samedi 3 juillet 2010

José Luís PARDO/ Inteligencia francesa


CRÍTICA: EL LIBRO DE LA SEMANA
El siglo de los intelectuales. Michel Winock.

Inteligencia francesa
Por José Luís PARDO

Michel Winock recorre la historia del pensamiento desde la aparición de la Nouvelle Revue Française hasta la interminable disputa con el comunismo. Su libro da pie para analizar la condición, las paradojas y la importancia de los intelectuales

Una de las razones por las cuales hoy casi nadie se autodenomina "filósofo" es la exigente definición que de tal cosa se propone en la Crítica de la razón pura, en donde Kant observa la necesidad de reservar el término a quien practica la filosofía no en sentido académico, sino en sentido mundano (en lo que concierne a los intereses de los hombres más que a los de las escuelas); y esta práctica consistiría en ser capaz de vincular todos los conocimientos en cada momento disponibles con los fines esenciales de la razón humana: un ideal que ningún humano podría reclamar para sí sin pecar de arrogancia. Quizá por este motivo hizo más fortuna -para referirse al filósofo "mundano"- el vocablo "intelectual" a la hora de designar a aquellos pensadores que intervienen en la escena pública con intención de provocar debates y extender sus ideas. Sin embargo, y a pesar de la modestia necesaria, está sin duda que la genealogía del "intelectual" hunde sus raíces en los philosophes enciclopedistas franceses de la época de la Revolución, cuyo nivel de influencia social exaltaba en cierta ocasión Carlyle recordando que publicaron una obra en 35 volúmenes que solo contenía ideas, pero cuya segunda edición se encuadernó con la piel de quienes se habían burlado de la primera. Por eso, quien teniendo todo esto en consideración lea además El siglo de los intelectuales, de Michel Winock, puede caer en la tentación de creer que la intelectualidad es una institución exclusivamente francesa y hasta casi de Estado (¿no fue el Estado francés quien inventó el Ministerio de Cultura?): Voltaire dibuja el tipo, Zola descubre la alianza con la prensa como articulación fundamental y suscita la denominación con ocasión del caso Dreyfus, André Gide le da el toque demoniaco y Sartre fija la mezcla de izquierdismo y universalismo que llevará la fórmula hasta la cúspide de la provocación y que irá en lenta decadencia después de 1968, cuando el testigo pase de las manos del autor de El ser y la nada a las de Michel Foucault, a quien algunos consideran enterrador oficial de la figura.

¿Hay que advertir de que no es así, de que más allá de Francia y en esa misma época "gloriosa" que el autor rememora vivieron también intelectuales tan notables como Bertrand Russell, Ortega y Gasset o Thomas Mann, que tuvieron una enorme importancia en sus países respectivos y en Europa y América en general, pero de cuya historia Winock no nos dice nada? Es cierto que si el libro de Winock se hubiese llamado "el siglo de los intelectuales franceses", lo que habría resultado mucho más conforme al contenido, también habría sido mucho más ostensiva la ambición -seguramente excesiva- de declarar que el siglo XX fue el de los intelectuales, cosa cuando menos seriamente discutible. Esto no le resta interés al libro, desde luego, porque la época que atraviesa es suficientemente atractiva como para mantener la intriga: desde el nacimiento de la Nouvelle Revue Française, templo del prestigio de las letras francesas a lo largo de todo el siglo, hasta la interminable disputa con el comunismo (ya sea en torno a la Unión Soviética, en torno al partido comunista o en torno al marxismo como teoría e ideología) sin la cual ningún intelectual obtuvo su correspondiente legitimación, pasando por el surrealismo, por Mauriac y por las mil y una declaraciones y manifiestos firmados por interminables listas de nombres resonantes. Winock avisa de la contradicción esencial que organiza su relato: "La paradoja del intelectual es que el poder del que puede disponer le viene dado por su renombre: ejercerlo en provecho de una gran causa humana redobla su reputación". Pero la historia de cómo los diferentes nombres que circulan por estas páginas han invertido sus respectivas reputaciones se atiene en lo fundamental al género de la biografía de las "grandes personalidades" (por ejemplo, no se nos ahorra el vistoso capítulo de las "rivalidades": Gide-Malraux, Sartre-Camus, Sartre-Aron, etcétera), con la coletilla de psiquismos hinchados o irritados que todo ello trae consigo.

