dimanche 22 août 2010

Janusz BARDACH & Kathleen GLEESON/El Hombre, un lobo para el hombre

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REVISTA DE LIBROS
Homo homini lupus
Por Stanley G. PAYNE
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Los primeros recuerdos de un superviviente encarcelado bajo el régimen comunista ruso se publicaron en Occidente hacia 1920, casi una década antes de que quedara completada la organización del sistema de la gulag, y desde entonces hasta ahora ha aparecido un extenso corpus de literatura, sobre todo desde mediados de siglo aproximadamente en adelante. A pesar de la magnitud de este tipo de publicaciones, provocaron únicamente una impresión muy limitada en la intelligentsia predominantemente izquierdista en Europa occidental hasta el dramático cambio de escenario que trajo consigo la publicación de los tres volúmenes de Archipiélago Gulag de Alexander Solzhenitsyn en varias lenguas occidentales en 1973. Un artículo del historiador Stanley G. Payne en la Revista de Libros.
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Chelovek cheloveku volk» es un viejo dicho ruso. Su equivalente existe en muchos idiomas y Janusz Bardach lo eligió como título de sus memorias, en las que cuenta los cuatro años pasados en la gulag soviética1. Los primeros recuerdos de un superviviente encarcelado bajo el régimen comunista ruso se publicaron en Occidente hacia 1920, casi una década antes de que quedara completada la organización del sistema de la gulag, y desde entonces hasta ahora ha aparecido un extenso corpus de literatura, sobre todo desde mediados de siglo aproximadamente en adelante. A pesar de la magnitud de este tipo de publicaciones, provocaron únicamente una impresión muy limitada en la intelligentsia predominantemente izquierdista en Europa occidental hasta el dramático cambio de escenario que trajo consigo la publicación de los tres volúmenes de Archipiélago Gulag de Alexander Solzhenitsyn en varias lenguas occidentales en 1973.
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Las memorias de Bardach se publicaron inicialmente en Estados Unidos en 1998 y fueron acogidas con un éxito considerable entre la crítica. En el libro no se encuentran revelaciones especialmente novedosas sobre la gulag. Todo lo que describe Bardach –condiciones inhumanas, trabajos agotadores, guardias brutales, violentos malos tratos, semiinanición, brutales abusos sexuales a las prisioneras, terribles condiciones sanitarias y enfermedades, una alta tasa de mortalidad– ha sido contado en numerosas ocasiones.
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¿Qué es lo que ha hecho entonces que el libro de Bardach sobresalga por encima de otros? Se trata de un relato inusualmente vívido y apasionante debido a algunas características especiales: las gráficas descripciones y la atención a los detalles, un amplio panorama de la vida penal y una exposición excepcionalmente sensible de las reacciones personales y psicológicas, así como de las motivaciones que animaron al propio autor a lo largo de su calvario.
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Aunque trabajó como jefe del servicio de cirugía de la facultad de Medicina y del hospital de la Universidad de Iowa desde 1972 hasta su jubilación, Bardach carecía de experiencia para acometer un amplio escrito en inglés, de ahí que para preparar estas memorias se valiera de los servicios de una segunda persona, Kathleen Gleeson, para mejorar la estructura y el estilo.
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Muchos tipos diferentes de manuscritos son editados en mayor o menor medida por otras manos, pero la exactitud del contenido es siempre responsabilidad del propio autor. No hay un solo detalle inverosímil en estas memorias, pero el lector no sabrá nunca hasta qué punto han sido embellecidas por la segunda autora. En cualquier caso, el lector puede afirmar de la narración en su conjunto aquello de «se non è vero, è ben trovato».
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El producto final es uno de los relatos más intensos de cuantos se han escrito sobre la gulag. Bardach nació en Odessa en 1919. Era uno de los dos hijos de un dentista judío que parecía haber albergado pocas ilusiones sobre el nuevo régimen soviético, ya que emigró muy pronto a Polonia, donde abrió una lucrativa consulta dental en Volodímir Volinski, en la parte central-oriental del país. Parece que entre los padres de Bardach surgieron algunas discrepancias políticas, ya que su madre, una mujer de gran educación que hablaba tres idiomas, era tanto socialista como atea, no comunista, sino uno de esos «idiotas útiles» de Lenin que admiraba profundamente el «experimento» soviético como una gran esperanza para la humanidad.
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El primer capítulo es una de las partes más interesantes de sus memorias, ya que en él el autor describe la atmósfera que se vivió en Polonia en vísperas y durante los primeros días de la invasión alemana de septiembre de 1939. En el siglo XVI, Polonia había sido el país más tolerante de Europa desde el punto de vista ético y religioso, y este es el motivo por el que tantos judíos decidieron emigrar al país. Con el paso de los siglos, sin embargo, esto cambió y en la época más reciente de nacionalismo a ultranza, la sociedad polaca pasó a ser cada vez más antisemita. Aunque el Estado polaco independiente de entreguerras no aprobó ninguna legislación importante que buscara discriminar a su gran minoría polaca, que ascendía al menos al diez por ciento de la población, las condiciones de vida dentro del país pasaron a caracterizarse por una severidad y una intolerancia cada vez mayores.
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El pacto nazi-soviético dividió Polonia entre Hitler y Stalin, y la localidad de Volodímir Volinski quedó dentro de la zona soviética. Durante los dos años siguientes la ocupación soviética arrestó y deportó a incluso más ciudadanos polacos, en términos proporcionales, que los nazis, aunque está claro que estos últimos ejecutaron a más víctimas. La minoría polaca en el interior de la Unión Soviética había sido un blanco especial del «Gran Terror » de Stalin de 1936-1939 y, después de la ocupación de Polonia oriental, el número de prisioneros polacos que acababan en la gulag fue cada vez mayor.
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Los más desdichados fueron los aproximadamente veintitrés mil oficiales del ejército y profesionales cultos ejecutados en masa en Katyn y en otros lugares en la primavera de 1940. Muchos de los restantes prisioneros polacos, sin embargo, fueron posteriormente liberados en el otoño de 1941 para unirse al ejército polaco libre del general Wladyslaw Anders, que se reuniría más tarde en Oriente Próximo y combatiría luego junto a los aliados occidentales durante el resto de la guerra.
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Gustav Herling, un veterano de las fuerzas de Anders, escribió una de las primeras memorias polacas de la gulag posteriores a 1945 en su A World Apart (1951). Bertrand Russell, que escribió el prólogo de ese libro, lo ensalzó como uno de los mejores libros de memorias de las cárceles soviéticas publicado hasta entonces y el volumen disfrutó de una amplia circulación durante los primeros años de la Guerra Fría.
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Aunque su padre parece haber abrigado pocas ilusiones sobre lo que el futuro podría deparar, la educación prosoviética que recibió Janusz Bardach de su madre hizo de él un colaborador entusiasta de la ocupación soviética, que creía que había salvado a la Polonia oriental de los nazis (aunque incluso eso no habría de ser así durante mucho tiempo). Se convirtió en el jefe local de la nueva organización deportiva soviética, aunque su fe sufrió su primer embate cuando fue obligado por un destacamento de la NKVD a ejercer de «testigo ciudadano » –una peculiar estipulación del régimen soviético– durante la primera redada de ciudadanos polacos para su deportación en diciembre de 1939.
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Uno de los capítulos más estremecedores del libro cuenta cómo, en el lapso de ocho horas aproximadamente, Bardach hubo de presenciar numerosos arrestos,muchas palizas, una violación en grupo y un asesinato, todo ello llevados a cabo por un destacamento policial de la NKVD integrado por tres hombres.
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Dado que la Polonia oriental había quedado incorporada oficialmente a la Unión Soviética, Bardach fue llamado a las filas del Ejército Rojo en julio de 1940 y entrenado durante el año siguiente como conductor de tanques en las fuerzas mecanizadas. A los pocos días de la invasión alemana en junio de 1941, su unidad fue enviada al frente, pero su tanque se desequilibró y quedó atascado en un desafortunado intento de cruzar un río, tras lo cual un miembro ruso de la unidad lo denunció por intentar supuestamente desertar y pasarse al bando alemán, a pesar de las vehementes protestas de Bardach, que argumentó que eso hubiera supuesto una idea descabellada para cualquier judío.
