samedi 27 septembre 2008

Juan Carlos GOMEZ/ Witold GOMBROWICZ & Rajmund KALICKI

Rajmund KALICKI & Juan Carlos GOMEZ


juan carlos g{omez
junacagomz@yahoo.com.ar

Juan Carlos GOMEZ sobre Azul@rte:
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GOMBROWICZIDAS
Witold GOMBROWICZ & Rajmund KALICKI
Por Juan Carlos Gomez

Mi relación con el Pequeño K tiene más de dos lustros de existencia, empezó en 1997 y padeció, como todas mis otras relaciones, algunos contratiempos. Es traductor, miembro de la redacción de la revista "Twórczosc", y de vez en cuando se le mete en la cabeza que tiene que escribir, por esta razón ya tiene publicados algunos libros.

Existen dos compilaciones de testimonios argentinos sobre Gombrowicz: "Gombrowicz en Argentina" de la Vaca Sagrada y "Tango Gombrowicz" del Pequeño K, un libro que lleva el título del nombre que le puso el Asno a su testimonio.
"Ella no me quiere a mí por una envidia estúpida, porque sabe que mi ‘Tango Gombrowicz’ es mejor que su ‘Gombrowicz en Argentina’, y no digo esto para jactarme; mi selección es mucho más personal, más abierta, con emociones, y su versión de las cosas es seca, académica, más bien aburrida (por no decir ‘muerta’)"

El Pequeño K está blasfemando contra la Vaca Sagrada, este Marco Aurelio moderno que odi profanum vulgus, sangra por la herida. Pero él dice que no, que él no es un escritor, por lo menos así nos lo quiere hacer creer.
"Aquí, en una realidad bastante burocratizada, opté por apartarme; soy misántropo, suelo repetir a menudo, es una enfermedad que no causa dolores y hasta da un cierto placer, casi aristocrático. Por la misma razón no me veo como escritor, de vez en cuando escribo algo, tal vez sea un traductor pero un escritor no, nunca. Por eso no me interesan los lectores ni los críticos. Puedo menospreciarlos. Si hago algo, lo hago tan solo para mí mismo. Soy dueño de mí mismo (...) Es un tema bastante trillado –but it works"
El Pequeño K se mueve en una dimensión desconocida para mí, es el amigo del que más sé y del que menos sé, a veces, Elías Canetti me ayuda un poco a comprenderlo.

"A medida que crece, el saber cambia de forma. No hay uniformidad en el verdadero saber. Todos los auténticos saltos se realizan lateralmente, como los saltos del caballo en el ajedrez. Lo que se desarrolla en línea recta y es predecible resulta irrelevante. Lo decisivo es el saber torcido y, sobre todo, lateral"
En la época en la que el Pequeño K traducía "El túnel", el Pterodáctilo le escribía cartas que tenían un tamaño no mayor al de un boleto de colectivo, pero ahora Don Arnesto no lo recuerda.
¿Quién lo hizo?; –Kalicki, un polaco que te tradujo a vos y a Borges; –¿Y dónde vive?; –Vive en Polonia, claro, dónde va a vivir; –¿Y qué hizo?; –Se olvidó de traducir todo lo que le dije a Peicovich sobre tu relación con Gombrowicz; –¿Sabés?, seguramente lo hizo por algún resentimiento; –¡Pero qué resentimiento ni qué pelotas, lo hizo porque es un boludo!; –¿Quién es un boludo?; –Kalicki es un boludo; –Ah, ¿y quién es Kalicki?

El Pequeño K es muy orgulloso, una debilidad que yo aprovecho para mortificarlo, para herirlo en la carne viva. Él responde desde lo alto y con gallardía, me ignora en forma olímpica, pronuncia palabras apodícticas llenas de desprecio hacia el vulgo y se esconde detrás de los siglos.
"La jerarquía es la hija primogénita y preferida del Absoluto y por eso no cualquiera puede darle palmadas en el culo. El vulgo tiene preferencias poco individualizadas, mide la calidad por los aplausos, no creo que dentro de dos o tres generaciones sigan leyendo a Joyce con tanta emoción como hace años, en cambio Marco Aurelio perdurará dos mil años más, ¡qué raras son las cosas sin pretensiones! Odi profanum vulgus et arceo también tiene dos mil años"

De vez en cuando me convierto en un poseso, el diablo se apodera de mí para transformarme en un íncubo endemoniado que desea tener comercio carnal con alguna polaca pero, como no puedo tener ese comercio, me veo obligado a descargar ese impulso malsano que me domina por completo en alguna persona.
El Pequeño K me venía anunciando desde hacía algún tiempo que en el "Diario patagónico" me elevaba a alturas increíbles así que le pedí a la Madame du Plastique que me tradujera los pasajes en los que se refería a mí, exclusivamente a mí, y esto por dos razones importantes: para ahorrarle trabajo a la polaca, por un lado, y para evitar un contacto prolongado con la forma de escribir del Pequeño K, por otro.
La Madame du Plastique me tradujo una docena de líneas y de lo primero que me enteré es de que el Pequeño K me estaba presentando en su libro como un gordo barrigón medio bajo que le gritaba a los periodistas como un energúmeno. Me quedé esperando las siguientes líneas a ver cómo se las arreglaba ese degenerado para elevarme a esas alturas increíbles, pero, nada, la Madame du Plastique enmudeció, pasó una semana sin dar señales de vida.

Ese tiempo fue más que suficiente para que se formara dentro de mí un estado de cólera incontenible, no sé si éste no habrá sido justamente su propósito, a lo mejor resulta que es una mujer perversa a pesar de que va a misa todos los días, o también podría ser que el demonio se hubiera apoderado de ella y la hubiera convertido en un súcubo así como a mí me había convertido en un íncubo.

La cuestión es que no me quedó más remedio que tratarlo de contrahecho, reptil, cínico, desfachatado, payaso, gusano y víbora mientras le daba, y para toda la eternidad, cristiana sepultura al "Diario patagónico". Como yo no soy el hijo del dueño, es decir, no dispongo de las facilidades que tiene él de hacerse publicar cualquier cosa, decidí bautizarlo por los siglos de los siglos con el mote de Pequeño K.
"(…) te diré que en mi ‘Diario patagónico’ sos mi hermano mayor (…) Salió así y me quedé sorprendido pero ya no tenía ganas de desarticular la cosa, de romper un todo que tiene sus ritmos y sus misterios (…) Creo que mi diario tendrá una vida más o menos larga aunque no para muchos. Exige imaginación y cierta preparación intelectual, yo soy parco en palabras (…)"

"Y cuanto más hablo yo en el diario menos convincente me vuelvo. Y vos creciendo. Y ahora, boludito, date cuenta de mi grandeza espiritual y de mi generosidad: cuando advertí que las cosas en mi texto ocurrían así, no modifiqué nada. Sí señor, para ser grande hay que achicarse un poco (¡Vos sos grande por grande y yo por generoso!) Y la despedida sí que me salió como una obra maestra, muy pausada, muy conmovedora (…) Sí, en mi texto te reprocho benignamente que sos monotemático y tautológico, pero, ojo, todo esto para elevar tu originalidad artística. Porque sos un artista y a la vez una obra artística viva, caminante, respirante. Una obra maestra en su categoría"Este elogio tiene algo de irreal, pareciera que el Pequeño K me estuviera diciendo: te doy para que me des, en todo caso resulta claro que tiene algo de ridículo y de falso, es un elogio calculado, arrogante y de una falsa modestia cuando se compara conmigo.

A pesar de todas sus diferencias los polacos se unen en Gombrowicz, pero recientemente se ha producido un cambio muy importante, y según parece el Pequeño K había previsto ciertos acontecimientos que dan cuenta de un giro siniestro de la historia, un giro muy negativo a los que está muy acostumbrada Polonia.
"La suerte de Gombrowicz corre ahora un peligro enorme, está entre la espada y la pared, por un lado los curas y por otro lado los admiradores, todo esto va a terminar mal. ‘Ferdydurke’ se ha convertido en una lectura obligatoria en los colegios y con el tiempo lo van a banalizar por completo, jodiendo con su obra, simplificándola y convirtiéndola en un lugar común. La única salvación sería prohibir su lectura en todo el país por una o, mejor, dos generaciones"

Cuatro años después de que el Pequeño K escribiera estas palabras proféticas, los comandantes de esa región de Europa que en la antigüedad se llamaba el País a las orillas del Vístula, los Gemelos Pimentones, prohibieron la lectura de la obra de Gombrowicz en todos los colegios de Polonia.
De cómo escriben los polacos sobre Gombrowicz poco puedo decir porque no conozco el idioma, pero lo poco que conozco no es bueno. La Vaca es un gombrowiczólogo que, como muy bien dice el Viejo Vate, lo plancha a Gombrowicz, escribe para los congresos, para las editoriales y para el público y quiere quedar bien con todo el mundo. El Pequeño K no es gombrowiczólogo, pero también lo plancha, sus textos están dictados por la falta de esfuerzo, por la ligereza y por la pereza, Gombrowicz se hace humo entre sus manos.

El Viejo Vate es otra cosa, es un poeta. En el número de noviembre de "Twórczosc" comenta el "Diario patagónico" del Pequeño K, y otra vez habla de mí. "Las opiniones de Kalicki sobre Gombrowicz se deben tal vez a su espíritu de contradicción, especialmente para con Juan Carlos Gómez quien es para mí el más importante exégeta de Gombrowicz entre los escritores vivientes de todo el mundo. Ningún espíritu científico puede competir con él teniendo en cuenta su unión espiritual muy particular con el maestro y sus competencias intelectuales tan singulares de las que surgió como prueba sugestiva su brillante e insuperable trilogía gombrowicziana publicada en ‘Twórczosc’ (2004). Uno no llega a entender por qué esa trilogía no ha despertado interés en ningún editor de la patria del gran escritor a quien los manipuladores de la autoridad nunca podrán esconder ni destruir"

Ian WELDEN/Milagro del domingo: Maria



IAN WELDEN Valby, Copenhague, Dinamarca. Nació en Santiago de Chile en 1948.

Estudió Comunicación de masas y gráfica en la Universidad Técnica del Estado. También estudio cine en la Escuela de Cine de la Universidad Técnica de Santiago. En 1974 viajó a Barcelona donde, aparte de escribir toneladas de poemas y cuentos que jamás publicó, trabajó como interprete y radiooperador a bordo de un barco que buscaba petróleo a 15 millas de la costa de Barcelona.

En 1975 viajó a Dinamarca donde clavó su bandera chilena para siempre. Aquí trabajó en los campamentos para refugiados de la Cruz Roja, donde, entre muchas otras tareas, coleccionó poemas y relatos de refugiados de casi todos los rincones del mundo. También inauguró una exposición de gráfica titulada "GUERRA MUNDIAL - TERCERA FASE", acerca de la guerra civil en la otrora Yugoslavia.

Ahora, disfrutando su ocio, escribe poemas y relatos cortos que él llama "milagros".

E-mail:
Ian.welden@mail.dk

Ian Welden sobre Azul@rte:
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Milagro del domingo:
Maria
Por Ian Welden

Para Maria y Angelic Stausen

He nombrado a Maria en uno de los milagros.
María murió hace muchos años ya de cirrosis y pulmonía.

Ella nació en un pueblito de Alemania, Studsstad, y vivía con su padre, madre y una hermanita menor, una guagua llamada Angelic.

Era la era del nazismo en Alemania, y el padre era alcalde del Partido Nazi. Era un hombre bueno pero las circunstancias requerían que fuera miembro de Partido Nacional Socialista para mantener su trabajo.
Cuando Stusstad fue invadido por las tropas rusas, el padre fue ejecutado, la madre violada en frente de María, y los soldados rusos sacaron a Angelic de su cuna, le cantaron canciones, la arrullaron y la volvieron a dejar tranquila. Maria fue dejada en paz. Sola con su hermanita menor.

Se alimentaban de la caridad de los vecinos. Maria en su soledad y angustia iba con su hermanita al lago del pueblo. Ahí se sentaba horas a mirara los otros jóvenes y soldados patinar.
El comandante ruso, ahora mandamás del pueblo, se fijo en María. Le llamo la atención esta adolescente hermosa y su hermanita menor. Su soledad.

