samedi 3 juillet 2010

Recuerdo especial : Centenario de Jardiel Poncela (1901-1952)


Cien años de teatro
Centenario de Jardiel Poncela (1901-1952)
Por Ignacio AMESTOY

Provocador, sarcástico, mujeriego, contradictorio, Enrique Jardiel Poncela hubiese cumplido el próximo lunes cien años. Cien años de teatro, cien años de humor, de absurdo, de vanguardia, de transformación y de polémica. La obra y la vida de Jardiel Poncela, que resurgen en su centenario de entre las cenizas del prejuicio y del olvido, no han encontrado justicia en la historia de nuestra escena. El autor de obras como Usted tiene ojos de mujer fatal (1933), Cuatro corazones con freno y marcha atrás (1936), Un marido de ida y vuelta (1939), Eloísa está debajo de un almendro (1940), Los ladrones somos gente honrada (1941) y Los habitantes de la casa deshabitada (1942) revolucionó la forma de entender el teatro español. Miguel Martín, Ignacio Amestoy, José Monleón, Alfonso Sastre, Juan Carlos Pérez de la Fuente, Gustavo Pérez Puig y César Oliva analizan para El Cultural los aspectos más significativos del dramaturgo, desde los apuntes biográficos hasta su etapa en los estudios de Hollywood pasando por su relación con la crítica, las mujeres y el humor. Publicamos, además, cartas y documentos inéditos en los que queda patente su insobornable sentido de la comedia hasta en los detalles últimos de lo cotidiano.

Enrique Jardiel Poncela fue un autor de teatro revolucionario. Hijo de un periodista destacado y de una pintora de relieve, Jardiel querrá desterrar de nuestros escenarios el que consideraba “teatro asqueroso”. Pretendió, como Federico García Lorca, aunque desde otra perspectiva, cambiar de raíz nuestra escena. Es significativo que la acción renovadora de Jardiel comience en una fecha de gran calado en el universo literario español, 1927. En esa fecha, en la que surge la Generación del 27, que encabeza García Lorca, Jardiel toma su gran decisión. Jardiel conocía el teatro viejo que despreciaba porque lo había hecho, y su determinación era la de apartarse de él. Pero no por ello dejó de pensar que el teatro hay que hacerlo para el público: “Es inútil ponerse de espaldas a la sala, porque el escenario está enfrente”.

Es el 2 de febrero de 1927 cuando Enrique Jardiel Poncela decide iniciar su particular ofensiva. Bien es cierto que en este arranque estará movido por la necesidad económica. El periodismo que practicaba no le da para vivir. No le gusta el teatro que está haciendo y tampoco le proporciona unos ingresos relevantes. Ese día acude desesperado a la Caja de la Sociedad de Autores sin saber que la liquidación del mes arrojaba una cantidad de 510 pesetas a su favor. Una grata sorpresa. Es un dinero que le va a permitir emprender la nueva singladura.

“510 pesetas imprevistas significaban”, escribiría Jardiel, “apretándose todo lo apretable, otro mes de vida o quizá mes y medio. En ese tiempo podían ocurrir muchas cosas. Una de las cosas que podían ocurrir era que yo dispusiese de una semana de tranquilidad económica y mental para escribir una comedia. (...) Por la tarde cogí un paquete de cuartillas y escribí: Acto primero. Nacía Una noche de primavera sin sueño.”

Tras el éxito de Una noche de primavera sin sueño, el camino estaba trazado. Jardiel tenía crédito. Y, ahora ¿qué escribir? El autor sabe lo que hay que hacer para tener éxito: “Todo consiste en hacer una comedia verosímil, rabiosamente verosímil, en la que hasta el menor incidente esté sujeto a lo que la gente llama lógica, y en la que se digan cosas cuyo comentario pueda ser: “¡Qué verdad es eso!” Pero él no quiere un teatro verosímil, lo que quiere es un teatro inverosímil. Jardiel viene a equiparar el teatro verosímil con el que llamará “teatro asqueroso”. Pero antes de llegar a su teatro inverosímil tendrá que hacer algunos sacrificios...