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Según los documentos conservados, un total de aproximadamente 175.000 soldados soviéticos fueron condenados por consejos de guerra durante la «Gran Guerra Patriótica». Bardach fue rápidamente condenado a ser ejecutado, pero su sentencia fue conmutada a diez años en la gulag. Durante el primer año vivió en diversas prisiones y en un campo de trabajo en el bosque, pero posteriormente fue trasladado a las minas de oro de Kolymá, al noreste de Siberia, consideradas por muchos como el más duro de todos los centros de reclusión de la gulag y con la tasa de mortalidad más elevada. Kolymá también ha dado lugar a parte de la mejor literatura sobre la gulag, especialmente el clásico Kolymá Tales de Varlaam Shalamov y las profusamente leídas memorias de Evgenia Ginzburg, El vértigo2.
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Janusz Bardach fue, sin embargo, de extrañas maneras, un hombre afortunado. Tuvo suerte, en primer lugar, de haber sido alistado en el Ejército Rojo, ya que todos los miembros de su familia que permanecieron en su localidad natal perecieron en el Holocausto. Probablemente tuvo incluso la fortuna de ser arrestado tan pronto después del comienzo de la guerra con Alemania, ya que las posibilidades de supervivencia de miembros individuales de las primeras unidades del Ejército Rojo enviadas a combatir en ese período fueron menos de una de veinte. Tras ser nuevamente capturado después de escapar brevemente de un tren-cárcel en la Rusia central, fue salvajemente golpeado y, a pesar de ello, y al contrario que muchos otros prisioneros en circunstancias semejantes, no padeció secuelas permanentes y se recuperó en cuestión de semanas.
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No todo en estas memorias guarda relación con la crueldad y los malos tratos, ya que Bardach también recoge ejemplos de amabilidad por parte de otros prisioneros, del personal médico e incluso, en uno o dos casos, de las autoridades soviéticas. Esto recuerda a los comentarios de una serie de antiguos prisioneros de guerra alemanes tras su regreso a Alemania occidental después de pasar varios años de trabajos forzados en la gulag. Algunos de los alemanes señalaron que, igual de notable que la brutalidad y la inhumanidad del régimen soviético, fue el hecho de que no todo el mundo hubiera quedado corrompido por él y que un prisionero pudiera encontrar tantos gestos de bondad humana como le había sucedido al propio Bardach.
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Una de las características que hace que estas memorias sean tan sobresalientes es su equilibrio y su atención por el detalle, junto con su pormenorizado relato de las reacciones y actitudes del propio autor hacia su experiencia carcelaria, todo lo cual convierte su testimonio en uno de los más destacados de la evolución emocional y psicológica de un prisionero en concreto. Bardach nunca perdió del todo la esperanza, y nunca perdió la voluntad de perseverar, aunque las condiciones fueran tan duras que todo lo que pudo hacer durante gran parte del tiempo fue luchar para sobrevivir de un día para otro, sin ningún pensamiento de futuro a largo plazo. En ocasiones le atormentaba la idea de que quizás estaba siendo castigado por Dios por haber sido educado en el ateísmo y no haber creído en él. A todo esto ha de añadirse una amplia relación de retratos literarios de diferentes tipos de compañeros de prisión, de orígenes sociales y étnicos muy diversos, desde los más violentos a los más sensibles, desde los más deshumanizados a los más delicados.
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El mejor augurio de futuro para Bardach fue el breve tiempo que pasó trabajando como ayudante médico en el hospital de una prisión mientras aguardaba ser transportado definitivamente a Kolymá. Esto hizo que se planteara intentar que lo trasladaran a instalaciones médicas, donde las condiciones eran mucho mejores y las posibilidades de supervivencia, mucho mayores. Después de ocho meses trabajando en las minas de oro de Kolymá, empezó a padecer escorbuto y a sentirse cada vez más débil, pero, antes de traspasar la línea divisoria, consiguió contarle al médico del campo la historia falsa de que había estudiado Medicina durante tres años en Polonia, de resultas de lo cual este último recomendó que fuera trasladado para trabajar como ayudante médico. En un principio se le negó esta posibilidad y Bardach fue trasladado a un campo incluso más remoto, pero después de que su unidad sufriera un serio accidente durante el viaje y todos fueran evacuados temporalmente para recibir atención médica, dio con un médico (también prisionero) que consiguió que le fuera asignado un trabajo como celador.
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Así, los dos últimos años de reclusión de Bardach en Kolymá, de 1943 a 1945, los pasó en condiciones relativamente privilegiadas, trabajando en las instalaciones médicas del campo. Obtuvo la liberación varios meses después de que concluyera la guerra, gracias a la iniciativa de su hermano Juliusz («Julek»), que había ascendido hasta el rango de coronel en el nuevo ejército comunista polaco y había empezado a trabajar como agregado militar en Moscú. Este fue el último golpe de buena suerte.
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Bardach opta por no contar en su mayor parte la historia de su hermano. Julek era cinco años mayor y había cursado su doctorado de Derecho en la Universidad de Wilna (en la actualidad, Vilnius). Fiel a la educación izquierdista recibida de su madre, fue un destacado militante del Partido Socialista Polaco y, de no haberse escondido, esto habría supuesto su arresto y deportación en 1939, ya que los soviéticos veían a los socialistas polacos como unos destacados rivales y enemigos.
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Todo eso cambió abruptamente con la invasión alemana, ya que los soviéticos formaron un nuevo «frente nacional» de todos los sectores de la resistencia polaca. (Esto podría compararse con la «Unión nacional» que el Partido Comunista pretendía formar en España, que aspiraba incluso a acoger entre sus filas a los monárquicos.)
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Eso permitió supuestamente que Julek saliera de su escondite y se alistara más tarde como voluntario en el nuevo ejército comunista polaco. Una vez concluida la contienda, Stalin permitió una política de conciliación que hizo posible que fueran liberados la mayoría de los prisioneros polacos aún retenidos (a pesar de que se produjeron nuevas oleadas de arrestos de polacos bajo la segunda ocupación soviética de Polonia).
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Bardach estuvo durante varios eses sin poder encontrar un medio de transporte que lo devolviera a Europa, pero su influyente hermano se encargó entonces de que fuera admitido en una escuela de medicina soviética sin realizar ningún examen previo, algo que formaba también parte supuestamente del nuevo intento de conciliar a los polacos. Bardach contrajo matrimonio con una estudiante rusa y, tras concluir su residencia médica en 1954, regresó a Polonia para ejercer la medicina. Su buena suerte continuó, gracias a su destreza y al trabajo duro, permitiéndole mudarse a Iowa en 1972.Tras el éxito de estas memorias, Bardach publicó un segundo volumen sobre su vida posterior, Surviving Freedom:After the Gulag, que se publicó en 2002, el año en que falleció a la edad de ochenta y tres años.
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La importancia de este libro no radica en ninguna revelación histórica única o novedosa, ya que los horrores que describe Bardach, a veces con un aterrador grado de detalle, ya resultan familiares a los lectores informados. Su relevancia se cifra más bien en la habilidad con que están escritas (gracias sin duda en parte a su coautora), en los modos en que ofrece múltiples perspectivas sobre la odisea del autor en medio del tormento, en sus cautivadores relatos de muchos tipos diferentes de prisioneros y de ajustes personales (o en la ausencia de ellos), y también en la sincera y gráfica psicobiografía del autor que presenta a lo largo de sus páginas. Entre el vasto anaquel de literatura alumbrada por los supervivientes de la gulag, las memorias de Bardach ocupan un lugar especial como uno de los relatos más vívidos e intensos.
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Traducción de Luis Gago
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Este artículo ha sido escrito por Stanley G.Payne especialmente para Revista de Libros
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1 El autor piensa que el término debe traducirse en femenino, como la gulag, puesto que la palabra clave en el acrónimo es Upravlenie, «Administración» en ruso. [N. delT.]
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2 Véase mi propia recensión de la traducción española en Revista de Libros, núm. 123 (marzo de 2007), pp. 23-25.