Hay que decir que María y su hermana estaban estigmatizadas por ser la hija de un nazi. Pero en realidad en el pequeño pueblo de Stusstad nadie lo comentaba. Todos habían sido nazis. Ahora eran todos comunistas.
Hay que mantenerse vivos. Pero María por su status especial corría peligro. Cuando viniera el General, podría ser fusilada.

El comandante ruso se hizo amigo de María y Angelic. La llevó a Berlín y a través de la embajada Danesa, logro enviarla a una familia que el conocía en Copenhague.
María perdió a su hermanita. Angelic quedo a cargo de una familia en Stusstad. Jamás la volvió a ver.

Yo conocí a Maria en un bar. Estaba solo sentado en una mesa y esta mujer rubia, pálida como una sabana y ojos azules como el cielo, se sentó frente a mi y me dijo “Que estas haciendo aquí, extranjero!”.

Nos hicimos amigos. Me contó la historia de su vida. La que he contado aquí.
Pero hay más. Maria estudio medicina y trabajo en el Hospital del Reino, era cirujana y tenia acceso a drogas, especialmente heroína. Comenzó a robar pequeñas dosis para consumo personal y se trasformó en adicta. La sorprendieron, perdió su derecho a practicar medicina y en la cárcel se convirtió en alcohólica empedernida.

Nos juntábamos a caminar o tomar cerveza en su pequeño departamentito oscuro. Siempre muy borracha, me contaba de su soledad y aun extrañaba su pueblito alemán, pero sobre todo a su hermana menor. -Donde estará Angelic. Estará viva? La volveré a ver algún día?- me decía constantemente.

Me mostraba huesos humanos y calaveras que guardaba en su ropero. Ella me enseñó a conocer el material, la textura y el diseño de esas osamentas. -Quien lo habrá diseñado?- se preguntaba y me preguntaba a mi.
Y se quedaba dormida y yo le ponía una manta y salía en silencio de su departamento. Maria murió sola una noche en que no la fui a ver. La policía me contactó por ser yo el único nombre y dirección que aparecía en una libretita que estaba sobre su velador.

Yo no quise hacerme cargo de los trámites del entierro e hice lo posible por transformar a Maria en un recuerdo.

Casi treinta años han pasado desde nuestra extraña amistad y su muerte. Y hoy apareció en mi puerta una mujer idéntica a Maria. Yo creí que era una alucinación. O que María había resucitado de los muertos. Vestía elegantemente y su mirada era clara y muy inteligente, y bella como María.
La mujer habló en Inglés con acento alemán -Señor Ian Welden? Mi nombre es Angelic. Usted conoció a mi hermana María, no? Me permite pasar...?

Juan Carlos GOMEZ/Witold GOMBROWICZ & Ricardo PIGLIA


juan carlos g{omez
junacagomz@yahoo.com.ar

Juan Carlos GOMEZ sobre Azul@rte:
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GOMBROWICZIDAS
Witold GOMBROWICZ & Ricardo PIGLIA
Por Juan Carlos Gomez

La curiosidad que tienen las personas cultas por saber cuáles han sido las lecturas de los hombres de letras eminentes es análoga al deseo de conocer sus antecedentes familiares, es una necesidad que se manifiesta en todos los campos del conocimiento humano, la necesidad de clasificar y de darle una estructura lo más simple posible al desorden. Pero ni de sus antecedentes familiares ni de sus lecturas podemos deducir la naturaleza de Gombrowicz.

Mis aventuras con las personas muy apegadas a la actividad de escribir a veces no llegan al conflicto, se mantienen en estado larval esperando circunstancias más favorables, es el caso de mi relación con el Vate Marxista, hace exactamente cuarenta y cinco años tuve mi primer encuentro con este gombrowiczida tan ilustre.

"Salimos de Anchorena, tomamos un taxi y fuimos a Galatea, la librería de Viamonte y Florida donde se presentaba Hernán, la novela del Asno (...) Yo llegué un poco más tarde, Canal Feijóo y Marta Lynch ya se habían ido (...) De la librería partió un contingente de poetas, críticos y comunistas. Fuimos a tomar unas copas a la ‘Escalerita’ de Tucumán y 25 de mayo. Llevaba el mismo chaleco y la misma corbata de nuestra peregrinación a La Plata y los asesinos estaban otra vez ahí. Hablé una hora seguida sin parar; me interrumpió Piglia, un vate marxista, pero sin ningún resultado. Reconozco que tenía unas copas de más, dos whiskys en lo de los Lubomirski y otros tres en la ‘Escalerita’ habían hecho lo suyo. Tengo impresiones borrosas, el Asno decía: –Gómez es muy inteligente. Alguien del extremo lejano se levantó y vino hacia mí (...)"

El hombre se siente diferente según esté en un bosque sombrío, en un jardín podado a la francesa, o en el piso cuadragésimo de un rascacielos. Los que escriben en los cafés tienen los límites de su personalidad a la distancia que los separa de las mesas vecinas. No hay en ellos ni rastros del empeño dramático de un solitario, les falta la angustia metafísica nacida del silencio, el método y la disciplina de los laboratorios científicos.

Cada uno de ellos acaba allí donde comienza su vecino; muy cerca. Algunos se dan cuenta y hacen lo posible para no parecer escritores de café, pero sus convulsiones espirituales sólo van dirigidas a no parecerlo, por lo que se convierten de nuevo en escritores de café, pero al revés. Un verdadero círculo vicioso. Yo he criticado con cierta dureza algunas de las reflexiones que ha hecho el Vate Marxista sobre Gombrowicz.

Sin embargo, no se me ocurrió pensar en qué lugar las había escrito, y me gustaría saberlo porque, si las hubiese escrito en los cafés es como si las hubiera escrito con una mano atada, un capiti diminutio. Cuando le puse el punto final a un relato que hice sobre "Transatlántico" me acordé de que el Vate Marxista, con uno de esos golpes secos en los que combina con proporciones armoniosas la paradoja, la logomaquia y la ciencia, había hecho unas declaraciones llamativas: "El mejor escritor argentino del siglo XX es Witold Gombrowicz"

Bastante tiempo atrás de esta declaración, en el año 1965, el agregado cultural de la embajada argentina en París, Ocampo, le decía a su par polaco, Tadeusz Breza, que Gombrowicz había comido del pan argentino durante un cuarto de siglo y ahora ladraba contra la Argentina.

Y dos años antes, en el año 1963, Gombrowicz nos había dicho que después de veintitrés años era tan polaco y tan extranjero como el primer día de su llegada, que no había cedido, que no se había adaptado ni desnacionalizado. Es decir, Gombrowicz era entonces un escritor argentino que ladraba contra la Argentina, que no se había adaptado y que seguía siendo tan polaco y extranjero como cuando llegó a la Argentina. No pude hacer pie firme en un terreno tan escabroso como éste así que decidí recurrir a otras declaraciones del Vate Marxista en las que el aspecto racional tuviera relevancia y un poco más de peso que las fantasías del lenguaje y las paradojas. En un congreso de escritores que se realizó en Santa Fe hace exactamente veintidós años, afirmó que "Transatlántico" era una de las mejores novelas escritas en el país, una afirmación más restringida y específica que la anterior y que, a la primera mirada, no parecía paradojal.

Sin embargo, después de leer esa ponencia a la que llamó "Gombrowicz y la novela argentina" me quedó la extraña sensación de que los comentarios del Vate Marxista no tomaban contacto con Gombrowicz sino con las traducciones, los estilos, la lengua y unas logomaquias que remata diciendo que la novela argentina sería algo así como una novela polaca traducida a un español futuro. Cuando yo leo cosas por el estilo, me mareo, no se puede saber nada de "Transatlántico" ni de Gombrowicz en medio de tantas paradojas, frases ingeniosas y sutilezas, es un género que yo detesto. En un pasaje memorable de "Trasatlántico" que el Vate Marxista comenta con fruición, Gombrowicz se burla de los libros y de los hombres de letras en la cabeza de un personaje que al Vate Marxista le recuerda a Mallea, al Filósofo Payador le recuerda a Borges, y a otros más les recuerda a Mujica Láinez.

Había entrado a la reunión un hombre vestido de negro, una persona muy importante, un gran escritor, un maestro. Llevaba en los bolsillos una cantidad inconcebible de papeles que perdía a cada momento, y debajo del brazo algunos libros, se volvía a cada rato inteligentemente más inteligente. Los compatriotas de Gombrowicz lo empezaron a azuzar para que mordiera al hombre de negro, que si no lo hacía lo iban a tratar de comemierda y lo iban a morder. Entonces Gombrowicz le dijo a la persona más cercana en voz bastante alta para que lo oyera el hombre de negro: –No me gusta la mantequilla demasiado mantecosa, ni los fideos demasiado fideosos, ni la sémola demasiado semolosa, ni los cereales demasiado cerealientos.

El hombre de negro le respondió que la idea era interesante pero no nueva, que ya Sartorio la había expresado en sus "Eglogas", y cuando Gombrowicz le manifestó que no le importaba un comino lo que decía Sartorio sino lo que decía él, el que estaba hablando, el gran escritor le contestó que la idea no era mala pero que existía un problema, ya había dicho algo parecido Madame de Lespinnase en sus "Cartas". Gombrowicz perdió el aliento, aquel canalla lo había dejado sin palabras, entonces empezó a caminar y a caminar, y cada vez caminaba con más furia, sus compatriotas estaban rojos de vergüenza y los demás de ira. Pero alguien comenzó a caminar con él, era un hombre alto, moreno, de rostro noble. Sin embargo, sus labios eran rojos, estaban pintados de rojo. Huyó como si lo persiguiera el diablo. El moreno lo siguió, era muy rico, vivía en un palacio, se levantaba al mediodía para tomar café y luego salía a la calle y caminaba en busca de muchachos; aunque vivía en una mansión simulaba ser su propio lacayo, tenía miedo que le pegaran o que lo asesinaran para sacarle la plata.

"Transatlántico" es, efectivamente, la obra polaca más argentina de Gombrowicz, ya tenía encima más de la mitad del tiempo que vivió en Argentina, y no pudo ni quiso sustraerse a su influencia. Hay en esta novela un ambiente en el que aparecen en una misma escena, el estilo intelectual imperante por Buenos Aires en esa época, y un puto millonario. Es probable que el escritor vestido de negro fuera una mezcla de Mallea con Borges, y el puto millonario, una mezcla del mismísimo Gombrowicz con Manuel Mujica Láinez. Cuando hablo en los gombrowiczidas de la performance de los escritores hispanohablantes me refiero exclusivamente al desempeño que tienen en el asunto Gombrowicz.

La primera sensación que uno tiene leyendo los escritos del Vate Marxista es que nos encontramos en un campo literario en el que las ideas se ponen al servicio de las palabras. La primacía de la semántica y la ilación en el decurso de los movimientos cognoscitivos de este ser compelido a escribir, a veces contra su propia voluntad, nos coloca en un mundo de características borgianas. Para cortar por lo sano e ir directamente al grano tenemos que decir que en Gombrowicz las cosas ocurren exactamente al revés, mejor expresado, las palabras se ponen al servicio de las ideas y, en el límite, el significado de las palabras no tiene importancia, o importa poco.

Si bien es cierto que el discurso de los hombres de letras hispanohablantes no es tan homogéneo que digamos respecto a Gombrowicz pues se mueve en un rango que va desde la más declarada logorrea del Pato Criollo a la hermenéutica un tanto sofocante del Vate Marxista, en muy pocas ocasiones estos jinetes que sujetan con fuerza las riendas del caballo de las palabras se montan en el caballo de las ideas de Gombrowicz. Podríamos decir que Gombrowicz los convierte en unos seres incompletos pues sólo comprenden la parte de Gombrowicz que está en ellos, pero esta parte de Gombrowicz es la más pequeña. Para ponerlo de otra manera, no utilizamos bien el tiempo cuando salimos a cazar jabalíes con una red o cuando nos vamos de pesca con una escopeta.

