonces es cuando sus jeroglíficos se vuelven claros, entonces cuando todas las claves de su supuesto ocultismo se extinguen en los repliegues ya inútiles y nefastos de la materia cerebral. Pues los versos sólo son herméticos para quien jamás ha podido soportar a un poeta y, por odio al olor de su vida, se ha refugiado en el puro espíritu. Creo que el espíritu que desde hace ya cien años declara herméticos los versos de las Quimeras es ese espíritu de eterna pereza que siempre, frente al dolor -temeroso de acercársela demasiado, de sufrirlo también él de demasiado cerca; quiero decir, por miedo a conocer el alma de Gérard de Nerval como quien conoce los tumores de una peste o las terribles y negras huellas de la garganta de un suicidado-, ha ido a refugiarse en la crítica de las fuentes, como los sacerdotes en la liturgia de la misa huyen de los espasmos de un crucificado. Pues son las liturgias indoloras y críticas del ritual de los sacerdotes judíos que provocaron las excoriaciones y tumefacciones del cuerpo de cierto hombre que también fue colgado un día de los cuatro clavos de su calvario y luego arrojado a un basural como se arroja tocino a los perros. Y si Gérard de Nerval no fue colgado en el Gólgota, al menos él mismo se colgó de un farol como el traje de un cuerpo demasiado castigado que se colgara de un viejo clavo, como un viejo cuadro desesperado puesto en un clavo. Y esto se siente ahora en sus poemas; son los poemas de un ahorcado, colgado ante la crítica del ser y ante la captación de los rituales. Colgado ante el nacimiento de las fábulas y la fuente de las alegorías. Pues frente a cada alegoría o símbolo hay un sacerdote como Dom Pernety, como en la Edad Media hubo sacerdotes ante las desolladuras de ciertos seres nunca natos y siempre por nacer y de las escardaduras de la osamenta del dolor de los cuales, también nonatos y en la nada, pero viviendo del dolor como primicias de su futura maduración, los sacerdotes extrajeron los símbolos de la presunta ciencia abortiva de la alquimia.

Pues Gérard de Nerval no habría sufrido de la vida si no hubiese sido puesta en símbolos, no hubiese sido tipificada en símbolos, recortada en homúnculos astrales en ollas y si los símbolos y alegorías de seres, desesperados y rechazados por el ritual de la alquimia, no hubiesen sido estos, por otra parte, fuera de la simiente, fuera de esa semilla de tumores y simiente que en la vida real desemboca en la sífilis o en la peste, en el suicidio o en la locura. ¿Qué es la locura? Un trasplante fuera de la esencia, pero dentro de los abismos, de lo interior exterior. ¿Qué es la esencia? ¿Un agujero o un cuerpo? La esencia es el agujero de un cuerpo que el abismo de la boca circular de la olla nunca ha significado de verdad frente a las impaciencias de la alquimia. ¿Queda un puñado de huesos pulverizado? ¿Ni eso? Pero algo como una falsa sintaxis, las cansadas larvas de una antigua sintaxis en el esqueleto de nuestro cerebro. Como no queda un eje de la adivinación por cartas, sino las imágenes de una imaginativa floración fulminada. No unos precipitados en torno de un árbol de eje, sino los precipitados de un deshecho primarismo. La Adivinación es la idea de un Número en el que cabe hacer descansar las cosas, y hace ya más de mil siglos que este Número, como un árbol de mala cepa, ha sido erradicado de la realidad. Y si Gérard de Nerval se empapó de todo ello, sus Quimeras lo salvaron. Quiero decir que las Quimeras no pueden explicarse por las Cartas Adivinatorias, ni aun vistas como el juego interno de una prefiguración alquímica de las cosas; y con respecto al drama de todas las figuras que entran en ésta, tampoco pueden explicarse por la sombría aparición de principios que se halla en la base de la mitología, pues los principios de la Mitología fueron seres de los que Gérard de Nerval no tuvo necesidad para ser.

Jamás he podido soportar el manoseo de los versos de un gran poeta desde el punto de vista de la semántica, de la historia, de la arqueología o de la mitología; los versos no se explican, y en lo que incumbe a Gérard de Nerval, y sobre todo a los poemas de las Quimeras, me parece un pecado capital.

Pues la primera trasmutación alquímica que se efectúa en el cerebro de un lector de sus poemas consiste en perder pie frente a la historia y a lo concreto de los recuerdos mitológicos objetivos, para entrar en un concreto más válido y seguro, cual es el del alma del propio Gérard de Nerval, y olvidar, con ello, historia, mitología, poesía y alquimia.

Lo que me impresiona en las Quimeras de Gérard de Nerval es que Anteros, Knef, santa Gúdula y el príncipe de Aquitania se convierten en seres nuevos, no como Titania, julio César, Romeo y julieta o Hamlet, príncipe de Dinamarca, en los dramas de Shakespeare, sino como insólitas y maravillosas máquinas de conciencia, una flamante conciencia de una vida aparte y que parece preceder a la Mitología y a la historia, no surgir de ellas, como en la obra de Shakespeare o de otros poetas. Lo cual quiere decir que lejos de explicar a Gérard de Nerval por sus fuentes digamos científicas, como hace Georges Le Breton, diré que la historia, la Mitología y la alquimia han llegado de esa corriente anímica interna cuyo poder de ser y cuya emisión creadora de objetos han sido manejados por muy contados grandes poetas de la historia. Y estos objetos, todos ellos seres, se llaman Anteros, Isis, Knef, el Cocito, Mirto, Yaco, el Aqueronte y el Dragón. Lo cual quiere decir que, lejos de tratar de explicar a Gérard de Nerval por la Mitología y la alquimia, yo querría tratar de explicar la alquimia y sus Mitos por los poemas de Gérard de Nerval. La poesía es una inervación magnética del corazón, de la que el corazón de Gérard de Nerval tuvo durante toda su vida una caverna, una de las principales cavernas emisoras de un vacío en el que se rehace toda poesía. No hay un solo poema de las Quimeras que no haga pensar en las angustias físicas de un primitivo parto. Y yo a mi vez no creo que la ciencia de sus poemas la haya obtenido de sus investigaciones en el campo Mitológico o alquímico, ni que la realidad dialéctica de sus fabulosos personajes que evoca pueda provenir de un punto de vista cualquiera para elucidarlos, para situarlos en un trayecto metafísico, aun cuando se los quiera justificar frente a la percepción.

El trayecto metafísico de los poemas de Gérard de Nerval no es el de las grandes fábulas míticas ni el de la simbólica, a su vez, por lo demás, terriblemente evasiva -aunque no lo suficiente aún- de la alquimia; quiero decir que para los alquimistas la manera de realizar la Gran Obra es negativa, escapa por naturaleza al encarcelamiento en una idea o en un término y nunca evoca más que estados o hechos nuevos y hasta ese momento jamás producidos y que nada antiguo o conocido pueden proporcionar; y si cada poema de Gérard de Nerval es como la explosión de un ser de la Gran Obra, este ser lo es mucho mejor y con más sobrada razón que todas las conquistas de la alquimia real. La cual creo, nunca en rigor ha existido. Pues en la historia la alquimia, como el resto, no es más que el abecedario de un número hoy en día determinado de abortos científicos, un formulario no del todo catalogado, y que por lo demás no puede serlo, pero que entra a serlo cuando se habla de él, de operaciones que el hombre no puede considerar sin cometer un crimen y de las que sólo muy contados grandes poetas, como Baudelaire, Edgar Poe, Rimbaud y sobre todo Gérard de Nerval nos han restituido el equivalente. Y en la alquimia de la historia no son más que la cocina ya caduca de la semántica de un ritual. Y no se puede restablecer el alma de los intangibles poemas de las Quimeras, inexpugnables e intactos para siempre frente a los enfoques de los comentarios o las clasificaciones dialécticas del espíritu; no se puede llevar ese alma a una aproximación con realidades o clases alegóricas ya conocidas, experimentadas y oídas. Y tampoco son puras asociaciones de músicas y palabras. Hay en esos poemas un drama del espíritu, de la conciencia y del corazón puesto por delante por las más extrañas consonancias, no de sonidos, no dentro del registro auditivo, sino del animado, Gran Obra de una metamorfosis del principio mismo de la acción, expansión fuera de lo oscuro de la conciencia inocente, asiento de los más increíbles estallidos de lenguaje que jamás haya computado un ser humano. Quiero decir que los poemas de Gérard de Nerval son tragedias, y que tampoco es dable hablar a su respecto de alteraciones meramente pictóricas, fabulosas o sonoras de la imaginación sin pasar al lado de los pasionales tumores morales, de las maravillosas liberaciones efectivas morales, de todos esos flotantes clavos de la conciencia que Dios -ese experto siempre sentencioso, decidido y primario de, todos los rudimentos de lo insondable creado- no ha dejado de hacer flotar. Y estas tragedias de una humanidad rechazada, de una humanidad que hasta ahora nunca había podido vivir, son tempestuosas protestas de seres que alientan, sienten, perciben y sufren y a los que Gérard de Nerval ha logrado sacar a luz en sus poemas presuntamente jeroglíficos de las Quimeras.

Hay que dejar de hablar de mistagogía o de ocultismo a propósito de los poemas de Gérard de Nerval. Hay que dejar de dirigirse a una Cábala de los números y de sus formas, a una simbólica histórica de las fabulaciones efectivas, a una semántica ya existente de los sentimientos y sus formas, a una dramaturgia tipificada por otros de la concepción y de las ideas. El problema de la inmaculada concepción jamás se resolvió en la Cábala de la historia, y los poemas de Gérard de Nerval no surgieron de la Cábala ni de la historia; quiero decir que carecen en absoluto de relación con lo que fuere de ya emitido en la alquimia o la Cartomancia y que se derraman y expanden no paralelamente a una simbólica, a una mística ni a las alegorías cabalísticas de la ciencia monstruosamente falsa y criminal de los Iniciados, sino contradictoriamente con esta ciencia y con todas las claves psicúrgicas de las manos echadas en la adivinación por las cartas.

En el alma de Gérard de Nerval debieron de producirse -yo no estaba allí, pero sus poemas me lo dicen- espantosas explosiones durante su toma de contacto, ora con la ciencia alquímica, ora con las manipulaciones de la simbólica espantosamente primaria e impulsivo de las cartas. Las cartas se han valido de estados aún inconclusos y larvarios de la conciencia para cifrar una ciencia suya que sólo descansa en la nada y que ha querido precipitar en las cartas el nacimiento de una simbólica de la nada. Pero la nada es cosa de poetas y no de hechiceros, pitonisas, tiradores de cartas ni magos. La nada de ese abismo de horror del que la conciencia siempre está volviendo en sí para nacer en algo en lo cual existir. Un mundo de pariciones, no a propósito de algo, sino a propósito de nada y en primer término de nada, pues el alma nada sabe en un comienzo; no es ni sabe nada. Pero siempre se trata de lo mismo. El fondo del Ramayana consiste en no saber de qué está hecha el alma, pero en hallar que está hecha y siempre lo estuvo de algo que era antes, y no sé si en francés existe la palabra remanencia, pero traduce muy bien lo que quiero decir: que el alma es un sostén, no un depósito, sino un sostén, lo cual siempre se levanta e incorpora de lo que en otro tiempo quiso subsistir, yo querría decir remanecer, permanecer para reemanar, emanar conservando todo su resto, ser el resto que va a remontarse. Ahora bien, el poeta hace el alma y es el único en hacerla. Y no sé si la palabra viene de Rama, que fue un ser enemigo del hálito Brahma, pero sé que los poemas de Gérard de Nerval son seres, seres sacados por Nerval de la nada, no mediante las cartas adivinatorias, la historia ni la alquimia, sino a través de esa sombría historia que fue la suya propia, la sobrevivencia de su viejo corazón, la permanencia de un viejo corazón.