Su siguiente obra, Margarita, Armando y su padre (1931) es un éxito. Mas Jardiel Poncela, con treinta curtidos años, era consciente del terreno que pisaba. Lorca había estrenado el año anterior La zapatera prodigiosa, y escribía el Perlimplín y Así que pasen cinco años. Poncela no se engañaba al pensar en el éxito de “Margarita”: “Te has propuesto hacer una cosa”, se decía, “y la has hecho. ¡Muy bien! Pero no te pongas tonto, porque Margarita, Armando y su padre se basa en una idea feliz e ingeniosa (...); pero no es la comedia magnífica que han dicho los críticos, y tú los sabes”.
Por esas fechas, mientras Federico García Lorca irá a Nueva York, en 1929, Enrique Jardiel Poncela irá a Hollywood, en 1932. Los dos se dejan impregnar por los aires del nuevo continente. Para Jardiel, el cinematógrafo será un arte seductor, pero contra el que hay combatir: “El cine, tal como se produce en España -e incluso en Hollywood- es el microbio más nocivo que puede encontrar en su camino un escritor verdadero”. Jardiel, desentendiéndose del cine, apuesta de nuevo por la escena. “Me decidí por el teatro”, dejó escrito.

Y el arte teatral de Jardiel se va perfilando más y más, junto a maestros como Martínez Sierra, su gran admirador, que también lo fue de Valle-Inclán y García Lorca. Por la línea del teatro paródico, que habían practicado desde el propio Don Ramón hasta Muñoz Seca, se planteó Angelina o el honor de un brigadier (Un drama en 1880) (1934). “Angelina” es relevante porque será la primera de las que el autor considere “comedias sin corazón”, su canon.
Jardiel logró imponer su signo. Es aquella inverosimilitud, enfrentada a la verosimilitud. Una inverosimilitud que Jardiel calificaría como fantástica. Inverosimilitud fantástica que Jardiel mismo explica a propósito de una de sus más curiosas comedias, El pañuelo de la dama errante (1945): “Es la fantasía, es la imaginación, es la inverosimilitud del tema, de los tipos, de las citaciones y del desarrollo técnico, la esencial virtud de El pañuelo de la dama errante, el sustancial mérito que como a algunas otras de mis comedias, no sólo la incluye de lleno y por derecho propio en la áurea esfera del arte, sino que la coloca a cien codos sobre la producción teatral española corriente, rasante toda ella con la vulgaridad más mediocre”. Estas y parecidas opiniones de Jardiel no sentaban nada bien en el ámbito teatral español. Tras el “crack” que le supuso el viaje con su propia compañía a Buenos Aires y Montevideo en el 44, acosado allí por el exilio antifranquista, el fracaso profesional, el hundimiento económico y una ruptura sentimental, Jardiel va a quedar herido de muerte. Y su teatro, aunque vivo, cuestionado. Todavía hoy, cuando sus más fieles seguidores -Pérez Puig y Recatero, de forma ininterrumpida- han conseguido mantener encendida la llama de su memoria, no deja de surgir la polémica en cada uno de sus estrenos.

Frente al “teatro asqueroso”, Jardiel se impuso la radicalización de su sistema, proponiendo la comedia sin corazón. La comedia sin corazón es la comedia sin sentimiento y sin dramatismo. La comedia sin apelación epidérmica. La comedia con expresión, en un eterno pacto con el espectador inteligente. El pañuelo de la dama errante es una de esas comedias. Pero hay más, y el escritor las subraya: “Las comedias de mi lista que, además de ésta [El pañuelo de la dama errante], di yo en llamar sustancialmente comedias sin corazón, son las siguientes: Los ladrones somos gente honrada (1941), Madre (El drama padre) (1941), Angelina, o el honor de un brigadier, Los habitantes de la casa deshabitada (1942) y Las siete vidas del gato (1943). Todas ellas construidas bajo disciplinas artísticas exasperadamente cómicas, igual que las restantes, se diferencian de ellas -y de aquí la razón de que las denomine con el apelativo sin corazón- en que en su entraña no fluye, como en las otras, ninguna corriente sentimental que fertilice su estructura, ni se hallan apoyadas, como lo están las otras también, en ningún cimiento psicológico, pasional, metafísico o filosófico que les preste su solidez y justificación vitales.” Jardiel, polémico siempre, es, sin lugar a dudas, punto de referencia para nuestro teatro español. ¿Ahora, también? Tal vez. Frente a un mimetismo reduccionista, justificado muy racionalmente, que hace de los chicas y chicas del “Gran Hermano” destacados protagonistas de nuestra convivencia, no vendría mal que nos fijásemos en la irracionalidad escénica de Jardiel. Nadie puede afirmar que detrás de la irracionalidad, y tal como van las cosas, no esté la más vigorosa de las realidades.

