dimanche 28 décembre 2014

EL UNIVERSAL/Huberto BATIS, ocho décadas del Maestro

El porvenir es cosa nuestra
Por Guillermo FADANELLI

Estuve cerca de Huberto Batis en el suplemento sábado del periódico unomásuno, como colaborador y también como espía en su oficina, intruso o admirador de su oficio de editor.

Me tocó presenciar tormentas de toda clase, exabruptos, risas y gozar de largas conversaciones con él. Algunas veces, cuando Batis terminaba su labor en el periódico, me acercaba en su automóvil a mi departamento próximo al metro Ermita. En el camino continuábamos charlando. Y, según yo, creo que nos hicimos amigos en ese entonces. Dije “espía” y lo sostengo: el aprendizaje es también un espionaje y yo ponía meticulosa atención en todos sus actos y palabras. Me informaba acerca de la experiencia vivida con el editor más temido, erudito, intratable y perspicaz que existió en el México de los años noventa, justamente durante la década de mi (de)formación, un mucho tardía y extemporánea. Batis me educó vía la conversación y el relato de anécdotas en apariencia meramente sociales o personales. Era una de sus mayores virtudes: hacer llegar el caballo de Troya a la fortaleza de la ignorancia juvenil de manera sencilla, lúdica y paciente. No se permitía la pedantería ni el adoctrinamiento, y a la manera socrática te llevaba a esforzarte y pensar más allá de tus prejuicios salvajes. Yo no me daba cuenta cabal de su guía, de su inagotable recorrido en los campos de la cultura literaria y filosófica, ni de su capacidad para construirse a sí mismo en el espejo y la atención del otro.

Batis fue animador de buenos conversadores y creador de escritores con el propósito implícito de no estar solo. En la oficina donde cuidaba de sábado, la puerta nunca estuvo cerrada y, a manera de montaje, su secretaria Aída le anunciaba la llegada de los colaboradores más formales. Los amigos y otros confianzudos se colaban y se atenían a su suerte. Podían ser lanzados fuera de la oficina en un santiamén, o quedarse horas dentro charlando con Huberto. Si la visitante era una mujer bella no tenía que preocuparse: Batis le entregaba las llaves de suplemento, del periódico y de la ciudad (y además le tomaba fotografías).

Hacer el recuento de anécdotas, obras, acciones, fábulas y personalidades a las que Batis dio vida no es posible; al menos para mí. Prefiero no jalar de ese hilo porque una montaña se me viene encima. Una acertada analogía de su curiosidad y quehacer mítico e intelectual sería el Árbol de Porfirio: sus ramificaciones y vasos comunicantes no agotan el mundo, más bien lo dibujan, sugieren, y crean otra vez en toda su complejidad e infinitud. Allí están sus numerosos libros como prueba de mi afirmación. Ahora me detengo brevemente en uno de ellos que apenas si es conocido: Ni edad dorada ni apocalipsis. Aquí se reúne parte de su obra alrededor de temas científicos y literarios de gran envergadura: relaciones entre mente y cerebro; especulaciones sobre la ecología y la libertad; la literatura y las drogas; la civilización y la medicina. Batis reflexiona él mismo y expone las preocupaciones intelectuales de muy diversos pensadores a partir de breves piezas literarias que se crearon en el ir y venir de sus tantas lecturas. Allí, por ejemplo, Huberto da cuenta de la obra de Denis de Rougemont, El porvenir es cosa nuestra (una llamada de atención pública ante la inminencia del desastre ecológico); y comenta con erudición y largueza el libro The Natural History of the Mind, de G. R. Taylor. Preocupaciones actuales y latentes de las que Batis se ocupó en sus escritos hace ya varias décadas. Obtengo provecho de este libro —Ni edad dorada ni apocalipsis— para confirmar que el talento e interés filosófico y literario de Huberto no contempló ni tomó una sola dirección pese a ser él académico prominente y especialista en varios temas de la literatura mexicana. La divulgación de altos vuelos es participación en el conocimiento más profundo de las cosas; la filosofía como acción reflexiva de todo lo que es o quiere ser no está concentrada en una disciplina profesional, sino que se expande a partir del lenguaje en la literatura, la crítica literaria y el estudio de la cultura. La curiosidad intelectual de Batis y la lectura casi sádica que hacía de los libros y de los autores que le interesaban eran expuestos en sus obras con precisión, minucia y obsesión formal. No hay desorden en su quehacer: hay gula, erudición, placer y precaución de sabio.

Podríamos aventurar una definición, por supuesto relativa: “El lenguaje hace la crítica de sí mismo mediante la poesía y la literatura”. Yo lo creo así; y también pienso que lo que llamamos literatura abarca y comprende el testimonio, la memoria y el dar cuenta de nuestra vida y época desde el recuento de las personas y hechos sociales que son tejido y exhibición de la cultura de la que uno forma parte. Los ojos que no se conforman habitando la amplia celda de lo interior buscan cualquier ventana para mirar hacia el exterior, husmear y reconocerse en lo otro y en los otros. Fueron muchas las tardes y noches que escuché a Batis contar historias y referirse a toda clase de personajes no ficticios. Él parecía indiscreto, como suele ser normal en un habitante de la narrativa, y gustaba de unir la ficción y la exhibición de lo humano con su experiencia vivida. No difamaba: daba pie a la literatura oral. No era Gracián el que hablaba, sino Gracián pervertido por el diablo. Batis no relataba la historia verdadera de nadie, pues ésta —además de ser una fábula per se— resulta imposible de ser narrada partiendo de una sola y única mirada (las licencias que te ofrece el perspectivismo avalan mi opinión). Algunas de las experiencias de Batis en el medio de la cultura mexicana se hallan plasmadas en su célebre libro Lo que “Cuadernos del Viento” nos dejó; y también en La flecha extraviada. Su desgarbo moral y virtud memoriosa se encuentran en estas páginas que se hacen acompañar de la admiración y sorpresa que causa el bosquejo de la cultura a partir de los gestos sociales de sus actores y de la convivencia y afección singular por ellos: “Yo he encontrado en México la inteligencia femenina en dos personas: Elena Garro e Inés Arredondo” (La flecha extraviada). No es cualquier mirón sin pasado el que escribió estos libros, sino el joven corrector de la Revista de la Universidad de México —a donde Batis llegó por recomendación de Alfonso Reyes—; el director de la Revista de Bellas Artes; el editor y director de la Imprenta Universitaria; y el animador del suplemento sábado en el que arropó a los eruditos, a las glorias académicas y también a los jóvenes más (y a veces menos) talentosos de finales del siglo XX: tormenta e ímpetu en el cambio de siglo. Nadie como él me apoyó en la tarea de editar la revista Moho, de vena subterránea, insolente y dadaísta. Su entusiasmo por mi revista era a veces mayor que el mío.