Pero a través de la sombría historia que fue su alma -sostenida en todos los tiempos por las cartas de la historia o los alambiques de la alquimia- no olvidemos que Gérard de Nerval murió colgado, que él mismo se colgó un amanecer de un farol y que el suicidio no puede ser otra cosa que una protesta contra una empresa, y ciertamente creo que ésta es la del tiempo, no por el lado en que el tiempo es el tiempo que nos sigue en la vida presente, sino por el lado en que la vida presente se subleva contra la presencia de la eternidad. Esa presencia eterna de una bestia en el cuantioso vientre de la cual siempre viven las cartas de la historia y los alambiques de una alquimia caduca. Gérard de Nerval sufrió espantosamente las cartas, la alquimia y la historia, y, lejos de creer que sacó de las cartas, la mitología, la alquimia o la historia la génesis de sus ideas, yo diría más bien que como reacción contra los símbolos de los mitos y el primarismo de las cartas fue inventado a través de los días y las noches el cenagoso hueso de la efervescencia de sus poemas como se repele una pútrida cruz, de modo paralelo a la invención de lo que maléficamente se llama la santa cruz. Pues fue su golem, diría yo por fin, quien hizo a Gérard de Nerval como ha hecho a todos los grandes poetas, ese ser arrancado a un cuerpo del presente y al que los espíritus fuerzan, dios sabe por qué siniestra magia, a regresar en sus sucias historias, cuando la del pasado ha muerto como muerto y bien muerto está el pasado.

No, nunca nadie ha regresado en el pasado o la historia, pero maniobritas de una magia criminal extraen del cuerpo de cada gran alma un cuerpo bueno, bueno para hacer transpirar en las angustias de la inicua historia donde se alimenta su vida superada.

Frente a la Mitología o a las Cartas, Gérard de Nerval encontró sus propias fuentes, y las historias de las altas fábulas palidecen ante los cañonazos del Desdichado, de Horus, de Anteros, de Delfica, de Artemis. Son cañonazos de doble sentido, y a mi modo de ver sólo son herméticos para quien cree aún en Hermes, la psicurgía, el ocultismo o la misa de las mistagogías.

Pues los poemas de Gérard de Nerval son muy claros, y no hay en toda la poesía escrita desde el alba de los tiempos nada que rechace así lo arcano oscuro, la oscuridad de las claves ocultas, la oscuridad de las claves por los celos (del espíritu santo) de todo el espíritu que se hayan escrito acerca de la carencia de nuestra carnal humanidad, de esta humanidad.

La carne de la humanidad sufre, por supuesto, pero por haberse dejado caer en carencia frente al esfuerzo de la claridad.

No ha merecido ser sacada de la carencia, pero la conciencia por ella blasfemado resurge en criaturas.

Pero de cuando en cuando, quiero decir, de tarde en tarde sobre el espacio entenebrecido del tiempo, un poeta ha lanzado un grito para hacer regresar criaturas. Y Anteros, Artemis, Horus, Délfica y el desdichado son esas mujeres, las almas de las criaturas, los seres nacidos en la tumefacto costra de su corazón de suicida inmortal que llegan al primer plano para bramar su drama, la tragedia de su voluntad de luz: para alumbrar la insistente tiniebla, como diría yo si fuese Mallarmé, pero diré como el Antonin Artaud que soy: la insistencia de las tinieblas que suben en torno de mi voluntad de existir.

La primera de tales tinieblas es espíritu, querer saber el cómo y el cuándo por fecha y referencia a los acantilados y a las trilladas costas de los mares de la geografía experimentada, referencia a ese embrujado río del tiempo de los hechos que en el tiempo corre, referencia a sentimientos ya vividos, derrumbados y supuestos, referencia a un drama íntegro ya enmarcado y deslindado por la historia, referencia a experimentados conflictos o pasiones (atrapadas por el féretro), en el féretro disueltas y a las que el retroceso de la muerte ha fijado, pero que aun fijadas están más muertas que si los seres que las vivieron llegasen a revivirlas doblemente por los modelos del pasado.

El espíritu pasado no esclarece, pues, a Gérard de Nerval, y sus poemas no esclarecen mitos, y tampoco, ni celosamente, pueden ser esclarecidos por los mitos amortajados en el pasado. El Anteros de Gérard de Nerval es -ya lo he dicho- un ser nuevo que no esclarece la historia de Anteo, pues Anteros es un ser inventado, la cuerda al corazón de una asonancia nueva que llega desde el fondo del presente soneto a zarandear represiones tan bien maceradas y complejas, que su aridez es una nueva claridad, y su complejidad es la simple trenza de una cuerda durante mucho tiempo fortalecida en la tierra que la inventó. Y esta tierra tiene 14 pies.

¿De qué se trata en el caso de Anteros? De un sublevado. Y saber de dónde llega a la mitología o a la historia es disolverlo. Y asesinarle, Pero mover su drama como una estocada es hacerlo vivir.
Hace vivir a este incoercible insurrecto que de la hoja hundida en su corazón hace una arma contra el dios interior, espíritu del golpe que quiso asesinarle, herirlo, y del que hará un golpe asesino.

Vuelvo el dardo contra el dios vencedor. (verso de Nerval)

Pero de qué manera animar el drama, cómo hacerlo vivir y volver a verlo diciéndolo.

Los poemas de Gérard de Nerval han sido escritos, no para ser leídos en voz baja, en los pliegues de la conciencia, sino para ser expresamente declamados, pues su timbre necesita aire. Son misteriosos cuando no se los recita, y la página impresa los adormece; pero pronunciados entre labios de sangre, rojos, digo, porque son de sangre, sus jeroglíficos despiertan y es dable oír su protesta contra el intento de los acontecimientos, cuyo protestador no será un golem, sino un ser que de dios rechaza a jehová para obtener a Belus o a Dagón, y de Belus y de Dagón extrae al propio Gérard de Nerval, sublevado contra los monarcas de los dioses y diciendo:

"Me han sumergido tres veces en las aguas del Cocito, sumergido desnudo para hacerme olvidar, sumergido feto para hacerme olvidar, quemado tres veces en ese vitriolo genésico en el que todos los monarcas de la envidia -monarcas de la eterna envidia que los espíritus celestiales sienten por el hombre- hunden al hombre para hacerle olvidar la sucesión de sus combates de encarnado."

Me han sumergido tres veces en las aguas del Cocito, y protegiendo completamente solo, solo en mi obstinada esencia ser y protegiendo completamente solo a mi madre Amalecita, ¿y por qué Amalecita ahora la madre de un Anteros obstinado? Porque raza de los antiguos enterrados. ¿Cuáles? aquellos que, como los amalecitas primeros, eran los amantes de la tierra eterna, del estupro de las animalidades. Pues el ánima, el hálito del cuerpo, fue esa amante en la tierra, la primitiva tierra uterina empapada y que no tuvo otro amor ni otra luz que amar esa actitud, ser, como el útero, una tierra que en el nombre del ánima su hálito transplanta al aire su animalidad. Ama, alma a través de todo leteo, Amalecita, raza del alma que nunca pudo olvidar a la tierra irascible de la que nació y que Gérard de Nerval hará revivir como Anteo surgido de la tierra.

Siembro a sus pies los dientes del vicio dragón.
Este final puede entenderse en otro sentido.
Es que la raza llegada de la tierra sexual de los amalecitas, humus de muerte por humus de muerte, laringe anal de la putrefacción, y que en la historia abandonó la tierra para entrar en la pura sexualidad, no ya terrena por humus voluntariamente amontonados y comprimidos del polvo, no polvo, sino seres animados de huesecillos, que abandonó la tierra, digo, para entrar en la sexualidad pura, encarnación fuera del huesecillo, y no ser más que el húmedo agujero que en su placenta de barro, húmedo se envilece por humedad -micción líquida de una adiposidad-, esa raza hízole olvidar a Anteo su origen de polvo puro, de polvo expansivo y animado (que, si siempre está algo mojado, lo está sólo por su naturaleza seca que se ha desprendido de lo húmedo), y Anteo, que para él fue Gérard de Nerval mismo, quiso vengarlo, pero apresurado como yo o como tú, lector del poema -recitador o declamador-, apresurado por las exigencias de las cosas y arrojado abajo por la dictadura de las cosas, que los monarcas de las fábulas celestiales no han dejado de representar, fue aprehendido y sumergido tres veces en las aguas del Cocito, y sin quererlo, pero impulsado por el viejo y olvidadizo atavismo de su inconsciente, continuó protegiendo siempre a su madre traidora, la amalecita, que toma su útero por ser y que ha hecho del útero un dios. Y útero por útero ella cree ser y tener preventivamente en ese cofre la génesis de su hijo dios.

(Aquí, la historia del cuadro negro en lo de la señora Guilhen, en el que yo progresaba con demasiada rapidez y en el que fui asesinado y puesto en segundo primario.)

Creo que lo que Gérard de Nerval acusa en sus poemas es el pecado original, no de los seres, sino de dios: afectos, voliciones, impulsos, repulsiones.

Antonin ARTAUD

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ANTONIN ARTAUD
Los Gritos del Cuerpo
Por Zenda Liendivit

Soy imbécil, por supresión del pensamiento,
por malformaciones de pensamiento,
estoy vacante por estupefacción de mi lengua.
El Pesanervios (Antonin Artaud)

Que sus lectores confundieran "crueldad" con "sangre" no fue sino uno de los tantos malentendidos en la vida de Artaud. En cierta forma, todo el lenguaje discursivo representaba para el autor francés una mala pasada, una trampa mortal, un "cementerio para los espíritus". La cuestión era, entonces, levantar a los muertos de sus tumbas. Una labor casi mesiánica. Y tan imposible como su pensamiento.

Su obra -su vida misma- se podría sintetizar en una larga trayectoria que busca desesperadamente el afuera para acceder al núcleo esencial. Trayectoria que describe un espacio de coordenadas desconocidas y tiempo fuera del tiempo y que, a su paso, aniquila esa superficie donde el saber elabora sus tramas de relación y vecindad. Y nos deja frente al abismo. Con Artaud no son los sistemas de pensamiento los que entran en proceso de destrucción sino el acto mismo de conocer.

Ahora bien, para hacer estallar esa superficie de apoyo -la todopoderosa razón occidental-, es necesario ir más allá de los límites y dejar de estar "localizado" por las palabras que aquietan y paralizan. Es preciso buscar las secretas y olvidadas semejanzas entre las cosas, oír sus resonancias, palpar las fuerzas vitales que nos sacuden y atraviesan, volver al tiempo anterior a la muerte, el tiempo de la vida plena en el que el hombre participaba intensamente del mundo. Y ese mundo era un organismo tan vivo y palpitante como el corazón del hombre.

La búsqueda de Artaud constituye, entonces, un retorno, una restauración. Tal vez, un develamiento del mortuorio manto que asfixia al ser pleno y engendra autómatas mutilados en sus capacidades vitales. Un retorno al centro desde afuera. Pero, ¿cuál sería el elemento que, prescindiendo de las palabras, facilitaría el retorno, recuperaría el tiempo perdido, haría brillar lo que había permanecido a oscuras? Este elemento no sería otro que el cuerpo y sus pasiones. Es decir, aquello que siempre ha quedado fuera de la historia justamente por no tener historia. Cuerpo y horror. El conocimiento de lo esencial sería a través de la violencia que se enseñorea sobre el cuerpo para hacerlo hablar, sin sangre, sin palabras, sino con gritos, con gestos, con espasmos, vibraciones y voluptuosidades. En el cuerpo se desataría todo aquello negado y sustraído al mundo de la razón, los infinitos estados que se apoderan de él, que lo desgarran, lo torturan, esos abismos, "esos reptiles escurridizos que se escapan hasta atentar contra las lenguas, hasta dejarlas en suspenso". El mundo se abriría entonces con sus misterios insondables, pero sobre todo innombrables, y cualquier imagen previa quedaría abolida por las fuerzas vitales que jamás son las mismas, que jamás causan los mismos efectos. Y en ese eterno vaivén de destrucción y construcción, la muerte jamás sería el opuesto de la vida sino tan sólo su transfiguración, su condición esencial para seguir siendo.