Quizá por ello convenga recordar que este asunto de los "intelectuales" no tiene únicamente que ver con los espíritus nacionales ni con las personalidades desbordantes. Aunque el caso Dreyfus sea el detonante, la condición de posibilidad del intelectual reside en la existencia de territorios artísticos, estéticos, científicos y literarios específicos e independientes con respecto a los poderes "fácticos" en cada caso vigentes (económicos, políticos, religiosos y hasta morales), lo que requiere un complejo dispositivo social que involucra desde universidades hasta editoriales pasando por la prensa libre. El hecho de que alguien sea valorado en cualquiera de esos ámbitos autónomos al margen de su cuota de mercado o de su influencia política, solo por los criterios de calidad fijados por sus pares, además de configurar la ética del hombre de letras o de ciencias, es lo que legitima al así valorado para ejercer públicamente la crítica en asuntos de interés común sin sospecha alguna de buscar beneficios políticos o comerciales, y lo que -por así decirlo- confiere alguna resonancia a los puñetazos que pueda dar sobre la mesa (aunque sea la mesa de redacción de un diario). Y claro está que el intelectual decae como institución cuando desaparece esa autonomía y son, al contrario, el éxito comercial o la influencia política lo que se quiere convertir en prestigio literario o científico. Pero esa, claro está, es otra historia.


El siglo de los intelectuales
Michel Winock
Traducción de Ana Herrera
Edhasa. Barcelona, 2010
1.046 páginas. 55 euros


***
Primeras páginas de 'El siglo de los intelectuales

Preámbulo y agradecimientos

Esta obra intenta volver a trazar la historia de los intelectuales, en el sentido que tomó esta palabra a partir del caso Dreyfus, en 1898. Aquí no encontrarán, pues, una historia de las ideas, si no es de manera indirecta, y menos aún un estudio de la producción cultural desde hace un siglo. Abordaremos la descripción de los enfrentamientos políticos que opusieron a escritores, fi lósofos, artistas, científi cos... Entre ellos, fueron los hombres de pluma quienes capitalizaron el mayor número de intervenciones. Tres nombres me parece que simbolizan tres momentos: Maurice Barrès, desde el caso Dreyfus hasta la Gran Guerra;André Gide en el período de entreguerras; Jean-Paul Sartre, después de la Liberación. Los tres fueron admirados, detestados, imitados; los tres infl uyeron en su época y durante varias generaciones.

Todo relato histórico impone una elección. A falta de poder detallar todas las escenas de la batalla intelectual, me he centrado en aquellas que me han parecido más cargadas de sentido, en detrimento de múltiples episodios y de numerosos actores, de los cuales hay profusión en la historia. El lugar otorgado a uno u otro no ha sido en función de la importancia de sus obras, sino más bien de su papel en la escena pública o de su valor representativo.

* * *
La redacción de esta obra se benefi ció de las conversaciones que tuvieron lugar en el marco de un seminario de Ciencias Políticas (DEA –Diplôme d’Études Approfondies– de historia del siglo xx) dirigido en común con Jean-Pierre Azéma, y después con Alain-Gérard Slama. Resultaron de ello numerosos trabajos d’investigación: todos los que se han utilizado se citan en notas, como es debido. Mi agradecimiento se dirige a mis dos colegas y amigos, así como a todos nuestros estudiantes.

También a aquellos, a veces antiguos alumnos, que aceptaron revisar un capítulo o una parte o bien la totalidad de mi manuscrito: Annie François, Valérie Hannin, Séverine Nikel, Anne Simonin, Stéphane Khémis, Christophe Prochasson. Les expreso mi gran reconocimiento por sus valiosas observaciones y sugerencias, así como mi amistad.

Según la fórmula consagrada, el único responsable del contenido del libro sigo siendo yo. También debo expresar mi agradecimiento a Catherine Rambaud, Monique Lulin, Éric Delbecque y Thomas Winock por la ayuda que me han prestado en la puesta a punto fi nal de la obra.