Ahora Huberto Batis cumple ochenta años: su longevidad se veía venir y yo la divisé desde que lo visitaba en la redacción de sábado hace veinte años —allí donde conocí e hice amistad con Rocío Barrionuevo y con Julio Aguilar quienes, en distintas épocas, acompañaron a Huberto en la confección del suplemento—. No quiero dejar pasar una característica de Batis que espantaba y repelía a tantas personas que se acercaron a él: su vitalidad no contenida en formas predecibles de cortesía y zalamería. En México es sencillo hacerse de enemigos, sólo basta decirles la verdad (o lo que piensas acerca de ellos). Estoy muy de acuerdo con Miguelángel Diaz Monges cuando en la Revista de la Universidad de México escribe que algunos medios e intelectuales han sido mezquinos con Huberto Batis. Claro que lo han sido, pero tal mezquindad es el infierno que da vida y fortalece. La conjura de los necios es un halago que muy pocos merecen. Ojalá que sus enemigos, algunos ganados a pulso, nunca reconozcan públicamente su talento e importancia en la cultura mexicana: en general fueron y son personajes menores subidos a un banquito para prodigarse estatura. Han pasado ya varios años que no me encuentro con Huberto y con Patricia González, su compañera, como acostumbrábamos hacerlo en el pasado. Si la amistad ha sido buena entonces habrá dolor, recuerdos y un mito. Salud, Batis, por ocho décadas de vida y creación.

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La primera semilla
Por Alberto RUY SANCHEZ

Huberto Batis es mucho más que mi maestro, mi editor y mi amigo. Sólo alguna comparación descomunal alcanzaría levemente a describir el tamaño y los efectos de su presencia generosa y afilada en la formación y en la vida afectiva de quienes estuvimos muy cerca de él desde los años setenta.

Corrió la voz de que un personaje extravagante abriría un taller literario al que podrían asistir alumnos que no necesariamente estudiaran la carrera de letras. Ricardo Newman, Felix Moreno, Magui de Orellana, entre otros, teníamos una clara pasión por la literatura pero también por el cine y el periodismo, la antropología y la filosofía. Teníamos casi veinte años cuando coincidimos en las aulas excesivas de una carrera entonces nueva que se llamaba Ciencias y Técnicas de la Información. Y decidimos escaparnos de otras materias para probar ese taller teñido de una reputación de extrañeza. La primera sorpresa fue encontrarnos a un gran lector que con la misma avidez, pasión e irreverencia leía a los grandes autores que a nosotros, incipientes aprendices de escritores. Nos regalaba así de entrada la igualdad de leer con la misma minucia crítica nuestros titubeantes intentos de escritura.

Cada sesión abría puertas hacia nuevos libros y autores y cada lectura era demostración de cómo los otros, ya en los libros, habían hecho con destreza, algunas veces ejemplar, algo similar a lo que parecía que habíamos intentado en nuestros ejercicios compartidos. Muchas veces había que aprender no de lo que los demás habían logrado sino de eso en lo que otros, ya publicados y con prestigios establecidos, también habían fracasado. Aprendíamos de entrada que, mucho más importante que ser publicados o tener una carrera literaria, el reto grande era hacer lo mejor que cada uno pudiera. Y esforzarse por hacerlo mejor cada vez.

Eso cambiaba todo. Y, a quienes siguiéramos esa línea de esfuerzo extravagante, ella nos separaría radicalmente de la gran mayoría de escritores que buscaron la presencia pública inmediata. O la pertenencia a una cofradía de complicidades. Todo aprendizaje de escritor se da finalmente, no en el grupo, no en el taller colectivo sino en el taller individual. En el taller personal, en la soledad poblada de lecturas y fantasmas donde cada creador finalmente se define, crece o se anula.

La otra lección implícita en esa lectura afilada en todas las direcciones era que el último juez, el más cruel y despiadado, el de verdad más riguroso, tendría que ser uno mismo. Ninguna palmadita en la espalda era de verdad aceptable. Ningún elogio mutuo admisible.

Pero la crítica no era destrozar el texto sino comprender sus mecanismos, sus ideas, sus formas, sus posibilidades. Criticar es comprender, sin contemplaciones conformistas pero no necesariamente atacándolo de manera sistemática. Ser crítico no es dar puñaladas con alma de verdugo sino tener un bisturí afilado para la disección anatómica certera.

Un día Huberto decidió que el taller se desplazaba a su casa los sábados por la mañana y que ahí reuniría a sus alumnos de varias universidades. Podría escribirse muchísimo sobre esa casa. Por lo pronto me detengo diciendo que fue ahí donde el taller adquirió su verdadero carácter. Ya no escolar sino artesanal. No un profesor que dicta “verdades” al auditorio sino un artesano mayor al centro ejerciendo su oficio a su manera y un círculo a su alrededor aprendiendo a hacer cada uno lo suyo, a la vista de todos. Huberto vivía con tal intensidad todo lo que leíamos, todo lo que escribía, todo lo que investigaba, que compartir lecturas era siempre una experiencia vital. Recuerdo el día que leímos en un autor francés del siglo XIX, Huysmans, la descripción del olor que despedían las faldas agitadas por las bailarinas de can can en el Moulin Rouge. Una mezcla potente de coño y de un perfume cuyo nombre no recuerdo. Pero que Huberto fue inmediatamente a hacer fabricar por un perfumero. Y todo era así con él. Los sentimientos, las situaciones, los vínculos de cada texto con la historia social y las historias individuales estaban vivos. El abismo entre los libros y la vida no era sino un espejismo que se rompía en el acto de leer vitalmente cualquier texto. La literatura sería vida o no sería nada.

Esa manera apasionada de pensarse profesionalmente en el oficio de la edición, del periodismo cultural, del pensamiento y la escritura me marcó para siempre y creo que fue fundamental en la elección de las siguientes cercanías. Tanto en las personas como en el modo de relacionarse con ellos y su oficio: Roland Barthes, Gilles Deleuze, Octavio Paz, apasionados del asombro literario, cada uno a su manera.

En aquel inicio de los setenta, en la época de la primera semilla, Huberto tenía 36 años y algunos de nosotros casi veinte. Pero lo veíamos como alguien muy mayor. Ahora que cumple 80 y lo veo y lo pienso tan joven agradezco su iniciación apasionada como después la amistad no menos intensa y la hospitalidad de editor en las páginas sabatinas donde tantos aprendimos a tener lectores. El gigante que es Huberto sigue regalándome su sombra generosa y en ella, como una sonrisa, como una afirmación vital, ese olor que llegaba desde la primera fila del can can. Y yo le agradezco aspirando hondo cada vez que por alguna razón de la vida siento que me falta la respiración.

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El magisterio de Huberto Batis
Por Julio AGUILAR

Esfuerzo, rigor, autocrítica, sentido común y, sobre todo, un interés genuino por la literatura son las exigencias que Huberto Batis pide a sus pupilos en su curso de Teoría Literaria. Hoy lo deduzco y también recuerdo que, en el camino para alcanzar aquellas virtudes, todos los alumnos de mi generación resbalamos alguna vez y caímos entonces bajo el implacable fuego del maestro Huberto transformado en un temible Mr. Hyde.

De esa estampa pedagógica muchos egresados y destripados de la carrera de letras hispánicas pueden dar testimonios en distintas versiones. Pero son muchos menos los que pudieron comprobar que hasta hace algunos años, una vez que Batis concluía sus clases en la UNAM, no colgaba el traje de Mr. Hyde en un perchero de Filosofía y Letras porque se lo llevaba puesto a la redacción de sábado, el suplemento que dirigió a lo largo de muchos años.