Pero si bien es cierto que los conceptos de horror, de crueldad, de mal, son tomados en Artaud (como también en Nietzsche, Bataille, Sade) como elementos vitales, este horror tiene doble dirección. Por un lado, el cruce hacia la suspensión del mundo hostil en Artaud no es más que la reacción de su propio cuerpo frente al espanto que le provoca el tedio, la muerte en vida, el letargo. El espanto frente a un mundo petrificado y sin sombras. Y por otro lado, este mismo horror expulsivo se torna a la vez positivo al convertirse en energía. El mal es activo, es movimiento. El mal es rigurosamente productivo, "es apetito feroz de vida, rigor cósmico y necesidad implacable". Artaud trabaja con lo que el mundo tiene de nefasto como si fuera un tratamiento casi terapéutico. Una medicina que ataca a los órganos del cuerpo para despertar las fuerzas anestesiadas por un lenguaje que, como una versión del Rey Midas en negativo, anquilosa cuanto se le pone al alcance. Una terapéutica para curar la enfermedad mortal de Occidente: la incapacidad del hombre moderno para entrar en contacto con todo aquello que no encuentra palabras para ser nombrado. Para Artaud, con la vida misma.

Pero Artaud no vive en México, ni en contacto con culturas primitivas; tampoco hay en Europa ritos de peyote para auxiliar a sus congéneres; la locura no es una epidemia y el sujeto occidental está muy lejos de los estados místicos. Sin embargo, está el gran refugio del arte. El arte que, como la peste, debe matar sin destruir, debe "invitar al espíritu al delirio". "No somos libres. Y el cielo se nos puede caer encima. Y el teatro ha sido creado para enseñarnos eso ante todo". La función del arte, del teatro, será rediseñar las relaciones entre las cosas. Deberá buscar nuevos códigos, nuevas tramas, nuevas semejanzas. Nada podrá ser excluido y absolutamente todo deberá cumplir una función vital, única, irrepetible. En otras palabras, la función del arte será hallar ese ritmo secreto que yace en el fondo de todo lo creado y que explica su origen. Como la música de los números de la Cábala que explica el retiro del caos; como los números que en la ciencia ordenan los átomos y explican la formación de los cuerpos; como en la montaña de los signos en el país de los Tarahumaras, donde las rocas hablan y relatan la historia fundacional de la raza.

En ese espacio de la ficción, donde se producen cataclismos cósmicos contagiosos y, a la vez, no ocurre realmente nada; en ese espacio donde el espíritu crédulo se embriaga con lo que no es, Artaud cree encontrar la gran cura para la civilización occidental. Ese arte, iluminado por soles extraños y maldito como la peste, sería, tal vez, el paso previo al silencio definitivo.

***
Artaud
Por Jean Marabini

Antonin Artaud murió ayer por la mañana en el asilo de Ivry-sur-Seine. A la hora en que solían llevar a los enfermos la taza de café y el pedazo de pan, la enfermera de servicio descubrió su cuerpo sin vida cuan largo sobre el piso. Tal vez había querido vestirse. Todavía sostenía un zapato en la mano.

Yo había ido a verle la semana anterior. Entonces me confesó que había contraído el cáncer y que debía tomar fuertes dosis de cloral* para aplacar sus sufrimientos. Había rechazado quince días atrás una invitación de sus íntimos, que querían llevarlo al sur. Les dijo:
-A fines de febrero o a comienzos de marzo estaré muerto.
La profecía se consumó.
Habitaba un cuarto desolado en lo que fuera el antiguo pabellón de caza de un Orléans. Estaba tendido al pie de una inmensa chimenea sobre un jergón. En la pared, unos dibujos fulgurantes suyos que recordaban los bocetos de Van Gogh.

Me dedicó una foto: "¿Hasta qué tonalidad de sangre iremos juntos?", y sobre la edición de su Van Gogh, respondió: "La tonalidad de sangre irá hasta el negro". Se levanta, enciende con la mano temblorosa un gauloise y se pasea por el gran cuarto:
-Sé que tengo cáncer. Lo que quiero decir antes de morir es que odio a los psiquiatras. En el hospital de Rodez yo vivía bajo el terror de una frase: "El señor Artaud no come hoy, pasa al electroshock". Sé que existen torturas más abominables. Pienso en Van Gogh, en Nerval, en todos los demás. Lo que es atroz es que en pleno siglo XX un médico se pueda apoderar de un hombre y con el pretexto de que está loco o débil hacer con él lo que le plazca. Yo padecí cincuenta electroshocks, es decir, cincuenta estados de coma. Durante mucho tiempo fui amnésico. Había olvidado incluso a mis amigos: Marthe Robert, Henri Thomas, Adamov; ya no reconocía ni a Jean Louis Barrault. Aquí en Ivry sólo el doctor Delmas me hizo bien; lamentablemente murió...

Continúa febrilmente:
-Estoy asqueado del psicoanálisis, de ese "freudismo" que se las sabe todas. Ahora sólo puedo concebir la pureza. Todos aquellos que dejaron algo: Edgar Poe, Baudelaire, Van Gogh, eran castos. Yo únicamente puedo crear cuando soy casto.
-Luego dirán que usted es cristiano...
-Eso no tiene nada que ver con Dios. Lo decía en mi famosa emisión radial prohibida. De paso, yo no tengo nada que ver con el escándalo que entonces se formó. La religión siempre ha sido ambigua en esos terrenos. En lo que me concierne pienso que debe abolirse el ser sexual. Hemos perdido, verá usted, una cierta concepción del hombre. Hacia el año mil, el hombre no moría. Hubo un tiempo en que vivía durante siglos. Había entonces pueblos enteros de muertos vivos como hoy apenas existen en algunos lugares apartados de Asia. Mientras los filósofos crean que existe de una parte el espíritu y de otra el cuerpo, el mundo no progresará. Sólo hay el cuerpo que el hombre pierde cuando piensa. Antaño, el acto era indirecto; no había ningún debate mental; la mano no hacía cálculos sobre si tomar o no tomar. En este momento quiero destruir mi pensamiento y mi espíritu. Por encima del pensamiento, del espíritu y la conciencia, no quiero suponer nada, no quiero admitir nada, no quiero entrar en ninguna parte, no quiero discutir sobre nada.

Sigue un largo silencio, interrumpido apenas por el crepitar del leño. Recuerdo que un día me confesó haber encontrado en el cloral esa libertad que buscaba, la liberación de sus obsesiones, lo que él llamaba su "rotación interna". Observo cerca de la chimenea la varilla de hierro que partió en dos durante su último delirio nocturno. Lo animaba entonces una fuerza luciferina.
Afuera, unos abetos, un pabellón oculto entre la maleza. Me dice que es la morgue y que en esa maleza irreal que lo rodea, a doscientos metros apenas del bosque por un costado y de las chimeneas de las fábricas por el otro, que ese pabellón podría ser el "jardín de la muerte" de Andersen.

Antonin Artaud contemplaba la cercanía de su fin desde hacía semanas. Aquella libertad que buscaba desesperadamente por fin la halló.

Frente a todo esto, ¿qué resta
del viejo Artaud?
algunas notas
aquellas del obrero de pozos que
trepa sin sol, hacia las afueras de la
bóveda redonda,
peldaño a peldaño por la escalera
del tiempo
gangrenado por la eternidad.
Hélas aquí a través de un cierto
pasado.

Antonin Artaud
(Fragmento de un poema entonces inédito)

Mas sobre ARTAUD :


Articulos : http://www.lamaquinadeltiempo.com  09/2015

Iris MURDOCH∕ Cartas a Raymond QUENEAU

Cartas a Raymond QUENEAU
Por Iris MURDOCH

Siento la escena del puente: o mejor dicho, lo siento en el sentido de que, o no debería haberte dicho nada, o debería haberlo dicho mucho antes. Sentía un dolor inmenso cuando fui a verte chez Gallimard el viernes; pero con la reticencia típica de los ingleses, y con tu frío modo de mantenerme a distancia, no pude decirte nada aunque me moría de ganas de estrecharte en mis brazos.

Por otra parte, si hubiera empezado a hablar antes, a lo mejor me habría pasado el resto de la velada (tal como fue todo) llorando, y quería evitarlo a toda costa. Sin embargo, me alegro de haberte dicho por lo menos una palabra. No me atrevo a confesarte la barbaridad que pronuncié en mi corazón y que te has ahorrado. Ahora te escribo esto en parte para (por una vez) aliviar mis sentimientos, y en parte porque te quedaste sorprendido (¿¿o fingiste sorpresa??) con lo que te dije.
Mira, te amo en el sentido más absoluto que existe. Haría cualquier cosa por ti, sería cualquier cosa que tú quisieras que fuese, iría a verte adonde fuese y cuando fuese, si tú lo deseases, aunque sólo fuera un instante. Me gustaría dejar constancia de esto de forma categórica porque puede que la ocasión de repetirlo no se dé en el futuro próximo. Si pensara que tengo la menor posibilidad de estar contigo, vis à vis de toi, pelearía con uñas y dientes. Tal como están las cosas, no sólo nos separan las barreras del matrimonio, el idioma, la Mancha y sin duda otras muchas, sino que también está el hecho de que no me necesitas de la misma manera que te necesito yo, algo que queda patente en el tiempo que estás dispuesto a dedicarme mientras estoy en París. Por lo que a mí respecta, esto es, d’ailleurs, agua pasada; cuando me dijiste una vez «recommençons un peu plus haut» ya era demasiado tarde para que yo hiciera algo semejante.

(Estaba escribiendo los párrafos anteriores en una zona tirando a proletaria, en un cruce de rue du Four, cuando una mujer borracha me ha puesto la mano en el hombro et me demandait si j’ecrivais à maman. J’ai dit que non. Alors elle m’a demandé à qui? Y no he sabido qué contestar.)

No quiero causarte problemas con este tema, o por lo menos, ¡no muy a menudo! Sé lo doloroso que debe de ser recibir una carta de este tipo, cuando uno se dice: «¡Ay, Dios mío!» y pasa la página. Puedo vivir sin ti, te lo aseguro: es necesario, y lo que es necesario es posible, así que no me queda otro remedio. Sin embargo, lo que te escribo ahora no expresa un estado de ánimo parisino momentáneo, sino simplemente refleja en qué posición estoy. Sabes muy bien qué significa que una persona represente un absoluto para otra: eso es lo que eres para mí. No pienso en ti en todo momento. Pero sé que no hay nada a lo que no estuviera dispuesta a renunciar si tú quisieras. Me alegro de habértelo dicho (¡recuérdalo!), por si alguna vez sientes la necesidad de gozar de una devoción absoluta. (Aunque una vez más, sé por propia experiencia que en momentos de necesidad, uno termina confiando en alguien a quien ha conocido el día anterior.)

No te angusties. Contarte estas cosas me quita un peso del corazón. El tono que tus cartas me han dictado depuis des années me convient peu. No te conozco lo suficiente para saber si es voulu o no. Del mismo modo que no estaba del todo segura de tu «sorpresa» en el puente.

Verte de manera tan impersonal en París, sentados en una cafetería cuando sé que vas a marcharte al cabo de una hora, es un suplicio. Pero lo comprendo y estoy preparada (supongo) para asimilarlo, porque no tengo alternativa. Si creyera que te apetecería verme en Siena, iría. Pero (sobre todo después de haberte escrito en estos términos) tengo muy pocas posibilidades de llegar a descubrir si te apetecería o no.
[…]
Sentir una devoción incondicional hacia una persona es algo que me ha ocurrido una, dos o tal vez tres veces en toda mi vida. Los otros objetos de mi adoración han desaparecido. Tú permaneces. No hay sustitutos para este tipo de sentimiento y es imposible confundirlo con otra cosa cuando ocurre. Si para algo sirve, es para poner en evidencia las imitaciones y sucedáneos. Ojalá pudiera ofrecerte algo. Si sale algo de esta novela (o de la siguiente), es todo tuyo: igual que cualquier otra cosa que tenga, si tú quisieras. Te amo, te amo absoluta e incondicionalmente. Doy gracias a Dios por permitirme decírtelo con todo mi corazón.