PRIMERA PARTE
Los años de Barrès


Si Barrès no hubiese vivido, si no hubiese escrito, su tiempo sería otro y nosotros también seríamos otros. No veo en Francia a hombre vivo alguno que haya ejercido, mediante la literatura, una acción igual o comparable. Sé muy bien que esa acción no se expresa fácilmente en una doctrina, ni siquiera en una fórmula. Pero no siempre se actúa de la manera más efi caz en el propio tiempo mediante las doctrinas.

¿Hay acaso fi losofía en Voltaire? ¿Hay fi losofía en Chateaubriand? Como ellos, Barrès creó y lanzó al mundo, que lo recogió, no sólo la armazón provisional de un sistema, sino alguna cosa que afectaba más profundamente a nuestra vida, una nueva actitud, un modo de espíritu desconocido, una forma de sensibilidad nueva.

Léon Blum, La Revue Blanche,
15 de noviembre de 1897


Capítulo 1
La visita a Barrès


A principios de diciembre de 1897, Maurice Barrès, instalado desde el año anterior en su casita del bulevar Maillot, en Neuilly, recibió la visita de Léon Blum. A sus treinta y cinco años, Barrès era ya un escritor consagrado. Blum, diez años más joven, que ya había pasado por la Escuela Normal Superior y era auditor del Consejo de Estado desde hacía poco, «largo rostro pálido iluminado por la inteligencia»,1 no había publicado todavía más que algunas críticas literarias y unas crónicas teatrales, sobre todo en La Revue Blanche, publicación de vanguardia donde tenían respeto por el autor del Culte du moi.

Con sus amigos, Léon Blum iba entonces en busca de fi rmas para una petición reclamando la revisión del proceso de diciembre de 1894 por el cual el capitán Alfred Dreyfus había sido condenado, degradado y enviado a la Isla del Diablo, en la Guayana, donde cumplía una pena de deportación a perpetuidad por espionaje. La familia Dreyfus, y sobre todo Mathieu, hermano del capitán, se había empeñado en probar la inocencia de éste, encargando el caso a un escritor, Bernard-Lazare, que debía reunir las pruebas. Aquello se llevó a cabo tan bien que en otoño de 1897 el error judicial parecía probado. Algunas personas estaban al corriente: el senador Auguste Scheurer-Kestner, Georges Clemenceau, universitarios como Lucien Lévy-Bruhl, Lucien Herr, bibliotecario de la Escuela Normal de la calle Ulm, que convenció a Jean Jaurès, entonces diputado socialista, y por último los jóvenes escritores de La Revue Blanche, entre los cuales se encontraba Léon Blum.

Léon Blum se ofreció voluntario para ir a casa de Barrès. De entrada, lo admiraba. Cuando, con sólo veinte años, entregó su primer artículo a La Revue Blanche, publicado en julio de 1892, le dedicó su prosa.2 Además, lo conocía. Pocos años antes, Blum había ido a pasar unas vacaciones a casa de un viejo tío suyo, en Charmes, un pueblo de los Vosgos donde vivían los padres de Barrès. «Me recibió por primera vez en casa de su padre, él todavía un hombre joven, yo adolescente. Pero desde entonces fui a llamarle muchas veces por la mañana a su casa, a la calle Caroline, junto a la plaza de Clichy. Siempre le encontraba en la parte superior de su casita de pintor, en el taller que él había transformado en biblioteca. Yo aparecía cuando estaba en plena lección de armas, que se imponía cada mañana, y que le encantaba interrumpir. Le decía al ayudante del maestro de armas: “Bueno, hasta mañana”. Y a mí: “Vamos, sentémonos, ¿qué ha hecho esta semana?”.»

A distancia puede parecernos algo extraña esa familiaridad entre el que estaba a punto de convertirse en el gran escritor del nacionalismo francés y aquel que, a la cabeza del Partido Socialista, sería el primer ministro (entonces se llamaba «presidente del Consejo») del Frente Popular. Las ideologías no lo deciden todo. Una vez asumido el papel que le confi rió la posteridad (con los ojos en la línea azul de los Vosgos y la barbilla erguida), Barrès seguía siendo sensible a todo lo que en un adversario exhalaba valor estético. Elogiaría a Léon Blum, igual que a Jaurès: uno y otro «elevan el tono de la apachería y desvían continuamente la reivindicación brutal hacia la cultura. Son civilizadores, al mismo tiempo que propagadores de destrucción».