***
El error... ...de morirse

Por José MONLEÓN

La vida de Jardiel, nacido en Madrid el 15 de octubre de 1901, y fallecido, también en Madrid, el 18 de febrero de 1952, es una historia, de luces y sombras, tremenda. A los 18 años ya publicaba artículos y cuentos en “El Imparcial” y “La Nueva Humanidad”, novelas cortas en “La Correspondencia de España”, y estrenaba su primera obra, El príncipe Raudhick, escrita con quien fue su reiterado colaborador durante una etapa, Serafín Adame. En el 23, es decir, con 22 años, estrenaba en México, Mi prima Dolly, escrita también con Adame, contando con la Compañía de María Tubau. En el 27, estrenaba en el Lara de Madrid, su primera obra importante, Una noche de primavera sin sueño, con un reparto deslumbrante. En el 29, lanzaba su primera y celebrada novela Amor se escribe sin hache.

En el 32, tras publicar la novela La tournée de Dios, primer viaje a Hollywood, en cuyos estudios trabajó durante algún tiempo en los diálogos españoles de varias películas. En el 33 estuvo en París escribiendo divertidos comentarios para los llamados “Celuloides rancios”, viejas películas mudas que intentaban rescatar así su comercialidad. En el 34, nueva etapa de trabajo en los estudios de Hollywood. Y en el 36, poco antes de iniciarse nuestra guerra civil, estreno de Cuatro corazones con freno y marcha atrás, en el Infanta Isabel de Madrid, con el título, impuesto por el empresario, de Morirse es un error, repuesta con su verdadero título en plena guerra civil, cuando lo de morirse estaba a la orden del día y lo de atribuirlo a un error pareció una falta de respeto. Integración durante la guerra civil en el grupo de autores que, a través de diversas peripecias, consiguieron reunirse en el San Sebastián de los nacionales en torno al empresario Arturo Serrano.

Estrenos triunfales, con un título fundamental, Eloísa está debajo de un almendro, el 24 de mayo, de 1940, en el Reina Victoria de Madrid, por su Compañía Titular... Y, a partir de entonces, siendo un autor que había manifestado su adhesión al régimen vencedor, uno de nuestros pocos escritores “cosmopolitas”, según probaban no sólo sus estancias en Hollywood y París, sino el estilo mismo de su literatura y de sus invenciones, la seguridad en sí mismo, comienza un periodo cada vez más difícil, que acabará sustituyendo el habitual éxito de sus estrenos por los pateos estruendosos, la actitud de la crítica por un ensañamiento, del que sólo Marquerie, fiel a Jardiel en todo instante, se abstuvo. Enfermo, prácticamente abandonado por todos, significativamente, sólo algunos jóvenes hablaban de él con inusitado respeto.

De los pequeños y generalmente inacabados poemas escritos por Jardiel para consuelo de sus días oscuros, a modo de diario, reproduzco el fragmento de uno de ellos: “En estas condiciones, sintiéndome tan triste/ como un perro olvidado por el Dios de los canes,/ siendo el centro de toda la amargura que existe,/ voy escribiendo, poco y yo sé con que afanes,/ lo que luego al leerse tiene que tener chiste/ y lo que he de acabar, tenga o no tenga gana,/ antes de que amanezca la siguiente mañana;/ pues no acabar de hacerlo del todo significa/ el que ya no cobre a las doce la chica/ y el no poder hacer la compra cotidiana”.