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HISTORIA Judío de Varsovia, 1938. Fotografía de Roman Vishniac
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Janusz Bardach y Kathleen Gleeson
EL HOMBRE, UN LOBO PARA EL HOMBRE
Trad. de Martín Schifino
Libros del Asteroide, Barcelona
480 pp. 23,95 €
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Articulo: http://www.elboomeran.com  20/08/2010

Stendhal, demasiado moderno para ser actual

Stendhal, demasiado moderno para ser actual
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Stendhal es el primer escritor libre, y el último. Un antiprosista -como Parra es un antipoeta-, el primero en hacer descender a las novelas, los ensayos y las autobiografías de su altar y convertirlos en emanaciones de su propia respiración.
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Stendhal, al que enseño ahora en la UDP por el puro placer de releerlo, es cualquier cosa menos lo que todo el mundo sabe que es: un escritor realista del siglo XIX. Su cabeza, su mundo mental, está enclavado en los siglos XVIII, XVII y XVI, a los que pertenecían la mayor parte de sus lecturas. En cuanto al realismo, ponerlo junto a Balzac y Flaubert es otra vez más equivocarlo de familia. Ni un solo instante Stendhal intenta hacernos creer que lo que nos muestra es la realidad, que lo desentrañado son los mecanismos de su sociedad. Sus novelas hablan de política, iglesia o Estado, sólo porque a Stendhal todos esos tópicos lo divertían. No quería transcribir un mundo sino viajar por él. Su preocupación única y exclusiva es el placer. El placer pero sin mentiras, el placer, y eso es lo que complicaba todo, con algo de verdad entre medio.
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En Recuerdos de egotismo nos cuenta una orgía que organizó con unos amigos, donde para su sorpresa y horror fue el único en no poder disfrutar de las damas. Casto a pesar suyo, tímido por exceso de voluptuosidad, sentimental de puro estratega (y que tiene la imprudencia de contar todo), organizador de orgías que se queda mirando, eso es Stendhal, un marqués de Sade al revés. ¿Un libertino? Un hombre de hoy. Su mente parecía carecer de escrúpulos, su cuerpo estaba lleno de ellos. Stendhal nos muestra hasta qué punto un hombre libre de prejuicios sigue siendo preso de la elegancia, el estilo, la honestidad. Una moral propia, tanto o más pesada que la de sus odiados jesuitas. Su héroe, Fabrizio del Dongo, completamente distante de toda religiosidad, termina por hacerse monje por amor, sin que Dios o Cristo tenga nada que ver en la operación.
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Stendhal es el primer escritor libre, y el último. Un antiprosista, como Parra es un antipoeta, el primero en hacer descender a las novelas, los ensayos y las autobiografías de su altar y convertirlos en emanaciones de su propia respiración, una manera de pensar mientras se escribe y de escribir mientras se piensa, incorporando al gesto la distracción, los errores, los tropiezos de nuestro pensamiento cuando no se corrige ni se censura. Stendhal no es un estilo, sino toda una escuela de escritura, la de Edwards Bello, la de Léautaud, la de Canetti, la de Lampedusa y Sciascia, la de Pla, que compartían la revolucionaria idea stendhaliana de despojar la escritura de todo barniz, de toda redondez, de toda hipocresía, la de hacer una literatura que no distingue entre géneros menores y mayores, que rechaza construirle al escritor un púlpito o una cátedra desde la que hablar.
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Stendhal está aún a la vanguardia. No lo sabemos, lo olvidamos porque sus libros -al revés de los de Joyce o los de Flaubert- cometieron el pecado de ser demasiado rápidos de leer para ser tomados en serio. Stendhal hizo del descuido una filosofía. Baudelaire le copió toda la ética de dandy -el spleen , el paseante, el culto por el disfraz-, agregándole un lado patético y fúnebre que podía conquistar a los adolescentes. Ese fue siempre el problema de Stendhal, le faltó patetismo, odió a su padre pero no le echó la culpa de nada, amó a su madre muerta, pero no fue nunca a llorar versos sobre su tumba. Stendhal, que escribió sus novelas después de los cuarenta años, es un debutante ya maduro, un inmaduro profesional, un intratable que ha guardado el hambre y el ansia de los 20 años, pero que ha perdido la solemnidad y la pedantería que caracteriza a esa edad.
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Maduro en todo lo que importa e inmaduro en lo esencial, antes del jazz y el rock creó el arte mismo de la improvisación. Supo que el trabajo del escritor no es con las palabras, sino con la experiencia. Se aplicó año a año en corregir no sus novelas, no sus ensayos, sino esa experiencia vital de ingeniero napoleónico, de turista diletante, de amante desgraciado. Se preparó casi cincuenta años para poder sentarse y dictar en poco más de un mes toda La Cartuja de Parma . ¿Cuántos tendremos ese pudor, ese respeto, los escritores de hoy mismo, de esconder nuestros balbuceos, de corregir sin escribir, de tratar de averiguar primero cómo funciona el mundo antes de lanzarnos a escribir lo mal hecho que está?
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Quitémosle las palabras a una página de La vida de Henry Brulard o Los recuerdos de egotismo y dejemos sólo los puntos suspensivos, seguidos, aparte, los paréntesis, las comillas, las comas, los puntos y coma, los interrogativos, los exclamativos, en alarmante proximidad, en infinita fertilidad. Queda una partitura, como esas de las óperas que tanto le gustaban. Una partitura llena de signos de puntuación explica en gran parte la magia de Stendhal. Sus libros no están del todo terminados, sus ideas, sus personajes, sus acciones están apenas algo más que anotadas a la rápida para que otros los completen. La partitura necesita un intérprete que la toque. Stendhal necesita un instrumento para ser Stendhal. En Rojo y Negro , pero más aún en sus libros autobiográficos, es el lector quien completa el libro, es su experiencia la que se agrega a los numerosos etcétera que pueblan los textos. Así, al leer a Stendhal nos leemos a nosotros mismos. Nos descubrimos, ni más guapos ni más fuertes de lo que somos, pero sí más felices.
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Articulo: http://diario.elmercurio.com  22/08/2010

Carlos PEZOA VÉLIZ/Poeta de la pobreza y el desamparo

Carlos Pezoa Véliz, poeta de la pobreza y el desamparo
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En su corta vida y su breve obra, el autor sentó las bases de lo que sería la poesía chilena del siglo XX. Tomando distancia del modernismo y del romanticismo, movimientos literarios importados de Europa, sus versos se fundan en la temática chilena y construyen una épica popular.
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Carlos Pezoa Véliz (Santiago, 1879-1908) aglutinó en su efímera biografía todas las condiciones de la tragedia y, para el futuro, las que erigirían el mito y la leyenda. Cumplió, además, con las normas de los grandes vates: la precocidad y cierto aire pagano y profético, bohemio y alucinado.
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Su obra lírica, en términos de volúmenes editados, es cabalmente póstuma: Alma chilena , publicada en 1912 por Ernesto Montenegro, y Campanas de oro , que Leonardo Pena da a conocer en 1921, en París. En términos generacionales no hay acuerdo en considerarlo del todo un modernista, puesto que no asimiló completamente su sistema de preferencias. Quizás sea más certero verlo como un posmodernista con la sensibilidad de la Generación del 1900, la que -con Baldomero Lillo en la narrativa- se gesta a fines del siglo XIX y publica sus obras decisivas en los albores del XX. Inclinada a la superación del lugar común poético, con evidente raíz criolla y mirada mundonovista, incómoda con la retórica del artificio y, en el caso de Pezoa Véliz, con un contenido épico-popular en sus versos.
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Fusiona lo popular y lo rural
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Aunque no escapa al uso de recursos modernistas en lo formal -era la lengua poética dominante-, en sus motivos líricos luce con frecuencia ajeno a ese movimiento literario. Sus poemas fundamentales, que desarrollan una pequeña anécdota -son casi cuentos en verso-, descansan en la temática chilena y en la construcción de identidad nacional. En ellos deja de lado la evasión onírica, la fuga, el afrancesamiento, los paraísos artificiales, los alucinógenos, y enfrenta la urgente cuestión social.
