samedi 3 juillet 2010

Juan BONILLA/ El mercado editorial se aferra al relato



Las letras españolas viven del cuento
El mercado editorial se aferra al relato
Por Juan BONILLA

Si hace unas décadas nos hubiesen anunciado que existirían editoriales en España dedicadas únicamente al cuento, sellos que iban a descubrir nuevos narradores o a recuperar los olvidados de maestros como Carmen Laforet o Ignacio Aldecoa, muchos hubiesen negado la mayor. Hoy, sin embargo, el género vive un momento de indudable esplendor, del que da cuenta Juan Bonilla en estas páginas, y que evidencian los relatos creados para El Cultural por Pilar Adón, José María Conget y Elvira Navarro, nombres nuevos para un género inmortal.

Si te tiras en el área sin que el contrario te haya tocado, no te gritarán “¡novelista!”, ni “¡dramaturgo!”: te gritarán “¡cuentista!”. Al que vive dedicándose a nada, no se le dirá que “vive de la poesía”, ni siquiera que “vive de la columna de opinión”: se le dirá que “vive del cuento”. En fin, el que gusta de exagerar sus males no tiene “mucho ensayo”, ni “mucho poema”: tiene “mucho cuento”. Se ve que el cuento tiene primero que luchar contra el lenguaje común, para ir deshaciéndose de los tópicos que lo castigan. Uno de ellos dice que es un género menor, un buen laboratorio para novelistas. De hecho no es raro que cuando llega el verano, las revistas que publican “relatos estivales” los soliciten a novelistas conocidos que no han destacado precisamente como autores de cuentos. Es como dar por hecho que para jugar al futbolín, lo mejor es llamar a Cristiano Ronaldo. Cualquiera que haya publicado un primer libro de cuentos, se habrá enfrentado a la pregunta insidiosa -de parte de periodistas o de editores-: ¿para cuándo una novela? “Ha demostrado su buen hacer en el campo de la ficción breve, ahora falta que dé el salto a empeños más ambiciosos”, puede leerse a veces en la coda crítica con la que se rematan algunas reseñas sobre libros de cuentos, como si en este género no se pudiera ser ambicioso.

Y sin embargo, basta mirar las mesas de novedades de las librerías para tener la impresión de que el cuento vive algo así como un auge. Editoriales principales le han perdido hace tiempo el miedo a otro de los tópicos con los que se enfrenta el cuento: sus salidas comerciales son pocas.


Un lugar constante, de honor

La directora de Seix Barral, Elena Ramírez, que ha publicado libros de relatos Ignacio Martínez de Pisón o los americanos Ron Currie y Wells Tower, preguntada por el lugar que ocupan los libros de relatos en el catálogo de Seix, dice: “Un lugar constante. Quiero decir que publicamos pocos libros de relatos, porque es un genero con difícil salida, pero no dejamos de hacerlo porque la buena literatura no sabe de géneros. Hipólito G Navarro, Miranda July, Amy Hempel... El año que entra los cuentos de Lydia Davies o Kelly Lynk, junto con los de William Goyen serán un broche de honor en nuestra programación.” Uno de los grandes libros de relatos que se han publicado este año es La palabra del mudo, del peruano Julio Ramón Ribeyro: recopila todos los relatos de este maestro que durante muchos años ha pasado por autor menor, precisamente por su dedicación principal al relato breve. Otro de los grandes momentos de la temporada ha sido Dios ha muerto de Ron Currie. Curiosamente en la contraportada, Seix Barral se refiere al libro en todo momento como una novela, lo que da ocasión al cronista a ponerse picajoso y preguntar por el asunto. La editora responde: “Lo llamamos novela porque aquí no tenemos la denominación americana de ‘a novel in stories'. El cuento inicial establece una premisa, la muerte de Dios, y una ambientación y sentido unitario a todas las historias.” En cuanto a si son buenos tiempos para el relato breve, Elena Ramírez comenta: “Iba a decir que la crisis y la apuesta por el valor seguro complican la cosa, pero seamos sinceros, nunca lo han sido. Son buenos tiempos para la especialización, y hay editoriales centradas en el relato que ya son referenciales, y buenos tiempos para la sorpresa”.

Una de esas editoriales, la principal seguramente, es Páginas de Espuma, dirigida por Juan Casamayor, que preguntado acerca del espejismo de que vivimos un auge del libro de relato responde: “No se trata desde luego de un boom. Hay un crecimiento sostenido de lectores. El cuento es un género de lectores, silenciosos y cómplices, que desde luego existen, leen y compran libros. Regularmente se hacen reportajes especiales como este y se habla en términos de alza o boom del cuento. Pero no hay nada de eso. Hay detrás buen cuento, iniciativas de mucho trabajo y un contexto lector que va sumando lectores. En este género son factibles el best seller, el long seller y el funcionamiento de un buen catálogo de fondo.”

