samedi 3 juillet 2010

Paloma LLANEZA/ El sol teñido de rojo


REPORTAJE:

El sol teñido de rojo

Por Paloma LLANEZA

En la literatura japonesa, tanto la antigua como la actual, parece vislumbrarse con frecuencia el horizonte de una muerte trágica. Varias ediciones recientes de autores de ese país rescatan obras de autores como Mishima, Abe o Kobayashi y revelan los extraños mundos de otros

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Las pequeñas y medianas editoriales se han embarcado en la tarea de traducir con calidad rarezas de la literatura japonesa que no habrían encontrado eco en otras editoriales más dedicadas a los Murakami de rigor. Obras nunca antes traducidas como Los años verdes, de Mishima (Cátedra, 2009), conviven en las librerías con conversaciones kafkianas entre marcianos o revueltas sociales en el interior de un pesquero de cangrejos.


Se pueden decir, y se dicen, muchas cosas de Kanikosen El Pesquero, de Takiji Kobayashi (Ático de los Libros, 2010). Unos hablan de su tono social y de protesta, con su tanto de llamadas a las barricadas y su mucho de descripción hiperrealista de las lamentables condiciones de vida y trabajo de los pobladores de un barco-fábrica de conservas en los límites de la costa rusa de Kamchatka. Otros destacan el fenómeno editorial que ha supuesto el éxito de la reedición de una obra publicada en 1929 entre una juventud posrobótica lectora de novelas en los móviles. Todos coinciden en el fin trágico de su autor, detenido, torturado y muerto a consecuencia de la paliza propinada por la policía debido a su afiliación al partido comunista. Si cualquiera de estas cuestiones constituiría suficiente atractivo para animar a su lectura, Kanikosen es además una rareza en el panorama editorial, y no tanto por su calidad literaria, que no le falta, sino porque constituye una de las pocas oportunidades que vamos a tener de ver traducida a una lengua comprensible una obra de literatura social o de protesta escrita por un japonés. Desde la mera perspectiva de una sociedad que ha mantenido, no sin muchas incongruencias, una estructura cuasifeudal, en donde se protesta poco y se acata mucho, resulta sorprendente pasar de los sakura en flor a una revuelta obrera en un pesquero. Libro, pues, de lectura ágil, fuerte en las descripciones y pobre en los diálogos, que pierde brío con un final un tanto pueril y panfletario.


Y si de rarezas se trata, Idéntico al ser humano, de Kobo Abe (Candaya, 2010) -en su momento, también miembro del minoritario Partido Comunista Japonés-, constituye otra obra que sorprende por lo mucho que se distancia de la tradición literaria japonesa. Abe, lejos de ser un imitador del estilo occidental, pasa a ser un escritor universal que se lee con igual interés que olvido de su nacionalidad. En Idéntico... vuelve a la novela del absurdo que ya practicase en la Mujer de arena (Siruela, 1989), pero esta vez a través de un presentador radiofónico del programa humorístico Hola, marciano quien, mientras espera nervioso la cancelación de su programa a causa de la evidencia científica de la inexistencia de vida en Marte, recibe la visita de un orate que manifiesta ser un marciano, eso sí, idéntico al ser humano. Sin duda, los que le comparan con Kafka o Beckett no se equivocan: el final de esta obra no nos puede recordar más a El proceso.


En la línea de identidad-ser humano-rareza, Osama Dazai narra en Indigno de ser humano (Sajalín, 2010) la vida desgraciada de Yozo, joven estudiante de provincias que se dedica de modo sistemático e incomprensible a destrozarse a base de bebida, morfina y shinju, suicidio ritual este que consiste en anudar el cuerpo con el de la amada y tirarse a una superficie de agua con la suficiente profundidad para no sobrevivir al intento. Los paralelismos con la vida del autor son tan abrumadores que no podemos dejar de ver en el joven Yozu al propio Dazai, a su familia de provincias con posibles, sus cuatro intentos de suicidio y las adicciones a las que dedicó su vida. La obra supone una perfecta descripción de la frustración de no estar a la altura, de suspender en el contrato social (el shikkaku del título en japonés significa suspendido, no aprobado) que tantas frustraciones genera en las nuevas generaciones japonesas. Es, en definitiva, la historia de un hikikomori encerrado en el alcohol y la morfina.


Bajo la influencia no admitida de esta obra, Mishima escribió sus Confesiones de una máscara, obra previa (con Sed de amor de por medio) de Los años verdes, obra inédita en una lengua occidental, magistralmente prologada y anotada por Carlos Rubio. Sin llegar a la autobiografía, en Los años verdes Mishima, como de costumbre y a través de varios personajes, habla de sí mismo y de sus obsesiones en la más pura tradición de la "novela del yo" (watakushi shosetsu). También de nuevo saca su material de hechos reales (como ya hiciera en Kinkakuji o Después del banquete) para contarnos la ascensión y caída de Makoto, estafador profesional y trasunto de Akitsugu Yamazaki, quien, tras montar en 1949 un esquema de Ponzi-Madoff y dejar un descubierto de treinta millones de yenes, acabó suicidándose con cianuro. Todo muy moderno y aprovechado por un Mishima que de nuevo de manera brillante da rienda suelta a su yo.