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Se aleja también del romanticismo; anticipa la oleada realista/naturalista, y siembra los granos que van a fructificar en varias corrientes de la poesía chilena del siglo pasado: algunos matices de la poética mistraliana, el espesor gutural de Pablo de Rokha y la antipoesía parriana; sin excluir la poesía de Óscar Castro y la lírica de Violeta Parra.
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En su obra, Pezoa Véliz fue capaz de fusionar lo popular y lo rural, como espacios sociales donde la modernidad no había llegado y donde se mantenían relaciones feudales. Si bien él mismo provenía de esos sectores, no hay estridencias en su denuncia lírica. Tampoco afectación, aunque presente rasgos de cursilería en su poesía sentimental.
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Refleja en sus versos un mundo perdulario, de hombres y mujeres de mala vida y peor muerte. Peones agrícolas, parias, cesantes, vagabundos, empleados, servidumbre humana: "¡Tanta pena, tanta! Su llanto salobre/ secaba una vieja de andrajoso ajuar;/ iba un mercachifle y un ratero pobre/ y una lamparilla que hacía llorar" ("El pintor Pereza"). No obstante, no se advierte en los temples anímicos de sus poemas un afán redentorista ni mesiánico. Sólo expresa poéticamente, además de darle visibilidad, a un sector social ignorado. Allí está su poema "Nada": "Era un pobre diablo que siempre venía/ cerca de un gran pueblo donde yo vivía/ joven rubio y flaco, sucio y mal vestido,/siempre cabizbajo... ¡Tal vez un perdido!".
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Su extenso poema "El pintor Pereza" es un prodigio de destreza formal y coloquialismo. Al mismo tiempo revela la imagen del artista diletante y sin destino, una ironía si se contrasta con la imagen que Pezoa Véliz construyó de sí mismo. El personaje que retrata en el poema es un apartado, bohemio y estéril como creador. Su nombre es Juan Pereza, uno de los seudónimos que usó Pezoa Véliz para sus escritos en la prensa.
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Los críticos, investigadores, antologadores y poetas que se han ocupado de Pezoa Véliz, reconocen su aura social y lo singular de su propuesta, al mismo tiempo su audacia y rigor vocacional. Con más o menos exactitud en la valoración de su legado, escribieron sobre él Ernesto Montenegro, Leonardo Pena, Armando Donoso, Norberto Pinilla, Juan Negro, Nicomedes Guzmán. En 1951, Antonio de Undurraga publica su sólido estudio crítico y biográfico Pezoa Véliz , tal como Paulius Stelingis da a conocer Carlos Pezoa Véliz: poeta modernista innovador (1954) y Raúl Silva Castro, Carlos Pezoa Véliz (1879-1908) en 1964; sin dejar de lado a Fernando Alegría, quien en su Literatura chilena del siglo XX (1967), señala: "Traga a duras penas su dosis de cosmopolitismo elegante y pasa a morir en la verdadera mortaja de sus versos criollos, sus versos feos, sus versos humanos, cursis y revolucionarios". En la actualidad le han dedicado trabajos Naín Nómez, Luis Hachim Lara y Óscar Hahn, mientras que el grabador porteño Carlos Hermosilla se ha encargado de ilustrar su enigmática imagen física.
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Escribió en la soledad y la pobreza
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Carlos Pezoa Véliz no buscó malditismo alguno -al estilo Poe-, como pose o respuesta ante los empellones sociales que recibió en abundancia. Tuvo una existencia marginal, de sombra del suburbio, un Evaristo Carriego a la chilena. Su vida, como definió Neruda la de su padre, "fue una rápida milicia". Sucumbió fugazmente ante la melancolía romántica, pero no fue abatido por el spleen baudeleriano; tampoco lo pudo abofetear el tedium vitae , el mal de los artistas decadentes, porque estaba demasiado preocupado de ganarse la vida e ignorar a la muerte. Terminó por atraparlo la tuberculosis, una forma de morir predilecta de su tiempo. Fue un vate terremoteado, víctima del sismo de 1906, en Valparaíso. Allí escribió, en el Hospital Alemán, lo que puede considerarse un testamento poético, su desgarradora "Tarde en el hospital", manifiesto de los seres desamparados que ven caer el agua mustia y sangrienta desde las salas comunes. Tiempo después el poeta fue trasladado al Hospital San Vicente de Paul de Santiago, donde murió víctima de una apendicitis mal cuidada. No tenía treinta años. Se sabe: los elegidos de los dioses mueren jóvenes.
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Desde su condición de niño huacho y del estigma de la bastardía -"las alegorías del mestizaje chileno", según la acertada expresión de la antropóloga Sonia Montecino-, y desde su falta de educación formal, escribió afiebrado, en la soledad y en la pobreza, sus poemas cruciales, entre más de una veintena: "Nada", "Entierro de campo", "Pancho y Tomás", "El pintor Pereza", "Fecundidad", "Égloga", "Teodorinda". Mientras tanto, daba clases en colegios públicos, redactaba artículos y cuentos en la prensa -tiene una considerable obra en prosa-, se enroló en el ejército, perteneció a la Guardia Nacional, y se empleó de amanuense y cometinta. Suscribió públicamente la candidatura a la Presidencia de Pedro Montt y desempeñó oficios inverosímiles, como aprendiz de zapatero y, en su adolescencia, calador de sandías. Con el tiempo demostraría con sus versos punzantes donde estaba el corazón del país.
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Periodista en Valparaíso
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Habitante de conventillos, de cités, residía en el sector de calle San Diego, Plaza Almagro y la actual iglesia de los Sacramentinos; después se reinventa y emerge como suche y periodista empírico en Valparaíso, el de los crímenes en serie de Emile Dubois, el triste puerto de las mancomunales y de los ateneos literarios y sindicatos de obreros anarquistas; el de los retratos fotográficos de Harry Olds y de los últimos carros con imperial. Pezoa Véliz es un mínimo empleado con salarios de sobrevivencia, a la vez que un poeta combativo y de voz propia. Un luchador, un artista orillero con un proyecto poético que, para variar, no encuentra un eco suficiente. Altos y bajos de la mala suerte y del azar, que tanto lo castigaron.
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El poema en Pezoa Véliz se ciñe a las leyes formales, rima y ritmo, pero afirma la eficacia del canto. Confía en la palabra poética como vehículo, si no de transformación social a lo menos de impacto espiritual.
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Deberá llegar el siglo XX para que la poesía, en especial en el discurso de la antipoesía parriana y de las incertidumbres de Enrique Lihn, se ofrezca como "escéptica de sí misma", expresión que pertenece a Vicente Huidobro. Viene una desacralización progresiva del hablante; cuando Pezoa Véliz elabora su propuesta el poeta está aún encaramado en el Olimpo, aunque no en la torre de marfil ni cabalgando en cisne alguno.
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Tampoco le tuerce el cuello al pajarraco de engañoso plumaje (como llamaba a hacerlo el poeta mexicano Enrique González Martínez para terminar con el modernismo). Probablemente lo hubiera hecho con Rubén Darío y José Asunción Silva, sus contemporáneos. La belleza fue un cisne, ahora parece un ganso en mitad del camino, al que se le puede embestir. Es lo que hace Pezoa Véliz.
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Ocupa vagones de tercera en lúgubres trenes con destino a Valparaíso; es enviado a las salitreras, en 1905, por el periódico porteño "La voz del pueblo", y conoce la vida inhumana de los mineros. Por la capital se mueve en tranvías eléctricos que coexisten con carros de sangre, transita con zapatos gastados por calles de adoquines y lo alumbran faroles de gas en un Santiago penumbroso. Lleva un diario en el que anota sus sueños e infortunios. En él duda de la virginidad de su novia, Lorenza, al tiempo que se enamora de una prostituta en un burdel capitalino.
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Pezoa Véliz lo supo muy pronto: debía inclinarse a la realidad, al entorno insuficiente y amargo, y transmutarlo en su poética, no para maquillarlo o mentirlo, sino para hacerlo verosímil y para contribuir a transformarlo.