Por su parte, Léon Blum, en plan «principiante tímido», se hallaba sometido al encanto de aquel hombre elegante de cabello liso y «nobleza natural», que le recibía como si fuera un hermano mayor. Sobre todo Barrès era para Blum, como para otros muchos escritores de su generación, un guía: «Formábamos en torno a él una escuela, casi una corte». Porque «toda una generación, seducida o conquistada, respiró aquella mezcla embriagadora de actividad conquistadora, de fi losofía y de sensualidad». Sagrado «príncipe de la juventud», Barrès no dejaba de deslumbrar. Hasta el punto de que, a pesar de sus últimos escritos, y especialmente Los desarraigados, que acababa de aparecer, primero por entregas en la Revue de Paris y después en volumen editado por Fasquelle, Léon Blum no tenía la menor intuición de la incongruencia de su gestión. Eso dice mucho del prestigio de la literatura de aquel fi n de siglo del xix. El malentendido era total.

De hecho, desde la década de 1880, Barrès había seducido a un joven público maravillado por sus obras inconformistas, de títulos provocadores: El culto del yo, L’Ennemi des lois... Un hombre libre, aparecido en 1887, donde preconizaba la exaltación continua, la observación y el análisis de las sensaciones, pasaba por ser una especie de tratado del egoísmo que escandalizaba a los críticos conformistas y alegraba a los jóvenes espíritus sublevados contra el instinto gregario y las normas impuestas. El futuro fustigador del desarraigo, el futuro poeta de la Tierra y de los Muertos clamaba: «Llego a pensar que sería un buen sistema de vida no tener domicilio, vivir en cualquier lugar del mundo.

Tener una casa es como una prolongación del pasado: las emociones de ayer la tapizan. Pero, cortando sin cesar detrás de mí, quiero que cada mañana la vida me parezca nueva, y que todas las cosas sean un principio».

Más tarde Barrès atenuará los efectos de sus primeros libros. «Yo me buscaba», dirá. Había franqueado entretanto varias etapas. De la investigación del «yo individual», se encaminaba poco a poco hacia el descubrimiento del «yo social» y había creído comprender que la mejor defensa del individuo era la sociedad misma, lo que le condujo al nacionalismo. En el fondo, no queriendo renegar de ellas, Barrès considerará que las obras de su juventud eran el fruto de una propedéutica del verdadero pensamiento, aquella que consiste en relativizar la autonomía individual: «No hay ideas personales; hasta las ideas más raras, hasta los juicios más abstractos, hasta los sofi smas de la metafísica más infatuada son formas de sentir generales y aparecen necesariamente en todos los seres del mismo organismo, asediados por las mismas imágenes. Nuestra razón, esa reina encadenada, nos obliga a colocar nuestros pasos sobre los pasos de nuestros predecesores».

De esta pequeña revolución copernicana Léon Blum no tenía todavía ni idea. Pero si hubiese leído bien la última novela de Barrès, Los desarraigados... La tesis era manifi esta. Siete alumnos de secundaria de Nancy seguían a su profesor de fi losofía, Bouteiller, a París, donde Gambetta le había reclamado para que desempeñara funciones políticas y culturales. Bouteiller les enseñaba la fi losofía de Kant, es decir, la abstracción, en detrimento de la vida concreta. Resultado: lejos de su tierra natal y nutridos de ideas locas, esos jóvenes se veían expuestos a todas las tentaciones. Los más débiles eran víctimas de ellas, como Racadot, que acababa en la guillotina por asesinato, en el momento mismo en que el mal maestro, Bouteiller, era elegido diputado. Sí, el peso ideológico de la novela, primera entrega de un tríptico anunciado, Le Roman de l’énergie nationale, habría debido despertar la atención crítica de Léon Blum. El «hombre libre» que antaño sentía que no tener domicilio fi jo era una felicidad, en adelante insiste a sus lectores: «estáis hechos para sentir como loreneses, como auverneses, como provenzales, como bretones... No escuchéis a los abogados de lo universal». Quien ayer todavía profesaba el culto del yo, ahoga a partir de entonces al individuo, la conciencia individual, dentro del cuerpo social.