Páginas de Espuma lleva diez años “viviendo del cuento”. Por un lado antologías (temáticas y geográficas), muy alimenticias, como diría Buñuel, y por otro construyendo un catálogo que reúne autores de referencia y nuevos valores. El proyecto, basado en la vocación y en la militancia, ha conseguido cuajar y se ha consolidado lo suficiente como para exportar su idea de “vivir del cuento” a sus sedes en México y Argentina. Entre sus proyectos inmediatos brilla la publicación del nuevo libro de Medardo Fraile, Antes de un futuro imperfecto. Entre las razones por las que el cuento puede decir que pasa por una buena racha, Juan Casamayor ve las siguientes: “Una mayor sensibilidad editorial frente a la política del ‘descanso del novelista' o el libro de cuentos como cláusula de contrato de novela; mayor esfuerzo y especialización en los medios de comunicación (aún hay que oír a algún responsable de cultura que si fuera novela haría encantado la entrevista al autor de turno) y en la red comercial los libros de cuentos tienen su visibilidad (ahí está la librería Tres Rosas Amarillas, dedicada al cuento). La creación de nuevos premios es otro síntoma. El premio Internacional Ribera del Duero de Narrativa Breve, convocado recientemente en su segunda edición, está dotado nada menos que con cincuenta mil euros.” Hay otros premios destacables: el Setenil, que se concede cada año al mejor libro de relatos de la temporada, y los NH Mario Vargas Llosa, con sus tres modalidades, a mejor cuento, a mejor libro de cuentos inédito, y a mejor libro de cuentos editado.


Clásicos recuperados

No es Páginas de Espuma la única editorial dedicada casi en exclusiva al relato breve. Menoscuarto es otra de las firmas que proporciona grandes alegrías a las mesas de novedades de las librerías españolas. Acaban de sacar los cuentos reunidos de Carmen Laforet, y en su catálogo brilla la recuperación de un cuentista inevitable, de los mejores de nuestra posguerra: Daniel Sueiro. Tropo Editores es otra de esas editoriales pequeñas que se han embarcado en la aventura de apostar por el cuento -con especial atención a los primeros libros.


En los orígenes de la ficción

Pero no sólo de estas pequeñas editoriales vive el relato breve. En el catálogo de Anagrama nunca faltaron los libros de cuentos. Acaba de editar los Cuentos Completos de Roberto Bolaño, un libro de relatos de Bryce Echenique, otro del mexicano Sada y otro de Kazsuo Ishiguro, pero publicaron el primer libro de Eloy Tizón y puntualmente publican los libros de Sergi Pamiés o Quim Monzó, dos de los pocos cuentistas que, inmediatamente, colocan las ediciones originales de sus libros -publicadas por Quaderns Cremá- en las listas de más vendidos. Sus autores emblemáticos -Alvaro Pombo, Molina Foix, Pisón o Vila-Matas antes de que lo fichara Seix Barral- publican libros de cuentos sin necesidad de cambiar de sello.

También Pre-Textos dedica particular atención al relato breve. De una tacada ha sacado esta primavera cuatro libros de relatos, entre ellos uno que quien esto firma recomienda vivamente: La ciudad desplazada de J.M. Conget, un conjunto de ocho cuentos intensos, divertidos y memorables. ¿Cómo se siente en el cuento?: “Me gusta la palabra cuento que me retrotrae a los que supongo que fueron los orígenes de la ficción: los relatos orales y nocturnos, ‘las historias que cuentan las viejas alrededor de la lumbre', la fábula susurrada al niño para ayudarlo a entrar en el sueño. Independientemente de la escasa comercialidad del cuento en la industria editorial española, y de los degradados hábitos de lectura que ese poco éxito denuncia, creo que el cuento-y disculpen la pomposidad- es inmortal y uno debería sentirse orgulloso de practicar, con todas sus limitaciones, la antigua profesión de narrador, la más hermosa del mundo. Al fin y al cabo, la vida es un cuento contado por un idiota, ya lo dijo un viejo escritor y yo me lo suelo repetir sin amargura, con alegría.”