Me resisto a cerrar esta carta porque sé que no volveré a mostrarme tan franca en el futuro. No porque mis sentimientos se hayan alterado, ça ne change pas, sino porque sentiré de manera más aguda la futilidad de esta clase de exclamaciones. En estos instantes, même malgré toi, me comunico contigo de una forma que tal vez no se repita. Me alegraría que las cartas que me escribes fuesen un poco menos impersonales. Mais ça ne se choisit pas. Yo también me he acostumbrado a escribir de manera impersonal, y ha sido un error. Querido mío. Me ocurre tan pocas veces el ser capaz de escribir una carta tan sincera y desde el corazón… Casi la penúltima fue una carta que te escribí en 1946. Te quiero tanto como entonces. Más, debido al paso del tiempo. Perdona si hay algo en esta carta que te resulte absolutamente «cansino». Acepta lo que puedas. Si hay algo en estas líneas que te proporcione placer o pueda darte consuelo en un mal momento, me sentiré halagada. Te amo con toda el alma, por eso no puedo evitar sentir que mis palabras tienen que «conmoverte» de algún modo, aunque no te des cuenta. Una vez más, no te angusties. Hay tantas cosas que me gustaría haberte dicho, y tal vez lo haga algún día. No quiero dejar de escribir… Siento que vuelvo a abandonarte.

Mi querido, queridísimo Queneau…


Articulo: http://www.elboomeran.com 06/08/2015

¿Qué significado tiene recibir el Nobel de Literatura?

¿Qué significado tiene recibir el Nobel de Literatura?

A esta hora lo más probable es que usted ya sepa quien obtuvo el premio de 2015 (previsto para las 6:00 a.m. de Colombia), ese que según los pronósticos lideraban la bielorrusa Svetlana Alexijevich, el japonés Haruki Murakami y los estadounidenses Joyce Carol Oates y Philip Roth.

En las casas de apuestas sonaba con fuerza Alexijevich, su elección premiaría por primera vez con el Nobel el reportaje periodístico, un género que pudo haber sido reconocido en 2007 a través del polaco Ryszard Kapuscinski, de no haber sido por su muerte en ese mismo año. Este es un premio que por años también se esperó para Jorge Luis Borges y Julio Cortázar, por ejemplo.

Parte de la discusión que desata un premio como este se centra en si la elección del ganador se hace por países o bajo qué criterio. Al respecto, la Academia Sueca insiste en que no se premian literaturas ni países, sino autores. Sin embargo, una inquietud latente entre muchos es ¿qué significa recibir el premio Nobel de Literatura?

Para el escritor y periodista Juan José García Posada, ganarse el Nobel es entrar en una dimensión de posteridad, “la de los inmortales de la literatura. Y aunque no lo quieran los mismos ganadores, es cambiar su ritmo y su estilo de vida. También es entrar en decadencia. Es como tener que volver a empezar. La mayoría de quienes lo reciben, no vuelven a salir ni con media obra buena. Lo han dicho escritores como Vargas Llosa, que su temor de ganárselo era que de pronto entrara en la alienación que ese premio produce”.

Entre los favoritos de García Posada están también Milan Kundera y Amos Oz, “pero me late que se lo gana la bielorrusa. Si se lo gana, no me molesta porque conozco sus bellos y sólidos reportajes: Las voces de Chernóbil, donde hablan las víctimas. También está opcionado Haruki Murakami, muy occidentalizado él”.

Por su parte, para el escritor Darío Ruiz, este es un premio a una obra cuya relevancia no se había reconocido, “es la importancia de los premios a escritores de lenguas desconocidas no traducidos o de pequeños países o culturas”. Para Ruiz, Murakami no habría estado en su baraja, por considerarlo un escritor inventado por la publicidad.

A Joyce Carol Oates se refiere como una inmensa novelista, con una cantidad de obras maestras.

“Le han quitado durante años el premio Nobel porque cada novela de ella es una obra maestra. Ha creado un universo particular sobre la clase media y la sociedad norteamericana, es una maestra en todo sentido”. Sin embargo, pese a destacar el trabajo de Oates, para Darío Ruiz, John Banville el novelista irlandés, sería el seleccionado, gracias a su “prosa exquisita”.


Articulo: http://www.elcolombiano.com 02∕10∕2015

EL CULTURAL∕ Svetlana ALEXIEVICH, Premio Nobel de Literatura

Svetlana ALEXIEVICH, Premio Nobel de Literatura
Por EL CULTURAL

La periodista bielorrusa recibe el galardón más importante del mundo las letras por "su escritura polifónica, monumento al sufrimiento y al coraje en nuestro tiempo". Es autora de Voces de Chernóbil, un libro ya universal, multipremiado y traducido a veinte idiomas sobre el catastrofico accidente de la central nuclear.

Por una vez la gran favorita para recibir el Nobel de Literatura ha sido finalmente galardonada por el jurado de la Academia Sueca. La periodista bielorrusa Svetlana Alexievich se convierte así en la 14ª mujer que recibe el premio por "su escritura polifónica, monumento al sufrimiento y al coraje en nuestro tiempo". Es autora de Voces de Chernóbil (Debolsillo, 2015), un libro ya universal, multipremiado y traducido a veinte idiomas sobre el catastrofico accidente de la central nuclear. Es el único libro publicado de la escritora en nuestro país hasta la fecha, aunque este otoño aparecerá en las librerías su otra gran obra, La guerra no tiene nombre de mujer, editada por Debate. Por su parte Acantilado acaba de anunciar que otro de los libros de Svetlana, Vremia sekond hend.

Apenas cinco minutos después de anunciar el galardón, la secretaria permanente de la Academia Sueca, Sara Danius, ha declarado a la prensa sus impresiones sobre la ganadora. "Alexievich es una escritora extraordinaria que ha estado ocupada durante los últimos 40 años cartografiando el individuo soviético y postsoviético. No nos ofrece una historia de los eventos, sino de las emociones. Los hechos históricos que cubre en sus libros, como el desastre de Chernóbil o la guerra soviética en Afganistán, son pretextos para explorar al individuo. Ha realizado miles de entrevistas con niños, mujeres y hombres. Nos ofrece una historia del ser humano, sobre el que no sabemos tanto, al menos de una manera sistemática, y al mismo tiempo nos ofrece una historia de las emociones". Danius ha llamado esta mañana a la ganadora para comunicarle la noticia. "Cuando finalmente comprendió quién la estaba llamando, se ha mostrado encantada y su comentario ha sido: '¡Fantástico!'".

En rueda de prensa posterior a el anuncio del premio, retransmitida en directo por internet, la periodista aseguró que no siente respeto por "el mundo ruso de Stalin y Putin". "Respeto el mundo ruso de la literatura y la ciencia, pero no el mundo ruso de Stalin y Putin", explicaba la galardonada. "Tampoco me gusta ese 84 por ciento de rusos que llama a matar ucranianos". Además, se mostró convencida de que con su campaña de bombardeos en Siria, el presidente ruson está llevando a su país a un "segundo Afganistán".

En su página web, Alexievich expone los temas que le interesan como autora: "Rastreo la vida en busca de observaciones, matices, detalles. Porque mi interés no es el evento como tal, no la guerra de por sí, no Chernóbil de por sí, no el suicidio de por sí. Lo que me interesa es lo que le sucede al ser humano, lo que le sucede en nuestro tiempo. Cómo se comporta y reacciona. Cuánto de hombre biológico hay en él, cuánto de hombre de su tiempo, y cuánto de humano".

Svetlana Alexievich vive en la actualidad en Minsk y en los últimos 40 años ha dedicado su labor como periodista a indagar en el panorama que dejó en el este de Europa el desmenbramiento del bloque soviético. Fruto de esta labor es su obra más conocida, Voces de Chernóbil, sobre las consecuencias que tuvo el terrible accidente de la tristemente célebre central nuclear en las fronteras entre Bielorrusia y Ucrania. En el libro, Alexievich teje cuarenta monólogos desolados de otros tantos protagonistas que ofrecen toda una lección de periodismo, una reflexión acuciante sobre la memoria y una rendida admiración de la tristeza. Un joven bombero que se despide de su esposa para dirigirse a la central en llamas con un "vendré pronto" y no puede cumplir su promesa, un viejo que espera y espera en la zona cero del desastre a donde nadie regresa, un escritor que ve cómo a su mujer y su hija se les llena el cuerpo de manchas negras (la pequeña moriría más tarde), un coro de aldeanos que se debate entre el horror y la necesidad de dar testimonio...

Svetlana Alexievich nació el 31 de mayo de 1948 en el pueblo ucraniano Ivano-Frankivks. Su madre era ucraniana y su padre bielorruso y cuando éste terminó el servicio militar, la familia se mudó a Bielorrusia donde ambos progenitores se dedicaron a la enseñanza. Una vez terminada la escuela, Alexievich trabajó como profesora y periodista y después estudió Periodismo en la Universidad de Minsk entre 1967 y 1972. Tras su graduación fue derivada a un periódico local en Brest, cerca de la frontera con Polonia por sus opiniones cercanas a la oposición al régimen.

Más tarde volvió a Minsk y comenzó a trabajar en el periódico Sel'skaja Gazeta. Durante muchos años guardó material para su primer libro U vojny ne ženskoe lico (1985; War's Unwomanly Face, 1988), compuesto por cientos de entrevistas a mujeres que participaron en la Segunda Guerra Mundial. Este fue su primer trabajo de una serie que, bajo el título de Voices of Utopia, reflejaba la vida de la Unión Soviética desde una perspectiva individual. "Es una exploración de la Segunda Guerra Mundial desde una perspectiva inédita hasta entonces. Cuenta la historia ampliamente desconocida del millón de mujeres soviéticas que lucharon en el frente", explica Danius. "El libro tuvo un enorme éxito en la Unión Soviética, donde vendió dos millones de ejemplares. Es un documento conmovedor que te acerca a cada uno de estos individuos, todos los cuales habrán desparecido en unos cuantos años"

Alexievich profundiza en su trabajo en la comprensión del siglo XX y en especial de la historia de la URSS a traves de un metodo extraordinario y muy personal que recuerda a un collage compuesto por voces humanas. "Alexievich no solo nos ofrece un material literario nuevo, sino también un nuevo género. Es un logro no sólo en términos de contenido, sino también de forma", ha explicado la portavoz de la Academia Sueca Sara Danius. Esto se refleja a la perfección en la ya mencionada Voces de Chernóbil o en Soviet Voices. Voices from a Forgotten War (1992), un retrato de la guerra de la Unión Soviética en Afganistán entre 1979 y 1989.

En su trabajo han tenido una gran influencia las notas de la enfermera y autora Sofia Fedorchenko (1888-1959) sobre las experiencias de los soldados de la Primera Guerra Mundial y los informes documentales del autor bielorruso Ales Adamovich (1927-1994) sobre la Segunda Guerra Mundial. Debido a su postura crítica en contra del régimen Alexievich ha vivido temporalmente en diferentes lugares como Italia, Francia, Alemania y Suecia, entre otros.