Cuando en 1992 me sumé a la redacción de sábado por invitación suya, descubrí con sorpresa que Batis extendía hasta ahí su magisterio con un alumnado no tan joven. Sentado frente al laberinto de papel que era su amplia mesa de trabajo, el maestro-editor enderezaba la sintaxis de las crónicas, barría las comas de las entrevistas, podaba los párrafos de los artículos, restauraba las ideas mal aprovechadas en las críticas y afinaba los finales sosos de cuentos y relatos. Además de eso, él alentaba discusiones entre sus colaboradores no sólo sobre la literatura mexicana del momento, también sobre cine, teatro, arte, danza, fotografía… Del entusiasmo de aquellos debates organizados en caliente, no era raro que, tiempo después, se escribieran artículos, ensayos e incluso manifiestos para publicarse en sábado.

Nunca antes había visto a un editor en esas faenas y nunca más he vuelto a ver a ningún otro con esa capacidad de hacerlo, imponiendo una autoridad difícilmente cuestionada por escritores, periodistas y traductores apabullados por las razones gramaticales, literarias, periodísticas, éticas o de sentido común que Batis argumentaba más o menos paciente, es decir, más o menos Hyde.

Sábado era más que un suplemento cultural, era un industrioso taller de creación moderado por un hombre que ha sido mucho más que un promotor cultural. Huberto ha sido un genuino creador de creadores. Con ojo clínico, él es capaz de detectar desde las primeras líneas, a veces entre los balbuceos de ejercicios literarios o periodísticos primerizos, el talento nato, las capacidades prometedoras de escritores y periodistas, o al menos la disposición de los aspirantes a aprender, mejorar y crecer, cada quien a su propio ritmo, cada cual hasta el límite de sus aptitudes.

Como en las clases universitarias, Batis exigía en el suplemento esfuerzo, rigor, autocrítica y sentido común a cambio de invertir su tiempo en leer, comentar y corregir textos de toda índole.

En un momento de la vida en que una lectura atenta y desinteresada, una dirección adecuada y una mano generosa pueden hacer la gran diferencia entre ser un joven escritor o un periodista estimulado y uno destripado, la labor de Batis ha sido esencial al ejercer su apostolado de maestro y editor para apoyar a varias camadas de autores desde que, muy joven, junto con Carlos Valdés, comenzó a publicar Cuadernos del Viento.

Si bien su labor en sábado suele ser lo más mencionado de su trayectoria, porque es la gran aventura editorial más inmediata, Batis ha dejado huella en otras memorables aventuras culturales. Algunos ejemplos: su pertenencia a la generación de la Casa del Lago, la labor como investigador de la literatura mexicana del siglo XIX bajo la guía de María del Carmen Millán, su magisterio en la Universidad Iberoamericana en donde descubrió una cantera de jóvenes talentosos que sumar a proyectos editoriales y académicos; además de su ejercicio como uno de los críticos literarios más perspicaces de su tiempo.

“Huberto Batis es un crítico joven de talento”, escribió Octavio Paz a Arnaldo Orfila Reynal cuando decidían qué jóvenes colaborarían como antologadores de Poesía en movimiento. Al final, Paz y Orfila optaron por invitar a José Emilio Pacheco y Homero Aridjis y dejaron fuera a Gabriel Zaid y Batis.

En estos años que ha estado alejado del periodismo cultural, Huberto ha puesto en orden sus artículos y ensayos críticos en varios libros que son referencia para conocer algunas de las primeras reacciones ante la aparición de libros como Cien años de soledad, o acercamientos pioneros a la obra de escritores mexicanos esenciales como Elena Garro, por mencionar dos ejemplos.

Más allá de eso, en muchos de sus discípulos universitarios o extramuros él ha dejado algo de su obra. Durante años priorizó estar al frente de una labor colectiva postergando una obra personal sin sacar raja y asegurar así un feudo cultural para el porvenir. ¿Por qué? Porque a diferencia de muchas otras cabezas al frente de proyectos culturales y periodísticos, Batis se dedicó a trabajar, no a hacer relaciones públicas.

Batis, un hombre de letras, ha dedicado muchos años de sus 80 al periodismo quizá porque ha creído que el periodismo cultural es demasiado importante para dejarlo sólo en manos de periodistas.

Hoy, él no está retirado en sus cuarteles de invierno. Para nuestra fortuna, continúa con su labor magisterial de 50 años en la UNAM, seguramente porque piensa que la enseñanza de las letras también es demasiado importante para dejarla en manos de los que define como profesores bikini, es decir, los que enseñan todo menos lo más importante.

Discreta y concienzuda, la obra del maestro Batis continúa todos los días, formando a las nuevas generaciones que escribirán, editarán y estudiarán la literatura mexicana del siglo XXI.

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Retrato de Huberto adolescente
Por Alegría MARTINEZ

Huberto Batis cumple 80 años de vida, de los cuales ha dedicado más de 60 a fortalecer y difundir la cultura de nuestro país desde la escritura, la crítica, la cátedra, el ensayo, la edición y la formación de escritores y periodistas. Su fama de energúmeno y erotómano ha opacado a la que debería tener, también, como maestro generoso y paciente, uno de los pocos seres humanos que han comprimido su propio tiempo creativo para enseñar y abrirle espacio a generaciones de toda índole, adictas como él a la escritura, y que gracias a Huberto hoy editan y publican en distintos espacios.

Reconocido por su trabajo como director del extinto suplemento sábado de unomásuno, al que se dedicó a lo largo de 25 años, más que por los títulos de sus libros, colecciones y revistas publicados, Batis comparte en entrevista pasajes de su dura infancia y anécdotas de los cinco años que estuvo en la comunidad de jesuitas, que afirmó encontrar en él la vocación de sacerdote, cuyas virtudes por fortuna supo conducir por mejor camino.

Manos de Pato y estricta disciplina

“De chiquito, mi casa era una biblioteca, mi papá era un médico muy culto, le gustaba mucho la música. Todo el tiempo oíamos ópera y él estudiaba y tocaba piano y violín ya en grado muy avanzado y a mí me puso a estudiar piano, pero yo no tenía manos de pianista; apenas alcanzo la octava por abajo si estiro mi mano a todo lo que da.

“Mi profesor me dijo: ‘¿Cómo quiere tocar piano si tiene usted manos de pato?’ ¡Mira cómo las tengo! No puedo abrir los dedos, si los obligo sí, pero no se pueden abrir solos, así que yo estaba negado y el maestro convenció a mi papá de que era inútil. Me dio un gusto enorme, porque mientras a mí me ponían a estudiar piano, mi hermano y mis amigos jugaban beisbol, futbol y todas esas cosas.

“Fue una infancia muy dura, de una disciplina espantosa; cada comida era un examen de lo que me había dejado leer mi papá. Te decía el nombre científico de las verduras, de todo lo que comías, o te platicaba de dónde había salido el café, el azúcar, las papas y te preguntaba el nombre científico y en latín de la lechuga”.

Los jesuitas te voltean al revés como calcetín

Huberto huyó a los 15 años de su casa paterna, de donde esperaban que saliera médico, pianista y violinista, pero él no quería ser nada de eso. Llegó con sus propios medios al convento de San Cayetano, donde los jesuitas lo ganaron para la causa. Allí ayudaba a un sacerdote a dar misa a las 6 de la mañana.

Cinco años en la Casa de Aprobación le abrieron el coco, dice el autor de Por sus comas los conoceréis, que estuvo encantado de estudiar, bien, literatura española y latín, al grado de poder escribir y hablar en ese idioma, y además, conoció ahí a Carlos Valdez, a Emmanuel Carballo, la crema y nata de los estudiantes del país.