Los escritores argentinos cuando se las tienen que ver con Gombrowicz ponen las ideas al servicio de las palabras a diferencia de Gombrowicz que pone las palabras al servicio de las ideas. Pero, ¿al servicio de qué ideas pone las palabras Gombrowicz? Gombrowicz arremete con furia contra todas las ideas, acosa a la realidad en todas las formas posibles y la irrealidad de las ideas lo pone fuera de sí, pero lucha contra ella. "Gómez, todos te felicitamos por tu generosa campaña de difusión de la obra de Gombrowicz. Quería pedirte que me enviaras tus mensajes a esta dirección y no (también) a la de Princeton (porque ahí solo pasan los emails escritos en inglés y el resto se acumula en el techo). Gracias y saludos"

Si juntamos, por un lado, las conclusiones del Pato Criollo –Gombrowicz es un poseur que usó su genio para volverse sospechoso– con las dudas que tenía el Revólver a la Orden sobre la seriedad de sus pensamientos, y las ponemos al lado de las afirmaciones del Vate Marxista –la novela argentina sería algo así como una novela polaca traducida a un español futuro– obtenemos las características del mejor escritor argentino del siglo XX.

Las expresiones del Vate Marxista, de Revólver a la Orden y del Pato Criollo que aparecen en las fotografías son muy diferentes. La del Vate Marxista parece que nos estuviera diciendo que él lo sabe todo, la de Revólver a la Orden parece que nos estuviera diciendo que va a dar un golpe de furca, y la del Pato Criollo parece que nos estuviera diciendo que lo han tirado a la basura.

dimanche 21 septembre 2008

Edmundo PAZ SOLDÁN/ Robert HARRIS: Un fantasma en el corazón del poder



CRÍTICA:
Un fantasma en el corazón del poder
Por Edmundo PAZ SOLDÁN

El lugar del escritor inglés Robert Harris como uno de los maestros contemporáneos del "thriller literario inteligente" (las palabras son del Times) está tan asegurado que una cita en una de las solapas interiores de su nueva novela, El poder en la sombra, no pertenece a un crítico literario sino a una de las personalidades más importantes de nuestro tiempo: Nelson Mandela. "Un autor que maneja el suspense como un Alfred Hitchcock literario", escribe el premio Nobel surafricano. Tal como están las cosas, no es difícil imaginar la próxima novela de Ruiz Zafón con una frase de Sarkozy en la cubierta. Los críticos literarios, esa entidad tan extraña, se han devaluado tanto que una muestra de la importancia de un autor parece ser hoy su capacidad de prescindir de ellos.

Lo cierto es que Robert Harris (Nottingham, 1957) ha escrito obras maestras del género. Enigma es una muy buena novela para el verano o un largo viaje en avión; Patria, sobre una posible victoria nazi en la II Guerra Mundial, es incluso algo más: una de las mejores obras que se han escrito sobre historia alternativa (Patria sobrevive a la comparación con Philip K. Dick y su Hombre en el castillo, y es superior a Philip Roth en La conjura contra América). ¿Dónde, entonces, situar El poder en la sombra? No entre las mejores novelas de Harris, pero tampoco en su lista de libros flojos (Imperium). Digamos: una entretenida medianía.

En los últimos años ha surgido un subgénero en la ficción anglosajona: la narrativa del 11 de septiembre. Este tipo de novelas pertenece a una categoría más amplia que podría llamarse "ficción sobre la guerra contra el terror". Aquí se encuentran novelas como las de Ian McEwan (Sábado) y Harris. El poder en la sombra trata de las peripecias de Adam Lang, un ex primer ministro inglés muy parecido a Tony Blair, en su lucha por librarse de la justicia internacional, y de los intentos del narrador por escribir las memorias del ex primer ministro. El narrador es un "negro", alguien que escribe libros por encargo; ghostwriter, la palabra en inglés para "negro", es mucho más precisa para sugerir la invisibilidad del oficio. The Ghost, el título en inglés de la novela de Harris, recoge esa invisibilidad del narrador. Quizás se debió haber pensado en una traducción al español más creativa del título; El poder en la sombra es el típico título de un thriller clase B de Hollywood. De paso, cada capítulo se inicia con una cita tomada de un manual de escritura para "negros", con lo que la novela reflexiona de manera inteligente sobre el mismo proceso de su construcción ("Un 'negro' que sólo tenga un conocimiento somero del personaje estará en situación de plantear las mismas preguntas que un lector no versado y en consecuencia hará el libro más interesante para un número mayor de lectores").

Lo mejor de Robert Harris es su capacidad para minar los titulares políticos de los periódicos de los últimos años para inventarse una ficción verosímil en buena parte de sus páginas, acerca de la posibilidad de que debido a las ilegalidades cometidas para justificar la guerra en Irak, el ex primer ministro inglés termine siendo acusado como un criminal de guerra. Lang aparece retratado como un actor de primera -el tono anaranjado de su piel se debe al maquillaje-, a quien le interesa más el éxito de su papel que el bien común de Inglaterra; para describirlos a él y su esposa, hay que pensar en el título de una novela de Graham Greene, El poder y la gloria. El trabajo del narrador como "negro", entonces, es humanizar a Lang, hacer que los lectores se conmuevan con su historia de sacrificios, la forma en que se impuso a la adversidad para llegar a ser lo que es; el narrador fracasa, porque lo que queda del libro es una crítica despiadada a la alianza de Inglaterra con Estados Unidos en la guerra en Irak, y una mirada sarcástica a la integridad moral del ex primer ministro inglés.

El poder en la sombra se inicia con la muerte en circunstancias sospechosas de McAra, el "negro" original de Lang. Esa muerte permitirá que el narrador se convierta en el nuevo "negro" de Lang. El narrador tratará de descubrir el lado oscuro del pasado de Lang, aquello que descubrió McAra al escribir su manuscrito y que lo llevó a la muerte. Hay una intriga internacional, una conspiración de alto vuelo en la que se halla involucrada la CIA. El final se deja llevar por la paranoia y no es del todo plausible; sin revelar mucho, baste sugerir que el título de la novela en inglés se presta a una sugerente ambigüedad: ¿quién es ese "fantasma" del entorno de Lang, todo un espía de la CIA enclavado en el corazón del poder inglés?

Lo saludable de este escritor es que no alberga grandes pretensiones en torno a lo que hace; con un guiño al lector, Robert Harris pone en boca del narrador estas palabras en torno a su trabajo de "negro" que bien pueden aplicarse al propio Harris: "Me veo como el equivalente literario de un experto tornero o de un fino alfarero: hago objetos medianamente interesantes que a la gente le gusta comprar". Pues sí: en materia de muy buena ficción comercial, nada como la verdad. –

Articulo:
http://www.elpais.com 20/09/2008

Juan GOYTISOLO/ Lecturas francesas


ANÁLISIS:
Lecturas francesas
Por Juan GOYTISOLO

La Guimard, de Guy Scarpetta, plantea una ambiciosa y profunda propuesta ética y literaria, y es un acontecimiento en la novelística actual. Le Tutu, de la enigmática Princesse Sapho, posee una sorprendente modernidad.

En un verano consagrado, entre otras cosas, a la relectura de Diderot -cuyo prodigioso Jacques, el fatalista, traducido por Félix de Azúa acaba de publicarse en español-, han llegado a mis manos dos novelas fuera de lo común: La Guimard, de Guy Scarpetta, y Le Tutu, de una enigmática Princesse Sapho.

La primera, impresa hace tres meses, constituye un verdadero acontecimiento en el panorama más bien grisáceo de la novelística francesa actual: sólo unos pocos nombres, y en primer lugar el de Kundera, sobresalen de ella por la novedad de unos planteamientos literarios que evitan la habitual reiteración de lo ya escrito y reescrito hasta la saciedad.

El tema de la novela de Scarpetta -la biografía novelada de la bailarina más famosa de su época, estrella indiscutible de la danza barroca de la segunda mitad del siglo XVIII, cortesana favorita de los círculos aristocráticos, intelectuales y artísticos, cuya ascensión fulgurante y libertinaje fueron célebres en el París anterior a la Revolución- oculta en verdad una propuesta ética y literaria mucho más ambiciosa y profunda. No sólo la de una solitaria reivindicación de la licencia reinante en el Antiguo Régimen, condenada de forma inapelable por el jacobinismo puritano de la Revolución -reivindicación planteada ya por Scarpetta en Pour le plaisir-, sino también la de una estructura artística que elude la facilidad de una mera reconstitución histórica -incluso sabiamente elaborada como es el caso en su obra-, mediante reflexiones sobre ésta y saltos al presente, producto de la experiencia del propio autor.

La lista de hombres célebres que frecuentaron a la Guimard y fueron sus amantes incluye a Fragonard, Mirabeau, el duque de Orleáns, Talleyrand... Scarpetta describe con talento y precisión sus orgías reales o inventadas, pero el erotismo es sólo uno de los múltiples materiales compositivos de la novela. El lector de Laclos y de Sade sabe a qué atenerse. Lo que verdaderamente marca su signo distintivo respecto a sus antecesores (del "divino marqués" a Bataille) es, como dijimos, una incentiva reflexión sobre el libro que construye, nada dogmática ni aburrida, reflexión que se integra felizmente en el conjunto, sin lastrarlo jamás.

La evocación de sus relaciones íntimas o meramente amistosas con María la gitana o con Mélanie Morel, propulsada a una gloria efímera por Merce Cunningham, le permite establecer, por ejemplo, un paralelo entre ellas y la Guimard en razón de la intransigencia de una con las nuevas modas que arrinconaron su concepción del arte de la danza y la sujeción resignada a aquélla de las otras: una apoteosis condenada a la extinción. La referencia de la vejez de los artistas que fascinan a Scarpetta, como Picasso o Jean-Luc Godard, nos procura asimismo unas páginas magistrales sobre su entrega del arte y su furor creativo... Poco a poco, junto a la nostalgia que embebe el mundo descrito -semejante al que abrió Mayo del 68 y enterró el sida catorce años después- captamos otro caudal subterráneo. La aspiración del novelista a un proceso creador libre de trabas, su rebeldía del canon establecido. Toda propuesta literaria aspira a ser única a su manera y La Guimard lo es. De ahí su emocionado homenaje al pintor malagueño y al cineasta que encarna toda la historia del séptimo arte, a esta singular maestría de "algunos artistas capaces, en su vejez, de las mayores audacias, porque ya no tienen que rivalizar con nadie, el espíritu de su tiempo les resulta poco a poco indiferente y en definitiva no tienen nada que perder".

Como señala la cubierta de la obra, Le Tutu: Moeurs fin de siècle es la novela más misteriosa del siglo XIX. Impresa en París en 1891, no llegó a distribuirse en las librerías. Su editor, León Génonceaux, en cuyo catálogo figuraban nada menos que Rimbaud y Lautréamont, tuvo que darse a la fuga para evitar la acción de la justicia que le acusaba de "publicación de una novela inmoral". El seudónimo tras el que se enmascara el autor, Sapho o Princesse Sapho, permaneció durante décadas envuelto en una densa nube de tinta. Según Pascal Pia, en un artículo publicado en la Quinzaine Littéraire en abril de 1966, y Jean-Jacques Lefrère, en la presente edición, se trataría, casi con certeza, del propio Génonceaux. Pero, más intrigante aún que dicho enigma lo es el desconocimiento tan dilatado de esta obra maestra de humor corrosivo y de inventiva feroz: un verdadero "aerolito literario" que, como dice Julián Ríos en el epílogo, llega a nuestras manos con cien y pico de años de retraso. Y ¡vaya aerolito! En él encontramos un claro precedente -no hablo de influencia, pues no fue leído por nadie- de las audacias de Jarry, Roussel, Breton, Ionesco, Queneau... "Borges, en la estela de T. S. Eliot", escribe Julián Ríos, "afirma que cada escritor crea a sus precursores. Una novela precursora como Le Tutu parece ser obra de numerosos autores, el hijo precoz y escandaloso de varios padres".