El premio Nobel de Literatura, el más prestigioso a nivel mundial, se concede desde 1901. En las últimas ediciones han sido galardonados el novelista francés Patrick Modiano (2014), la canadiense Alice Munro (2013), el novelista chino Mo Yan (2012), el poeta sueco Tomas Tranströmer (2011), el peruano Vargas Llosa (2010), la germanorumana Herta Müller (2009), el francés Jean-Marie Gustave Le Clézio (2008), la británica Doris Lessing (2007), el turco Orhan Pamuk (2006), el británico Harold Pinter (2005), la austriaca Elfriede Jelinek (2004), el surafricano John M. Coetzee (2003), el húngaro Imre Kertész (2002), el británico nacido en Trinidad Naipaul (2001), el francés de origen chino Gao Xingjian (2000), el alemán Günter Grass (1999), el portugués José Saramago (1998), el italiano Dario Fo (1997), la polaca Wislawa Szymborska (1996), el irlandés Seamus Heaney (1995), el japonés Kenzaburo Oe (1994), la estadounidense Toni Morrison (1993), el caribeño Derek Walcott (1992), la surafricana Nadine Gordimer (1991) y el mexicano Octavio Paz (1990). En total, con el de este año, son 112 los galardonados, de los cuales sólo 14 son mujeres.

***
Un fragmento del libro Voces de Chernóbil

UNA SOLITARIA VOZ HUMANA

No sé de qué hablar... ¿De la muerte o del amor? ¿O es lo mismo? ¿De qué?

Nos habíamos casado no hacía mucho. Aún íbamos por la calle agarrados de la mano, hasta cuando íbamos de compras. Siempre juntos. Yo le decía: «Te quiero». Pero aún no sabía cuánto le quería. Ni me lo imaginaba... Vivíamos en la residencia de la unidad de bomberos, donde él trabajaba. En el piso de arriba. Junto a otras tres familias jóvenes, con una sola cocina para todos. Y en el bajo estaban los coches. Unos camiones de bomberos rojos. Este era su trabajo. Yo siempre estaba al corriente: dónde se encontraba, qué le pasaba...

En mitad de la noche oí un ruido. Gritos. Miré por la ventana. Él me vio:
—Cierra las ventanillas y acuéstate. Hay un incendio en la central. Volveré pronto.

No vi la explosión. Solo las llamas. Todo parecía iluminado. El cielo entero... Unas llamas altas. Y hollín. Un calor horroroso. Y él seguía sin regresar. El hollín se debía a que ardía el alquitrán; el techo de la central estaba cubierto de asfalto. Sobre el que la gente andaba, como él después recordaría, como si fuera resina. Sofocaban las llamas y él, mientras, reptaba. Subía hacia el reactor. Tiraban el grafito ardiente con los pies... Acudieron allí sin los trajes de lona; se fueron para allá tal como iban, en camisa. Nadie les advirtió; era un aviso de un incendio normal.

Las cuatro... Las cinco... Las seis... A las seis teníamos la intención de ir a ver a sus padres. Para plantar patatas. Desde la ciudad de Prípiat hasta la aldea de Sperizhie, donde vivían sus padres, hay 40 kilómetros. Íbamos a sembrar, a arar. Era su trabajo favorito... Su madre recordaba a menudo que ni ella ni su padre querían dejarlo marchar a la ciudad; incluso le construyeron una casa nueva.

Pero se lo llevaron al ejército. Sirvió en Moscú, en las tropas de bomberos, y cuando regresó, solo quería ser bombero. Ninguna otra cosa. [Calla.]

A veces me parece oír su voz... Oírle vivo... Ni siquiera las fotografías me producen tanto efecto como la voz. Pero nunca me llama... Ni en sueños... Soy yo quien lo llama a él... Las siete... A las siete me comunicaron que estaba en el hospital. Corrí hacia allí, pero el hospital ya estaba acordonado por la milicia; no dejaban pasar a nadie. Solo entraban las ambulancias. Los milicianos gritaban: «Los coches están irradiados, no os acerquéis». No solo yo, vinieron todas las mujeres, todas cuyos maridos habían estado aquella noche en la central.

Corrí en busca de una conocida que trabajaba como médico en aquel hospital. La agarré de la bata cuando salía de un coche:
—¡Déjame pasar!
—¡No puedo! Está mal. Todos están mal.

Yo la tenía agarrada:
—Solo quiero verlo.
—Bueno —me dice—, corre. Quince o veinte minutos. Lo vi... Estaba hinchado, todo inflamado... Casi no tenía ojos...
—¡Leche! ¡Mucha leche! —me dijo mi conocida—. Que beba al menos tres litros.
—Él no toma leche.
—Pues ahora la tendrá que beber.

Muchos médicos, enfermeras y, especialmente, las auxiliares de aquel hospital, al cabo de un tiempo, se pondrían enfermas.

Morirían... Pero entonces nadie lo sabía.

A las diez de la mañana murió el técnico Shishenok. Fue el primero... El primer día... Luego supimos que, bajo los escombros, se había quedado otro... Valera Jodemchuk. No lograron sacarlo. Lo emparedaron con el hormigón. Pero entonces aún no sabíamos que todos ellos serían solo los primeros...

Le pregunto:
—Vasia,* ¿qué hago?
—¡Vete de aquí! ¡Vete! Estás esperando un niño. —Estoy embarazada, es cierto. Pero ¿cómo lo voy a dejar? Él me pide—: ¡Vete! ¡Salva al crío!
—Primero te tengo que traer leche, y luego ya veremos.

Llega mi amiga Tania Kibenok. Su marido está en la misma sala. Ha venido con su padre, que tiene coche. Nos subimos al coche y vamos a la aldea más cercana a por leche. A unos tres kilómetros de la ciudad. Compramos muchas garrafas de tres litros de leche. Seis, para que hubiera para todos. Pero la leche les provocaba unos vómitos terribles. Perdían el sentido sin parar y les pusieron el gota a gota. Los médicos nos aseguraban, no sé por qué, que se habían envenenado con los gases, nadie hablaba de la radiación.

Entretanto, la ciudad se llenó de vehículos militares, se cerraron todas las carreteras... Se veían soldados por todas partes. Dejaron de circular los trenes de cercanías, los expresos... Lavaban las calles con un polvo blanco... Me alarmé: ¿cómo iba a conseguir llegar al pueblo al día siguiente para comprarle leche fresca? Nadie hablaba de la radiación... Solo los militares iban con caretas. La gente de la ciudad llevaba su pan de las tiendas, las bolsas abiertas con los bollos. En los estantes había pasteles... La vida seguía como de costumbre. Solo... lavaban las calles con un polvo...

Por la noche no me dejaron entrar en el hospital... Había un mar de gente en los alrededores. Yo estaba frente a su ventana; él se acercó a ella y me gritó algo. ¡Se le veía tan desesperado! Entre la muchedumbre, alguien entendió lo que decía: que aquella noche se los llevaban a Moscú. Todas las esposas nos arremolinamos en un corro. Y decidimos: nos vamos con ellos. ¡Dejadnos estar con nuestros maridos! ¡No tenéis derecho! Quisimos abrirnos paso a golpes, a arañazos. Los soldados..., los soldados ya habían formado un doble cordón y nos impedían pasar a empujones. Entonces salió el médico y nos confirmó que se los llevaban aquella misma noche en avión a Moscú; que debíamos traerles ropa; la que llevaban en la central se había quemado. Los autobuses ya no funcionaban, y fuimos a pie, corriendo, a casa. Cuando volvimos con las bolsas, el avión ya se había marchado... Nos engañaron a propósito. Para que no gritáramos, ni lloráramos...

Llegó la noche... A un lado de la calle, autobuses, cientos de autobuses (ya estaban preparando la evacuación de la ciudad), y al otro, centenares de coches de bomberos. Los trajeron de todas partes. Toda la calle cubierta de espuma blanca... Íbamos pisando aquella espuma... Gritando y maldiciendo...

Por la radio dijeron que evacuarían la ciudad, para tres o, a lo mejor, cinco días. «Llévense consigo ropa de invierno y de deporte, porque van a vivir en el bosque. En tiendas de campaña.» La gente hasta se alegró: «¡Nos mandan al campo! ». Allí celebraremos la fiesta del Primero de Mayo. Algo inusual. La gente preparaba carne asada para el camino, y compraban vino. Se llevaban las guitarras, los magnetófonos... ¡Las maravillosas fiestas de mayo! Solo lloraban las mujeres a cuyos maridos les había pasado algo.

No recuerdo el viaje. Cuando vi a su madre, fue como si despertara:
—¡Mamá, Vasia está en Moscú! ¡Se lo llevaron en un vuelo especial!

Acabamos de sembrar el huerto: patatas, coles... [¡Y a la semana evacuarían la aldea!] ¿Quién lo iba a saber? Por la noche tuve un ataque de vómito. Era mi sexto mes de embarazo. Me sentía tan mal...

Esa noche soñé que me llamaba. Mientras estuvo vivo me llamaba en sueños: «¡Liusia, Liusia!». Pero, una vez que murió, ni una sola vez. No me llamó ni una sola vez. [Llora.] Me levanté por la mañana y me dije: «Me voy sola a Moscú. Yo que...».
—¿Adónde vas a ir en tu estado? —me dijo llorando su madre.

También se vino conmigo mi padre:
—Será mejor que te acompañe. —Sacó todo el dinero de la libreta, todo el que tenían. Todo...
No recuerdo el viaje. También se me borró de la cabeza todo el camino... En Moscú preguntamos al primer miliciano que encontramos a qué hospital habían llevado a los bomberos de Chernóbil y nos lo dijo; yo hasta me sorprendí de ello porque nos habían asustado: «No os lo dirán; es un secreto de Estado, ultrasecreto...».
—A la clínica número seis. A la Schúkinskaya.

En el hospital, que era una clínica especial de radiología, no dejaban entrar sin pases. Le di dinero a la vigilante de guardia y me dijo: «Pasa». Me dijo a qué piso debía ir. No sé a quién más le supliqué, le imploré... Lo cierto es que ya estaba en el despacho de la jefa de la sección de radiología:

Anguelina Vasílievna Guskova. Entonces aún no sabía cómo se llamaba, no se me quedaba nada en la cabeza. Lo único que sabía era que debía verlo... Encontrarlo...
Ella me preguntó enseguida:
—¡Pero, alma de Dios! ¡Criatura! ¿Tiene usted hijos?
¿Cómo iba a decirle la verdad? Estaba claro que tenía que esconderle mi embarazo. ¡No me lo dejaría ver! Menos mal que soy delgadita y no se me nota nada.
—Sí —le contesto.
—¿Cuántos?
Pienso: «He de decirle que dos. Si solo es uno, tampoco me dejará pasar».
—Un niño y una niña.
—Bueno, si son dos, no creo que vayas a tener más. Ahora escucha: su sistema nervioso central está dañado por completo; la médula está completamente dañada...
«Bueno —pensé—, se volverá algo más nervioso.»
—Y óyeme bien: si te pones a llorar, te mando al instante para casa. Está prohibido que os abracéis y que os beséis. No te acerques mucho. Te doy media hora.
Pero yo ya sabía que no me iría de allí. Si me iba, sería con él. ¡Me lo había jurado a mí misma! Entro... Los veo sentados sobre las camas, jugando a las cartas, riendo.
—¡Vasia! —lo llaman.
Se da la vuelta.
—¡Vaya! ¡Hasta aquí me ha encontrado! ¡Estoy perdido!

Daba risa verlo, con su pijama de la talla 48, él, que usa una 52. Las mangas cortas, los pantalones... Pero ya le había bajado la hinchazón de la cara... Les inyectaban no sé qué solución...
—¿Tú, perdido? —le pregunto.
Y él que ya quiere abrazarme.
—Sentadito. —La médico no lo deja acercarse a mí—.Nada de abrazos aquí.