Como creador de talento, Barrès imaginaba en aquella novela una escena famosa que pasaría a la posteridad y que resumía toda su moral social: la visita al plátano de monsieur Taine. Uno de los héroes del libro, Roemerspacher, quiere ver al ilustre autor de Origines de la France contemporaine («el gran libro de la reacción francesa», según Albert Thibaudet), a quien admira. Él es el buen alumno de Barrès, el desarraigado que se va a arraigar de nuevo. Finalmente, como no consigue dar con este gran hombre, es el gran hombre quien va a verle a él, a la casa Cujas, a su habitación desordenada. Discuten y después Taine arrastra a su joven admirador hasta la plaza de los Inválidos, hasta el plátano de la alegoría. Y allí nuestro Hippolyte Taine cuenta la historia del árbol a Roemerspacher, lección que el joven debe meterse en la cabeza: «Cada uno se esfuerza por representar su pequeño papel, y se agita, como tiembla cada hoja del plátano, pero sería agradable y noble, de una nobleza y un encanto divinos, que las hojas comprendieran su dependencia del plátano y cómo su destino favorece y limita, produce y engloba sus destinos particulares».

El Todo predomina sobre las partes. Nada es más vano ni más peligroso que defender la hoja contra el árbol; defender a Dreyfus contra la sociedad.

A la petición de Léon Blum, Maurice Barrès no respondió. O más bien respondió de forma sesgada. Le dijo que había visto mucho a Zola en los últimos tiempos. De hecho, sus Cahiers lo atestiguan. Barrès comió con Émile Zola, Paul Bourget, Anatole France, los dos Daudet y Victor Cherbuliez. Zola acababa de escribir su primer artículo a favor de Dreyfus, que Barrès juzgaba «absurdo». Pero eso no le impidió comer otra vez con Zola, France y Bourget, el 1 de diciembre de 1897. «Fui –escribe–, con la condición de que no se hablase del caso Dreyfus.»

Volvió otra vez seis días después. Hablaron de Taine, de Sainte-Beuve, incluso de Dreyfus infine. Barrès y Zola ya estaban enfrentados: «Es de temer que con cada frase él y yo alcemos la voz acerca de este irritante asunto que nos divide, pero todo va bien. Es un hombre estupendo». A Blum, Barrès le confi esa su admiración por Zola, que acaba de ser despedido de Le Figaro por su alegato en favor de Dreyfus, que amenazaba con hacer perder suscriptores al periódico. «Es un buen hombre», dice Barrès. «¿Entonces, qué? ¿Firmará?», pregunta Blum. «No, no... estoy alterado y quiero refl exionar un poco más. Ya le escribiré... » Barrès mantiene su palabra. Escribe a Blum unos días más tarde y le repite que estima mucho a Zola, pero que considera que no se ha probado nada en el caso Dreyfus. Por tanto, ante la duda, seguirá «el instinto nacional».

Ya había elegido, el asunto estaba decidido: entre Léon Blum, sus amigos, todos los admiradores de Un hombre libre y Barrès se dio una ruptura defi nitiva, implacable, infranqueable. A partir de aquel día, Maurice Barrès defi nitivamente se decidió por el campo antidreyfusiano, que para él no era un partido, sino la propia Francia. De hecho, a finales del año 1897 aquellos que osaban pretender que Dreyfus fue víctima de un error judicial no eran más que un puñado. Casi todos escribían en La Revue Blanche.

Esa revista, fundada por los hermanos Alexandre, Alfred y Thadée Natanson, tenía origen belga, y su primer número fue publicado en Bruselas en 1889. Dos años después se estableció en París y pronto publicó a Stéphane Mallarmé, Paul Verlaine, Henri de Régnier, Jean Lorrain, Tristan Bernard. Y a Léon Blum, que hacía la crítica de novelas, de las obras de carácter social, esmerándose en dar cierto donaire a la rúbrica de los deportes y de las carreras. Poco a poco, la revista se enriqueció mediante la colaboración de numerosos escritores y artistas de vanguardia, mientras el secretario de redacción, Félix Fénéon, se convirtió según Jean Paulhan en el auténtico «director». André Gide llevó la crítica literaria durante un año, después de Léon Blum; un fragmento de Paludes apareció en 1895 en la revista. El nombre de Barrès figura sólo una vez en el sumario, en 1897, respondiendo a una de esas encuestas tan del gusto de la época. Ilustrada a partir de 1895, la revista reproducía cuadros y dibujos de Manet, Sisley, Monet, Bonnard, Renoir, Vuillard, Vallotton, Lautrec, Seurat y muchos otros. El «círculo de La Revue Blanche», tachado muy pronto de esnob, agrupaba a la vanguardia que contaba en Francia en materia de arte y literatura: Alfred Jarry (Ubu rey causó escándalo el 10 de diciembre de 1896), Saint-Pol Roux, Jules Renard, Julien Benda, Marcel Proust, Fernand Gregh, Charles Péguy, pasaron también por ella.