Hechos los votos de obediencia, pobreza y castidad, a los dos años de haber ingresado a la Congregación Mariana de la Virgen, el estudiante que leyó el Tratado sobre la amistad de Cicerón en su idioma original y, aunque en menor medida, también leía textos en griego, realizó los ejercicios espirituales de preparación de san Ignacio de Loyola.

“Los jesuitas te voltean al revés como calcetín. Haz de cuenta que antes de entrar a esos ejercicios quieres mucho a tu familia, pero después te da hueva verla, los consideras florecitas del campo, ya no te interesan. Toda tu personalidad se cambia. Dentro de la Compañía de Jesús no puedes elegir amigos entre tus compañeros; se les llama amistades particulares, como si fueran noviazgos y de hecho lo son. Si te haces cuate de otro que está estudiando como tú, empiezas a hablar del latín de Cicerón, de san Pablo, de Jesucristo y al ratito, ya te estás mandándole cartas y, después, hablas de las cualidades de tu compañero y te conviertes en su íntimo cuate.

“A cada rato salían de la Compañía uno o dos estudiantes a los que encontraban culpables, y uno se preguntaba: Bueno, pero, ¿qué hicieron, se dieron besos, cogieron? Y te decían: ‘No, aquí está su correspondencia sobre la Virgen de Guadalupe, las cartas de san Pablo, el pensamiento de san Ignacio de Loyola’”.

El voto de obediencia, el más fuerte

“El voto de obediencia es el más fuerte porque si te ordenan sembrar rábanos o zanahorias al revés, con las hojas para dentro y el rabanito para fuera, tú piensas: no, no es así, pero debes obedecer y sembrarlos como te lo ordenan. Hay obediencia de voluntad y de ejecución. Así que puedes pensar: pinche viejo pendejo que me manda a hacer esto. Yo lo hago de voluntad, eso es lo quiero hacer y entonces les parece muy bien, pero yo no podía. No puedo creer que si te ordenan que barras con la punta de la escoba, debas hacerlo porque te digan ‘así se barre’. Pues no, obviamente no.

“A mí me pusieron una tarea horrenda. Había un sacerdote que me caía gordísimo, era odioso y me puso por obediencia limpiar su baño diario, tenía que lavar la taza y acabar con todo, los pelos, en fin, todo lo que hay en… era horrible. ¡Me traía unas ganas!”

Mi mamá, culpable de mi afición por la belleza

Cuando Huberto era niño, su mamá, a quien le gustaba mucho el cine, lo llevó a ver películas durante las que por momentos les ordenaba a él y a su hermano taparse los ojos.

“Nosotros nos los tapábamos así: —Huberto se cubre los ojos con los dedos abiertos—. El erotismo se reforzó durante mi niñez y mi mamá es muy culpable de lo que yo llamo mi afición por la belleza, por llevarnos tanto al cine. Yo me sabía los nombres de las actrices, como el de Esther Williams, que era una especialista en nado sincronizado y empezó a participar en películas musicales en los cuarenta. Era una bailarina acuática que abría las piernas así —estira dos de sus dedos—; y era preciosa”.

El problema de la castidad

Al estar con los jesuitas, cuando les tocaba platicar, reconstruían películas entre todos, como aquella que recuerda Huberto, en la que Gloria Swanson se quitaba los guantes lentamente y se los lanzaba al galán a la cara.

“Me acuerdo de las canciones y de la actriz. En privado recreábamos de nuevo la película. El problema de la castidad en la adolescencia es que entre los 15 y los 20 años, lo primero que te pasa es que tienes sueños húmedos y te vienes en las sábanas. Entonces corres con tu confesor y se lo dices, pero él te contesta que no te preocupes, porque ‘eso es involuntario’. Años después hubo quien me contó: ‘Yo me programo, leo libros o recuerdo películas y entonces tengo mis sueños húmedos y como es involuntario, pues no peco’. Fíjate qué hipócritas.

“Los primeros años de nuestra juventud, entre los 15, 16 y 17, cuando te arrodillas para comulgar, te vienes porque te rozas con los pantalones burdos de mezclilla. Por eso, te enseñan a lavarte el pito —comenta en voz baja—. Y te dicen cómo: te aprietas abajo lo más fuerte que puedas cuando está flácido para impedir que salga sangre y entonces lo lavas con jabón diariamente para que tenga higiene y luego te pones a pensar en todo menos en… Luego, ya que acabaste de lavarlo, lo sueltas porque si no te haces eso, pues se te yergue y te vienes ahí porque hubo consentimiento y, si consientes, pues ya mejor buscas el modo de que sea placentero. Entonces confiesas, rezas tres aves marías y te la pasas encerrado rezando todo el tiempo, pero yo después, pasado el tiempo, descubrí que todos se masturbaban.

“Me encontré en la biblioteca de los jesuitas un libro en el que decía: ‘Padre, soy Fulano de Tal, quiero confesarme por escrito porque me da mucha vergüenza hacerlo de otro modo. Yo me masturbo 17 veces al día’. Entonces pensé: Y yo que apenas llego a tres. Puta, ¡Estoy lejísimos!”

El voto de pobreza

Tienes que convertirte —dice san Ignacio de Loyola— en bastón de hombre viejo, que es del que puede hacer uso el anciano para lo que quiera, para golpear personas, animales, meterlo en el lodo, o la caca, para ayudarte a caminar, para lo que sea, tienes que convertirte en un pinche bastón.

“Tu formación consiste en que te mandan con otro compañero por el mundo a pedir limosna y a sobrevivir. Entonces llegas a un mercado y pides de comer y te tiran fruta podrida, te dan de palos, te persiguen porque piensan: Pinche güevón, cabrón, ¡cómo es que un muchachito de 16, 15 años está pidiendo limosna! Está prohibido decir: soy religioso, por amor de Dios denme algo, estoy demostrando mi pobreza. Nooó.

“Cuando la cosa se ponía muy fea, tenías que llegar a una parroquia y pedirle al cura que te diera un trato humano, algo de comer, una cobijita y una paja para dormirte. Luego te mandaban otra temporada a un hospital a ayudar enfermos, donde hay leprosos con gente muy enferma, moribundos, de todo. Claro, ahí te dan de comer como a las monjas o a los esclavos que están en ese lugar”.

La verdadera prueba

Por órdenes del maravilloso papa Juan XXIII, como lo califica el autor de Lo que “Cuadernos del Vientonos dejó, llegó el momento en que se acabaron los conventos donde las monjas lavaban ropa, hacían comida y limpieza para que los demás vivieran como señoritos; había que trabajar en escuelas o donde se pudiera para poder vivir y se empezó a psicoanalizar a los jóvenes.

“Enviaron a un sacerdote europeo que había estudiado psicoanálisis; tenía a su cargo asomarse a una comunidad de 450 personas para sacar de la Iglesia a quienes no tuvieran vocación.

“Me empezó a tratar. Nos dio pláticas de literatura, música y toda clase de materias. Sus papás tenían una casa padrísima en Cuernavaca y nos íbamos ahí a nadar, a comer, tomar el sol y también cerveza. Eso te relajaba mucho y soltabas la sopa”.

Varias veces, sin saber manejar, Huberto tomó la súper carretera recién construida por Miguel Alemán en la que aún no había nadie, hasta que un día el psicoanalista le advirtió: “Ahora viene la verdadera prueba: vas a regresar a la casa de tu familia, les dirás que vas de vacaciones”.