No sé cómo, pero nos lo tomamos a broma. Y al momento todos se acercaron a nosotros; vinieron hasta de las otras salas. Todos eran de los nuestros. De Prípiat. Porque habían sido veintiocho los que habían traído en avión. «¿Qué hay de nuevo? ¿Qué pasa en la ciudad?» Yo les cuento que han empezado a evacuar a la gente, que se llevan fuera a toda la ciudad durante unos tres o cinco días. Los chicos se callaron; pero también había allí dos mujeres; una de ellas estaba de guardia en la entrada el día del accidente, y la mujer rompió a llorar:

—¡Dios mío! Allí están mis hijos. ¿Qué va a ser de ellos? Yo tenía ganas de estar a solas con él; bueno, aunque solo fuera un minuto. Los muchachos se dieron cuenta de la situación y cada uno se inventó un pretexto para salir al pasillo. Entonces lo abracé y lo besé. Él se apartó.
—No te sientes cerca. Coge una silla.
—Todo eso son bobadas —le dije, quitándole importancia—. ¿Viste dónde se produjo la explosión? ¿Qué es lo que pasó? Porque vosotros fuisteis los primeros en llegar...
—Lo más seguro es que haya sido un sabotaje. Alguien lo habrá hecho a propósito. Todos los chicos piensan lo mismo.
Entonces decían eso. Y lo creían de verdad.
Al día siguiente, cuando llegué, ya los habían separado; cada uno en una sala aparte. Les habían prohibido categóricamente salir al pasillo. Hablarse. Se comunicaban golpeando la pared. Punto-raya, punto-raya. Punto... Los médicos lo justificaron diciendo que cada organismo reacciona de manera diferente a las dosis de radiación, de manera que lo que uno aguanta puede que no lo resista otro. Allí, donde estaban ellos, hasta las paredes reaccionaban al geiger. A derecha e izquierda, y en el piso de abajo. Sacaron a todo el mundo de allí; no dejaron ni a un solo paciente... Por debajo y por encima, tampoco nadie...

Viví tres días en casa de unos conocidos de Moscú. Mis conocidos me decían: coge la cazuela, coge la olla, coge todo lo que necesites, no sientas vergüenza. ¡Así resultaron ser estos amigos! ¡Así eran! Y yo hacía una sopa de pavo para seis personas. Para seis de nuestros muchachos... Los bomberos. Del mismo turno. Todos estaban de guardia aquella noche: Vaschuk, Kibenok, Titenok, Právik, Tischura...

En la tienda les compré a todos pasta de dientes, cepillos, jabón... No había nada de esto en el hospital. Les compré toallas pequeñas... Ahora me admiro de aquellos conocidos míos; tenían miedo, por supuesto; no podían dejar de tenerlo; ya corrían todo tipo de rumores; pero, de todos modos, se prestaban a ayudarme: coge todo lo que necesites. ¡Cógelo! ¿Y él cómo está? ¿Cómo se encuentran todos? ¿Saldrán con vida? Con vida... [Calla.]

En aquellos días me topé con mucha gente buena; no los recuerdo a todos. El mundo se redujo a un solo punto. Se achicó... A él. Solo a él... Recuerdo a una auxiliar ya mayor, que me fue preparando:
—Algunas enfermedades no se curan. Debes sentarte a su lado y acariciarle la mano.
Por la mañana temprano voy al mercado; de allí a casa de mis conocidos; y preparo el caldo. Hay que rallarlo todo, desmenuzarlo, repartirlo en porciones... Uno me pidió: «Tráeme una manzana».

Con seis botes de medio litro. ¡Siempre para seis! Y para el hospital.... Me quedo allí hasta la noche. Y luego, de nuevo a la otra punta de la ciudad. ¿Cuánto hubiera podido resistir? Pero, a los tres días, me ofrecieron quedarme en el hotel destinado al personal sanitario, en los terrenos del propio hospital. ¡Dios mío, qué felicidad!
—Pero allí no hay cocina. ¿Cómo voy a prepararles la comida?
—Ya no tiene que cocinar. Sus estómagos han dejado de asimilar alimentos.

Él empezó a cambiar. Cada día me encontraba con una persona diferente a la del día anterior. Las quemaduras le salían hacia fuera. Aparecían en la boca, en la lengua, en las mejillas... Primero eran pequeñas llagas, pero luego fueron creciendo. Las mucosas se le caían a capas..., como si fueran unas películas blancas... El color de la cara, y el del cuerpo..., azul..., rojo..., de un gris parduzco. Y, sin embargo, todo en él era tan mío, ¡tan querido! ¡Es imposible contar esto! ¡Es imposible escribirlo! ¡Ni siquiera soportarlo!... Lo que te salvaba era el hecho de que todo sucedía de manera instantánea, de forma que no tenías ni que pensar, no tenías tiempo ni para llorar.

¡Lo quería tanto! ¡Aún no sabía cuánto lo quería! Justo nos acabábamos de casar... Aún no nos habíamos saciado el uno del otro... Vamos por la calle. Él me coge en brazos y se pone a dar vueltas. Y me besa, me besa. Y la gente que pasa, ríe...

El curso clínico de una dolencia aguda de tipo radiactivo dura catorce días... A los catorce días, el enfermo muere... Ya el primer día que pasé en el hotel, los dosimetristas me tomaron una medida. La ropa, la bolsa, el monedero, los zapatos, todo «ardía». Me lo quitaron todo. Hasta la ropa interior.

Lo único que no tocaron fue el dinero. A cambio, me entregaron una bata de hospital de la talla 56 —a mí, que tengo una 44—, y unas zapatillas del 43 en lugar de mi 37. La ropa, me dijeron, puede que se la devolvamos, o puede que no, porque será difícil que se pueda «limpiar».

Y así, con ese aspecto, me presenté ante él. Se asustó:
—¡Madre mía! ¿Qué te ha pasado?
Aunque yo, a pesar de todo, me las arreglaba para hacerle un caldo. Colocaba el hervidor dentro del bote de vidrio. Y echaba allí los pedazos de pollo... Muy pequeños... Luego, alguien me prestó su cazuela, creo que fue la mujer de la limpieza o la vigilante del hotel. Otra persona me dejó una tabla en la que cortaba el perejil fresco. Con aquella bata no podía ir al mercado; alguien me traía la verdura. Pero todo era inútil: ni siquiera podía beber... ni tragar un huevo crudo... ¡Y yo que quería llevarle algo sabroso! Como si eso hubiera podido ayudar.

Un día, me acerqué a Correos:
—Chicas —les pedí—, tengo que llamar urgentemente a mis padres a Ivano-Frankovsk. Se me está muriendo aquí el marido.
Por alguna razón, enseguida adivinaron de dónde y quién era mi marido, y me dieron línea inmediatamente. Aquel mismo día, mi padre, mi hermana y mi hermano tomaron el avión para Moscú. Me trajeron mis cosas. Dinero.
Era el 9 de mayo... Él siempre me decía: «¡No te imaginas lo bonita que es Moscú! Sobre todo el Día de la Victoria, cuando hay fuegos artificiales. Quiero que lo veas algún día».
Estoy a su lado en la sala; él abre los ojos:
—¿Es de día o de noche?
—Son las nueve de la noche.
—¡Abre la ventana! ¡Van a empezar los fuegos artificiales!
Abrí la ventana. Era un séptimo piso; toda la ciudad ante nosotros. Y un ramo de luces encendidas se alzó en el cielo.
—Esto sí que...
—Te prometí que te enseñaría Moscú. Igual que te prometí que todos los días de fiesta te regalaría flores... Miro hacia él y veo que saca de debajo de la almohada tres claveles. Le había dado dinero a la enfermera y ella había comprado las flores.
Me acerqué a él y lo besé.
—Amor mío. Cuánto te quiero.
Y él, que se me pone protestón, y me dice:
—¿Qué te han dicho los médicos? ¡No se me puede abrazar! ¡Ni se me puede besar! No me dejaban abrazarlo. Pero yo... Yo lo incorporaba, lo sentaba... Le cambiaba las sábanas... Le ponía el termómetro, se lo quitaba... Le ponía y le quitaba la cuña. Lo aseaba... Me pasaba la noche a su lado... Vigilando cada uno de sus movimientos, cada suspiro.

Menos mal que fue en el pasillo y no en la sala. La cabeza me empezó a dar vueltas y me agarré a la repisa de la ventana. En aquel momento pasó por allí un médico, que me sujetó de la mano. Y de pronto:
—¿Está usted embarazada?
—¡No, no! —Me asusté tanto. Tenía miedo de que alguien nos oyera.
—No me engañe —me dijo en un suspiro.
Me sentí tan perdida que ni se me ocurrió contestarle. Al día siguiente me dijeron que fuera a ver a la médico jefe.
—¿Por qué me ha engañado? —me preguntó en tono severo.
—No tenía otra salida. Si le hubiera dicho la verdad, ustedes me habrían mandado a casa. ¡Fue una mentira piadosa!
—Pero ¿es que no ve lo que ha hecho?
—Sí, pero a cambio estoy a su lado...
—¡Criatura! ¡Alma de Dios! Toda mi vida le estaré agradecida a Anguelina Vasílievna Guskova. ¡Toda mi vida!
También vinieron otras esposas. Pero no las dejaron entrar. Estuvieron conmigo sus madres. A las madres sí les dejaban pasar. La de Volodia Právik no paraba de rogarle a Dios: «Llévame mejor a mí».

El profesor estadounidense, el doctor Gale —fue él quien hizo la operación de trasplante de médula—, me consolaba: hay esperanzas, pocas, pero las hay. ¡Un organismo tan fuerte, un joven tan fuerte! Llamaron a todos sus parientes. Dos hermanas vinieron de Belarús; un hermano, de Leningrado, donde hacía el servicio militar. La hermana pequeña, Natasha, de catorce años, lloraba mucho y tenía miedo. Pero su médula resultó ser la mejor... [Se queda callada.] Ahora puedo contarlo. Antes no podía. He callado durante diez años... Diez años. [Calla.]

Cuando Vasia se enteró de que le sacarían médula espinal a su hermana menor, se negó en redondo:
—Prefiero morir. No la toquéis; es pequeña.

La mayor, Liuda, tenía veintiocho y además era enfermera, sabía de qué se trataba: «Lo que haga falta para que viva», dijo. Yo vi la operación. Estaban echados el uno junto al otro en dos mesas. En el quirófano había una gran ventana... La operación duró dos horas.

Cuando acabaron, quien se sentía peor era Liuda, más que mi marido; tenía en el pecho dieciocho inyecciones, y le costó mucho salir de la anestesia. Aún sigue enferma, le han dado la invalidez... Había sido una muchacha guapa, fuerte... No se ha casado... Yo iba corriendo de una sala a otra, de verlo a él a visitarla a ella. Él no se encontraba en una sala normal, sino en una cámara hiperbárica especial, tras una cortina transparente, donde estaba prohibido entrar. Había unos instrumentos especiales para, sin atravesar la cortina, ponerle las inyecciones, meterle los catéteres... Y todo con unas ventosas, con unas tenazas, que yo aprendí a manejar. A extraer de allí... Y llegar hasta él... Junto a su cama había una silla pequeña.

Entonces se empezó a encontrar tan mal que ya no podía separarme de él ni un momento. Me llamaba constantemente: «Liusia, ¿dónde estás? ¡Liusia!». No paraba de llamarme.

Las otras cámaras hiperbáricas en que se encontraban nuestros muchachos las cuidaban unos soldados, porque los sanitarios civiles se negaron a ello, pedían unos trajes aislantes. Los soldados sacaban las cuñas. Limpiaban el suelo; cambiaban las sábanas. Lo hacían todo. ¿De dónde salieron aquellos soldados? No lo pregunté... Solo existía él. Él... Y cada día oía: «Ha muerto...». «Ha muerto...» «Ha muerto Tischura.» «Ha muerto Titenok.» «Ha muerto...» Como martillazos en la sien.

Hacía entre veinticinco y treinta deposiciones al día. Con sangre y mucosidad. La piel se le empezó a resquebrajar por las manos, por los pies. Todo su cuerpo se cubrió de forúnculos. Cuando movía la cabeza sobre la almohada, se le quedaban mechones de pelo. Y todo eso lo sentía tan mío. Tan querido... Yo intentaba bromear:
—Hasta es más cómodo. No te hará falta peine.
Poco después les cortaron el pelo a todos. A él lo afeité yo misma. Quería hacerlo todo yo.