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Fue un trabajador ilustrado, más autodidacto que académico, un caballero chileno del arrabal, una sombra inquieta y fulgurante que atraviesa una parte sustantiva de nuestra literatura, ya se trate de poetas o narradores. Mucho le debe lo más granado de la Generación del 38. Y según Mauricio Redolés, fue un poeta rockero. Un lírico de la pobreza y la injusticia, un vocero de los sin voz, un poeta imborrable.
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Pezoa Véliz, recuperado
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La más reciente y loable iniciativa de rescate de la obra de Carlos Pezoa Véliz proviene de una pequeña editorial de Valparaíso, que se ha dado a la tarea de publicar prosa y poesía de autores ya fallecidos, cuya obra pueda dialogar con la cultura actual. Es así como en su colección Perros de la Calle, editorial Perro de Puerto (http://www.perrodepuerto.blogspot.com/ ) acaba de publicar la Prosa rescatada de Pezoa Véliz, un pequeño volumen en el que se recogen dieciséis crónicas escritas entre 1904 y 1906. Surge en ellas el agudo observador de las costumbres y tipos humanos. Los mismos editores son los responsables de Pezoa Véliz Satírico, un folletín corcheteado, donde se reúnen cuatro breves textos "un poco inclasificables -explica el editor Cristóbal Gaete-, publicados en la prensa alternativa de la época".
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También este año, la editorial española Sibila publicó en Sevilla una antología poética de Carlos Pezoa Véliz titulada Nadie dijo nada, cuya selección y prólogo estuvieron a cargo de Jorge Edwards. En su serie Cuadernos Atenea, en tanto, la revista Atenea de la Universidad de Concepción publicó en 1998 una reimpresión de Campanas de oro, editada originalmente en París, en 1921. En ella se encuentran poemas fundamentales de Pezoa Véliz, como "Nada", "El pintor Pereza", "Teodorinda", precedidos en esta edición por un prólogo de Mario Rodríguez Fernández.
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Articulo: http://diario.elmercurio.com  22/08/2010

Patricio TAPIA/ Steven Millhauser, el ilusionista

Entrevista Último libro del escritor estadounidense:
Steven Millhauser, el ilusionista
Por Patricio Tapia
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Ya disponible en las librerías chilenas, Risas peligrosas fue considerado entre los mejores libros publicados en Estados Unidos y confirmó a su autor como uno de los más destacados escritores de su país, con sus inquietantes relatos de una realidad fantasmagórica.
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Como la rutina de un mago cuyos efectos inexplicables traspasan la leve membrana que divide la ilusión de la realidad, la física de la metafísica, en las historias de Steven Millhauser siempre, ante nuestros ojos sorprendidos, algo se transforma, aparece de la nada, se transporta o, las más de las veces, se desvanece. Sus personajes intentan desaparecer en sus mundos imaginarios. A menudo es un artesano, soñador y sin suerte -un dibujante, un creador de autómatas mecánicos, un ilusionista, un pintor olvidado-; otras veces, como el Martin Dressler de su novela, es un soñador que ha hecho fortuna, pero contaminado con una ambición desmedida. La realidad, o lo que aparenta serlo, es un reino horadado por diversos compartimentos que albergan visiones fantasmagóricas e inquietantes.
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El libro
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Risas peligrosas , el último y probablemente el mejor libro de cuentos de Millhauser, forma parte de este reino. En historias que parecen ser realistas, un hombre opta por el silencio o una mujer simplemente se esfuma de su casa. Otras rozan la fábula sin moraleja: una nación cubierta por domos plásticos cada vez más grandes que acabarán cubriendo todo; una comunidad con una ciudad paralela idéntica; otra vive a la sombra de una gran torre que a lo largo de muchas generaciones llegó a perforar el suelo del cielo.
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Aparecen personajes familiares: adolescentes aproblemados (una cuyo talento es reír hasta el descontrol; otro tiene una amiga que vive encerrada en un ático en total oscuridad), un miniaturista maniático, un ilustrador capaz de hacer tales ilusiones de movimiento que muchos insisten en que sus dibujos cobran vida; el inventor de una máquina que da a sus usuarios la ilusión de ser tocados, abriendo así las puertas de la percepción táctil.
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Muchos personajes de Millhauser, y probablemente él mismo, son fanáticos de los cómics y los dibujos animados. Y como "apertura" de este libro hay un cuento donde se describen con detallada precisión las disputas violentas e irreales entre un gato y un ratón, unos Tom y Jerry no nombrados, así como su interioridad (el melancólico ratón lamenta no poder cometer errores; el obsesivo gato le envidia su despreocupación). El ratón acaba borrando con una goma a su antagonista para finalmente borrarse él mismo.
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-Se dice que la vida imita al arte. ¿Cree que, a veces, imita a los dibujos animados?
-La vida siempre está imitando un dibujo animado. Esto es especialmente cierto si uno presta atención a las noticias. Considere el derrame de petróleo de la empresa BP, por ejemplo. Es un clásico dibujo animado, inmediatamente reconocible: el conjunto de construcciones cómicamente extravagantes e ineptas, el villano absurdamente malvado cuyos únicos rasgos de personalidad son la riqueza y la codicia extremas, los contrastes escénicos salvajemente grotescos (el villano pasa sus vacaciones sobre un yate costoso versus el sufrimiento de las aves cubiertas de petróleo).
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-¿Está usted consciente de la recurrencia en sus libros de imágenes de desaparición?
-Por cierto. Es una de las experiencias cruciales de vida: el amigo del sexto grado que se muda de casa y al que nunca más vemos, la novia que se marcha para siempre, la muerte de los padres, los colegas, los viejos conocidos. Y no es sólo la gente la que desaparece: los edificios son derribados, las carreteras se abren paso a través de barrios familiares, un riachuelo de la infancia es llenado con basura como parte del proyecto habitacional de algún promotor inmobiliario.
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-Alguna vez escribió un ensayo sobre la fascinación de las miniaturas. Pero su miniaturista en este libro construye objetos tan diminutos que nadie puede verlos... ¿Cuál es el límite entre la fascinación y la obsesión?
-Es imposible definir ese límite, y me gusta la imposibilidad. En cierto punto, una forma de atención sana, vital, da un vuelco hacia algo cuestionable, algo que es una forma más profunda de atención pero también una forma de enfermedad. Me gustan estos lugares, donde las maneras normales de juzgar las cosas se vuelven inútiles.
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-Siguiendo con la pequeñez: en otro ensayo señala que la idea del "grano de arena" es la salvación del cuento.
-En ese ensayo sostenía que en Estados Unidos, donde el tamaño es igualado con el poder, la novela es considerada una forma mayor, más poderosa, que el cuento. Decía que en vez de intentar rivalizar con la novela, el cuento debería celebrar su pequeñez: debería ceñirse al grano de arena. Pero el grano de la arena es menos modesto de lo que parece. El poeta William Blake habló de "el mundo en un grano de arena". Si entras en tu grano de arena con todos tus sentidos abiertos de par en par, encontrarás que no estás escapando a una esquina diminuta del mundo: estás descubriendo el universo.
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-Martin Dressler sueña con construir el hotel más grande del mundo. La torre de su cuento es inmensa. ¿Es también válida la perspectiva inversa a la del grano de arena?
-Sí y no. El grano de arena y la torre son ambos modos de expresar el misterio del universo. Pero hay una diferencia. El hotel de Dressler y la torre -inmensidades- sugieren un deseo de rivalizar con el mundo, incluso de superarlo. Son ejemplos de esfuerzos prometeicos. Para decirlo de otra forma: representan una especie de imperialismo de la imaginación. El grano de arena modestamente reconoce que es parte de algo más grande, mientras que, al mismo tiempo, secretamente cree que lo contiene todo.
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-¿Qué opina de las historias alegóricas?
-Las alegorías me aburren. ¿Es X realmente igual a Y? ¿Importa eso? También es cierto que todas las historias, una vez que han llegado a existir como coherentes mundos paralelos al nuestro, implican complejas relaciones con nuestro mundo y en ese sentido tienen cualidades que pueden llamarse alegóricas.
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-"Un libro", dice un personaje en el suyo, "es una máquina para fabricar sueños". ¿Comparte esa idea?
