samedi 3 juillet 2010

Pedro Pablo GUERRERO/ CARVER antes de la poda del editor Gordon LISH


Reportaje "Principiantes", su libro restaurado
Carver antes de la poda del editor Gordon Lish
Por Pedro Pablo Guerrero

Publicada por Anagrama, Principiantes recupera la versión original de la colección de relatos De qué hablamos cuando hablamos de amor (1981), que el escritor norteamericano le entregó a su amigo Gordon Lish, un editor que sigue en el centro de la polémica por su implacable criterio a la hora de acortar los relatos, cambiar títulos y eliminar circunstancias de la narración.

En su edición de 1981, el volumen de cuentos De qué hablamos cuando hablamos de amor tenía 103 páginas. Los mismos diecisiete relatos en la versión "recuperada" ocupan 202 y tienen un título distinto: Principiantes . Cuando se rumoreaba hace décadas que Gordon Lish había intervenido el manuscrito de Carver, pocos sospecharon que "Captain Fiction", como es llamado en Estados Unidos, tachó páginas completas, reduciendo hasta en un 78% la extensión de los relatos (hay mediciones). No sólo eso. Rebautizó diez cuentos y cambió los finales de catorce.

En su nueva existencia post Lish, los personajes hablan menos y sus vidas mínimas quedan aún más reducidas. La reputación minimalista que Raymond Carver siempre rechazó -ahora sabemos por qué- queda en tela de juicio con la restauración del primer texto.

Muchos lectores de Raymond Carver se preguntan si se puede hablar todavía del mismo libro. De hecho, fue uno de los puntos considerados por la editorial Alfred A. Knopf para negarse a autorizar la publicación de los originales. Pero no hay quien pueda detener a la viuda de un escritor cuando se propone algo. Tess Gallagher, la segunda esposa de Carver, contrató al agente literario Andrew Wylie. Gracias a los buenos oficios de El Chacal, la versión "primigenia" de los relatos vio la luz en el sello Library of America, al cuidado de los investigadores William L. Stull y Maureen P. Carroll, de la Universidad de Hartford, Connecticut.

Con devoción arqueológica, Stull y Carroll transcribieron y cotejaron durante años el original mecanografiado que Carver entregó a Lish en la primavera de 1980. El texto con las revisiones del editor se conserva en la Lilly Library de la Universidad de Indiana. Lo vendió el propio Lish junto a las cartas que guardaba de su amigo. En una de ellas Carver, abstemio desde 1977, le advierte sobre De qué hablamos cuando hablamos de amor : "Estoy asustado, sumamente asustado. Siento que si el libro llega a ser publicado de esta forma, como fue editado, nunca voy a poder escribir otra historia (...). Sospecho que algunos de estos cuentos son la manera de recuperar mi salud y bienestar mental".

Ya sabemos que Lish logró imponerse a las aprensiones de su cliente y amigo, pero la relación entre ambos quedó resentida. Carver se negó a que corrigiera su tercer libro, Catedral (1983), pues no estuvo dispuesto a soportar de nuevo esa clase de "amputación quirúrgica y transplante", como la llamó.


¿Gana o pierde el libro?

Por años, el trabajo de Lish ha dividido a escritores y críticos. Después de leer Principiantes , Philip Roth consideró que la obra había sido "terriblemente mutilada". Su protesta fue categórica: "Si alguna vez hubo una pieza literaria que nunca requirió enmienda alguna, es ésta (...). Los lectores podrán ver cuán emocionalmente rico y lleno de talento artístico es este relato que tiene en sus manos".

Alessandro Baricco, quien viajó hasta Indiana para examinar los originales y que nadie le contara cuentos, quedó asombrado con el ojo editorial de Captain Fiction: "Trabajaba fino Gordon Lish. Un tipo talentoso, nada que decir". Sin embargo, después de comparar minuciosamente el relato "Diles a las mujeres que nos vamos" con su primera versión -explícita, incluso gore -, el escritor italiano descubre en Carver un narrador fascinante, capaz no sólo de rescatar a los "malos" y ponerse en el lugar de personajes negativos, sino también de contrastar el sufrimiento de las víctimas con el dolor de los verdugos. "¿No sería un grande, si fuera así?", se pregunta Baricco.