Si lo hubiera podido resistir físicamente, me hubiera quedado las veinticuatro horas a su lado. Me daba pena perderme cada minuto. Un minuto, y así y todo me dolía perderlo... [Calla largo rato.]

Vino mi hermano y se asustó:
—No te dejaré volver allí. —Y mi padre que le dice:
—¿A esta no la vas a dejar? ¡Si es capaz de entrar por la ventana! ¡O por la escalera de incendios!
Un día, me voy..., regreso y sobre la mesa tiene una naranja... Grande, no amarilla, sino rosada. Él sonríe:
—Me la han regalado. Quédatela. —Pero la enfermera me hace señas a través de la cortina de que la naranja no se puede comer. En cuanto algo permanece a su lado un tiempo, no es que no se pueda comer, es que hasta tocarlo da miedo—. Venga, cómetela —me pide—. Si a ti te gustan las naranjas. —Cojo la naranja con una mano. Y él, entretanto, cierra los ojos y se queda dormido.

Todo el rato le ponían inyecciones para que durmiera. Narcóticos. La enfermera me mira horrorizada, como diciendo... ¿Qué será de mí? Yo estaba dispuesta a hacer lo que fuera para que él no pensara en la muerte... ni sobre lo horrible de su enfermedad, ni que yo le tenía miedo... Hay un fragmento de una conversación. Lo guardo en la memoria. Alguien intenta convencerme:
—No debe usted olvidar que lo que tiene delante ya no es su marido, un ser querido, sino un elemento radiactivo con un gran poder de contaminación. No sea usted suicida. Recobre la sensatez.
Pero yo estoy como loca: «¡Lo quiero! ¡Lo quiero!». Él dormía y yo le susurraba: «¡Te amo!». Iba por el patio del hospital: «¡Te amo!». Llevaba el orinal: «¡Te amo!». Recordaba cómo vivíamos antes. En nuestra residencia... Él se dormía por la noche solo después de cogerme de la mano. Tenía esa costumbre, mientras dormía, cogerme de la mano...toda la noche.

En el hospital también yo le cogía la mano y no la soltaba.
Es de noche. Silencio. Estamos solos. Me mira atentamente, fijo, muy fijo, y de pronto me dice:
—Qué ganas tengo de ver a nuestro hijo. Cómo es.
—¿Cómo lo llamaremos?
—Bueno, eso ya lo decidirás tú.
—¿Por qué yo sola, o es que no somos dos?
—Vale, si es niño, que sea Vasia, y si es niña, Natasha.
—¿Cómo que Vasia? Yo ya tengo un Vasia. ¡Tú! Y no quiero otro.
¡Aún no sabía cuánto lo quería! Solo existía él. Solo él...

¡Estaba ciega! Ni siquiera notaba los golpecitos de debajo del corazón. Aunque ya estaba en el sexto mes. Creía que mi pequeña, al estar dentro de mí, estaba protegida. Mi pequeña... Ningún médico sabía que yo dormía con él en la cámara hiperbárica. No se les pasaba por la cabeza. Las enfermeras me dejaban pasar. Al principio también me querían convencer:
—Eres joven. ¿Cómo se te ocurre? ¡Si esto ya no es un hombre, es un reactor nuclear! Os quemaréis los dos. —Y yo corría tras ellas como un perrito. Me quedaba horas enteras ante la puerta. Les rogaba, les imploraba. Y entonces ellas decían: «¡Que te parta un rayo! ¡Estás loca perdida!».

Por la mañana, antes de las ocho, cuando empezaba la ronda de visitas médicas, me hacían señas desde detrás de la cortina: «¡Corre!». Y yo me iba durante una hora al hotel. Pues desde las nueve de la mañana hasta las nueve de la noche tenía pase. Las piernas se me pusieron azules hasta las rodillas, se me hincharon, de tan cansada que me encontraba.

Mi alma era más fuerte que mi cuerpo... Mi amor... Mientras yo estaba con él... No lo hacían. Pero cuando me iba, lo fotografiaban. Sin ropa alguna. Desnudo. Solo con una sábana ligera por encima. Yo cambiaba cada día esa sábana, aunque, al llegar la noche, estaba llena de sangre. Lo incorporaba y en las manos se me quedaban pedacitos de su piel; se me pegaban. Yo le suplicaba:
—¡Cariño! ¡Ayúdame! ¡Apóyate en el brazo, sobre el codo, todo lo que puedas, para que alise la cama, para que te quite las costuras, los pliegues! —Cualquier costurita era una herida en su piel. Me corté las uñas hasta hacerme sangre, para no herirlo.

Ninguna de las enfermeras se decidía a acercarse a él, ni a tocarlo; si hacía falta algo, me llamaban. Y ellos... Ellos, en cambio, lo fotografiaban. Decían que era para la ciencia. ¡Los hubiera echado a patadas a todos de allí! ¡Les hubiera gritado y les hubiera pegado! ¿Cómo se atrevían? Era todo mío. Lo que más quería... ¡Si hubiera podido impedirles entrar! ¡Si hubiera podido!... Salgo de la sala al pasillo. Y me guío por la pared, por el sofá, porque no veo nada. Paro a la enfermera de guardia y le digo:
—Se está muriendo.

Y ella me dice:
—¿Y qué esperabas? Ha recibido mil seiscientos roentgen, cuando la dosis mortal es de cuatrocientos. —A ella también le daba pena, pero de otra manera. En cambio para mí, él era todo mío. Lo que más quería.

Cuando murieron todos, repararon el hospital. Quitaron el yeso de las paredes, arrancaron el parqué y lo tiraron. La madera... Prosigo. Lo último... Lo recuerdo a fogonazos. A fragmen... Todo se desvanece... Una noche, estoy sentada a su lado en una silla. Eran las ocho de la mañana:
—Vasia, salgo un rato. Voy a descansar un poco.
Él abre y cierra los ojos: me deja ir. En cuanto llego al hotel, a mi habitación, y me acuesto en el suelo —no podía echarme en la cama, de tanto que me dolía todo—, llega una auxiliar:
—¡Ve! ¡Corre a verlo! ¡Te llama sin parar! —Pero aquella mañana Tania Kibenok me lo había pedido con tanta insistencia, me había rogado: «Vamos juntas al cementerio. Sin ti no soy capaz». Aquella mañana enterraban a Vitia Kibenok y a Volodia Právik.

Éramos amigos de Vitia. Dos familias amigas. Un día antes de la explosión nos habíamos fotografiado juntos en la residencia. ¡Qué guapos se veía a nuestros maridos! Alegres. El último día de nuestra vida pasada... La época anterior a Chernóbil... ¡Qué felices éramos! Vuelvo del cementerio, llamo a toda prisa a la enfermera:
—¿Cómo está?
—Ha muerto hará unos quince minutos.
¿Cómo? Si he pasado toda la noche a su lado. ¡Si solo me he ausentado tres horas! Estaba junto a la ventana y gritaba: «¿Por qué? ¿Por qué?». Miraba al cielo y gritaba... Todo el hotel me oía. Tenían miedo de acercarse a mí. Pero me recobré y me dije: «¡Lo veré por última vez! ¡Lo iré a ver!». Bajé rodando las escaleras. Él seguía en la cámara, no se lo habían llevado.

Sus últimas palabras fueron: «¡Liusia! ¡Liusia!». «Se acaba de ir. Ahora mismo vuelve», lo intentó calmar la enfermera. Él suspiró y se quedó callado... Ya no me separé de él. Fui con él hasta la tumba. Aunque lo que recuerdo no es el ataúd, sino una bolsa de polictileno.

Aquella bolsa... En la morgue me preguntaron:
—¿Quiere que le enseñemos cómo lo vamos a vestir?
—¡Sí que quiero!
Le pusieron el traje de gala, y le colocaron la visera sobre el pecho. No le pusieron calzado. No encontraron unos zapatos adecuados, porque se le habían hinchado los pies. En lugar de pies, unas bombas. También cortaron el uniforme de gala, no se lo pudieron poner.

Tenía el cuerpo entero deshecho. Todo él era una llaga sanguinolenta. En el hospital, los últimos dos días... Le levantaba la mano y el hueso se le movía, le bailaba, se le había separado la carne... Le salían por la boca pedacitos de pulmón, de hígado. Se ahogaba con sus propias vísceras. Me envolvía la mano con una gasa y la introducía en su boca para sacarle todo aquello de dentro. ¡Es imposible contar esto! ¡Es imposible escribirlo! ¡Ni siquiera soportarlo!... Todo esto tan querido... Tan mío... Tan... No le cabía ninguna talla de zapatos. Lo colocaron en el ataúd descalzo.

Ante mis ojos. Vestido de gala, lo metieron en una bolsa de plástico y la ataron. Y, ya en esa bolsa, lo colocaron dentro del ataúd. El ataúd también envuelto en otra bolsa. Un celofán transparente, pero grueso, como un mantel. Y todo eso lo metieron en un féretro de zinc. Apenas lograron meterlo dentro. Solo quedó el gorro encima...

Vinieron todos. Sus padres, los míos. Compramos pañuelos negros en Moscú... Nos recibió la comisión extraordinaria. A todos les decían lo mismo: que no podemos entregaros los cuerpos de vuestros maridos, no podemos daros a vuestros hijos, son muy radiactivos y serán enterrados en un cementerio de Moscú de una manera especial. En unos féretros de zinc soldados, bajo unas planchas de hormigón.

Deben ustedes firmarnos estos documentos... Necesitamos su consentimiento. Y si alguien, indignado, quería llevarse el ataúd a casa, lo convencían de que se trataba de unos héroes, decían, y ya no pertenecen a su familia. Son personalidades. Y pertenecen al Estado.

Subimos al autobús. Los parientes y unos militares. Un coronel con una radio. Por la radio se oía: «¡Esperen órdenes! ¡Esperen!». Estuvimos dando vueltas por Moscú unas dos o tres horas, por la carretera de circunvalación. Luego regresamos de nuevo a Moscú. Y por la radio: «No se puede entrar en el cementerio. Lo han rodeado los corresponsales extranjeros. Aguarden otro poco». Los parientes callamos.

Mamá lleva el pañuelo negro... yo noto que pierdo el conocimiento. Me da un ataque de histeria:
—¿Por qué hay que esconder a mi marido? ¿Quién es: un asesino? ¿Un criminal? ¿Un preso común? ¿A quién enterramos?
Mamá me dice:
—Calma, calma, hija mía. —Y me acaricia la cabeza, me coge de la mano...

El coronel informa por la radio:
—Solicito permiso para dirigirme al cementerio. A la esposa le ha dado un ataque de histeria.
En el cementerio nos rodearon los soldados. Marchábamos bajo escolta, hasta el ataúd. No dejaron pasar a nadie para despedirse de él. Solo los familiares... Lo cubrieron de tierra en un instante.
—¡Rápido, más deprisa! —ordenaba un oficial. Ni siquiera nos dejaron abrazar el ataúd.
Y, corriendo, a los autobuses. Todo a escondidas. Compraron en un abrir y cerrar de ojos los billetes de vuelta y nos los trajeron. Al día siguiente, en todo momento estuvo con nosotros un hombre vestido de civil, pero con modales de militar; no me dejó salir del hotel siquiera a comprar comida para el viaje. No fuera a ocurrir que habláramos con alguien; sobre todo yo. Como si en aquel momento hubiera podido hablar, ni llorar podía.

La responsable del hotel, cuando nos íbamos, contó todas las toallas, todas las sábanas... Y allí mismo las fue metiendo en una bolsa de polietileno. Seguramente lo quemaron todo... Pagamos nosotros el hotel. Por los catorce días... El proceso clínico de las enfermedades radiactivas dura catorce días. A los catorce días, el enfermo muere... Al llegar a casa, me dormí. Entré en casa y me derrumbé en la cama. Estuve durmiendo tres días enteros. No me podían despertar. Vino una ambulancia.
—No —dijo el médico—, no ha fallecido. Despertará. Es una especie de sueño terrible.
Tenía veintitrés años...