“Y me fui. Juntaron a toda la familia en la casa de mi papá, pero él se las olió y todo el tiempo que estuve ahí grabó todo, había botones abajo de la mesa. Ya que murió, en sus archivos encontré las grabaciones. ¡Qué es esto, guácatelas! Días y días yo hablando. Me di cuenta de que estaba pidiendo auxilio: ‘¡Sálvenme, acójanme en mi casa!’ Además, mis papás ya se habían reconciliado; les vino un segundo aire durante el que nacieron dos hijos más, luego se volvieron a agarrar del chongo y vivieron hasta su muerte separados”.

En esas vacaciones, el joven dijo a sus padres: “‘Ya me quiero regresar, no tengo ninguna vocación’. Imagínate. ¡Yo que soy sobrino de San Luis Batis, mártir del Vaticano! Y llegó un momento en que por fin les dije que quería ser escritor. Mi papá dijo que yo tenía razón, que todo ese tiempo había sido inútil, que me había atrasado cinco años y ya no iba a poder hacer una carrera”.

La paterna aceptación

Aceptado de nuevo en su familia, al día siguiente, su padre le entregó una mesita, una vieja máquina de escribir, papel y un lápiz. Para ser escritor, eso era todo lo que el joven necesitaba, le dijo. Después de lo cual, todos los días Huberto debía escribir y su padre se dedicó a corregirle ortografía, sintaxis y todo lo necesario.

El sacerdote psicólogo le había confirmado a Huberto: “Veo en tu infancia un caldo de cultivo pésimo para ser sacerdote jesuita o religioso; huiste de casa de tus padres porque ahí había un ambiente pernicioso, ellos no se hablaban durante años, se llevaban a gritos y sombrerazos, vivían enemistados”.

Los jesuitas, en cambio, incluido el guía espiritual, opinaban que el joven sí tenía vocación. El Vaticano le envió una ambigua carta a Huberto que decía: “Haga usted lo que mejor le parezca en el momento en el que lo crea conveniente”. Pero el superior de la comunidad, al saber lo que opinaba Roma, le dijo: “Lo voy a ayudar. Ya no lo queremos aquí, porque va a ser una mala influencia”.

Entre los 20 y los 21 años, Huberto Batis volvió a Guadalajara, donde tuvo un año para pasarla bien: hizo amigos, tuvo novias y se puso al día en películas. “Pude ver a Gina Lollobrigida, a Silvana Mangano y a todas esas mujeres maravillosas, aparte de las películas de Fellini, entre muchas otras. Nunca debí siquiera intentarlo, porque yo no tenía vocación religiosa, sino literaria”.

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Ouroboros: del miedo irreal a la profunda confianza (mi camino con Batis)
Por Pura LOPEZ COLOMÉ

Poeta; obtuvo el Premio Xavier Villaurrutia por Santo y seña (2007)

Hace muy poco visité a mi maestro en su nueva casa, cerca del Ajusco. Cuando salió a la puerta para cerciorarse de que los vigilantes me habían dejado pasar con todo y coche, recordé su mirada del primer día de clases, en 1976. Exactamente la misma. Sigue rebosando curiosidad, picardía, honda y multiabarcante inteligencia, deseos de ir a la raíz de las cosas sin ocultar las emociones o ubicarlas en segundo plano.

Después de saludarnos con un cariño si acaso sólo acrecentado con los años, me invitó a pasar y a sentarme a la misma mesa original, la Ur-mesa, principio de toda verdadera travesía literaria, llena de libros, periódicos, revistas, fotos, algún lápiz, alguna pluma. Es la mesa del comedor, pero también la que presidía el salón de clases universitario; la de la redacción de sábado; el escritorio hasta el tope del subdirector de unomásuno, a quien le quedaba apenas un espacio pequeñito para corregir artículos, firmar cosas, recortar algo esencial. Hay tanto ahí encima que apenas se puede creer que le alcance el tiempo para leerlo todo. Y sí. Vaya que sí. Sobre todo, aquello que va dando forma a la historia de este país y del mundo: la cotidianeidad clavada en el corazón del futuro, como él mismo escribiendo en sus oficinas de Holbein, rodeado por torres de periódicos, resguardado, de alguna manera, por aquella muralla de palabras. Encantado de la vida.

Batis no nació, sin embargo, para encarnar 24 horas a una rata de biblioteca. O no solamente para eso. Nunca ha dejado de hacer algo que le despierte interés, aunque lo espere una pila de libros que leer, o de trabajos que corregir. Sabe que todo tiene que ver con todo, que todo está en todo. Que la literatura es letra viva, no muerta. Igual de viva que la primera vez que nos lanzamos a una aventura que implicaba dejar de leer o escribir casi todo un día; una de tantas emblemáticas andanzas quijotescas que lo pintan de cuerpo entero.

Acababa yo de entrar a su biblioteca —deslumbrada— en uno de los pisos superiores de la casa de Matamoros, en Tlalpan, cuando me llamó la atención un libro desde cuya portada me hacía guiños una muñeca antigua. “Qué belleza, ¿no?”, resonó la voz de Huberto. “Yo tengo todo un baúl lleno de unas muy parecidas”, repliqué. “¿En serio? Son de una delicadeza, de una voluptuosidad… Si quieres que te crea, vamos a verlas ahorita: estamos hablando de mensajeras de otro mundo”. Acto seguido, se colgó la cámara al cuello, y salimos rumbo a mi casa en la pick-up azul metálico (atrás, estacionado en su nostalgia, nos decía adiós el mítico Javelin…), yo al volante, Huberto de copiloto, a la deriva y ávido de descubrimiento espontáneo. Por el rabillo del ojo, yo veía a un pasajero que no acababa de dar crédito, que necesitaba ver para creer. Esa tarde, al abrir aquel baúl lleno de sorpresas, supongo, supo que siempre le diría la verdad. Nos pasamos horas enteras sacando fotos de todas aquellas muñecas de pasta entre las rocas del Ajusco, muy cerca del lugar donde vive ahora. Sólo Dios sabe dónde acabaron las “mensajeras”. Ah, pero el mensaje quedó cifrado entre nosotros: rostros casi perfectos ente rocas volcánicas, encajes decadentes sobre cactáceas, un cuello de porcelana, rizos rubios sobre bromelias, miradas aterradoras, mejillas inocentes con hoyuelos.

*

Cuando conocí al temido “Maestro Batis” en la Ibero, yo pensaba que había leído muchísimo, simplemente porque no había parado de leer desde que aprendí, había devorado la biblioteca familiar y la del internado donde había estudiado la preparatoria. Porque la lectura me había salvado la vida, porque no podía respirar sin ella y, para mi enorme fortuna, en casa, el buen gusto de mi papá nunca nos dejó perder el rumbo, regalándonos a todos antenas alertas para eliminar cualquier cosa disfrazada. Pura y estricta buena suerte, ningún mérito propio. Y ahora daba la casualidad de que, cada vez que había oportunidad de hablar con Huberto o escucharlo, ya fuera en clase o por los pasillos, con un comentario me revelaba a todo color lo mucho que me faltaba, mis abismos, mi ignorancia. Gracias a él, amplié mis horizontes todo lo que pude, y vi publicado mi primer poema, en la maravillosa revista estudiantil que lucía el sello inconfundible de Batis: Punto Cero en Literatura. Esto no duró más que un semestre, al término del cual me recomendó el cambio a la UNAM. No lo dudé ni un segundo.