Se convencieron pronto de la inocencia de Dreyfus. Bernard-Lazare, que reunió el expediente, contaba con amigos; Thadée Natanson era conocido de Joseph Reinach, un dreyfusista de primera hora; Léon Blum había sido «emancipado» por Lucien Herr... Resumiendo, a partir de diversas fuentes se creó rápidamente una «certeza apasionada». Los locales de la revista se convirtieron en uno de los centros de concentración de la militancia dreyfusiana. Cuando se reveló que Léon Blum había fracasado con Maurice Barrès y cuando éste, mediante su réplica en Le Journal al «Yo acuso...» de Zola, se alineó defi nitivamente con el antidreyfusismo, menospreciando la presunción de los «intelectuales» (término que empezaba a extenderse ya), el equipo de la revista confió a Lucien Herr el encargo de pararle los pies a aquél a quien profesaban aún cierta ternura, a semejanza de Blum.

Lucien Herr, bibliotecario inamovible de la Escuela Normal, que sería un foco ardiente de dreyfusismo, representó un papel muy activo, aunque poco visible, tanto en la formación del campo dreyfusiano como en la génesis del socialismo intelectual francés. Nacido en 1864 en Altkirch, de padre profesor alsaciano, que había elegido Francia después del Tratado de Frankfurt de 1871, Herr entró en la Escuela Normal Superior en 1883 y aprobó las oposiciones a la cátedra de filosofía en 1886.

Presentó con éxito su candidatura al puesto de bibliotecario en 1887, se hizo cargo de sus funciones a comienzos de 1888 y ya no las abandonaría hasta su muerte, en 1926. Este largo ministerio le permitió conocer, sin duda mejor que a un profesor de universidad, a diversas generaciones de «normalistas» y ejercer sobre ellos una infl uencia tan discreta como profunda, gracias a su discreción natural y a su legendaria generosidad. Hombre estudioso, erudito, germanista y eslavista, colaboró en numerosas revistas, pero no consiguió acabar jamás sus dos obras en marcha, una sobre las interpretaciones de Platón, y otra soberbiamente titulada Del progreso intelectual y de la liberación de la humanidad. También se comprometía: se adhirió al Partido Obrero Socialista revolucionario, animado por Jean Allemane, y escribió en su periódico, bajo el seudónimo de Pierre Breton. Frecuentado, escuchado y admirado, Herr era el «mentor» en las sombras de Jean Jaurès y algunos otros en el caso Dreyfus. Convencido muy pronto de la inocencia del capitán por su amigo Lévy- Bruhl, emparentado con los Dreyfus, se dedicó a convencer a sus amigos socialistas y normalistas del combate que era necesario llevar a cabo en favor de la revisión del proceso de 1894.

Herr no quería adoctrinar a los jóvenes normalistas. No era necesario: todos le admiraban, conocían sus ideas, leían sus artículos. Entre ellos, un joven de Orleans, Charles Péguy, le gustaba particularmente. Gracias a su capacidad de convicción y su ascendencia natural sobre sus camaradas, el joven se convirtió en sargento reclutador del dreyfusismo normalista. Entre Herr y Péguy se estableció una complicidad que más tarde se rompería, pero que durante el caso Dreyfus hizo de la Escuela Normal, según palabras de Charles Andler, antiguo alumno y biógrafo de Herr, «el fuego ardiente de la conciencia nacional». Un fuego que Herr se encargaba de atizar constantemente.
«Herr –escribe Charles Andler– reunió de ese modo la primera lista de fi rmantes que, usando nuestro derecho constitucional de petición y sirviéndonos, no de nuestra función, sino de nuestro simple título de catedráticos, pedimos a las Cámaras que plantearan exigencias al gobierno. Queríamos que hubiera plena luz, y mediante la luz, la revisión del proceso.»