Recuerdo un sueño. Viene a verme mi difunta abuela, con la misma ropa con la que la enterramos. Y adorna un abeto.
«Abuela, ¿cómo es que tenemos un abeto? ¿No estamos en verano?» «Así debe ser. Pronto tu Vasia vendrá a verme. Y cómo ha crecido en el bosque...»

Recuerdo... Recuerdo otro sueño: llega Vasia vestido de blanco y llama a Natasha. A nuestra hija, la niña que aún no había dado a luz. Ya es mayor y yo me asombro: ¿cómo ha podido crecer tan rápidamente? Él la lanza por el aire hacia el techo y los dos ríen. Y yo los miro y pienso: qué sencillo es ser feliz. Tan sencillo... Luego tuve otro sueño. Paseamos los dos por el agua. Andamos mucho, mucho rato... Seguramente me pedía que no llorara. Me mandaba señales. De allá. De arriba... [Se queda callada durante largo rato.]

Al cabo de dos meses regresé a Moscú. De la estación al cementerio. ¡A verle! Y allí, en el cementerio, me empezaron las contracciones. En cuanto me puse a hablar con él. Llamaron a una ambulancia. Les di la dirección del hospital.

Di a luz allí mismo. Con la misma doctora, con Anguelina Vasílievna Guskova. Ya en su momento me había dicho:
—Ven aquí a dar a luz.
¿Adónde iba a ir si no? Parí con dos semanas de adelanto. Me la enseñaron. Una niña... —Natasha —la llamé—. Tu papá te llamó Natasha.
Por su aspecto, parecía un bebé sano. Con sus bracitos, sus piernas. Pero tenía cirrosis. En su hígado había 28 roentgen.

Y una lesión congénita del corazón. A las cuatro horas me dijeron que la niña había muerto. ¡Y, otra vez, que no se la vamos a dar! ¿Cómo que no me la vais a dar? ¡Soy yo quien no os la voy a dar a vosotros! ¡La queréis para vuestra ciencia, pues yo odio vuestra ciencia! ¡La odio! Vuestra ciencia fue la que se lo llevó y ahora aún quiere más. ¡No os la daré!
La enterraré yo misma. Junto a su padre... [Pasa a hablar en susurros.]

No hay manera de que me salga lo que quiero decir. No con palabras. Después del ataque al corazón, no puedo gritar. Tampoco me dejan llorar. Por eso no me salen las palabras. Pero le diré... Quiero que sepa... Aún no se lo he confesado a nadie. Cuando no les di a mi hija..., nuestra hija..., entonces, me trajeron una cajita de madera:
—Aquí está.
Lo comprobé. La habían envuelto en pañales. Toda envuelta en pañales. Y entonces me puse a llorar y les dije:
—Colóquenla a los pies de mi marido. Y díganle que es nuestra Natasha.
Allí, en la tumba, no está escrito «Natasha Ignatenko».

Solo está el nombre de él. Ella no tuvo ni nombre, no tuvo nada. Solo alma. Y allí es donde enterré su alma...

Siempre vengo a verlos con dos ramos: uno es para él y el segundo lo pongo en un rinconcito para ella. Me arrastro de rodillas por la tumba. Siempre de rodillas... [De manera inconexa:] Yo la maté. Fue mi culpa. Ella, en cambio... Ella me ha salvado. Mi niña me salvó. Recibió todo el impacto radiactivo, se convirtió, como si dijéramos, en el receptor de todo el impacto. Tan pequeñita. Una bolita. [Pierde el aliento.] Ella me salvó. Pero yo los quería a ambos. ¿Cómo es posible? ¿Cómo se puede matar con el amor? ¡Con un amor como este! ¿Por qué están tan juntos? El amor y la muerte.

Tan juntos. ¿Quién me lo podrá explicar? Me arrastro de rodillas por la tumba. [Calla largo rato.]
En Kíev me dieron un piso. En una casa grande, donde ahora viven todos los que tienen que ver con la central nuclear. Todos somos conocidos. Es un piso grande, de dos habitaciones, con el que Vasia y yo siempre habíamos soñado.

¡Pero yo allí me volvía loca! En cada rincón, mirara donde mirase, allí estaba él. Sus ojos. Me puse a arreglar la casa, a hacer lo que fuera para no parar quieta, lo que fuera para no pensar. Así pasé dos años. Un día tuve un sueño: vamos los dos juntos, pero él va descalzo. «¿Por qué vas descalzo siempre?» «Pues porque no tengo nada.» Fui a la iglesia. Y el padre me aconsejó:
—Hay que comprar unas zapatillas de talla grande y colocarlas en el féretro de algún difunto. Y escribir una nota de que son para él.

Así lo hice. Llegué a Moscú y me dirigí de inmediato a una iglesia. En Moscú estoy más cerca de él. Allí descansa, en el cementerio Mitinski. Le expliqué a un clérigo lo que me pasaba, que había de hacerle llegar unas zapatillas a mi marido. Y él me pregunta:
—¿Y tú sabes, hija mía, cómo conviene hacerlo?
Me lo explica... Justo en ese momento traen a un anciano para rezarle un responso. Y yo que me acerco al ataúd, levanto el velo y coloco allí las zapatillas.
—¿Y la nota... la has escrito?
—Sí, la he escrito, pero no digo nada de en qué cementerio está enterrado.
—Allí todos están juntos. Ya lo encontrarán.
No tenía ningunas ganas de vivir. Por la noche me quedaba junto a la ventana y miraba al cielo:
«Vasia, ¿qué he de hacer? No quiero vivir sin ti». Durante el día, paso junto a un jardín infantil y me quedo ahí parada. Me pasaría la vida mirando a los niños... ¡Me estaba volviendo loca! Y por las noches le pedía: «Vasia, pariré un niño. Me da miedo estar sola. No lo aguantaré. ¡Vasia!». Y al día siguiente se lo volvía a pedir: «Vasia, no necesito un hombre. No hay nadie mejor que tú. Quiero un niño».

Tenía veinticinco años... Encontré un hombre. Se lo conté todo. Toda la verdad. Que tuve un amor, un amor para toda la vida. Se lo confesé todo. Nos veíamos, pero nunca lo invitaba a mi casa. En casa no podía. Allí estaba Vasia.

Trabajé en una pastelería. Hacía una tarta y las lágrimas me caían a mares. No lloraba, pero las lágrimas me seguían cayendo. Solo les pedí a las chicas una cosa:
—No me tengáis lástima. En cuanto me empecéis a consolar, me marcho. —Quería ser como todos los demás. No hay que tenerme lástima. Hubo un tiempo en que fui feliz.
Me trajeron la medalla de Vasia. Una de color rojo. No podía mirarla mucho tiempo. Se me saltaban las lágrimas. He tenido un niño. Andréi... Andréi se llama. Las amigas me querían hacer cambiar de idea:
—Tú no puedes tener hijos.
Y los médicos me asustaban:
—Su organismo no lo soportará.

Después... Después me dijeron que le faltaría una mano.
Se veía por el aparato. «¿Y qué? —me dije—. Le enseñaré a escribir con la mano izquierda.» Y nació normal. Un niño guapo. Ya va a la escuela, y saca todo excelente.
Ahora tengo a alguien. A alguien por quien respiro y vivo. Él lo comprende todo a la perfección:
—Mamá, si voy a ver a la abuela un par de días, ¿podrás respirar? —¡No podré! Me da miedo separarme de él un solo día.
Un día íbamos por la calle. Y noto que me caigo. Entonces fue cuando me dio el ataque. Allí, en la misma calle.
—Mamá, ¿quieres un poco de agua?
—No. Quédate a mi lado. No te vayas a ninguna parte. Y lo agarré de la mano. Luego ya no recuerdo nada...

Abrí los ojos en el hospital. Lo había sujetado de tal modo que los médicos se las vieron moradas para abrirme los dedos. El niño tuvo la mano azul durante varios días. Y ahora cuando salimos de casa me pide:
—Mamá, por favor, no me agarres de la mano. No me iré a ninguna parte.

Él también está enfermo: va dos semanas a la escuela y dos las pasa en casa, con el médico. Así vivimos. Tememos el uno por el otro.

Y en cada rincón está Vasia. Sus fotos. Y por las noches no paro de hablar con él. A veces me pide en sueños: «Enséñame a nuestro niño». Y Andréi y yo vamos a verle. Él trae de la mano a nuestra hija. Siempre está con ella. Solo juega con ella.

Así es como vivo. Vivo a la vez en un mundo real y en otro irreal. Y no sé dónde estoy mejor. Tengo de vecinos a todos los de la central; ocupamos aquí toda una calle. Así la llaman: la «calle de Chernóbil». Esta gente ha trabajado toda la vida en la central. Y hasta hoy van allí a hacer guardia; en la central solo se hacen turnos de guardia. Allí ya no vive nadie ni nunca vivirá.

Muchos sufren terribles enfermedades, son inválidos, pero no dejan la central. Tienen miedo hasta de pensar que la cerrarán. No se imaginan su vida sin el reactor; es su vida. ¿A quién le harían falta tal como están en otro trabajo? Muchos se mueren. De repente. Sobre la marcha. Va uno por la calle y, de pronto, cae muerto. Se acuesta y ya no despierta. Le lleva unas flores a una enfermera y, de pronto, se le para el corazón.

Esta gente se está muriendo, pero nadie les ha preguntado de verdad sobre lo sucedido. Sobre lo que hemos padecido. Lo que hemos visto. La gente no quiere oír hablar de la muerte. De los horrores. Pero yo le he hablado del amor... De cómo he amado.

Liudmila Ignatenko, esposa del bombero fallecido Vasili Ignatenko

* Diminutivo de Vasili. (N. del T.)

***
Crítica de Voces de Chernóbil
Por Miguel CANO

Voces de Chernóbil
Svetlana Alexievich
31/07/2015

Durante la contienda más sangrienta de la historia, los nazis destruyeron 619 aldeas en Bielorrusia. Chernóbil acabó con 485 y 70 de ellas yacerán enterradas para siempre. 

Uno de cada cuatro bielorrusos murieron en la guerra; hoy, uno de cada cinco vive en territorio contaminado, más de 2 millones de personas de las que 700.000 son niños. La mortalidad supera a la natalidad en un 20%. Y para colmo aquel apocalíptico accidente ni siquiera ocurrió en Bielorrusia sino en el lado ucraniano de la frontera... ¿Qué sabemos de toda esa gente, de los fantasmas que habitan un territorio arrasado? Para responder, la periodista y escritora bielorrusa Svetlana Alexievich buscó durante años las voces silenciosas de los damnificados de aquella "tragedia griega". El resultado fue un libro ya universal, multipremiado y traducido a veinte idiomas: Voces de Chernóbil.

Alexievich teje cuarenta monólogos desolados de otros tantos protagonistas que ofrecen toda una lección de periodismo, una reflexión acuciante sobre la memoria y una rendida admiración de la tristeza. Un joven bombero que se despide de su esposa para dirigirse a la central en llamas con un "vendré pronto" y no puede cumplir su promesa, un viejo que espera y espera en la zona cero del desastre a donde nadie regresa, un escritor que ve cómo a su mujer y su hija se les llena el cuerpo de manchas negras (la pequeña moriría más tarde), un coro de aldeanos que se debate entre el horror y la necesidad de dar testimonio...

Uno de los mejores y más estremecedores momentos de este libro inacabable brota cuando la autora se entrevista a sí misma y se pregunta por qué Chernóbil pone en tela de juicio "nuestra visión del mundo". "Porque Chernóbil es ante todo una catástrofe del tiempo. Los radionúclidos diseminados por nuestra tierra vivirán cincuenta, cien, doscientos mil años". He aquí, como indica el subtítulo del libro, una crónica del futuro.

Traducción de Ricardo San Vicente. Debolsillo, 2015. 406 páginas, 11,95€


Articulo: http://www.elcultural.com 08∕10∕2015

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