Cursé la carrera de manera muy irregular, disfrutando sobre todo las materias que no podía cubrir por mi cuenta, las que necesitaban asesoría, es decir, latín, español, filología hispánica. Pude sobrevolar las de literatura, porque Batis me había enseñado a caminar con mi propio motor y a confiar en él (llevara las fallas y equivocaciones que llevara), logrando profundizar y analizar mucho más creativa que esquemáticamente. Una tarde me invitó a visitarlo en sus flamantes oficinas de la redacción de sábado. Él estaba trabajando, leyendo los ensayos, fragmentos de novela, cuentos, poemas y reseñas que compondrían el número de esa semana. En cuanto me senté a su lado, me puso delante los originales, que yo iba siguiendo mientras él leía en voz alta, glosaba, comentaba, criticaba, se burlaba, celebraba aquellos textos ya pegados en enormes cartones, cortando aquí y allá, añadiendo o salvando palabras y frases sobre las cortinas de papel muy delgado colocadas ex profeso para señalar correcciones y observaciones. Nos dieron las once de la noche. Salí viendo estrellitas.

Quién sabe cuántas veces hice lo mismo, en tácito entrenamiento, antes de que me ofreciera la “chamba” de secretaria de redacción. Pero ya desde mucho antes, generosamente me había publicado poemas, traducciones, notas, ensayos, cosa que siguió ocurriendo a lo largo de los años que considero, si no la época de oro del suplemento, sí la mía en el ejercicio de una cierta autocrítica para el resto de mi vida. Se dice fácil. Ni siquiera sé si él sabe hasta qué punto influyó en mí, si se daba cuenta de todo lo que me enseñaba. Y si esto escribo es estrictamente para que lo sepa.

*

Rememoro aquí y ahora, sobre todo, porque este maestro de la observación cuidadosa, detalladísima, sigue siendo el mismo, genio y figura, a sus 80. Basta la mención de algo, para que se lance a darle anclaje en la realidad, se encuentre ésta en las páginas de algún libro o revista, en alguna liga cibernética (me acaba de mostrar, hace muy poco, un museo virtual recién aparecido, y sólo porque mencioné un hortus conclusus), así como en hechos tangibles, físicos, mundanos. O, de preferencia, en ambas cosas: del nombre a lo nombrado, y viceversa. Yo veo lo mismo, claro, y por eso escribo poesía. Sin embargo, brincos diera por tener día y noche esa pasión de Huberto para salir en busca inmediata de la peculiar comprobación de la red de relaciones, invisible en apariencia, que lo recubre todo.

Durante los años mozos de varios de nosotros, sus alumnos, así se viajaba con él para aprender; lo único necesario era el abandono a la imaginación, el ensueño, el recuerdo, que desencadenaban la percepción de los varios niveles en uno solo. En un párrafo de Graves, una estrofa de Rilke, lo mismo que a bordo de alguno de sus coches, por ejemplo, pues siempre iba atento a la justicia poética en las placas del Ford destartalado que teníamos delante, o escrita, a manera de bautizo de toda una Weltanschauung, en las defensas o partes traseras de los camiones… En alguna de mis visitas a su casa en Cuernavaca, salió a relucir el tema de Maximiliano y la India Bonita. Imposible habría sido detenerlo, pues en ese mismo instante había que lanzarse al jardín de plantas autóctonas medicinales de aquella mujer que hechizó al emperador austriaco: ya ahí, echados sobre el pasto en una tarde de suyo psicodélica, nos pasó delante “el relámpago verde de los loros”, sin ayuda de ningún psicotrópico, ni siquiera habiendo bebido alcohol, no, nada más con la apertura interior y artística suficiente para recibir cualquier clase de epifanía.

Siento que no tuve que cortar ningún cordón con Huberto, pues mis terrenos poéticos me ofrecieron una cierta independencia de origen (¡qué bueno que no escribe poesía!). Tampoco el periodismo ejercido como tal fue jamás de mi interés. La Facultad, la biblioteca y sábado me abrieron la puerta a lo fascinante de este personaje, que me mostró, con todos sus líquidos y componentes diversos —buenos y malos, aromáticos y malolientes—, la entraña nutrida en las letras. Aunque pertenece, innegablemente, a la generación de sus queridos amigos (García Ponce, Gurrola, Elizondo, Carvajal), no se les parece más que en la avidez de libros, demonio, mundo y carne. Todos se han ido. Y Batis, al pie del cañón, más sólido que todos ellos juntos.

¿Cuándo me percaté de que, pese a no haber cordón umbilical entre nosotros, sí había un calor duradero sin fecha de caducidad? El día que comenzó a llamarme “Purépecha”. Era un viernes por la noche. Yo estaba cansadísima. Huberto, fresco como una lechuga. A la salida del periódico, me tomó del brazo y me dijo: “Pura, Purépecha, espérate, tengo que contarte algo importantísimo. Ayer me vino a ver una señora exclusivamente para cantar las loas acerca de sábado. Hizo un recorrido, sección por sección, género por género, riesgo por riesgo, colaborador por colaborador. Habló de lo habitual y lo novedoso. Lo característico de la época de Benítez y lo de la mía. Carretadas de amor. Casi se me salen las lágrimas, me tuve que aguantar. Purépecha, esto es lo que vale la pena, un lector anónimo que se aparece, de buenas a primeras, a decirte la neta”.

Caramba, y yo que nunca le he dado las gracias así, abierta y francamente, sin cursilería, por haberme estimulado (a veces negativamente, incluso), por haberme dado empujón y medio a los siguientes peldaños del recorrido. Más vale tarde que nunca. Va, a continuación, una muestra apenas.

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Muy a principios de nuestra convivencia en unomásuno, le pedí, con temor y rebozo mordido, que leyera, cuando tuviera tiempo, la traducción de Kora en el infierno: improvisaciones, de William Carlos Williams, que acabábamos de “terminar” Luis Cortés Bargalló y una servidora. Sin decir una palabra, recibió el engargolado y lo metió en su emblemático portafolio. Una semana después, en su artículo semanal, habló de la riqueza humana de la obra, haciendo resonar muchos de sus momentos en su personalísima vida cotidiana, y calificando de “bella” nuestra versión al español. De ahí en adelante, así serían las cosas con Huberto. Me iría demostrando, de palabra y obra, lo que pensaba, sin adjetivar de más. Gente que trabajaba con él, como Henrique González Casanova, elogiaba mis poemas. Batis, no. Publicarlos era lo que contaba. Poco después, me permitió dar a conocer, por entregas, una selección de poemas de Seamus Heaney, muchísimo antes de que le otorgaran el Premio Nobel, acompañada de comentarios en torno a la tradición irlandesa, sus mitos, sus leyendas, su poderosa inspiración lírica. Por más que quise ponerme en contacto con el autor para enviarle ejemplares poco a poco, nunca logré averiguar su dirección. En cambio, de ahí surgió el interés de Francisco Toledo en publicar mi primera traducción de un libro de Heaney completo, Isla de las Estaciones. Sin yo saberlo, aquella selección original favorecida por Huberto, sí había llegado a manos de Seamus, pues Homero Aridjis se la iba mandando, puntualmente, semana a semana. Años después, un amigo me contó que Heaney había no sólo acusado recibo de estos envíos, sino que los había comentado ampliamente en cartas a Aridjis. Este amigo (que, a su vez, había sido alumno de Batis) me conseguiría dos domicilios, tanto en Dublín como en Harvard, para que no hubiera pierde, y yo le escribiera, etcétera. Cosa que ocurrió. Y de ahí pa’l real. Mi vida dio un giro, si no total, al menos significativo. No sé qué habría hecho sin quien se convirtió en un faro, que sigue vivísimo aquí junto a mí pese haber fallecido. Y todo se lo debo a mi Manager. Sin Huberto, nunca habría terminado y publicado mis traducciones de esa obra, quizás no habría seguido adelante. Punto.