Del principio al fin de la novela reina la extravagancia más desbocada: sucesos increíbles, personajes excéntricos, diálogos insólitos de irresistible comicidad. Su protagonista, Mauri de Noirof, trasunto de un amigo de Génonceaux, sueña en hacer el amor con su madre devoradora de bilis y de vísceras, se casa con una rica heredera obesa y alcohólica, bebe como un descosido, dilapida el dinero propio y ajeno, se enamora de Mani-Mino, fenómeno circense de dos cabezas y cuatro brazos y piernas, la alimenta con sus pechos (gracias a un milagroso tratamiento que hoy llamaríamos hormonal) y engendra un monstruo hermafrodita de cuatro cabezas y dieciséis extremidades difícil de amamantar (sólo posee dos senos y su progenitura cuatro bocas), inventa un súper AVE que traslada al usuario en treinta segundos de París a Lyon, incurre en nuevos desatinos, recibe inesperadamente un acta de diputado, es nombrado por sus méritos ministro de la Justicia, participa en una orgía presidida por el Papa, consuma al fin el incesto materno en un tren semejante a aquél en el que vino al mundo.

La irrisión del universo en el que se agitan los personajes es de una cáustica y sorprendente modernidad. Nada ni nadie se salva de la quema. La irreverencia de Sapho es total:

"El Creador, si lo hay, incurrió en un fallo cuando creó de la nada al primer hombre y a la primera mujer: se olvidó de forjarlos a su imagen, con lo que se condenó a sí mismo a ver continuamente ante sus ojos su propia fotografía: la de sus criaturas estúpidas".

"Si el hombre tuviera conciencia del peso de feo horror o de fealdad horrible que arrastra consigo (...) quemaría el cerebro del globo infecto sobre el que pasea su carcasa inmunda".

El radicalismo del editor de Rimbaud y Lautréamont -y también de obras menores de títulos como Le peché, Sodome Gomorre, Monsieur Venus, etcétera- no podía sino acarrearle los problemas que condujeron al cierre de su librería del 3 de la Rue Saint-Benoit, en el edificio contiguo al que viviría luego Marguerite Duras. En Le Tutu, como en los "disparates medievales", lo absurdo y el humor constituían su frágil escudo de defensa. Según escribía Diderot a Sophie Volland -una musa que frecuentó por cierto a la Guimard- "a menudo hay que dar juicio al aire de la locura, a fin de que pueda ser tolerado". –

La Guimard. Guy Scarpetta. Gallimard, 2008. 316 páginas. Le Tutu: Moeurs fin de siècle. Princesse Sapho. Textos de Julián Ríos, Pascal Pia y Jean-Jacques Lefrère. Tristram, 2008. 240 páginas.

Articulo:
http://www.elpais.com 20/09/2008

Róger Antón FABIÁN/ Crónica: Mario VARGAS LLOSA, la literatura y la vida


E-mail: rogerantonfabian@hotmail.com

Sobre Azul@rte:
http://revistaliterariaazularte.blogspot.com/search?q=R%C3%B3ger+E.+Ant%C3%B3n+Fabi%C3%A1n


Crónica
Mario Vargas Llosa, la literatura y la vida
Por Róger E. Antón Fabián
a Delmy Díaz, mi mujer

PASEAR POR EL CENTRO HISTÓRICO DE LIMA no es algo que me apetezca, sobre todo ahora que la capital se encuentra cual víctima de una catástrofe nuclear, atiborrada de avenidas suburbanas con pequeños bloques de calzada destrozados y revueltos unos sobre otros como un puñado de naipes. Permanecer media hora o más en el asiento del autobús, ante el barullo repetitivo de menesterosos que suben y bajan a vender chucherías bajo las bocinas intermitentes por el embotellamiento vehicular, es sencillamente un suplicio perturbador e impresionante, peor aún en esta época en que una garúa invisible cae persistentemente sobre la fría Ciudad de los Reyes. Sin embargo, un suceso me ha llevado a hacer más de una vez el mismo recorrido sorteando tatuadores, cambistas, pulsadores, entre las insospechadas galerías comerciales, y lo volvería a hacer con la misma finalidad: llegar a la cuadra 5 del Jirón de la Unión, a unos pasos de la Plaza de Armas, donde se viene realizando la muestra sobre la vida y obra de nuestro mayor escritor, denominada: “Mario Vargas Llosa, la libertad y la vida”, y que tiene como escenario la Casa Museo Bernardo O’Higgins (*).

He asistido en varias oportunidades, ya he perdido la cuenta de las veces que he ido, solo, con mi mujer o llevando a algunos amigos. En realidad es una exhibición que da cuenta de todas las circunstancias de la vida del escritor; así, cada sala expone sus pasiones: la escritura y los libros, los escritores y el periodismo, el cine y el teatro, la vida académica y la política. La muestra nos recibe con una presentación de Alonso Cueto, quien afirma que “si alguna lección nos deja esta vida y obra es la de la confianza en el poder de los individuos de fraguarse un destino”.

Organizada por la Pontificia Universidad Católica del Perú, reúne en dos pisos y catorce salas, el universo personal y literario del celebre escritor, y recibe a los concurrentes con copias de algunos escritos de puño y letra, y cartas esparcidas por un sendero que va hacia un pupitre donde se distingue, cubierta por un cristal, una Marathon 1200 DLX que habría acompañado al escritor a escribir sus primeros textos, mientras, como fondo, descuella un retrato suyo.

El primer piso está lleno de fotografías con familiares en diferentes épocas, y un recorrido literario-vital acompañado de un archivo iconográfico desde su nacimiento en 1936 en Arequipa, hasta sus estadías en diferentes ciudades del mundo. Sus tesoros, como una carta muy afectuosa de Julio Cortázar antes de publicar “Rayuela”, una estampa de su Primera Comunión, pasaportes, libreta de notas y manuscritos originales del inicio de alguna de sus novelas.

Me enteré de la exhibición de ejemplares de sus novelas traducidas a diferentes idiomas y objetos de escritores que influyeron en su vida, por las noticias de la Agencia EFE y la Biblioteca Virtual “Miguel de Cervantes” (Vargas Llosa es presidente de la Fundación), que repitieron “La Vanguardia”, “La Nación”, “Jornada Latina”, “El Universal” y “Perú 21”, entre otros diarios; sin embargo, quien recorre los salones no encuentra en realidad tales objetos.

Y aunque es verdad que la tutela de la exposición, forjada durante dos años, quedó a cargo del escritor Alonso Cueto y contó con la asesoría del arquitecto Frederick Cooper y el pintor Fernando de Szyszlo, viejos amigos de Vargas Llosa, se distingue una especie de bóveda titulada “Tesoro”, donde tras el ornamento de cerámica de un hipopótamo (los colecciona desde que escribiera su obra teatral “Kathie y el hipopótamo”), con ciertas grietas de color negro sobre un paño rojo, se puede ver un muestrario de libros.

Sin embargo, el espectador común no está seguro, a pesar de las múltiples reiteraciones de los vigilantes, que sean suyos. Yo mismo, sorprendido, pude echar una ojeada a algunos ejemplares y encontrar ahí libros de colegio desusados, de legislación, educación, química inorgánica, un texto de matemática, unos cuantos volúmenes de historia de Carl Grimberg, tomos de la enciclopedia juvenil Océano, una edición del Nuevo Testamento de la Biblia y hasta un manual de contribuyentes de la Sunat, entre otros; y de literatura, viejos y muy descuidados tomos de Losada, Salvat, de ciencia ficción (que Mario no lee), entre “Ana Karenina” de Tolstoi, “Persona non grata” de Jorge Edwars, “Siete ensayos de la realidad peruana”, y hasta la novela “El rincón de los muertos” de mi amigo el escritor Samuel Cavero Galimidi.

A menos que se haya querido dar a entender subliminalmente que los libros siempre serán un tesoro, más de un visitante quedará con la incógnita, pues, a saber, la biblioteca peruana de Mario consta de poco más de veinte mil cuidados volúmenes, está dividida por temas y aficiones, y cada libro posee un sello y stickers, allá en el sexto piso de su casa de Barranco donde tiene su estudio y biblioteca en el malecón que ahora lleva su nombre.

Las veces que he ido recorrí todas las salas. En el primer nivel el salón “Diarios de un rebelde”, nos ofrece un examen biográfico desde la etapa de su niñez hasta nuestros días, acompañada de vitrinas que contienen recortes, libretas con anotaciones de sus viajes, y tesoros personales con su sello y número de ingreso, como la invitación original del Colegio San Miguel a la gran velada literario-musical en la que se menciona la presentación del drama “La huida del inka”, en aquel tiempo, julio de 1952, próxima a estrenarse en el Teatro “Variedades” por la semana de Piura (también se presentaban el Cantinflas piurano, un conjunto de cuerdas del cancionero criollo, las Bikini Girls, algunos solistas y la promoción de las candidatas a Señorita Piura) y comentarios en la prensa local como éste: “Quienes vayan al ‘Variedades’ el jueves tendrán oportunidad de ayudar a los sanmiguelinos a arbitrarse fondos para su excursión a Lima e Ica”.

Las salas, pasillos y escaleras están acompañadas de fotografías de su archivo familiar y cuadros del pintor Fernando de Szyszlo; pero la sala principal del segundo piso del museo está rodeada de balaustradas que dividen ambos corredores de muy fina restauración, de elegante estilo republicano. Se puede observar a plena vista, cual enormes cuadros, las ya conocidas fotografías del autor con Patricia, su mujer; con Gabriel García Márquez, Jorge Edwards, José Donoso y Muñoz Suaz en Barcelona, en casa de su agente literaria Carmen Balcells; otra con Guillermo Cabrera Infante, Fernando de Szyszlo, Octavio Paz y Damián Bayón, así también en Barcelona con García Márquez, Carlos Barral y Julio Cortázar. En este nivel se destacan las salas organizadas temáticamente en honor al periodista, al político, al académico, el cinéfilo, el dramaturgo y el héroe.

La primera con las publicaciones de “Las batallas por la libertad” dando cuenta del hombre cívico y político. Sus inicios en el diario “La Industria” de Piura, su paso por el “Mercurio Peruano”, El Dominical de “El Comercio”, su labor en Radio Panamericana, y luego ya en París en la Agence France Press. Su postura ante el caso Padilla en 1971, la matanza en Uchuraccay en 1983, contra la estatización de la banca en 1987, la campaña política en 1990. En un par de vitrinas se puede apreciar las portadas que le dedican “The New York Times Magazine”, “Newsweek”, “Le Debat”, entre otras revistas. Y una emisión continua de sus entrevistas en el programa televisivo “La torre de Babel”, transmitido por Panamericana Televisión y producido por su cuñado Lucho Llosa, que data de 1981, el cual duró en el aire tan solo seis meses, y donde se ve desfilar a Magda Portal, la fundadora del APRA; Alain Elías, amigo de Javier Heraud; Don Pancho, un simpático y veterano heladero, el más antiguo de Miraflores; el pintor Fernando de Szyszlo, quien afirma que la técnica no se debe ver pero debe permanecer en la obra; una Doris Gibson que rememora una entrevista con el dictador Velasco Alvarado; Jorge Edwars reflexionando sobre la novela chilena; Ernesto Sábato ante su enorme biblioteca hablando del sentido del caos, y Jorge Luis Borges.

A propósito, el autor de “El Aleph” afirmó que cuidaba mucho su lectura y fue derrotado por varias novelas. No tenía en casa libros sobre su persona y que solo había leído “Borges, enigma y clave” de Rodríguez Monegal, porque, apuntó irónicamente, “quería encontrar la clave”. Queda una insípida desazón ante la reiterada insistencia de un porfiado Vargas Llosa cuando le pregunta hasta en tres ocasiones sobre la austeridad de su hogar y por qué no vivía en un lugar más lujoso. Borges, sonriente y sarcástico, afirma que “‘la pobreza’ no le interesa”. Ahora que lo recuerdo esa entrevista ofendió mucho al escritor argentino. Cuando opinó sobre el Perú aludió a su abuelo el coronel Francisco Borges, al poeta José María Eguren que le presentó un amigo en común, e incluso citó un verso suyo. El escritor peruano, sin poder disimular su asombro y admiración ante el maestro de una vida entre libros, casi encarnación de la literatura, observa los arreglos de su habitación donde destacaba una Orden del Sol en el grado de Comendador otorgada por el Gobierno peruano, y los pocos tratados de su biblioteca personal. Quizá, como afirma Alberto Manguel en su libro “Con Borges”, los invitados a su casa esperaban hallar infinidad de volúmenes, pero su propia biblioteca era poco menos que un desencanto porque el genio argentino sabía que el lenguaje bien podía simular la sabiduría.
En la entrada de la sala dedicada al político hay una franja con las tres escaleras y se puede leer: “Mario Vargas Llosa. Presidente 90. Movimiento Fredemo, el gran cambio”; y dentro se escucha la emisión continua del discurso del entonces candidato en plena campaña contra la estatización de la banca; un cartel de las elecciones de 1990 invita a una reunión para el “Domingo 4 de junio a las 12 m. en la Plaza de Armas”, y en una vitrina se puede ver el manuscrito de despedida al haber perdido las elecciones, fechado el 10 de julio del 90, titulado: “Encuentro por la libertad”; asimismo: un sello enorme con la estampa de su rostro, tarjetas personales, cartas destinadas al candidato con anotaciones del personal de correo: “Por favor anotar la dirección”, solo con el nombre del escritor, junto a un cuadernillo con el programa de gobierno del Frente Democrático.