En su medio siglo de vida, cruzada por dos guerras mundiales y una guerra civil, nuestro Jardiel tuvo tiempo para todo: para ser un joven brillante, para alcanzar el éxito y trabajar en París y en la entonces dorada ciudad del sueño americano, publicar novelas, estrenar cuanto escribía, multiplicar entrevistas y artículos, teorizar sobre su obra y conocer la amargura de verse abandonado por un público, es decir, por un sector de la sociedad española, para el que había vivido. De Un marido de ida y vuelta, el crítico de “El Correo Catalán”, escribió: “Jardiel Poncela ha creado un tipo de humorismo de una vulgaridad y de un cinismo aterradores. La obra que hoy nos ocupa reúne todos los defectos de sus obras anteriores, agrandados por un complejo de inferioridad y por una despreocupación ante normas y principios merecedores de respeto, que llegan a indignar al público. Creemos a Jardiel Poncela totalmente infortunado en esta estultez en hora mala estrenada.

Formalmente, podemos decir que no gustó y prueba de ello la dio el público tolerando con su benevolencia las bromas cuya seriedad no es para ser tratada con tan poca consideración y en el tono burlesco, a veces bajuno, que tristemente presenciamos. Realmente, sería un dolor que en los momentos actuales siguiese el teatro por los derroteros que le señala la obra de este escritor decadente. Creemos que por imperativo de decencia y hasta de moralidad patriótica, cuando no por razones de mayor arraigo en nuestro espíritu, se hace necesaria una depuración en nuestra escena y una labor de vigilancia o de control en los estrenos para salvaguardar los valores espirituales tan vergonzosamente atacados en este engendro cómico-burlesco de la peor especie literaria y artística”.

El estreno de Un marido de ida y vuelta tuvo lugar en el 39, en el Infanta Isabel de Madrid. Vivíamos en un furibundo fundamentalismo. A Jardiel le esperaban aún varios éxitos, gracias a un público que aún no compartía el fervor del iluminado crítico barcelonés. Pero con el tiempo, en la medida que fue acentuando su pasión por lo “Inverosímil”, que rechazó el chiste fácil o la manipulación sentimental de nuestro teatro al uso -al que calificó de “teatro asqueroso”-, el espíritu guerrero de su crítico del 39 se fue apoderando de los públicos españoles. Cuando murió Jardiel, aún no habían llegado los turistas ni había hecho mella en nuestras costumbres el desarrollo económico. Torrente Ballester escribió: “Yo, señores, he sido testigo de los furiosos pateos con que algún estreno de Jardiel fue recibido. Parecía como si el público quisiera resarcirse de los aplausos que no había tenido más remedio que otorgar en otras ocasiones. Eran pateos vengativos, esos pateos tan conocidos por los artistas, esos pateos con los que, a la primera ocasión, se les castiga por tener talento. Como a los toreros por tener valor. Pues bien: pateos como aquéllos llevaron a la muerte al gran Jardiel, que se murió de pena por haber fracasado”.

Cuando llegó el teatro de Ionesco, algunos hablaron de Jardiel, como otros hablaron de Tres sombreros de copa, de Mihura. Creo que, aparte de la común negación de la fotografía retocada y superficial de la vida cotidiana, son teatros muy distintos. Ionesco parte de una percepción del absurdo de la existencia. Es un autor trágico, en tanto que expresa la incoherencia de los comportamientos; independientemente de que esta incoherencia pueda resultar cómica. El caso de Jardiel no es ése. En Jardiel existe una huida de la realidad, de todo intento de mostrar la verosimilitud en su tratamiento escénico.

Si inicialmente esta actitud pudo responder a una opción formal, no hay duda de que la desesperación con que la mantuvo y acrecentó, hasta enfrentarse con la sociedad conservadora de su tiempo -que es la que pagaba y sostenía el teatro-, sin hacer el menor esfuerzo por volver a ganarse su respeto, se debe a su choque con el curso de una historia cruel y amordazada que debió parecerle finalmente, por utilizar su propio adjetivo, asquerosa. En el Preámbulo de Blanca por dentro y rosa por fuera, llega a afirmar: “Lo cómico es lo humorístico español en sus dos únicas corrientes nacionales, castellana (Cervantes, Quevedo y Larra) y riojano-aragonesa (Gracián y Goya)”.¡Qué lejos estuvo Jardiel de la pretensión del juguete cómico! La cita de Cervantes, Quevedo, Larra, Gracián y Goya es una confesión de su propósito, de su confrontación con una sociedad y una época que nunca le gustaron, y frente a las que acabó pronunciándose con tal radicalidad que no le valió el camino, supuestamente neutro, del teatro cómico.