Si estamos un tanto hartos de tanta complejidad y sufrimiento autoinfligido, tal vez sea el momento de volver a las japonerías de rigor y sumergirnos en la lectura de historias de samuráis valerosos y suicidas, guiados por una concepción de las relaciones de honor y vasallaje que requiere hacerse un diagrama de flujo para su comprensión. Para esto, nada mejor que Historias del antiguo Japón, de Algernon Freeman-Mitford (Erasmus Ediciones, 2009). Freeman-Mitford, barón de Redesdale, botánico, diplomático, coleccionista y escritor inglés, cayó rendido ante el exótico Japón, como su coetáneo Lafcadio Hearn, recién llegados ambos a un país obligado a abrirse al exterior. La obra no podía empezar con otra historia de más raigambre japonesa ni más sabor que la de los 47 rônins, paradigma de cómo ha de comportarse el buen japonés en el intrincado mundo de deberes que siempre, por su contradicción, le obligan a cometer seppuku. El libro, que se completa con una colección de cuentos infantiles, historias de fantasmas y sermones morales, es de lectura obligada para cualquier japonólogo que se precie.


Y si no, siempre nos quedará el desdeñoso gato meijí de Soseki (Soy un gato, Impedimenta y Trotta, 2010), obra tan divertida como imprescindible que nunca defrauda. Puro Japón en rama.

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CRÍTICA:

Una historia universal

Por Alberto MANGUEL


Kazuo Ishiguro es, sin duda, uno de los escritores más importantes de su generación, esa extraña hermandad que en Inglaterra incluye talentos tan dispares como los de Martin Amis y Ian McEwan. Desde su primera novela, Pálida luz en las colinas, publicada en 1982, hasta su último libro, la colección de cuentos musicales llamada Nocturnos, Ishiguro demuestra ser un virtuoso de la lengua inglesa, tan sutil y riguroso como su maestro, Henry James. Pero hay importantes diferencias.


James consideraba la novela como una forma más o menos elevada del chisme. Ishiguro, en cambio, parece menos interesado en la anécdota que en la construcción de un escenario en el cual sus personajes puedan explorar sus recónditos deseos y secretos temores. La sociedad inglesa (en Los restos del día) o japonesa (en Un artista del mundo flotante), el distópico paisaje de una ciudad de la Mittel-Europa (en Los inconsolables) o los reinos de la memoria en una China colonial (en Cuando fuimos huérfanos), como así también el mundo de ciencia-ficción (en Nunca me abandones), son todas construcciones más o menos arquetípicas que permiten, según sus propias reglas y leyes, los infructuosos juegos a los que Ishiguro conduce a sus criaturas.


Lo que importa en su ficción son los conflictos en los que sus personajes se encuentran, sin poder (o sin querer) resolverlos, como matemáticos investigando un problema que saben, sin duda alguna, que no tiene solución. Esa fascinación con lo irresoluble domina toda la obra de Ishiguro. Emblemático de esta obsesión es Ryder, el pianista amnésico que recorre la anónima ciudad de Los inconsolables. Sus encuentros, sus experiencias, sus caminatas sin rumbo y sin fin construyen, casi a pesar de sí mismo, algo que el lector debe aceptar como una pregunta abierta, satisfactoria por el mero hecho de haber sido planteada. No hay respuesta en Ishiguro, como no la hay en toda la literatura que llamamos verdadera.


Típicamente, los cuentos que componen Nocturnos van construyendo, uno después de otro, algo así como una trama musical en la que un cierto tema inicial, anunciado en el primer cuento, se desarrolla, se complica y se transforma en los cuentos siguientes. Algo similar puede decirse acerca de toda la obra de Ishiguro. Los silencios de los protagonistas de sus primeras novelas parecen conducir a la aparente ceguera del héroe de Los restos del día, expuesto implacablemente a las infamias que lo ciernen, ceguera que a su vez se convierte en esa ambigua inocencia o ignorancia de la que parecen sufrir los personajes de Nunca me abandones.


Leyéndolo libro tras libro, el lector entiende que hay en Ishiguro una visión que quiere ser universal, cósmica, en la que cada elemento (cada situación, cada lugar, cada personaje) presupone y anticipa a otro, y que juntos llevan implícitos una infinita totalidad. Henry James, en El arte de la ficción, definió así la literatura de la que Ishiguro es uno de los últimos herederos: "La experiencia no es nunca limitada, y nunca completa; es una inmensa sensibilidad, una suerte de tela de araña hecha de los hilos de seda más sutiles, tendida en el cuarto de la conciencia, atrapando en su red cada partícula que el aire lleva".



Articulo : http://www.elpais.com 03/07/2010

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