A riesgo de estar extralimitándome, considero que he puesto en práctica apenas en mínima medida lo que él practica sin cesar y a todo vapor. Se clava en un texto equis con la misma intensidad y arrojo con que decide construir una casa. Al escribir, va abriendo puertas a otras interpretaciones de lo que afirma; nunca busca, de entrada, imponer criterios o que al lector le caiga el veinte. No. La pluralidad está frente a nuestras narices, parece insistir, siempre y cuando la individualidad se atreva a optar con energía.

*

Batis siempre ha gozado de una —ignoro qué tan merecida— “fama” de irascible. En efecto, algunas veces presencié su pérdida de estribos con alguien en particular (en secreto acuerdo). Siempre había motivos suficientes, nunca era de gratis. La arrogancia, la falsa modestia, la mezquindad, la zalamería, lo sublevaban. Siendo aspectos de la personalidad que a mí también me irritan sobremanera, nunca he sido capaz de estallar cuando alguien los despliega en mi presencia, y si lo he hecho, ha sido en versión miniatura. A veces, lo confieso, me daba envidia que él reaccionara de un modo tan claro. Creo compartir, aunque en sordina, el sentir de Huberto, quizás por educación cristiana. O quién sabe por qué. Habría que preguntárselo a él. El chiste es que él conmigo nunca tuvo un desahogo explosivo. A lo más que llegó fue a corregir con rojo mis notas alguna vez; a hablar pestes de gente que me deslumbraba, si acaso exageradamente, lo cual siempre, aunque me doliera en su momento, me ayudaba a ver la verdadera dimensión de aquella obra o escritor/escritora. Y llevo cincelada en la memoria (cosa que hoy contemplo con humor, muerta de risa) una ocasión en que un grupo de alumnos-amigos lo invitamos, con mucha anticipación, a una reunión en su honor, que incluía lo que considerábamos su comida favorita, y él se permitió dejarnos con la palabra en la boca muy poco tiempo después de haber llegado: se levantó, se dio la media vuelta, y slam, adiós. Qué flojera debemos haberle dado con nuestras “opiniones”, pobre Huberto.

*

El palacio ideal

A principios de los ochenta hice un viaje en coche por buena parte de Francia, en compañía de mi esposo y unos amigos. Una de nuestras paradas obligadas, según lo habíamos planeado, sería al sur de Lyon, donde se hallaba “El palacio ideal” del Cartero Cheval, una especie de postino, admirado por los surrealistas (André Breton, Max Ernst, etcétera) no por sus labores de entrega y recepción de correspondencia, sino por haber construido, casi en secreto y a lo largo de varios años, un edificio rarísimo. Tanto el cartero como su obra habían merecido incluso un homenaje de Juan O’Gorman. El lugar no aparecía en guías ni en mapas. Como por instrumentos nos fuimos aproximando, preguntando aquí y allá. Al fin dimos con él. Desde afuera de la barda que lo rodeaba, no se distinguía nada: un tesoro para el buen entendedor. La construcción, por demás perturbadora y estimulante para cualquier espíritu artístico, tenía poemas escritos en todas las paredes interiores, además de constituir un insólito muestrario de locuras arquitectónicas. Llamado “Templo de la naturaleza”, rebasaba esa definición. Era una maravilla, sobre todo porque uno salía con el poema en la boca, agregando de su cosecha. O soñaba después con esos espacios en calidad de onírico albañil, poniendo esto aquí, quitando aquello y transformándolo, en fin. No sólo bella e infinita obra: un verdadero work in progress. Un corazón en renovación perpetua.

A mi regreso, obviamente, platiqué del asunto horas enteras con Huberto quien, como era de esperarse, le dedicó un número de sábado. Su entusiasmo mostraba una calidad distinta, sin embargo. No fue sino hasta mucho después que me percaté del porqué: hacía eco a la obra de su vida, pues no nada más ha sido hombre de letras y periodismo: ha hecho extensiva su visión del mundo a todo lo que ha emprendido. Construcciones excéntricas, claro, pero congruentes (consistentemente extravagantes, felices de hallarse “en la trayectoria de la bala”). Un cuarto nuevo aquí, otro allá; un nuevo piso, que no necesariamente será el último… Nos hizo una detallada crónica, por ejemplo, de cómo había ideado cada cuarto de su “nueva” casa familiar (sobre los huesos de otra) en Cuernavaca, cómo le había enmendado la plana al ingeniero o arquitecto o diseñador original (aunque lo que a él se le ocurría podía carecer de castillos…). Al llegar al último piso (¿tercero, cuarto?), estuve a punto de caer (por distraída, por haber despegado rumbo al quinto cielo), si no es porque Huberto, atento, pese a la emoción de la descripción, me atrapó a tiempo. No de otra manera, me fue introduciendo a paraísos, al tiempo que me iba salvando de ellos: me empujaba a los fondos de mi persona, sin permitirme empantanarme en ella (de Huysmans me llevó a Balzac, digamos).

Sus ideales construcciones, de palabras o de ladrillo, conversadas o por escrito, en el fondo no han salido del espacio original, “rodeado de curas y de locos”: Tlalpan. Allá sigue, para nuestra fortuna, haciendo hasta de la descripción de sus dolencias una surrealista pieza literaria; leyendo la historia de los papas, los poemarios que uno se atreve a ponerle delante… si es que no distrae su atención alguna belleza fotografiada, pintada o sugerida, si es que la “Negrita” no lo mira con esa ternura inabarcable. Maestro con M mayúscula. Mi maestro.


* Fotografía: Huberto Batis en entrevista en su casa al sur de la ciudad de México / Germán Espinosa / EL UNIVERSAL

Articulo: http://www.eluniversal.com.mx 27/12/2014

Albert LLADÓ/Artificio atávico

Artificio atávico
Por Albert LLADÓ

Cristina Peri Rossi (Montevideo, 1941) nos atiende en su piso de Barcelona. Debajo del escritorio tiene diez o doce cajas de manuscritos aún no publicados.

Enrollado encima de la mesa, guarda la reproducción de una de sus pinturas favoritas, Cabinas telefónicas, de Richar Estes. Acaba de publicar su nuevo poemario, La noche y su artificio, después de que ganara el Premio Loewe en 2008 con Play Station. Coincide este nuevo volumen, donde el amor y el erotismo son pulsiones inseparables, con la aparición de Julio Cortázar y Cris, en el que rememora su complicidad con el escritor argentino.

- A mi me emociona más la música que la literatura. De noche a veces no puedo poner según qué. Tengo poca resistencia. No puedo escuchar música si estoy quieta. La belleza me excita.

Y es que la primera formación de Peri Rossi es musical. Luego vendría la Literatura comparada. Hasta que tuvo que exiliarse de su Uruguay natal, justo cuando, jovencísima, ya había llegado al gran público gracias a su novela El libro de mis primos, con el que ganó el premio Marcha en 1969.