***
Cronología

1901. Nace el 15 de octubre en Madrid, hijo de Enrique Jardiel y Marcelina Poncela.
1919. Debuta en la escena con su obra El príncipe Raudhick. Publica artículos y cuentos en “El Imparcial” y “La nueva humanidad” y varias novelas cortas en “La correspondencia de España”.
1921-23. Trabaja como redactor en“La acción”. Colabora con Serafín Adame en La banda de Saboya. Escribe la novela El plano astral. Estrena en México Mi prima Dolly.
1924-26 Estrena ¡Achanta, que te conviene!, La hoguera junto a Serafín Adame, ¡Te he guiñado un ojo!, La noche del metro, ¡Qué Colón!, Fernando, El Santo, El truco de Wenceslao y Se alquila un cuarto.
1927 -29. Gran puesta de largo para el autor con el sonado estreno de Una noche de primavera sin sueño, en el teatro Lara de Madrid. Adapta para el cine el guión de Es mi hombre. Publica su primer libro, Pirulís de La Habana. Su novela Amor se escribe sin hache es muy bien recibida.
1930-31. Escribe dos novelas más: ¡Espérame en Siberia, vida mía! ,y Pero ¿hubo alguna vez once mil vírgenes? Estrena El cadáver del señor García, que no obtuvo el éxito que se esperaba. Vuelve a hacer otra incursión en el cine con Se ha fugado un preso. En teatro estrena Margarita, Armando y su padre.
1932-1933. Jardiel pasa una temporada en Hollywood como guionista. Se estrena Usted tiene ojos de mujer fatal. Publica La tourneé de Dios.
1934-37. Vuelve a Hollywood. En España se estrena Angelina o el honor de un brigadier. Un drama de 1880, Las cinco advertencias de Satanás, Un adulterio decente y Cuatro corazones con freno y marcha atrás.
1938-39. Jardiel forma un grupo de autores con artistas como Mihura o Calvo Sotelo en San Sebastián. Se estrena la opereta Carlo Monte en Montecarlo.
1940-41. El 24 de mayo, en plena Segunda Guerra Mundial se estrena Eloísa está debajo de un almendro con un jovencísimo Fernando Fernán-Gómez. También se estrena ese año El amor sólo dura 2.000 metros. Un año más tarde se presenta los montajes Los ladrones somos gente honrada y Madre (el drama padre).
1942-44. Estrena obras como Es peligroso asomarse al exterior, Blanca por fuera y rosa por dentro, Las siete vidas del gato y A las seis, en la esquina del bulevar.
1945-47. Estrena El pañuelo de la dama errante, El amor del gato y del perro, Tu y yo somos tres. Con Agua, aceite y gasolina y El sexo débil ha hecho gimnasia, sus obras empiezan a tener una fría recepción.
1948-51. Estreno de Los tigres escondidos en la alcoba.
1952. El dieciocho de febrero, muere Jardiel en Madrid.

***
Un largo purgatorio

Pleuresía, alhajas por 4.100 pesetas, alcaldes que no responden y subvenciones que nunca llegan son algunos de los asuntos que preocupaban a Jardiel Poncela entre 1948 y 1950. El Cultural ha seleccionado dos cartas inéditas dirigidas al escritor Miguel Martín y publica un texto en el que solicita ayuda oficial para crear una compañía de teatro.

Jardiel irrumpe en la escena española en aquel mítico año 27, que dará su nombre a toda una generación. Y lo hace con su co­media Una noche de primavera sin sueño. En el te­atro Lara de Madrid. Desde esa primera noche de éxito hasta su patético y trágico desenlace en 1952, envuelto en la bandera española, nues­tro dramaturgo conoció mucha miel y mucha hiel.

El autor de Eloísa está debajo de un almendro llega a la escena para "incorporar la fantasía y la inverosimilitud (...) y renovar la risa", como él mismo dijo en 1944. En realidad lo que pre­tendía era cambiar las viejas estructuras sobre las que se sustentaba el denostado teatro cómico es­pañol, cargado de tópicos y clichés, e imponer su concepción del teatro como un mundo irreal, opuesto al realismo de lo cotidiano.