Excelente creación en marcha

Casamayor apunta a modo de resumen: “En estos momentos vivimos un momento muy bueno del género. El motivo principal es que hay una excelente creación literaria en marcha. Conviven muy buenos cuentistas de distintas generaciones, y coexisten bien. Esta convivencia en gran medida se debe a la madurez de los cuentistas nacidos en la década de los sesenta que empezaron a publicar sus libros en los noventa.. Podemos añadir a esta creación la importante irrupción en esta última década de la mujer en el cuento: las hay sorprendentes: Irene Jiménez, Carola Aikin, Nuria Labari, Mercedes Cebrián o Patricia Esteban Erlés me parecen nombres a tener en cuenta”. El cronista puede añadir otro: Pilar Adón, autora de El mes más cruel, que en menos de un mes -nada cruel- ha conseguido alcanzar la segunda edición (y en un par de semanas se imprime la tercera) y cuya autora ha sido destacada como Nuevo Talento FNAC. Son catorce relatos que hablan de relaciones interfamiliares de dominación, del concepto que tenemos de nosotros mismos, de las enormes tragedias que suponen actos aparentemente sin importancia, del afán de huída, de la búsqueda de un hogar, delicados en su forma, pero demoledores en su subtexto. El editor del libro, Enrique Redel, de Impedimenta, hace memoria: “Cuando yo empecé en este negocio solíamos referirnos a los libros de relatos con una etiqueta bastante peculiar: ‘Veneno para la taquilla'. Eso ha cambiado radicalmente. Impedimenta es un caso paradigmático. Todos mis autores españoles (Andrés Ibáñez, Méndez Ferrín y Pilar Adón) son autores de libros de relatos. Y los tres han funcionado excepcionalmente. Creo que aquellos prejuicios de los ochenta, en que el género rey era la novela, han dado paso a un panorama en que novela y libros de relatos conviven, y en el que los libros de relatos están empezando a ganar la batalla a las novelas. El relato se digiere mejor, es más intenso, más directo. La narrativa corta en general (los cortos, los comerciales, el microrrelato, los relatos para leer en las paredes del metro) conoce actualmente un predicamento sin precedentes. Creo que le hemos perdido el miedo”.

Pero ¿hay un lector fiel al género y resulta difícil aumentar su número con lectores ocasionales que sólo se acercan al género cuando un autor predilecto publica un libro de relatos? Redel lo tiene claro: “No. Contaré mi caso. Yo, hasta hace no mucho, no he sido especialmente aficionado al género, o a la modalidad. Poco a poco he ido comprobando que lo mejor que leía de los autores que más admiraba eran sus libros de relatos (Velocidad de los jardines, de Eloy Tizón; La hija de la puta, de Richard Russo; El perfume del cardamomo, de Andrés Ibáñez; o El lento aprendizaje, de Thomas Pynchon). Esto es, yo soy un lector de novela que poco a poco ha constatado que hay libros de relatos magníficos que se pueden leer sin ese prejuicio de género. Creo que actualmente el lector de narrativa es múltiple, y aunque hay muchos lectores de género breve que sólo leen relatos, la mayoría pasa de una distancia a otra sin pensarlo.”


Mejor en la corta distancia

Para terminar, nada mejor que hacerlo con el optimismo militante del editor de Impedimenta: “Creo que la salud del cuento español es excelente. El nivel de los libros de relatos es altísimo últimamente, y estoy llegando a pensar que, igual que hubo una época dorada de la novela española (que coincidió con el boom en los ochenta de autores como Rosa Montero, Juan José Millás, Javier Marías, Eduardo Mendoza, etcétera,) los dos mil parecen haber alumbrado toda una nueva generación de narradores cuyos mejores frutos los encontramos en la distancia corta: Eloy Tizón, Mercedes Cebrián, Andrés Ibáñez, Fernando Iwasaki, Pilar Adón o Andrés Neuman. El relato se cultiva cada vez más en España, hay editoriales especializadas en el género, y cada vez más editoriales generalistas apuestan fuerte por él (porque dan resultado). Me atrevo a decir que los nuevos derroteros de la creatividad literaria española, en los últimos años, van por el terreno del relato.”

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Quince que han hecho historia

Los críticos de narrativa de El Cultural hacen balance del siglo XX, una centuria con mucho cuento, y nos recomiendan, entre otros muchos, estos quince libros esenciales:

Vidas sombrías, de Pío Baroja (1900)
Jardín umbrío, de Ramón María del Valle-Inclán (1920)
La cabeza del cordero, de Francisco Ayala (1949)
Cabeza rapada, de Jesús Fernández Santos (1958)
El corazón y otros frutos amargos, de Ignacio Aldecoa (1959)
Historias de Artámila, de Ana María Matute (1961)
Gente de Madrid, de Juan García Hortelano (1967)
Sub rosa, de Juan Benet (1973).
Cuentos completos, de Carmen Martín Gaite (1978)
Largo noviembre de Madrid, de Juan Eduardo Zúñiga (1980)
Cuentos del reino secreto, de José Mª Merino (1982)
Los altillos de Brumal, de Cristina Fernández Cubas (1983)
Teniente Bravo, de Juan Marsé (1987)
Brasas de agosto, de Luis Mateo Díez (1989)
Cuentos del medio siglo, de Antonio Pereira (1999).