Una instalación divide ambos corredores ante la extensa fotografía que Félix Nakamura tomara en el bar “La Catedral” cuando se acababa de publicar la novela “Conversación en La Catedral” en una visita que hizo Vargas Llosa al bar, allá por 1969. Se puede ver una reproducción de la famosa taberna, acompañada de la lectura de la novela.

En las salas referentes al académico, se emite continuamente los discursos del autor ante la incorporación a la Academia de la Lengua, y la cesión de Honoris Causa de parte de algunas universidades; y en la del cinéfilo, una escena del film “El Jaguar” en edición rusa basada en la novela “La ciudad y los perros”.

Al entrar en la sala del dramaturgo, uno ve los afiches de adaptaciones teatrales de sus obras escenificadas por casi medio centenar de compañías de todo el mundo. Desde “La señorita de Tacna” hasta la representación de las “Mil y una noches”; pero lo que me conmovió fue escuchar la confesión de parte que le hace en una entrevista al director Luis Peirano acerca de la obra teatral “Kathie y el hipopótamo”, en cierto modo una ‘continuación’ de “Conversación en La Catedral”, diez años después. Ocurrió que el novelista en una etapa difícil se ganaba la vida como negro literario para una mujer que precisaba de un escriba.

Ella tenía las imágenes pero no las palabras, y fue donde ‘Zavalita’ con su mediocre, oscura y rutinaria cotidianidad de ser un fracasado periodista del montón, y encontró el trabajo perfecto que le permitió ganarse la vida por un tiempo. Él, que tenía ciertas lecturas, claridad intelectual, recuerdos de ideales abandonados, va haciendo añadidos a la historia gris de Kathie, y ambos transforman la realidad de sus vidas una o dos horas cada día. En esa confesión encontré a un alter ego del novelista, y sentí que en determinado momento de su vida se creyó extraviado por el fracaso como escriba a pesar de una riqueza interior y quizá por el contrarresto de su edad, ya que el personaje era un hombre adulto, al que la vida no le había ofrecido prácticamente nada cual ajuste de cuentas.

Recordé las cartas que le dirigió por aquel entonces a Abelardo Oquendo cuando Mario confesaba que para evitar la reflexión y el suicidio se dedicaba a trabajar a fondo y solo salía del hotel para comer (la carta que pude leer de Julio Cortázar hacia Mario daba cuenta casi de lo mismo). Dudando de haber abandonado por fin los ejercicios ridículos de adolescente, tenía la impresión de que si escribía como presentía, por fin sería un escritor. Y que si veía que todo era un espejismo, haría maletas, regresaría a Lima y no volvería a escribir una línea más en su vida.

Casi frente a la sala del político se divisan dos piezas contiguas, una con motivos selváticos, como la reproducción de una cabaña y donde se puede ver fotografías de las versiones cinematográficas de “Pantaleón y las visitadoras” y “La ciudad y los perros” en las cuales el escritor colaboró; y otra, la del héroe, a la que no se puede ingresar y que no es sino una representación de objetos que nunca pertenecieron al autor, como libros, un uniforme, una cama del colegio Leoncio Prado, la insignia con su fotografía, pero que son igual de significativos y memorables.

Vargas Llosa, en la inauguración, expresó con nostalgia que los libros tienen la propiedad de llevar al lector a otra realidad, y que el lograr ello es lo más hermoso del acto de escribir. Y que una exposición así solo consagra a los muertos. Declaró que hay anotaciones de cuando no pensaba que su vida se iba a definir por los libros. Pero lo que me hizo vibrar de emoción fue que, luego de apreciar en un pequeño hall un hermoso mosaico las reproducciones de las portadas de nada menos que ciento cincuenta y cinco ediciones de sus obras en diferentes idiomas, tras un cristal me encontré con un verdadero tesoro para mí: más de veinte libros de los más grandes maestros de la novela.

Ello no saldría fuera de lo común si no estuviera resaltado con anotaciones, comentarios y calificaciones del escritor de “La guerra del fin del mundo” en las últimas páginas, así como algunos escritos de su puño y letra, pues ellos me transmitieron el secreto y la clave. Ahí estaba el verdadero tesoro del cual tomé única nota y, qué duda cabe, no contaré hoy.

(*) La muestra permanecerá hasta el 30 de octubre. El horario es de lunes a domingo, de 11 a.m. a 7 p.m., y el ingreso es libre.


José Antonio GURPEGUI/ Ballard. Milagros de vida. Una autobiografía


Ballard. Milagros de vida. Una autobiografía
Por José Antonio GURPEGUI

“Esto es kafkiano”; incluso quien nunca ha oído hablar de El Proceso ni de Joseph K. conoce esta expresión. Y es que la cosmología literaria está plagada de expresiones y términos que han trascendido el ámbito cultural. Esto ha ocurrido –sin la repercusión de Kafka– con el británico J. G. Ballard (Shangai, 1930), cuyo apellido adjetiva un tipo de situaciones o expresiones artísticas entre surrealistas, kafkianas, conceptualmente experimentalistas, futuristas y escabrosas. En el momento de escribir esta reseña aparecen en Google 47.200 entradas referentes a “ballardian” y la creciente popularidad del término motivó su inclusión en la última edición del diccionario Collins.

La aportación novedosa de J. G. Ballard a la historia de la literatura tiene que ver con la ciencia ficción, pero no según el modelo tradicional del género, sino presentando hipotéticas situaciones increíbles e inquietantes, como en su primera novela, El mundo sumergido (1962), que narra cómo sería la vida en laTierra cuando se derritan las masas polares, o en El mundo de cristal (1966), en la que África se está cristalizando. El término “ballardiano” adquirirá plena categoría con su escabrosa y polémica Crash (1973), llevada al cine por David Cronenberg en 1996. Y, sin embargo, no debe su popularidad a la ciencia ficción, sino a la versión cinematográfica que Spielberg hizo en 1987 de su novela autobiográfica El imperio del sol (1984).

Y de El imperio del sol habla en esta autobiografía, Milagros de vida (2008), recién publicada y escrita a lo largo de 2007, al poco de serle diagnosticado un cáncer de próstata. Las 236 páginas de la obra pudieran parecer escasas para una vida tan rica e intensa como la de Ballard, y en ellas rememora sus años de infancia en Shangai, su internamiento en un campo de concentración japonés durante la II Guerra Mundial, el retorno a una Inglaterra destrozada tras la guerra, los fracasados años de estudiante en colegios de prestigio; su vocación literaria, la vida familiar, la traumática muerte de su esposa, o la gloria literaria… Éstos son algunos de los temas tratados en este volumen y, siendo importantes, tal vez sean aún más interesantes las páginas relativas a la literatura. Pero también tiene esta autobiografía otras bondades que merece la pena resaltar. La primera es su prosa, ágil y amena, que se traduce en una lectura fácil y entretenida.

Encontramos también alguna que otra referencia a España, la más importante la relativa a la dolorosa e inesperada muerte de su esposa estando en San Juan y el posterior funeral en el cementerio protestante de Alicante. También aparece Sevilla, y encontramos referencias a Buñuel y sobre todo a Dalí; conviene recordar que España le resulta un territorio familiar que recrea en Noches de cocaína (1996), ambientada en una decrépita Costa del Sol. Y, por último, también hace gala de un excelente sentido del humor británico: así, por ejemplo, cuando decide abandonar sus estudios de medicina para convertirse en escritor, su padre “decidió que debía estudiar literatura inglesa, la peor preparación posible para la carrera de escritor, algo que posiblemente él ya se había imaginado. […] la fantasía inglesa rayaba la extravagancia. Eso me planteó unos problemas que tardaría años en resolver.” (pág. 132-133).

Ya he mencionado cómo, aunque El imperio del sol no sea su obra más representativa, sí es la más popular, y a los años de la infancia referidos en la novela dedica todo el Libro Primero. La principal alteración en la obra de ficción respecto a la realidad la encontramos en la exclusión de sus padres en la novela, y aquí nos explica los motivos: “Me pareció que era más fiel a la verdad psicológica y emocional de los acontecimientos convertir a ‘Jim’ en un huérfano de guerra.” (pág. 78). Volverá más adelante sobre el tema, al explicar cómo “no me parecía que tuviera sentido inventarme un niño ficticio cuando disponía de uno: mi yo de la infancia” (pág. 212). Las reflexiones del joven protagonista resultan ahora mucho más reales, y los meses de internamiento en el campo de concentración resultaron la mejor escuela que pudo tener; “La cárcel, que tanto recluye a los adultos, ofrece oportunidades ilimitadas a la imaginación de un adolescente” (pág. 102).

Como ya se ha anticipado, los pasajes de contenido literario resultan especialmente interesantes, sobre todo para entender cuáles eran sus inquietudes artísticas y cómo se perfila su conciencia e intereses narrativos. Respecto a Crash, la novela que probablemente superará la insobornable prueba temporal, escribe: “Crash no es tanto una oda a la muerte como un intento por aplacar a la muerte, por sobornar al verdugo que nos espera a todos en un silencioso jardín, … se desarrolla en un punto en el que el sexo y la muerte confluyen, aunque el gráfico resulte difícil de interpretar y se reajuste constantemente”.(pág. 206). Y tal vez sea al referirse a la ciencia ficción donde resulta intelectualmente más inquietante en una singular reflexión: “Entonces pensaba, y lo sigo pensando, que en muchos aspectos la ciencia ficción era la auténtica literatura del siglo XX, con una enorme influencia en el cine, la televisión, la publicidad, y el diseño de consumo. Actualmente la ciencia ficción es el único rincón en el que sobrevive el futuro, del mismo modo que los dramas de época televisivos son el único rincón en el que sobrevive el pasado” (pág. 167-168).

Se reafirma en las que fueron las dos influencias definitivas en su formación como escritor; primero sus años de estudiante de medicina, “Casi sesenta años después, sigo pensando que los dos años que estudié anatomía se cuentan entre los más importantes de mi vida” (pág. 126) y también el psicoanálisis: “Creía firmemente, y lo sigo haciendo, que los psicoanalistas y los surrealistas eran la llave para alcanzar la verdad sobre la existencia y la personalidad humana, y también una llave para conocerme a mí mismo (pág. 119). Conociendo su corpus literario no sorprende su admiración por las disciplinas mencionadas, pero sí resulta cuestionable que critique a autores como “Greene, Huxley… etc., demasiado ingleses…. me valía de los escritores estadounidenses y europeos… Hemingway, Dos Passos… etc. Probablemente fue una pérdida de tiempo total” (pág. 118) y treinta páginas más adelante leemos: “Los escritores de la llamada narrativa de ficción seria compartían un rasgo dominante: su narrativa trataba ante todo de ellos mismos… pero ahora tenía un poderoso rival… Por encima de todo, el género de la ciencia ficción tenía una enorme vitalidad” (pág. 146). Una sorprendente apreciación, no tanto por su contenido, sino por que quien así se expresa es un autor que debe su popularidad a una novela autobiográfica.

Salpicados entre recuerdos y reflexiones, también encuentra Ballard espacio para incluir emocionadas referencias a sus seres más queridos ahora que se sabe enfermo, y entre todas destaca el guiño complaciente y bonachón que lanza a sus nietos y que revela su actual estado de ánimo: “No cabe duda de que los nietos hacen desaparecer el miedo a la muerte” (pág. 232).