En el país de Carver, sin embargo, críticos más atentos a las cualidades formales que éticas del libro se han mostrado severos. En "Los dos Carver", un reciente artículo publicado en The New York Review of Books, Giles Harvey condena los rasgos melodramáticos del original carveriano (diálogos dignos de soap opera ) y cierta tendencia a la verborrea en los personajes. Pero, sobre todo, Harvey cuestiona el derecho de los editores a exhumar todos los relatos de Principiantes . En favor de su empresa de rescate, Stull y Carroll recuerdan que Carver incluyó en su último libro de ficción -Si me necesitas, llámame (1988, póstumo)- tres versiones distintas de las que publicó Lish en De qué hablamos... (1981). Harvey admite este hecho, pero de inmediato pone el dedo en la llaga al preguntarse por qué en ese mismo volumen Carver decidió reeditar otros ocho relatos tal como los había dejado Lish.

"El mayor problema con la decisión de publicar Principiantes es que el libro no es muy bueno", dispara Harvey a quemarropa para luego rematar su crítica con una lápida: "La publicación no le hace a Carver ningún favor. Más bien pone de relieve inadvertidamente el genio editorial de Gordon Lish".


La simbiosis autor-editor


En Chile, un entusiasta de Carver, el escritor y conductor de talleres literarios Luis López-Aliaga, dice que el caso Carver-Lish ha provocado entre sus alumnos una "desilusión cósmica".

Él mismo, sin embargo, piensa distinto. "Yo estoy en absoluto desacuerdo con esta especie de funa que se ha armado contra Gordon Lish. Es una trampa. Se construye la imagen de un monstruo salvaje que impuso ciertos criterios sobre el autor puro e inocente. Ninguna relación editor-autor es tan así. No son enemigos. Con mis talleristas trato de romper esta mitología del genio puro y espontáneo que en el primer impulso de su naturaleza escribe la obra como tiene que ser. La mirada del autor se construye, es un trabajo".

Una tarea compartida que impide atribuir a Lish más méritos de los que tiene. El principal de ellos, por cierto, advertir las potencialidades que había en cada uno de los relatos que integraban De qué hablamos... Se puede decir que Lish tuvo la astucia de ver los dos caminos que había en la prosa de Carver: uno manifestaba los sentimientos abiertamente; el otro los escondía bajo una capa de hielo. Simplemente , escogió el menos transitado.

Kristina Cordero, directora del Diplomado en Edición y Publicaciones de la Universidad Católica, valora el trabajo en compañía. "Carver -afirma la académica- escribió más textos del mismo estilo sin Lish entre medio, lo cual sugiere algo que como editora y traductora siempre he sentido: el escritor que tiene una relación continua con un mismo editor acaba viviendo una especie de simbiosis. Hay un proceso de aprendizaje por los dos lados, lo que no se corresponde mucho con la idea de una autoría autónoma o absoluta".

Después de la batalla todos son generales. O capitanes, en este caso. "Es fácil mirar sólo los textos y escandalizarse por las supuestas libertades tomadas por Lish -asegura Kristina Cordero-. Hay que recordar que, por razones que nunca comprenderemos del todo (personalidad sensible, dependencia psicológica, inseguridad, admiración, respeto), Carver aprobó esta publicación y eso debería ser considerado tanto como los reclamos post mortem . La idea del escritor 'abusado' por el editor simplifica una relación muy compleja".

Sobre todo tratándose de un profesional del editing como Gordon Lish, que a los 76 años ostenta la fama de haber sido editor de Esquire y de narradores de la talla de Richard Ford, Cynthia Ozick y Harold Brodkey. Activo entrenador literario que cobra hasta 1.500 dólares por un taller de diez sesiones. Amado y odiado por las mismas razones: aplicar las tijeras sin piedad hasta convertir una novela en cuento y un cuento en poema. Un hombre de letras que conoce los dos lados del escritorio. Autor de la novela Perú (1986; Periférica, 2009), que nada tiene de minimalista, y de una reciente compilación de narraciones saludada por su agradecido ex alumno Don DeLillo como una de las ficciones norteamericanas más fascinantes de los últimos diez años.