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Últimos relatos de Pilar Adón, José María Conget y Elvira Navarro
Las letras españolas ya viven del cuento


ESPECIES MIGRATORIAS

La señorita Ramírez nació en Tijuana. Tiene cerca de setenta años, pero sigue siendo señorita porque nunca se casó. Enseña unos dientes oscuros cuando afirma que ya no lo hará jamás: los hombres que ha conocido en su vida han sido demasiado aburridos o demasiado cobardes. Se mueve con discreción por los pasillos con poca luz. Sabe espiar por el ojo de las cerraduras. Tiene buen oído y, lo más importante, un coche que conduce su amigo, el sargento Job, que se detiene con suavidad cerca de la primera chica que atrae la atención de la señorita, y habla por ella: “Sube.” Y la chica obedece mientras la señorita repite que no quiere que nadie insulte a sus muchachas. “No se está muy bien ahí fuera”, dice. Por las tardes pasean en grupos por la carretera. Ella avanza más deprisa, sin querer ver el brillo que los faros de los coches producen en los ojos rasgados de sus chicas. Algunas se cogen de la mano y se aprietan los dedos con fuerza. Ésa es sólo una de las pruebas que la señorita Ramírez impone antes de seguir. Si quieren largarse, ése es el momento. Pero no se van. Tras un buen baño y tres palabras de consuelo, todas cambian. Unas horas en la casa y ya parecen cándidas maestras de escuela. Y si alguien, alguna vez, pregunta que por qué sólo chicas orientales, la señorita sonríe con sus oscuros dientes, y dice: “¿No lo sabe? En China no quieren niñas”.
PILAR ADÓN


ÉXITO

Lo dijo cuando pasaba la carroza de los osos, que daban saltitos a la vez, lo que me recordó a aquello de que si todos los chinos brincaran al mismo tiempo estallaría el planeta. Me encogí de hombros. El desfile se embalaba como una turba despeñándose por un precipicio, y Zucky se hizo un poco de pipí, y enseguida empezó a lamerme. Teníamos delante una comitiva de Eguski, seguida de una plataforma tirada (es un decir) por unos caballitos de estética parecida al carrusel, cuyo mecanismo me pareció inexpugnable. Reconocí entre quienes agitaban las bobinas de confeti a algunos de los del LL, el bar de la calle Pelayo al que iba con Pep, y que había terminado por deprimirme. Traté no obstante de sonreír ante aquellos pechos envejecidos, aunque la verdad es que estaba demasiado inquieta por razones que no tenían que ver con el desfile, sino con la camioneta de los recogedores de cartón, cuyo óxido jamás había visto refulgir bajo el sol. La camioneta recorría la ciudad de madrugada, esquivando a los coches de la policía.

Ahora, en cambio, enfilaba la calle de la misma manera que cuando durante la noche los recogedores estrellaban pedazos de cartones con grapas en la cabeza de los transeúntes, sobre todo si estos eran viejos o mujeres solas. El aullido histérico de las carrozas había comenzado a quebrarse antes incluso de que la camioneta, maniobrando para no dejar paso a la poli, emitiera un fanático brillo.
ELVIRA NAVARRO


LA CARTA

Le dijo: “Si alguna vez te puedo perdonar, te escribiré”. La vio alejarse mientras todas sus vísceras se removían, no sabía si de ira o de dolor. La ira predominó durante los primeros meses: era él quien le escribía cartas amargas y despechadas que no tenía adónde remitir. Luego el dolor se apoderó de sus días y de sus años. Porque pasaron años en los que no hubo ni una sola mañana en la que no esperase al cartero con la ansiedad de una primera cita que no llegaba a cumplirse. Le incomodaba salir de vacaciones pues se podía perder el momento de entrega de la carta en la que ella lo perdonaba, pero por otra parte los regresos tenían el aliciente de tantos sobres acumulados entre los que buscaba aquella letra ligeramente picuda que le regalaría por fin la reconciliación. La carta no llegó. Sin embargo, al cabo de muchos años ella regresó a la ciudad donde él la había amado. Se encontraron en casa de unos amigos comunes. Hubo un momento en que se quedaron solos y él le recriminó humildemente, con el corazón destrozado, que jamás le hubiera escrito. Ella lo miró sorprendida. Cuando él le explicó, se echó a reír: “Chico, me había olvidado de todo aquello”. Él quiso morir esa noche. Antes de entrar en el sueño ella reprodujo la escena. Trató de sentir piedad por él pero encontró el mismo rencor inmisericorde en la memoria. Nunca lo había perdonado.
JOSÉ MARÍA CONGET

Articulo :
http://www.elcultural.es 03/07/2010

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