J. G. Ballard Traducción de Ignacio Gómez Calvo. Mondadori. Barcelona, 2008. 240 páginas, 19,90 euros

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Primero capítulo escogido

1 - LLEGADA A SHANGHAI (1930)

Nací en el Hospital General de Shanghai el 15 de noviembre de 1930, tras un parto difícil que a mi madre, de constitución delgada y caderas finas, le gustaría describirme años más tarde, como si aquello revelara algo sobre la desconsideración del mundo. Mientras cenábamos solía decirme que mi cabeza se había deformado mucho durante el parto, y creo que en su opinión ese detalle explicaba en parte mi carácter rebelde en la adolescencia y la juventud (un amigo médico dice que no hay nada extraordinario en ese tipo de parto). Mi hermana Margaret, que vino al mundo en septiembre de 1937, nació por cesárea, pero nunca oí a mi madre decir que aquello tuviera mayor envergadura.

Vivíamos en el 31 de Amherst Avenue, en la zona residencial del oeste de Shanghai, unos setecientos metros más allá del límite de la Colonia Internacional, pero dentro de la zona más amplia controlada por la policía de Shanghai. La casa sigue en pie, y en 1991, cuando visité Shanghai por última vez, era la biblioteca del Instituto Nacional de Electrónica. La Colonia Internacional, a lo largo de cuyo límite sur se encontraba la Concesión Francesa que casi la igualaba en tamaño, se extendía desde el Bund, la hilera de bancos, hoteles y empresas que daban al río Huangpu a lo largo de casi ocho kilómetros en dirección al oeste. Prácticamente todos los grandes almacenes, restaurantes, cines, emisoras y clubes nocturnos se encontraban en la Colonia Internacional, mientras que las fábricas estaban situadas en grandes zonas periféricas de Shanghai. Los cinco millones de habitantes chinos tenían libre acceso a la colonia, y la mayoría de las personas que veía por las calles eran chinas. Creo que había unos cincuenta mil extranjeros: británicos, franceses, estadounidenses, alemanes, italianos, suizos y japoneses, y un gran número de rusos blancos y refugiados judíos.

Shanghai no era una colonia británica, como cree la mayoría de la gente, y no tenía nada que ver con Hong Kong o Singapur, ciudades que visité antes y después de la guerra y que parecían poco más que fondeaderos para barcos cañoneros, bases de reabastecimiento para el ejército en lugar de vibrantes centros comerciales, y que dependían demasiado de la ginebra con angostura y los brindis por el rey. Shanghai era una de las ciudades más grandes del mundo, como lo sigue siendo ahora, en un noventa por ciento china y cien por cien americanizada. Las estrafalarias exhibiciones publicitarias- tengo grabada en la memoria la guardia de honor compuesta por cincuenta jorobados chinos a las puertas del estreno de la película El jorobado de Notre Dame- formaban parte de la realidad cotidiana de la ciudad, aunque a veces me pregunto si el elemento del que carecía la ciudad era precisamente la realidad cotidiana.

Con sus periódicos en todos los idiomas y sus montones de emisoras de radio, Shanghai era una ciudad mediática adelantada a su época, considerada el París de Oriente y la "ciudad más pecaminosa del mundo", aunque de niño yo no sabía nada de sus miles de bares y burdeles. El capitalismo sin límites recorría llamativamente las calles llenas de mendigos que exhibían sus llagas y heridas. Shanghai era importante a nivel comercial y político, y durante muchos años fue la base principal del Partido Comunista Chino. En los años veinte se produjeron encarnizadas batallas callejeras entre los comunistas y las fuerzas del Kuomintang de Chiang Kai-chek, seguidas en los años treinta por frecuentes atentados terroristas con bombas, que apenas debían de resultar audibles con la música de fondo de los interminables clubes nocturnos, las exhibiciones de acrobacias aéreas y el lucro implacable. Entretanto, los camiones del Ayuntamiento de Shanghai recorrían a diario las calles recogiendo los cientos de cuerpos de indigentes chinos que morían de inanición en las aceras de la ciudad, las más duras del mundo. Las fiestas, el cólera y la viruela coexistían de algún modo con los trayectos de un niño inglés en el Buick familiar hasta la piscina del club de campo. El intenso dolor de oídos que provocaba el agua contaminada se veía aliviado por las ilimitadas Coca-Colas y los helados, y por la promesa de que el chófer pararía de vuelta a Amherst Avenue para comprar los últimos cómics estadounidenses.

Cuando vuelvo la vista atrás y pienso en la educación de mis hijos en Shepperton, me doy cuenta de la cantidad de cosas que tuve que asimilar y digerir. En cada paseo en coche que daba por Shanghai, sentado con la niñera rusa Vera (supuestamente para evitar un intento de secuestro por parte del chófer, aunque no me imagino hasta qué punto aquella quisquillosa joven se habría arriesgado por mí), veía algo extraño y misterioso, pero me parecía normal. Creo que esa era la única forma posible de ver el caleidoscopio radiante y a la vez sangriento que era Shanghai: prósperos hombres de negocios chinos deteniéndose en Bubbling Well Road a saborear un dedal de sangre extraída del pescuezo de un ganso furioso atado a un poste de teléfono; jóvenes gángsters chinos vestidos con trajes estadounidenses dando una paliza a un tendero; mendigos peleándose por sus sitios; hermosas camareras rusas sonriendo a los transeúntes (me preguntaba qué tales niñeras serían comparadas con la hosca Vera, que controlaba malhumoradamente mi mente hiperactiva).

No obstante, Shanghai me parecía un lugar mágico, una fantasía autogeneradora capaz de dejar muy atrás mi tierna mente. Siempre había algo raro e incongruente que ver: unos grandes fuegos artificiales que celebraban la apertura de un nuevo club nocturno mientras los carros blindados de la policía de Shanghai embestían contra una multitud vociferante de obreros amotinados; la legión de prostitutas con abrigos de piel situadas en el exterior del Hotel Park, "esperando a unos amigos", según me decía Vera. Las cloacas desembocaban en el hediondo río Huangpu, y toda la ciudad apestaba miles de vendedores de comida china. En la Concesión Francesa, los enormes tranvías atravesaban las multitudes a toda velocidad y con gran estruendo, haciendo sonar sus campanas. Todo era posible, y se podía comprar y vender de todo. Hoy parece un decorado en muchos aspectos, pero en su día era real, y creo que una parte de mis obras de ficción han constituido un intento por evocarla a través de otros medios aparte de la memoria.

Sin embargo, al mismo tiempo, la vida de Shanghai tenía un lado estrictamente formal: los banquetes de boda en el Club Francés, en los que yo hacía de paje y probé los canapés de queso por primera vez, que me parecieron tan asquerosos que pensé que había pillado una terrible enfermedad nueva. En el hipódromo de Shanghai se celebraban carreras de caballos, y todo el mundo se vestía de etiqueta, mientras que en la embajada británica del Bund se organizaban diversas reuniones patrióticas, acontecimientos muy formales que conllevaban horas de espera y que por poco me volvían loco. Mis padres organizaban cenas de afectada solemnidad en las que todos los invitados probablemente estaban borrachos y normalmente concluían para mí cuando un alegre colega de mi padre me encontraba escondido detrás de un sofá, escuchando conversaciones que no esperaba entender.

-Edna, hay un polizonte a bordo…

Mi madre me habló de una recepción celebrada a principios de los años treinta en la que me presentaron a la señora Sun Yat-sen, la viuda del hombre que derrocó a los manchúes y se convirtió en el primer presidente de China. Sin embargo, creo que mis padres probablemente preferían a su hermana, la señora de Chiang Kai-chek, buena amiga de Estados Unidos y de las grandes empresas estadounidenses. Mi madre era entonces una hermosa joven de treinta y tantos años y una figura popular en el club de campo. En una ocasión fue elegida por votación la mujer mejor vestida de Shanghai, pero no estoy seguro de si ella se lo tomaba como un cumplido o si realmente disfrutó del tiempo que pasó en Shanghai (aproximadamente de 1930 a 1948). Años más tarde, cuando ya había cumplido los sesenta, se aficionó a los viajes en avión de larga distancia y visitó Singapur, Bali y Hong Kong, pero no volvió a Shanghai.

-Es una ciudad industrial -explicó, como si de ese modo zanjara el tema.

Sospecho que a mi padre, con su pasión por H.G. Wells y su confianza en la ciencia moderna como salvadora de la humanidad, le gustaba mucho más Shanghai. Siempre decía al chófer que redujera la velocidad cuando pasábamos por los lugares importantes de la ciudad: el Instituto Radiológico, donde se curaba el cáncer; la enorme finca de los Hardoon, en el centro de la Colonia Internacional, creada por un magnate inmobiliario iraquí al que un adivino había dicho que se moriría si dejaba de edificar, y que había seguido construyendo complejos pabellones por todo Shanghai, muchos de los cuales eran edificios sin puertas ni interior. Un día, en medio del caos del tráfico del Bund, señaló a "Dos Pistolas" Cohen, el entonces famoso guardaespaldas de los caudillos chinos, y yo miré con asombro infantil un gran coche estadounidense con hombres armados apostados en los estribos, al estilo de Chicago. Antes de la guerra mi padre solía llevarme al otro lado del río Huangpu, a la fábrica que su empresa tenía en la orilla oriental; todavía recuerdo el espantoso ruido de las naves de hilado y tejido, los cientos de telares enormes vigilados por adolescentes chinas, preparadas para detener la máquina si se rompía un solo hilo. Hacía mucho tiempo que aquellas campesinas chinas se habían quedado sordas por el estrépito, pero eran el único apoyo con que contaban sus familias, y mi padre abrió una escuela al lado de la fábrica en el que las chicas analfabetas podían aprender a leer y escribir y tener alguna posibilidad de convertirse en oficinistas.

Aquello me impresionaba mucho, y meditaba largo y tendido en el viaje de vuelta hacia el otro lado del río, mientras el transbordador evitaba las decenas de cadáveres de chinos cuyos empobrecidos familiares no podían permitirse un ataúd y los arrojaban a las aguas residuales en el desagüe de Nantao. Adornados con flores de papel, los cuerpos se movían a la deriva de un lado a otro mientras el ajetreado tráfico fluvial de los sampanes motorizados se abría camino a través de la bamboleante regata.

Shanghai era extravagante pero cruel. Incluso antes de la invasión japonesa de 1937, cientos de miles de campesinos chinos desarraigados se vieron atraídos por la ciudad. Pocos encontraron trabajo, y ninguno encontró caridad. En aquella época anterior a la aparición de los antibióticos, había oleadas de epidemias de cólera, fiebre tifoidea y viruela, pero de algún modo sobrevivimos, en parte porque nuestros diez criados vivían en la finca (en unas dependencias del servicio que eran el doble de grandes que mi casa de Shepperton). El ingente consumo de alcohol puede que ejerciera una función profiláctica; años más tarde, mi madre me dijo que varios empleados ingleses de mi padre bebían sin parar durante la jornada laboral en la oficina y seguían bebiendo hasta la noche. Aun así, yo contraje la disentería amébica y pasé unas largas semanas en el Hospital General de Shanghai.

En conjunto, estaba bien protegido, habida cuenta de los temores a que fuera secuestrado. Mi padre estaba involucrado en disputas laborales con los líderes sindicalistas comunistas, y mi madre creía que lo habían amenazado de muerte. Supongo que llegó a algún tipo de arreglo con ellos, pero guardaba una pistola automática entre sus camisas en el armario de una habitación, y yo la encontré a su debido tiempo. A menudo me quedaba sentado en la cama de mi madre con la pequeña arma cargada, desenfundando como los pistoleros y apuntando a mi reflejo en el espejo de cuerpo entero. Tuve la suerte de no dispararme y la sensatez de no alardear delante de mis amigos del Catedral School.