El teatro español del primer tercio del siglo XX hasta la Guerra Civil podría dividirse en dos gran­des bloques: por un lado, la comedia burguesa y alta comedia, géneros absolutamente triunfantes en la cartelera de entonces, junto al teatro en ver­so de corte neorromántico y un género cómico de carácter costumbrista; por otro, un teatro con es­píritu innovador, en el que se embarcarán los escritores de las generaciones del 98 y del 27 que cultiven el género dramático, como Valle-In­clán y García Lorca. Y en esta línea innovadora re­ferida al teatro de humor es donde hay que si­tuar la figura y la obra de Jardiel Poncela.

Éste es el panorama que pretende cambiar Jardiel en su intento de "arrumbar y desterrar de los escenarios de España la vieja risa tonta de ayer, sustituyéndola por una risa de hoyen que la vejez fuera adolescencia y la tontería sagaci­dad". Tarea harto difícil, que en tiempos del au­tor se saldó intermitentemente con éxitos apa­bullantes junto a rotundos fracasos, por lo que al público se refiere, con una casi unánime opo­sición de la crítica, que en aquel entonces no supo o no quiso entender la valiosa aportación que realizaba Jardiel a la historia del teatro de hu­mor español. El desencuentro de Jardiel con la crítica llegó a adquirir los tintes de una verdadera tortura para el autor; de ella se defendió con ahínco, de palabra y de obra. A los críticos les de­ dicó en los prólogos de sus comedias envene­nados dardos, irónicas invectivas e insultos di­rectos que no podían sino agrandar la distancia que les separaba. Baste un ejemplo del prólo­go de Madre (el drama padre): "A veces, los crí­ticos me han juzgado injustamente tachando de mala mi producción, pero también yo, en el prin­cipio de mi carrera, les juzgué injustamente suponiéndoles inteligencia".

Escribe Miguel Martín en su libro El hom­bre que mató a Jardiel Poncela: "No se recuerda una lucha tan larga y encarnizada entre un autor y toda su crítica en la lite­ratura universal". Jardiel no midió sus fuerzas, y lo que posiblemente empezó como una pirueta de joven rebelde acabó en tragedia. Ni remo­tamente podía imaginarse las consecuencias que le traería. Y la crítica contaminó al público, has­ta convertir sus estrenos en una batalla cam­pal. Salvando toda la distancia entre la Inglate­rra victoriana y la España franquista, me recuerda Jardiel a Wilde, empujado a la cárcel y a la muerte por la misma sociedad puritana que le ensalzó. Jardiel en sus peores momentos llegó a afirmar que "España es el triunfo de la mediocridad". La España civil y la oficial le die­ron la espalda. Los teatros oficiales también. Y él, contradictorio, se abrazó a la bandera.

Largo fue el purgatorio que tuvo que pade­cer. Y sólo mucho tiempo después se ha alabado la creación de un teatro de humor diferente, tan disparatado como poético, que de algún modo significa un precedente para obras como Tres sombreros de copa, que Miguel Mihura es­cribió en 1932. El teatro de Jardiel, en contra de ciertas afirmaciones de algunos intelectuales, no es un teatro de evasión o escapismo. La hui­da que propone es interna. Se encamina a la li­bertad plena del hombre que está harto de la re­alidad ramplona y vulgar que le rodea. Humor inteligente para tiempos de crisis. También co­metió fallos -quién no los comete-; textos que, como dijo Marqueríe (curiosamente el único crí­tico que lo defendió), `incurrían en excesos: rei­teraciones abusivas (...), desconcertantes cam­bios de género, explicaciones y justificaciones demasiado minuciosas (...) confusión y descon­cierto". Pero todos estos errores, aplicables a tres o cuatro obras, no pueden empañar una pro­ducción tan brillante y llena de aciertos.

Leer mas :

1. Jardiel o el arte de la risa
2. Cien años de teatro
3. El error... ...de morirse
4. Seducir en Hollywood
5. Oda a la mujer cúbica
6, Cartas, subvenciones y fugas
7. Un largo purgatorio

Articulo :
http://www.elcultural.es 03/07/2010

Juan ÍÑIGO IBÁÑEZ∕Violeta PARRA: cabeza de pájaros azules

Violeta PARRA: cabeza de pájaros azules Por Juan ÍÑIGO IBÁÑEZ 2017 marca el centenario de la cantautora de “Gracias a la vida” y ta...