Por tanto fue Lucien Herr el encargado por sus amigos de La Revue Blanche de responder a Barrès. Aunque Herr también fuese sensible a la «música secreta» y «la curiosa magia de los primeros libros» de Barrès, en su artículo titulado «A M. Maurice Barrès», y publicado en el número del 15 de febrero de 1898 declaraba de entrada: «No cuente ya más con la adhesión de los corazones que han sido indulgentes con usted en sus fantasías menos tolerables».

Herr reprocha a Barrès que la suerte de Dreyfus le importe un comino. Culpable o inocente, la cuestión, ciertamente, carece de interés a los ojos de Barrès, que proclama «que el alma francesa, la integridad francesa, se ha visto insultada y comprometida hoy en provecho de unos extranjeros por la infame maquinación de otros extranjeros, gracias a la complicidad de semiintelectuales, desnacionalizados por una semicultura». El alsaciano acusa al lorenés de estar obnubilado por «la idea de raza», por una «metafísica étnica»: «El hombre que, en su hueco interno, odia a los judíos, y odia a los hombres que viven más allá de los Vosgos, puede estar bien seguro de que es el animal del siglo XII, el bárbaro del siglo XVII».

En esta diatriba, Lucien Herr toca la fi bra ética que está en juego en el caso Dreyfus: «Tiene usted en contra –escribe– a la vez al pueblo verdadero y a los hombres de voluntad refl exiva, a los desarraigados, o, si lo prefi ere, los desinteresados, la mayor parte de los hombres que saben hacer pasar el derecho y el ideal de justicia por delante de su persona, por delante de sus instintos de naturaleza y sus egoísmos de grupo».

A la raza francesa, que se debe proteger según Barrès, aunque sea a costa de una injusticia, Herr opone el alma francesa, que «no sería verdaderamente grande y fuerte si no fuese a la vez acogedora y generosa. Usted quiere sepultarla en la rigidez mortuoria en la cual la han colocado los rencores y los odios».

Herr y Barrès se conocían. Ya a raíz de la publicación de Los desarraigados el primero había objetado al segundo su nacionalismo. Barrès se hizo eco en los Cahiers designando a Herr como adversario de la «colectividad » en provecho de la «idea», de la «justicia». Lo acusa de «abstracción ». Aquí nos hallamos de nuevo ante una vieja batalla filosófica del tiempo en que el inglés Edmund Burke censuraba la Revolución francesa por sus «abstracciones metafísicas», y convocaba en su contra las tradiciones, los prejuicios, las herencias. A Maurice Barrès se le había metido en la cabeza que la ideología republicana, tal como se enseña en la escuela pública, vuelve la espalda a lo real y concreto. En Los desarraigados, cuando juzga a Bouteiller, está pensando en realidad en su propio profesor, Burdeau, propagador del kantismo, del universalismo abstracto, negación de las singularidades de la carne y la sangre.

Para Barrès, la justicia es manifi estamente una de esas ideas abstractas. Lo que cuenta a sus ojos no es ejercerla y respetarla, sino durar, sobrevivir, mantener la colectividad a la que se pertenece contra viento y marea. Da un nombre a esa actitud, la «preservación social».

François Mauriac, a quien Barrès dio a conocer en 1910 y que no le escatimó su reconocimiento y estima, supo captar muy bien el desprecio que sentía su benefactor por la especie humana. Haciendo alusión a una frase de sus Cahiers en la que Barrès habla de «la insondable ignominia» de los hombres, Mauriac escribía: «En 1897 ese desprecio llegaría en algunos hasta el punto de considerar que la presunta ino cencia de un condenado por traición debe pesar menos que los intereses superiores que exigen que su condena se mantenga».

Es probable que Barrès en ese momento no dudase de la culpabilidad de Dreyfus, como la mayor parte de los franceses. Sin embargo, para él la cuestión no era ésa. ¿Verdad? ¿Justicia? Abstracciones... ¿Verdad? ¿Justicia? Ésa era justamente la cuestión para Émile Zola.

Articulo :
http://www.elpais.com 03/07/2010

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