Pasábamos los veranos en el centro turístico costero de Tsingtao, al norte, lejos del calor atroz y el hedor de Shanghai. Los maridos se quedaban en la ciudad, y sus jóvenes esposas se lo pasaban en grande con los oficiales de la Marina Británica que estaban de permiso. Hay una fotografía en la que aparece una docena de mujeres vestidas elegantemente, todas ellas sentadas en una silla de mimbre y con un oficial bronceado sonriendo radiantemente detrás de ellas. ¿Quiénes eran los cazadores y quiénes los trofeos?

Articulo:
http://www.elcultural.es 19/09/2008

Danilo SANCHEZ LIHON/Lucero del Alba


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Sobre Azul@rte:
http://revistaliterariaazularte.blogspot.com/search?q=Danilo+S%C3%81NCHEZ+LIH%C3%93N


Lucero del Alba
Por Danilo Sánchez Lihón

1. Aparece una estrella en el firmamento

– ¡Ya se fundó el Colegio en Santiago!

Fue la exclamación que pronunció mi padre cuando un buen día llegó acesante hasta el portón de entrada de nuestra casa, con voz que la rapidez de la subida por las calles empinadas habían agitado, o la emoción y el júbilo que le embargaba:
– ¡Ya tenemos Colegio Secundario en Santiago de Chuco! –volvió a decir con su mirada dulce en que se empozaban las lágrimas.

Cuando le interrogamos más con los ojos, explicó:
– ¡Así se quedarán los jóvenes en nuestro pueblo sin tener que salir a otras ciudades! ¡Ya no arrancaremos con tanto dolor de nuestro costado!
– ¿Y cómo se consiguió? –preguntamos para conciliar con emoción profunda le embargara.
– Es obra de Romeo Solís, Carlos Barbarán y Andrés Camino. ¡Es un gran logro!
– ¿Pero será cierto? –intervino mamá– ¡Porque tantas veces han dicho que ya se fundaba!
– Si es cierto. Ya llegó la Resolución. Habrá Secundaria en nuestro pueblo.

¿Qué había sucedido? Que ese día llegó a Santiago de Chuco la Resolución Ministerial 1461, del 19 de febrero del año 1954, mediante la cual se autorizaba el funcionamiento del Colegio Particular Mixto Santiago el Mayor para el primer ciclo de Educación Secundaria.

El proyecto había sido alentado día a día por dos entrañables amigos, Romeo Solís y Carlos Barbarán y apoyado decididamente por el joven juez Andrés Camino Carranza, hijo del ilustre hombre de letras trujillano, Carlos Camino Calderón.


2. Parecían pertenecer a otra esfera y eso nos dolía e inquietaba

Culminaba así la hazaña y proeza abrigada y acunada generación tras generación por muchos santiaguinos, soñada y anhelada por todos los senderos y atajos, en todos los poyos y fogones; porque los hijos antes se desgajaban del seno materno para ir a estudiar a Trujillo volviendo meses después añorantes y desvelados.

De allí que fue un día memorable cuando el 1 de abril de aquel año el colegio, inicialmente llamado Santiago el Mayor, abría sus puertas con 57 alumnos, 45 de los cuales eran varones y 12 eran mujeres, y se echaba a funcionar en la casa de la familia Santa María Calderón al pie del campanario. Inaugurar la Educación Secundaria en Santiago de Chuco, significó una transformación total de la vida de la provincia.

Porque antes, por ejemplo, cuando yo estudiaba Tercer Año de la Educación Primaria en la escuela 271, sentíamos admiración por aquellos que ya cursaban el Cuarto y Quinto de ese mismo nivel educativo, a quienes veíamos diferentes, desconocidos, transformados.

Eran completamente distintos los que hasta hace poco fueron chiquillos, quienes de un momento a otro cambiaban hasta en la manera de hablar, de estar de pie, de sentarse; hasta de jugar. Había en ellos un signo que hasta nos excluía. Otros temas y asuntos los embargaban. Parecían pertenecer a otra esfera y eso nos inquietaba para rápidamente llegar a esos grados en que ellos ya se desenvolvían.


3. Seres de otra categoría, de fábula y leyenda

De allí que cuando nos tocó cursar cuarto año de estudios del nivel primario sentíamos cómo los niños de menor edad y grado nos miraban, con enorme admiración y respeto, chiquilines que seguramente nos veían tal cual nosotros habíamos sentido antes, ver a los que nos precedían como futuros candidatos a ir a estudiar en un colegio de la costa, a orillas del mar, en la capital del departamento.

Porque las alternativas que se abrían al terminar la educación primaria eran: viajar a Trujillo a seguir estudiando para los que podían. Para quienes les era inaccesible pero eran aguerridos, la opción era irse a trabajar a Chimbote en la pesca.

La tercera disyuntiva era quedarse, que correspondía a los más humildes, pero ya en un rol y oficio de hombres hechos y derechos, aspecto que también otorgaba autoridad a quienes las exigencias de la vida les imponía asumir esos retos inaplazables.
Por eso, cuando en el mes de abril del año 1954 se dio apertura al Colegio Particular Mixto de Educación Secundaria Santiago el Mayor, nosotros pasamos a ser ojos y oídos extasiados.

¿De qué? De lo que acontecía entre esos muchachos mayores, apenas unos años más que nosotros, que modestamente seguíamos en la Educación Primaria y que por un golpe de encanto pasaban ellos a ser como seres de otra categoría, es más: de fábula y ficción.


4. Trazos de tiza que la lluvia compasiva no borraba

Así por ejemplo, de un momento a otro nos quedábamos con la boca abierta cuando en las piedras y hasta en los muros de las paredes aparecían trazadas unas curvas y ángulos salpicados de números. Dentro y fuera de dichas figuras, de círculos y líneas que los atravesaban, fórmulas y ecuaciones cuyos nombres aprendíamos y repetíamos como talismanes o como dijes en nuestros sueños.

A veces sus artífices se inclinaban caritativos hasta el nivel precario en que permanecíamos nosotros para decirnos que tales fórmulas mágicas se denominaban: raíces cuadradas, teoremas, hipotenusas.

Y, si estábamos mirándolos, mientras estudiaban esos muchachos bajo los faroles de la luz eléctrica, nos alelaba la manera tan fluida de cómo comprobaban entusiastamente la exactitud de una ley física o la fórmula cabalística de una composición química, dejándonos hechizados en una especie de sortilegio.

Fórmulas que se quedaban para siempre trazadas en la superficie seca de una piedra de la calle, que día a día nos acercábamos a mirarla como si de allí brotase una luz nueva.

Trazos de tiza que ni la lluvia, compasiva de nuestra ignorancia, borraba para calmar así la fiebre de nuestra pobre y zarandeada cabeza que no podía comprender la razón o sinrazón, el sentimiento o la ausencia de pasión de aquellos enigmas.


5. Un reino que los dotaba de una nobleza y poder inusitados

Los nombres de las materias y disciplinas eran otras tantas provocaciones a nuestra fantasía; algo peor que los nombres de los países extranjeros; o de los lugares exóticos de que hablan los mitos, o de realidades lindantes con lo divino de que nos habla lo místico.

Eran presencias casi mágicas y, sin duda, llena de vericuetos, de sitios intrincados pero también otros llanos y pródigos como son los pueblos, las ciudades y los planetas insólitos. Así, nótese en esta nómina de materias de las cuales jamás habíamos escuchado hablar antes y, sobre todo, imagínense la situación en que nos ponían al invadir abruptamente nuestra vida cotidiana: ¡álgebra, química, geometría, trigonometría!

Así pues eran asuntos, temas y contenidos a los cuales nosotros no estábamos acostumbrados. Aquello era lo que embargaba a esos jóvenes que no eran sino nuestros primos y hasta hermanos; pero que para nosotros de un momento a otro se habían hecho gente instalada en la estratósfera, ¡de un reino envidiable que los dotaba de una nobleza y un poder inusitados!


6. La fascinación de que ese podía ser también el curso de nuestro destino


Reinaba un nuevo espíritu y hasta las rutinas cambiaron.

La insignia del colegio era la cruz roja de cuatro aspas iluminada sobre un fondo amarillo de finos y severos bordes negros. Lucía no solo en el declive de sus hombros sino que fulguraba hasta en el telón interior de nuestros sueños.

La escolta del plantel secundario cuando marchaba portando sus estandartes era estupenda. Los partidos de fútbol que disputaba el Colegio era impresionantes, tanto el orden de las damas y los varones que alentaban a su equipo desde las tribunas con lemas dichos a coro, cuanto por los goles que se anotaban.

Todo enfervorizaba no solo por la belleza de las señoritas, o por el entusiasmo que ponían, o por la compostura dentro de sus uniformes de blusa blanca y falda azul marino, sino porque nos presentaba la fascinación de que ése podía ser también el curso que podía seguir nuestro destino.

Y, pese a que no éramos estudiantes secundarios todos nos convertimos en adherentes y fanáticos acérrimos admiradores de "nuestro" colegio, el primero en fundarse en el ámbito de toda la provincia. Nos invadía un orgullo profundo y hasta un sentimiento sublime al contemplarlos.


7. El anhelo de forjar una realidad mejor, no soñándola ilusamente

Todo en ellos era noble y exacto. En la calle una emoción profunda nos embargaba al ver pasar a aquel alumnado en formación hacia cualquier actividad. En las mujeres la manera compuesta en que lucían el uniforme, el guardapolvo que llevaban en el brazo. En los varones la corbata que llevaban puesta. La boina o cristina doblada al cinto. Los brazaletes en torno al brazo de quienes eran brigadieres.

Y es que el colegio sabía lo que representaba en cuanto a las aspiraciones más hondas y conscientes de todo un pueblo.

De allí que verlo verlos avanzar con paso marcial en cualquier parada militar era excelso. En primer lugar, nunca pensábamos que se pudiera desfilar en columnas y líneas tan parejas y perfectas y, en segundo lugar, poder hacerlo con tanto denuedo, convicción y virtud en el alma.

Otra faceta la presentaban los profesores, pertenecientes a una generación brillante de maestros, a un estilo de ser de hombres que anteponían a todo sus ideales, su anhelo de forjar una realidad mejor, no soñándola ilusamente sino haciéndola con sus manos y concretando con su esfuerzo obras de cultura que a la luz del tiempo y del recuerdo resultan memorables.


8. Todo el genio y la raza de esos cerros, ríos y lagunas

Pronto el colegio "Santiago el Mayor" se convirtió en un ejemplo en muchos órdenes de cosas. Y, pese a que era un proyecto particular y una sociedad anónima, para fundar la cual hubo necesariamente que contar con el aporte de capital que hiciera efectiva su instalación, sin embargo y desde el principio primó una concepción magistral visionaria de parte de sus tres fundadores.

La concibieron como una obra cultural, por un lado. Jamás como un proyecto lucrativo, tanto que cuando se nacionalizó el año 1958 en una actitud generosa y desprendida donaron todo el patrimonio al flamante colegio nacional.

Pero no solo eso sino que lo idearon como un proyecto inserto en el contexto social, imbricado a la realidad local y regional, diseñando un colegio representativo de las aspiraciones más auténticas y valiosas de toda la región.

Aquel era el primer colegio secundario de todo el ámbito provincial, al cual pronto vendrían a estudiar jóvenes desde Angasmarca, Mollepata, Mollebamba, Cachicadán, Citabamba, Quiruvilca y de todos los pueblos aledaños del ámbito de la provincia.

Fue mágica la presencia de los jóvenes en las actuaciones, en las efemérides, en los desfiles. Muchachas y muchachos que traían todo el genio y la raza –delicada e inabarcable– de esos cerros, ríos y lagunas.


9. La luna se oculta y vuelve a aparecer por el horizonte

Eso fue así. De tal modo que el mundo entero se sentía identificado con el colegio, hecho que se alcanzaba a lograr por esa capacidad de transparencia, sinceridad y sabia ponderación para recoger y hacer que aflore lo mejor de cada cual, actitud que era política institucional de parte de sus promotores.

Esa misma visión se puso de manifiesto en la conformación de la plana docente del flamante centro educativo, para lo cual no se dejó a nadie que lo mereciese fuera de una convocatoria amplia y generosa.

Tanto es así que el cura como el juez, el policía como el ingeniero, el militar como el economista, el agrónomo como el médico que trabajaban en las diversas dependencias, así como los profesionales y maestros más destacados en ésta o la otra especialidad, pasaron a conformar la plana docente del Colegio Particular Mixto Santiago el Mayor.