-En parte. Mi personaje continúa diciendo que el propósito de la "máquina de fabricar sueños" es "sacarte de este mundo". Ahora, es bien cierto que una obra de ficción te saca de tu mundo y te lleva al suyo, tu mundo debe ser aniquilado y reemplazado por el mundo ficticio, para que seas capaz de experimentar por completo el mundo ficticio. Pero eso es sólo el primer paso. El segundo paso es que una obra de ficción seriamente imaginada te lleva directamente al centro de la realidad. No es un escape del mundo, sino un camino torcido de entrar en él. Eso es lo que mi joven personaje aún no sabía.
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El autor
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Alguna vez se le pidió a Steven Millhauser una breve biografía, a lo que él respondió: "1943 - ". A pesar de una larga y premiada trayectoria ha optado por seguir siendo un autor lejano a la vida de la celebridad literaria. Es un hombre reticente, profesor en Skidmore College. Su obra comienza con una fulgurante parodia de la biografía literaria y un estudio sobre la infancia: Edwin Mullhouse (1972; Andrés Bello, 1998), sobre un niño genio, supuestamente escrita por un precoz coetáneo suyo, Jeffrey Cartwright. Con ella ganó el premio Médicis y ganaría el Pulitzer 1997 con Martin Dressler (1996; Andrés Bello, 1997), basada en el mito estadounidense del hombre que se hace a sí mismo y que llega a imaginar cosas cada vez más grandes con la ambición de construir un hotel que lo contenga todo. Millhauser es también autor del relato "Eisenheim the ilusionist", origen de la película "El ilusionista" (2006), protagonizada por Edward Norton.
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Articulo: http://diario.elmercurio.com  22/08/2010

Pedro Pablo GUERRERO/Claudio GIACONI,el escritor invisible

Recopilación Nuevo libro:
Claudio Giaconi, el escritor invisible
Por Pedro Pablo Guerrero
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El poeta y editor Gonzalo Contreras publica un amplio volumen que reúne la obra poética, ensayística y narrativa del escritor fallecido en 2007. El libro incluye varios ensayos en torno a su trabajo escritos por autores chilenos.
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La publicación de obras reunidas suele desmentir impresiones arraigadas, aunque por lo general esto ocurre de manera póstuma. Las más de 500 páginas del libro Claudio Giaconi. Un escritor invisible, refutan la creencia de que Claudio Giaconi fue un autor improductivo. Junto al volumen de cuentos La difícil juventud y al ensayo Un hombre en la trampa, su amigo, el poeta y editor Gonzalo Contreras, recopila los dos libros de versos, menos recordados, que salieron de la pluma de Giaconi: El derrumbre de Occidente y Etc. , pero también incluye sus artículos periodísticos, de los cuales el compilador sólo entrega una muestra, guardando para un futuro volumen numerosas crónicas que publicó en la prensa mexicana.
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Contreras dice en su presentación que el proyecto de reunir los escritos de Giaconi comenzó a gestarse un año antes de su muerte. Sin embargo, el autor no quiso participar en él. Desde su regreso a Chile, en 1990, luego de tres décadas de vivir en el extranjero, pocas cosas le importaban menos a Giaconi que el destino de su obra. Había experimentado una desilusión tras otra. Lafourcade lo mitifica. Teillier ridiculiza su falta de publicaciones. Parra no le abre la puerta de su casa en Las Cruces. Muerto su gran amigo Enrique Lihn, se siente solo y ninguneado. Ya en 1981 le había escrito una carta a Jorge Edwards en la que le expresaba su desaliento por no ser incluido en una antología de editorial Andrés Bello (ver recuadro). Contreras la reproduce en el libro, pero no tiene certeza de que la hubiera enviado.
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Con la excepción de Antonio Avaria, la gente de su edad lo aburre y acepta la compañía que le ofrecen escritores más jóvenes. Junto a ellos se sumerge en los agotadores ambientes del under santiaguino. El año 2004 abandona la casa de su hermana en Las Condes y se va a vivir solo. "Quien no conociera a Claudio pensaría que toda su vida esperó ese momento. Instalado en un discurso polifónico, asombra en su sobrecogedor y natural histrionismo", recuerda Contreras. "El espectáculo, por momentos, es tan bizarro, que las funciones se agotan rápidamente. Su público (periodistas, poetas 'jóvenes', muchachas en flor) lo aclama".
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Según William Blake, "el camino del exceso lleva al palacio de la sabiduría". Y Giaconi fue un discípulo aventajado.
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Alone: "¡Qué gran enterrador!"
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Toma uno. Giaconi en su departamento de calle Rosal, barrió Lastarria. Amigos y curiosos rodean la cama, único mueble del lugar. Está flaco. Demacrado. "Un ferviente admirador llega a decir -ante la baja de peso ostensible del performer - que el maestro ha decidido abandonar su cuerpo, liberar su espíritu". Tose mucho. Conversa. Cada cierto tiempo levanta al azar uno de los papeles borroneados que yacen en total desorden bajo la cama: arrugados, inmundos, pisoteados, con manchas de vino. ¿Adónde va a terminar esto?, se preguntan sus huéspedes.
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La respuesta llega meses después. Giaconi, enfermo de tuberculosis, está aislado en una habitación del hospital San José: la mejor del recinto, grande, iluminada, con una espectacular panorámica en altura del Cementerio General. Alguien le regala un libro de César Aira. Sonríe. ¿Para qué necesita un libro de Aira con esa vista?
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Última escena. Giaconi camina con las manos en los bolsillos, de espaldas a un mar que no le interesa, mirando el suelo con sus lentes oscuros. La fotografía de Rosa Apablaza hace pensar en la serena desolación de Marcello (Mastroianni) al final de "La dolce vita" (1960). El periodismo los consumió a ambos. Lejos quedan la niñez inalcanzable, la juventud perdida.
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Giaconi comprende temprano que la acción, entendida como un suceder, no existe. "El relato está generado por una vivencia hecha idea, que no por una anécdota. Y esta idea puede sintetizarse así: la fugacidad de la vida humana; el poder basado exclusivamente en bienes materiales, es falso y venal", proclama Giaconi en el prólogo de "El sueño de Amadeo" (1959), uno de los cuentos más extraños, grotescos y perturbadores que ha conocido la literatura chilena.
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Su autor lleva al extremo los motivos de La difícil juventud (1954), volumen celebrado por Alone con una curiosa aprensión: "El arte de Giaconi no es nada tranquilizador. Si traduce, como afirman, el alma de las nuevas generaciones y revela el futuro, ya podemos ir preparando ropajes fúnebres. ¡Qué gran enterrador! Es otra época del arte nacional".
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Contemporáneo de los primeros cuentos de José Donoso, La difícil juventud se adelanta unos años a Wacquez y anticipa en cuatro décadas algunas obsesiones de Bolaño, como el delgado límite que separa al fracaso del crimen o la locura. Los cuentos de Giaconi destruyen arquetipos reconocibles en todos los sectores de la sociedad chilena: la mediocridad de un cura de pueblo; la falta de talento del artista incomprendido; la patética insignificancia de un conferenciante experto en el romanticismo alemán; las miserables vidas de un obrero homicida y de un jubilado que se desvela en una sórdida pensión.
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Nadie se salva. Giaconi fulmina a criollistas, mandragóricos y bienintencionados cultores del realismo socialista. Lee a Sartre y a Camus, como todos sus contemporáneos, pero es el único en recuperar la figura de Gogol, a quien dedica el penetrante ensayo Un hombre en la trampa (1960). "Desde la trastienda -observa Giaconi-, la enigmática sonrisa gogoliana preside el absurdo que prolifera entre los hombres".
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Atacado desde dos flancos -por la prensa patriótica y la bienpensante-, Giaconi escribe artículos en que rompe lanzas por su generación, la del cincuenta, alimentando una de las polémicas literarias más interesantes y elevadas que se han visto en años. Rechaza lo que llama una "chilenidad de utilería", reducida a la descripición pasiva del paisaje y la reproducción mecánica de giros lingüísticos ("L'escopetá está cargá"). Pide abrirse a problemas más universales, superar los métodos narrativos tradicionales y explorar audacias formales y técnicas por arriesgado que esto resulte. "Comprendimos que la expresión de un estado de alma escrita por un novicio era inmensamente más significativa que la descripción prolija de una faena agrícola hecha por un maestro", desafía.