Es ése el libro que Cortázar encuentra, por casualidad, en la librería Amerique Latine. Fascinado por la hibridez de géneros utilizado por la escritora, el argentino decide escribir una carta a esa chica “con carita hermosa” que descubre en la contraportada. Envía la misiva a la revista en la que ella trabajaba antes de huir a Barcelona, pero alguien la reenvía al nuevo domicilio y llega, milagrosamente, a Peri Rossi:

- Recibí la carta cuando estaba clandestina en Sant Cugat. Es difícil saber cómo llegó hasta mí. Parábolas de la vida.

- Cuando apareció Spielberg lo dejamos. Se popularizó, y perdió su carácter simbólico, mágico. A los niños les encantaban los dinosaurios, y nosotros dos teníamos una curiosidad muy parecida a la de un niño… También nos fascinaba el monstruo del lago Ness.

Cristina Peri Rossi está delicada de salud. Acaba de salir de una infección pulmonar que la tuvo ingresada en el hospital. Eso no le impide escribir. Al contrario. En uno de los encuentros con Cortázar, de hecho, le explica que de pequeña había tenido tuberculosis, y él le responde, tajante, que su vocación literaria tiene que venir de allí.

Cortázar visitó Barcelona en diversas ocasiones junto a Peri Rossi. No era fácil. El autor de Rayuela ya era muy conocido, y un tipo de metro noventa no pasaba desapercibido en aquella ciudad. Le recuerda muy cordial con la señoritas que se le acercaban, pero a la vez marcando una distancia. Quería pasear, alimentarse de la urbe junto a su amiga y cómplice. Una de las veces Gabo les invita al restaurante Reno y, en vez de disfrutar de los lujos del lugar, piden un bife a la plancha.

- Julio era infinitamente más bohemio que García Márquez. Siempre vivió como un estudiante.

Otra de las promenades que evoca Peri Rossi es la visita al Park Güell. Le hablaba de un sueño repetitivo que cobró todo el sentido cuando se reencontró con algunos de los mosaicos de colores. Había estado allí, muy pequeño, con su madre.

No pocas veces se ha querido construir una caricatura de un Cortázar comunista, que abandona su trayectoria literaria para hacer una obra supuestamente demasiado política. Pero, aunque apoyó claramente la Revolución, se enfrentó en diversas ocasiones a la homofobia que ya padecía el régimen castrista.

- Intentó ayudar a Reynaldo Arenas. Y salvó a Calvert Casey, quien había publicado un libro de cuentos (El regreso), y que estaba encerrado en un campo de trabajo. Consiguió sacarlo de allí.

Cortázar tenía la esperanza de que la Revolución Nicaragüense corrigiera los errores de la Cubana, reconoce la poeta. No fue así.
No únicamente estuvieron juntos en París y Barcelona. También veranearon, con otros amigos, en Mallorca. De aquellos días es la “exclusiva” que Interviú publicó bajo el título Julio Cortázar y las tetas, donde ella, a la que calificaban de “nuevo amor” del escritor, aparecía sin la parte superior del bañador. ¿Cómo una revista del corazón podía interesarse así por un escritor?

- En aquel entonces un intelectual tendía prestigio. Ahora lo tienen los jugadores de fútbol, las modelos. La enfermedad del siglo XIX fue la histeria. La del siglo XX, la neurosis. La del XXI, el trastorno narcisista de la personalidad.

Tanto interés despertaba Cortázar que, mucho después de su muerte, Peri Rossi se quedó atónita al escuchar su voz en la televisión. Protagonizaba, gracias a una grabación de 1967 deInstrucciones para dar cuerda a un reloj, el anuncio de un nuevo modelo de coche. El Seat León. Su manera de pronunciar la erre era inconfundible.

En 1977 Julio Cortázar le envía una serie de versos dedicados, titulados Poemas para Cris. Para la autora, que nunca pudo corresponder el deseo del argentino, los textos “nacieron de la melancolía del deseo sexual insatisfecho y sublimaron la frustración convirtiéndola en belleza”.

Cristina Peri Rossi nos muestra algunos de los últimos poemas que ha escrito la noche anterior. Sigue escribiendo como al principio, sin freno ni apenas correcciones, con ataques de inspiración. Pero ahora lo hace también con el teléfono móvil. Nos enseña su aplicación de “Notas”, llenas de apuntes y metáforas. ¿Cómo ha cambiado tu proceso creativo con los años?

- Mi primer libro lo escribí en tres horas. Cuando era joven lo que sí me preocupaba era no poder volver a escribir. Sentirme seca. Ahora sé que siempre vuelve.

También eso compartía con Julio Cortázar, la escritura como juego, como ritual improvisado y orgánico, como selva sin planes ni estrategias.

- Puedo estar seis meses sin escribir. La escritura tiene que ser espontánea. Eso de sentarse a escribir como si fueras un burócrata… Escribo en estado de gracia. No necesito convocarlo.

La transformación de la polis es, también, la violencia ejercida contra una idea de mundo abierto.

- Soy socialista y, por lo tanto, internacionalista. Para mi las banderas no están por encima de la lucha de clases. -admite Peri Rossi, quien, pese a haber apoyado públicamente a UPyD, ve a Podemos como un síntoma a tener en cuenta.

En Tierra de nadie la poeta busca “un lugar sin nombre / que nadie reclame / un lugar de paso” sin banderas ni patrias ni fronteras.
El cuerpo en La noche y su artificio es expresión y voz. Acto y reflejo.

En Metáfora, leemos: “Hacerte el amor / es una manera -torpe- / de decirte que te quiero”. La piel es la zona de encuentro entre comunión y sangre, donde lo imposible se hace posible. El erotismo, así, es la forma más radical de subversión.

- Es un libro de amor. -advierte Cristina Peri Rossi.

Tal vez todos lo son.

***
Es la primera de las “figuras” que unirían durante décadas a ambos escritores. “Como él, yo pensaba que el azar era una de las maneras que tenía el destino de manifestarse”, cuenta la poeta en el libro editado por Cálamo.

- La primera vez que le fui a ver a París me regaló un diccionario de adivinación. Él tenía curiosidad por todo lo que era paranormal.

Sin embargo, la autora especifica que, después del psicoanálisis, lo fantástico no tiene que ser lo sobrenatural, sino el otro lado de las cosas. De ahí la importancia, por ejemplo, de los lapsus. O las coincidencias. Los dos escritores sonríen, como quien reconoce en el otro a un auténtico cronopio, cuando se dan cuenta de que también comparten la obsesión por los dinosaurios.

***
En La noche y su artificio convergen múltiples voces, varios libros en un solo libro, en una arquitectura invisible.  Hay pues una literatura del yo, pero un yo que no es rígido ni homogéneo.

La normalidad es todo menos normalidad: el “plástico y Facebook” es la realidad que asoma cuando la noche abandona su danza animal.

- El arte es artificio, pero sientes algo muy atávico, muy visceral.

Barcelona es un personaje poético y sus calles son escenarios (“En medio de los carteles de Bancos y Cajas / de autos y de oficinas / Viviré más allá de tus años / en mi memoria”).

- Las ciudades son para los ciudadanos. Hay una relación muy estudiada en los animales entre el espacio y la cantidad. El aumento de la agresión urbana -el mal humor- se nota. Barcelona es un centro comercial para los turistas. –lamenta la poeta.


Articulo : http://revistadeletras.net 07/11/2014

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