Aquello constituye un ejemplo que es importante tenerlo en cuenta a fin de corregir toda situación en la cual se vician los proyectos. Hay que hacer que de ellos participen no solo un círculo de allegados, empobreciendo toda gestión y deteriorando los diversos campos de actividad, sino toda persona.

Las estaciones se suceden, la tierra da vueltas, la luna se oculta y vuelve a salir por el horizonte una y otra vez, tantas que uno no se da cuenta de cómo el tiempo avanza. Así pronto estuve yo matriculado y asistiendo al Colegio Santiago el Mayor, como estudiante del primer año de la Educación Secundaria.


10. Traer piedras grandes, así como árboles recién derribados

Cuando ingresé, dos años después de fundado el Colegio, ya se habían acondicionado las habitaciones haciéndolas salones, construido carpetas y sillas, aún no habían mesas o pupitres para los profesores pero sí pizarras y una nutrida biblioteca.

Correspondió a la etapa en que yo ingresé hacer algo que no tenía: ¡el patio! En dicho objetivo tuvimos que levantar un terraplén interior, trazar una acequia y nivelar el terreno frente al amplio corredor del primer y segundo piso.

Para conseguirlo teníamos que traer piedras desde algunos sitios donde las había, y también plantar postes para el alumbrado. Con ese fin varias veces descendimos hasta la hondonada del río, por el Estadio Municipal para abajo, para traer piedras grandes, así como árboles recién derribados.

Trabajábamos por secciones o aulas, siendo entonces una competencia de fuerza y valor, cuando después de tomar un lonche apresurado en nuestras casas salíamos a encontrarnos en una esquina de la plaza, sitio de agrupamiento que habíamos fijado con el profesor encargado de guiarnos.


11. Y arropados con nuestras voces llenas de entusiasmo

Bajábamos al atardecer, casi a oscuras, hacia el lado profundo del río Patarata, al pie del estadio de fútbol, en donde se habían adquirido, o donde alguien había donado, árboles cuyas ramas teníamos que podar primero y luego, entre treinta o cuarenta muchachos, subirlos por la cuesta obstinada.

El cargar en nuestros hombros a esos dioses, resbalarnos en la tierra humedecida o en las hierbas, envueltos en los ruidos de los grillos y de los sapos que croaban a esas horas, a la luna y a las estrellas titubeantes me da la sensación y la idea y la visión de lo que para mí es un Colegio.

Y arropados con nuestras voces llenas de entusiasmo, de identificación entre nosotros mismos por las aventuras que corríamos, por las bromas y chistes que nos hacíamos entre compañeros.

Y así ganar casi rampando la cuesta, con el árbol creciendo hacia el cielo enternecido a partir de nuestros hombros ilusionados, me da la dimensión de lo que para nosotros era nuestro Colegio.


12. Grabado de modo indeleble en el alma

De noche entrábamos por las calles del pueblo cantando y haciendo hurras, paseando ese árbol todavía lagrimeante de savia de la tierra y aún con el rumor del viento y de los trinos de los pájaros en su corteza y en su tronco.

Llegábamos hasta nuestro local ya entrada la madrugada.

Nos abría el portón Quiterio Valencia, doctor en ingeniería pesquera graduado en Rusia, con quien habíamos estudiado en la escuela primaria y que ahora hacía de portero envuelto en un sacón impenitente y enrollado en una bufanda milenaria.

Un grupo de muchachas de nuestra sección, con algunas mamás, arropadas hasta el punto de no saber nosotros quiénes eran, nos esperaban con chocolate caliente, ¡yo no sé cómo hasta esa hora! y con panes y bizcochos desvelados.

Así, el privilegio de hacer uno mismo su propia morada educativa queda grabado de modo indeleble en el alma.


13. Hombro a hombro y pulso a pulso con mis compañeros

Nosotros hicimos nuestro propio colegio a pulso, a corazón pleno, con nuestros brazos y con nuestros sueños.

Era apasionante, por ejemplo, apisonar la tierra, coger el pico y la lampa; el lugar disparejo hacerlo llano, y encima de él erguirse para cantar el himno y saludar a la bandera.

Y como fue desde sus inicios un colegio mixto, es decir de chicos y chicas, ellas llenaban ese otro universo: el de la mujer, con sus secretos, sus labores singulares, sus miradas misteriosas, algunas que hasta ahora no descifro, sus rubores, sus candores, sus ingenuos y puros amores, marcando profundamente nuestras vivencias de adolescentes.

Así pues yo tuve la suerte infinita de estudiar haciendo mi propio colegio, con mis propias manos y con mis propios ideales. Mejor aún: hombro a hombro y pulso a pulso con mis compañeros, nuestros maestros y, aún mejor, con la gente esperanzada de mi pueblo.


14. Cumbres gélidas, punas extasiadas y valles ubérrimos

No nos habíamos dado cuenta pero había una tensión subyacente en el cuerpo directivo, cual era que el Colegio no tenía autorización para el funcionamiento de los grados superiores, de Cuarto y Quinto año.

Para solucionar esta situación el presidente de la Asociación de Padres de Familia, don Enrique Bocanegra, conjuntamente con el fundador y director del plantel, profesor Romeo Solís y Secundino Malca, viajaron a Lima para gestionar esa ampliación.

Producto del empeño de esa comitiva fue obtener la Resolución Ministerial de extensión al segundo ciclo y algo verdaderamente trascendental: la nacionalización del colegio con el nombre de César A. Vallejo, hecho que se efectivizó el año 1958.

De ese modo se constituía la primera institución educativa estatal de nivel secundario de toda la provincia, jurisdicción que abarcaba 3,337 kilómetros cuadrados, apenas diez veces menos pequeña que un país como Suiza de enorme gravitación histórica, social y económica no solo en Europa sino en el mundo.

El ámbito de nuestra provincia abarcaba quebradas de encanto, haciendas prósperas, legendarios asientos mineros, ríos ásperos y turbulentos, cumbres gélidas, punas extasiadas y valles ubérrimos.


15. Como el trigo de las lomas y el valle tupido de rosas y margaritas

El año 1958 significó una afluencia entusiasta y fascinada de estudiantes de los diversos distritos, caseríos, anexos y poblados, hecho que transformó la ciudad donde se veían ahora familias íntegras ingresando en sus cabalgaduras, con sus atuendos y vestimentas, con sus acémilas, monturas y aperos.

Bien los matriculados eran mozos de las minas de Quiruvilca, muchachos de las haciendas de Uningambal, Angasmarca o Calipuy, jovencitas de Citabamba a orillas del río Marañón, selva lejana y ya recóndita. De todos los lugares vinieron atraídas por la luz del saber.

En las casas, sea de la abuela sea de algunas tías, se empezaron a recibir a esos jóvenes pensionistas, quienes traían sus costumbres, sus historias, sus relatos, sus mitos, sus visiones del mundo como también sus acaeceres. Sus gozos como sus penas. También sus encomiendas con provisión de comidas que compartían con nosotros. Pero sobre todo su limpidez de altura, su candor, su ternura y su amor ferviente.

Niñas como flores fragantes de los campos; luz de abril, frescas como el trigo de las lomas y el valle tupido de rosas y margaritas.

El sueño de la gente de muchos lugares era pensar en Santiago de Chuco, en donde permanecían sus hijos. Y estando allí sentíamos que esas ilusiones nos atravesaban, nos encumbraban, haciéndonos nítidos y transparentes.


16. Ellos arrojaban sus gorras, sus bufandas, y hasta sus chompas

Hubieron delegaciones memorables en el tiempo en que yo cursé los cinco años de la educación secundaria. Tales fueron la del Colegio San Nicolás de Huamachuco y el San Juan de Trujillo. Pero entre todas ellas fue inolvidable la visita del Colegio Andrés Avelino Rázuri de San Pedro de Lloc, en septiembre del año 1956.

Se programaron actividades culturales, sociales, artísticas, deportivas y recreacionales. La presencia del Rázuri cambió el prejuicio que teníamos acerca de los jóvenes de la costa. ¡Qué distinción en el trato de aquellos muchachos, su don de gentes, su facilidad de palabra, el respeto y la cordura. ¿Se podía ser así siendo aún jóvenes! Estábamos deslumbrados.

Su preparación en los deportes era arrolladora, bajo la dirección de su profesor Carlos Maradiegue Aste. Tanto que nuestros equipos de básquetbol y fútbol, imbatibles en la provincia, solo atinaban a defenderse y tenían que hacer esfuerzos sobrehumanos y dejar el alma en tierra a fin de contenerlos.

Los despedimos una noche de guitarras en que había una multitud en la esquina del Hotel Santa María en donde doblan los ómnibus. Todo nuestro colegio voceaba sus nombres, uno por uno. Y ellos desde el ómnibus saludaban con las manos y los brazos.

Pero luego arrojaban sus gorras, sus bufandas, sus chompas que en el entusiasmo nuestras compañeras se desesperaban por cogerlas como tesoros invalorables. Cuando el ómnibus se alejó muchas lágrimas habían en las pupilas y me figuro que esos muchachos igual lloraban encogidos dentro de aquel ómnibus.


17. El ídolo era César Vallejo y el eje el compromiso social

Me tocó en suerte en aquellos años ver a una juventud seria, noble y enérgica, imbuida de ideales. Con aficiones por las ciencias y la literatura. En mi sección no había prueba en donde varios, casi niños, no disputaran la calificación de 20, en todas las materias.

Se cultivaba el ejercicio del pensamiento, del razonamiento, la lógica y oratoria. Los líderes eran jóvenes que destacaban como brillantes polemistas, disertadores y poetas.

A la hora del recreo en el patio se hacían círculos en donde se debatía sobre temas de actualidad y filosofía. Siempre la palabra lo tenían los estudiantes de los grados superiores. Nuestro ídolo en todo era César Vallejo y el eje de todo razonamiento el compromiso social. Y en lo que tocaba a nuestros propios destinos solo avizorábamos nuestra realización en el campo del espíritu.

Mucho de aquella actitud era el resultado del magisterio de jóvenes profesores santiaguinos que habían egresado de la Universidad Nacional de Trujillo, quienes inculcaban amor por el arte, la vida heroica y la identidad con nuestro pueblo.

Con Luis Santa María, hoy abogado, juez e importante erudito, director además de una importante revista de tema santiaguino, fundamos un periódico que se llamó El Parroquiano, donde me cupo escribir los editoriales siendo el primero un enjuiciamiento a la apertura del cinema municipal, su eficiencia, puntualidad y programación.


18. Piso una roca muy firme bajo mis pies. Esa roca es mi colegio

Me correspondió ser presidente de mi promoción el año 1959. Hicimos múltiples actividades para donar una biblioteca a nuestro plantel, propósito que lo logramos.

Después de la fiesta de de fin de año me despedí para venir a postular a la Facultad de Letras de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Hacerlo parecía un atrevimiento como egresado de un colegio de provincia recién fundado.

Cuando mi hermano pasó por la Casona del Parque Universitario para ver los resultados, saliendo de la Facultad de Medicina de San Fernando donde estudiaba, caminó luego hasta el correo central y puso un telegrama dándole a mis padres la buena nueva de que ocupaba el primer puesto en la lista de ingresantes en aquella vitrina.

Eran cerca de las siete de la noche y ya cerraban la oficina de correos en Santiago de Chuco. La noticia antes de llegar a mi casa se esparció por el pueblo. Cuenta mi madre que al recibir el telegrama mi padre ya se estaba acostando. Se levantó, se puso su mejor camisa blanca, su corbata y bajó a la plaza. ¡Él que no celebraba nada, ni siquiera su cumpleaños!

Encontró allí reunidos ya a mis profesores en torno de la pileta y su chorro de agua, quienes ya habían comprado una docena de avellanas que se elevaban con sus luces chispeantes haciendo luego retumbar el cielo con el estallido de la bombarda. En mi vida he tenido que afrontar muchas pruebas. Siempre he sentido que pisaba una roca muy firme bajo mis pies. ¡Esa roca es mi colegio!

Texto que puede ser reproducido citando la fuente

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Ilustración: David LEVINE - https://www.nybooks.com/

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