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Profeta del 11-S
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Deja Chile con una beca del gobierno italiano. No la usa. Se dedica a vagar por Europa. Luego viaja a México y termina en Estados Unidos. Nueva York lo hipnotiza. Se zambulle en la bohemia de la Gran Manzana. De día trabaja en la agencia UPI; de noche escucha a Charles Mingus, Dizzy Gillespie y Thelonious Monk. Se hace amigo del pintor Enrique Castro Cid, fanático del jazz, igual que él. Es testigo de su fulgurante ascenso desde Machalí al Soho, sin escalas. Y de su estrepitosa caída en el olvido: separado de su esposa millonaria, el artista delira con regresar a Chile montado en un burro. Giaconi lo termina internando en una clínica psiquiátrica.
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En todos estos años, Giaconi no deja de escribir, pero infinitas dudas le impiden publicar. Trabaja en "F.": una novela total, infinita, de alta complejidad narrativa, que dejará inédita. Gonzalo Contreras asegura que el modelo real de su protagonista fue Castro Cid. "El tema de la locura se instala en su imaginario con la fuerza de una atracción fatal", observa. También advierte que en su poemario El derrumbe de Occidente (1985), Giaconi profetiza la caída de las Torres Gemelas: "El miércoles me despierta la Gran Explosión/ y veo que por error se acabó el mundo./ En una pantalla del tamaño de Manhattan/ veo caer luces de bengala, cenizas/ En el televisor que jamás apetecí. (...) ".
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Contreras no duda en afirmar que Giaconi "era un poeta, y de los buenos". Un desarrollo inevitable de su obra, presentido por Alone y afirmado en la singular decisión del autor de concluir el ensayo Un hombre en la trampa con un extenso poema suyo. De vuelta en Chile, será la poesía nuevamente el género escogido para romper el largo silencio. En su pequeño libro Etc. (2006) da rienda suelta a la sensación de extrañamiento que acompañó su regreso, pero al mismo tiempo intuye que su presencia no pasa inadvertida para las nuevas generaciones. En los versos de "Paranoia", Giaconi gradúa estas impresiones: "UNO. Que nadie se dé cuenta/ de que soy el Hombre invisible. (...) CUATRO. Que nadie se dé cuenta/ de que tal vez esté siendo bastante Hombre Visible".
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La difícil y eterna juventud de Claudio Giaconi
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ANTONIO GIL
"Mi apego a la juventud es mi mayor instinto de supervivencia. Por eso y por mi inclinación a sentirme libre, nunca hubiera podido venderme al neoliberalismo salvaje", declaró Claudio Giaconi poco antes de perderse en esa larga caminata sin regreso por las brumas del Parque Forestal. Esa andanza que lo llevó quizá buscando los últimos atisbos de su viejo y amado Villavicencio, o los rumores de copas y vajillas de Il Bosco, el titilar del Candil en la calle Merced, los cantos de borrachos del Club Alemán. Lo sorprendió a Giaconi la desnarigada, pese a las varias páginas arrancadas del calendario, viviendo en plena adolescencia, esa Arcadia a la que se negó a renunciar jamás. La misma que lo trajo desde Manhattan de vuelta a vivir entre nosotros, entre nuestros endémicos desdenes, desaires y desconocidas. Nos quiso Giaconi infinitamente más de lo que a él lo quisimos los chilenos, eso es obvio. Una adolescencia que lo trajo a vivir con inmensa humildad su condición de leyenda desplumada en lugares que ya no conocía ni lo conocían. Sus amigos, con los que se arrimaba antaño a leer bajo el tilo del parque pasaron de largo o cambiaron de vereda. Esos habían envejecido, habían engordado, o se habían ido al otro mundo, que viene a ser lo mismo. Giaconi era joven, desaprensivo, y fue arropado entre nosotros por sus iguales: los jóvenes poetas y narradores que más allá del Giaconi mítico, vieron reflejado en su figura delgada, como en un espejo, el ideal de la eterna juventud, que es el cántaro encantado al final del arco iris del oficio de las letras. Fue Claudio Giaconi un hombre decente en un país en que, como todos sabemos, la decencia se pierde como el agua en un barril agujereado. Nos dio Giaconi, infinitamente más de lo que nosotros le dimos a él, cosa que no parecía inquietarle para nada. Y nos dejó una obra escueta, es verdad, pero tampoco hacía falta mucho más para hacernos sentir admiración por su literatura singular, cargada de una sinceridad extraviada hace mucho tiempo entre nosotros.. Hoy son las generaciones jóvenes las que renuevan esa vieja y difícil juventud suya, editando sus obras completas. Son sus nuevos amigos, los que lo acompañaban a esa mesa donde disfrutaba sus jugos de frutilla; los que lo visitaban en su lecho de enfermo, los que lo quisieron y admiraron ya no al ser de ficción sino al escritor gentil, delgado, sencillo, que enfundado en una gabardina buscaba un Chile que quizá existió sólo en sus sueños.
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PABLO AZÓCAR
Sus desapariciones legendarias, sus silencios literarios y metafísicos, su perfil de pájaro urbano y callejero, su bonhomía y su amistad, su melomanía infatigable, su desapego Zen en todo orden de cosas, su renuencia a publicar, su refinado arte de la conversación, sus tremendas desilusiones amorosas, su adicción a la marihuana y a la Radio Beethoven, su capacidad de reírse de todo, su conexión mental con los gatos y con Nicanor Parra. Claudio Giaconi escribió: "Es hora de volver; pero volver adónde?"
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Carta a Jorge Edwards
Nueva York, 25 de enero de 1982
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(...) Me he enterado con estupor que ya no existo para los antologadores del cuento chileno "contemporáneo"... Es porque no soy contemporáneo, o porque no soy cuentista? Entiendo que es una antología de sólo los "presentes" y no los de "afuera". Te confieso que me sentí algo incómodo al ver que no figuraba en ella y sospechante también de que los zares culturales chilenos actuales me han tirado definitivamente la cadena... ¡Paradojas!, y que después de años en que se especuló en la prensa sobre mi "silencio", ahora que me destapo, expurgado de antologías, ni una línea por ninguna parte, excepto tu artículo de Paula que todavía recuerdo. En fin, hay que concluir que son raros los chilenos. Hay que concluir que hay un espíritu anarco en el chileno, que es lo que aflora en el capítulo que te mencionaba que sale en estos días ("Voces del 18") que trata del parloteo, discurseo y hueveo de una veintena de exiliados chilenos pre y post golpe, de diversos estratos sociales y culturales reunidos en un loft del Soho para celebrar el día de las fiestas patrias, en que a pesar de estar todos básicamente al mismo lado de la verja, terminan todos peleados y agarrándose a puñetes. El cuadro es pesimista, pero lleva un reconfortante epígrafe de Samuel Johnson: "A man, sir, should keep his friendships in constant repair" [Un hombre, señor, debería reparar constantemente sus amistades]. Difícil que pudiera publicarse en Chile... hay algunas referencias a cosas contingentes harto crudas. No me puedo impedir de pensar que las autoridades educacionales me han convertido en un escritor paria en mi país, empezando por la arbitraria medida que adoptaron en 1974 de sacar del currículum de lectura La difícil juventud ...(fragmento)
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Articulo: http://diario.elmercurio.com  22/08/2010

Juan GOYTISOLO/ CERVANTES y el mundo musulmán

ANÁLISIS: PENSAMIENTO
Cervantes y el mundo musulmán
Por Juan GOYTISOLO
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La polinización del mundo oriental en el autor, según el libro de Márquez Villanueva
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La cautividad de Cervantes en Argel, presa de los corsarios turcos después de su participación en la batalla de Lepanto, ha hecho correr ríos de tinta en los últimos tiempos. El tema se presta a ello en la medida en que sus cinco años de aprisionamiento tuvieron una influencia decisiva tanto en su vida como en su obra. Lo que pudo aprender allí será siempre un enigma: la formación humana, y luego literaria, que le procuró dicha experiencia se decanta a lo largo de su creación, desde El trato y Los baños de Argel, que inician su frustrada carrera de dramaturgo, hasta el Persiles, pasando por Las novelas ejemplares, El coloquio de los perros y el Quijote. La ambigüedad y complejidad de su percepción del mundo musulmán, expuestas mediante una bien calculada estrategia cuya fineza sorprende y admira a cuantos calan en ella, autorizan toda clase de interpretaciones -muchas de ellas reductivas e interesadas- conforme a la perspectiva ideológica desde los que se sitúa el intérprete o glosador.