"Famoso por las razones equivocadas", como dice también DeLillo, Gordon Lish es una leyenda viviente que él mismo ha alimentado, al sugerir que las restricciones impuestas a las dos primeras colecciones de relatos de Raymond Carver fueron necesarias para disimular las limitaciones de su escritura. Así lo revela una carta de Lish en la que explica a Carver las correcciones propuestas a uno de los cuentos que aparecería en Catedral: "Hacer menos que esto sería, a mi juicio, arriesgarte demasiado".

Escritor fantasma, mago, hipnotizador. La prensa no se ha ahorrado epítetos con Lish. Y algo de cierto parece haber en esta fama de encantador de serpientes. Jaime Collyer lo conoció en 1996. Coincidieron en Harbourfront Readings, un festival de lecturas que llena los teatros de Toronto. Lish estaba en el público cuando le tocó el turno a Collyer, quien leyó un par de cuentos de Gente al acecho en la traducción norteamericana. Al terminar, el editor se le acercó. "Era un individuo muy vital, aunque debe haber estado por entonces en los 60; muy sarcástico con sus colegas y un seductor apreciable. Me pareció un tipo de una sagacidad sin medida", recuerda Collyer.

No hablaron de Carver. El chileno ignoraba entonces que había sido su amigo y editor. "Al cabo de los años -dice Collyer-, cuando saltó la polémica y tras haberlo conocido, me queda la sensación de que ha de haber sido un editor magnífico, de los que entran de lleno en un texto y lo expurgan de las idioteces que suelen cometer los propios autores. Harvey sugiere ahora que las versiones sintetizadas de Lish eran mejores que las verborreicas de Carver. Tiendo a creerlo: los alcohólicos son un mito habitual en la escritura, pero no andan bien sin un buen editor que ponga atajo al delirium tremens en letra manuscrita".


Los motivos de Lish

Más allá de razones formales, de estilo, ¿eran realmente necesarias todas las correcciones de Lish al segundo libro de Carver?

Kristina Cordero no lo cree, pero se muestra ecuánime. "Al leer en el New Yorker el cuento 'Beginners' vi todo tipo de cambios: algunos que me parecieron absurdos (por ejemplo, el nombre de uno de los protagonistas) o irrelevantes. También había cambios que sí llamaría excesivos, y otros con los que estuve de acuerdo".

Es cierto que ganaron en efectividad dramática todos los cuentos a los que Lish les cambió el final, pero despiertan sospechas otras modificaciones. ¿Por qué Lish omite que una familia sentada en la sala de espera de un hospital era de raza negra? ¿Por qué elimina la palabra hippie que utiliza un personaje de Principiantes para referirse a su esposa? ¿Por qué en el mismo relato descarta las páginas en que ella confiesa un aborto?

Henry James decía que, en el arte, economía es belleza. Cierto. Sobre todo en el cuento. ¿Pero es solamente en pro de la economía narrativa que Lish suprime tantas circunstancias? No es descabellado suponer que Lish ajusta los relatos de Carver al trasfondo cultural de los años ochenta, con la era Reagan en su apogeo.

Seguramente sin esta revisión profunda, los relatos, no sólo por cuestiones de técnica literaria, hubieran corrido otra suerte y nadie estaría hoy hablando de Carver ni de Lish. El principal valor que tiene la edición de Principiantes es restituir simbolismos y alusiones que el corte final del editor sacrificó para proteger a Carver. Detalles que hablan de una época y del pasado tormentoso de un hombre que aprendió a cuidarse por sus propios medios.

No hay dos Carver, como pretenden Giles Harvey y otros críticos. Sólo ha pasado el tiempo. Palabras más, palabras menos, Carver sigue siendo el mismo. El resto es silencio.

Articulo :
http://diario.elmercurio.com 27/06/2010

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