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El Argel que conoció nuestro primer escritor se hallaba en las antípodas de la España tridentina e inquisitorial de Felipe II. Como nos recuerda Márquez Villanueva, la ciudad acogía a gentes de todas las procedencias, religiones y lenguas: era una encrucijada de etnias y de culturas. Este aprendizaje de la diversidad humana fue decisivo en la configuración de un pensamiento orientado a la busca de un cristianismo despojado de todos los lastres que acarreaba en la España filipina: los mitos nacionales y religiosos de la honra y la limpieza de sangre, el control de las costumbres, vidas y pensamiento por parte de quienes Cervantes denomina "las despiertas centinelas de nuestra fe".
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Como resume el autor, Cervantes constituye, de cara al islam, "un caso especial y nada fácil de encasillar, pues no es en ningún momento un resentido, un tránsfuga religioso ni un colonizado cultural. Y menos aún asume el menor papel de cruzado ni de inquisidor, que es lo que le pedía y esperaba el mundo oficial de su tiempo [...]. Le fascinaba la figura del morisco criptomusulmán y del renegado apóstata, pero él no fue nunca uno de ellos. Su religiosidad se orientaba hacia una depuración crítica inicialmente marcada por Erasmo y la ventana cronológica argelina equivale para él a una lección de relativismo". Gracias a su valoración objetiva de otras culturas, como las descritas por Antonio de Sosa en su imprescindible Topografía e historia general de Argel (1612), Cervantes sustituyó el consabido nosotros patriótico y religioso por un yo incierto que apenas alcanza a representarse a sí mismo.
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Con un rigor y erudición ejemplares, Márquez Villanueva sigue el itinerario a veces borroso de Cervantes a partir de su regreso a España en donde, como sabemos, no obtuvo recompensa alguna a sus méritos y servicios. Sin el arrimo de ningún mecenas y, frustrada su tentativa de emigrar a la Nueva España, se vio abocado a la mediocridad de una carrera administrativa y al mundo aleatorio de los negocios con el que trampeó la mayor parte de su vida, primero en Sevilla y luego en Valladolid, hasta la publicación de la primera parte del Quijote.
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Seguir el hilo narrativo de la representación del turco, el moro y el morisco en la obra cervantina es un ejercicio laborioso pero aguijador. Si la influencia oriental, en especial de Las mil y una noches, es una constante en la literatura peninsular desde el Conde Lucanor, la emergencia y moda de la novela bizantina con sus raptos, piratas, doncellas de virginidad asombrosamente preservada, travestidos y anagnórisis a la que Cervantes rindió tributo en El amante liberal, nos muestra que nuestro autor navegaba por aguas conocidas. La polinización del libro de los libros de Sahrazad a través de lo que llamo "autopistas de viento", condena cualquier tentativa de establecer una genealogía precisa. Cervantes desconocía los textos árabes pero muy significativamente la mayoría de los recursos novelísticos que utiliza en el Quijote se hallan ya en Las mil y una noches. El territorio de la duda cervantina -autor o autores que "sobre el caso escriben", el manuscrito de Cide Hamete Benengeli, la desautorización de la trama novelística...- es el Sahrazad, que, con su infinidad de transmisores de un relato sin cesar hecho y deshecho, fecunda un territorio nuevo: el que, en palabras del autor, convierte a Cervantes en "el centro de gravedad de la modernidad literaria". La hebra que llevará a Sterne, Diderot y el Bouvard y Pécuchet flambertianos, por no hablar de Gógol, Turguéniev y Chéjov, se madeja y desmadeja en Cervantes. La disolución de la responsabilidad autorial, tan sabiamente organizada por éste, crea la incertidumbre del lector sobre la voz que escucha y le concede el margen de libertad de pensar por su cuenta.
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La relación de Cervantes con el erasmismo a través de Huarte de San Juan, Arias Montano y de contemporáneos suyos como Martín González de Cellorigo y Pedro de Valencia, es analizado a la luz de sus coincidencias doctrinales con quienes querían acabar con la "negra honra" que paralizaba el país y lo convertía en una sociedad petrificada de "hombres encantados", para dar paso a otra en la que primara el trabajo y el mérito al servicio de la industria, el comercio, las ciencias, oficios y artes, como en los Países Bajos, Alemania, Francia o Inglaterra.
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La defensa de los moriscos por Pedro de Valencia, cuando propugnaba una política de asimilación mediante matrimonios mixtos con cristianos viejos en vez de la expulsión que finalmente llevarían a cabo el duque de Lerma y el patriarca Ribera, no pudo con el unanimismo castizo de la Bleda y Aznar de Cardona. Con su habitual estrategia de conceder la palabra a los portavoces de quienes comulgaban con aquél, Cervantes pone en boca de Berganza todos los tópicos de los cristianos viejos en El coloquio de los perros en contraste con las reticencias de su congénere Cipión.
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Pero es en el conocido episodio del encuentro de Sancho con su paisano, el morisco Ricote, en donde se manifiesta con mayor nitidez -si ésta cabe en nuestro siempre "ambiguo, escurridizo y bifronte" autor-, la expresión de un pensamiento que se abría camino en Europa desde la bárbara ejecución de Sebastián Castellio: Hominem occidere, non est doctrina tuere, sed est hominem occidere (matar a un hombre para defender una idea no es defender una idea, es matar a un hombre): el del nacimiento de una ética individual que culminaría en la declaración de los derechos humanos.
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"Salí -dice Ricote- de nuestro pueblo, entré en Francia, y aunque allí nos hacían buen acogimiento, quiso verlo todo. Pasé a Italia y llegué a Alemania y allí me pareció que podía vivir con más libertad, porque sus habitadores no miran en muchas delicadezas: cada uno vive como quiere, porque en la mayor parte de ella se vive con libertad de conciencia".
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Estas pocas frases revelan la existencia entre los expulsos de una minoría -mayoría en el caso de los del valle de Ricote- que en el doloroso trance de dejar a la fuerza la tierra de sus antepasados, no buscaban cobijo entre sus antiguos correligionarios, sino en un ámbito en el que su condición de personas prevalecía sobre toda otra consideración de pertenencia nacional, étnica o religiosa. Ricote no habla como morisco ni cristiano ni musulmán: lo hace como un ser humano víctima de la injusticia y del monolitismo ideológico de la época.
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Señalaré antes de concluir este breve repaso al libro de Márquez Villanueva la incidencia del falso Quijote de Avellaneda en la genial creación de Cervantes. La acogida a Álvaro Tarfe en la segunda parte de la novela añade no sólo una dimensión nueva a la obra -la que podríamos llamar literatura sobre la literatura- sino muestra también la exquisita cortesía de Cervantes frente a los insultos de su imitador como "paradójico homenaje y reconocimiento de una superioridad incontrastable". Una hermosa lección para quienes a lo largo de la historia no se pliegan a las normas de la institución literaria del momento y son objeto por ello de ataques o ninguneo. Ni rencor ni amargura sino, parafraseando a Cernuda, "formas superiores de elogio" que incitan a convertir a sus detractores en personajes representativos de una incurable mediocridad.
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Moros, moriscos y turcos en Cervantes. Ensayos críticos de Francisco Márquez Villanueva. Ediciones Bellaterra. Barcelona, 2010. 465 páginas. 25 euros
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Articulo: http://www.elpais.com/  20/08/2010

Juan ÍÑIGO IBÁÑEZ∕Violeta PARRA: cabeza de pájaros azules

Violeta PARRA: cabeza de pájaros azules Por Juan ÍÑIGO IBÁÑEZ 2017 marca el centenario de la cantautora de “Gracias a la vida” y ta...