samedi 24 novembre 2007

Luisa CORRADINI/ Entrevista con Henning MANKELL



Entrevista con Henning Mankell
"El crimen sirve para ver lo que está pasando en la sociedad"
Por Luisa Corradini

Es el escritor sueco de mayor éxito internacional. Vive la mitad del año en Mozambique y ha vendido casi veinte millones de ejemplares de sus libros, traducidos a cuarenta idiomas. Con sus historias protagonizadas por el inspector Wallander refundó la novela negra. En esta entrevista habla de su vida y de los mecanismos que impulsan su escritura

Después de August Strindberg, pocos escritores suecos han tenido en el mundo el éxito de Henning Mankell. Muy pocos también han escrito tanto como él. Entre cuentos para niños, obras de teatro y novelas, ese nórdico macizo y cálido, que vive mitad del año en su país y mitad en Mozambique, ha producido entre 30 y 40 libros, y vendido casi 20 millones de ejemplares en 40 idiomas. Hace 16 años, cuando creó al inspector Kurt Wallander, nunca imaginó la celebridad planetaria que alcanzaría ese policía divorciado, lacónico, diabético, alcohólico, indeciso y gris. Cuando en 2000 Mankell lo jubiló para reemplazarlo por su hija Linda, Wallander se vendía mejor que Harry Potter en Alemania y encabezaba los rankings editoriales en Brasil.

Sin embargo, no le digan a Henning Mankell que escribe novelas policiales. En una entrevista exclusiva en Gotemburgo, ciudad situada a orillas del Mar del Norte en la que pasó parte de su adolescencia y donde tiene una de sus casas, Mankell explicó a LA NACION que su objetivo es mucho más ambicioso que el de describir simpáticas abuelitas con estiletes escondidos en los mangos de sus paraguas. "Mi trabajo se inscribe en la tradición de los antiguos griegos. El crimen sirve para ver lo que está pasando en la sociedad. Jamás podría escribir una simple historia policial. Con cada libro intento hablar de un problema social en particular", dice durante un almuerzo frugal que acompaña, invariablemente, con una copa de excelente bordeaux.

Para Mankell, la mejor historia de crimen de la humanidad es Macbeth : "Una terrible alegoría sobre la tendencia corruptora del poder". Además de los griegos y de Shakespeare, sus modelos son Georges Simenon y, sobre todo, John Le Carré. "Le Carré tampoco escribe sobre espionaje. Como los griegos, en su obra investiga las contradicciones que agitan al hombre, a los hombres entre ellos, y al hombre y la sociedad. Yo intento hacer lo mismo", asegura.

En una decena de títulos, Wallander ha investigado el tráfico de órganos, la criminalidad política, la proliferación de sectas, la trata de blancas, los problemas de la juventud. Más recientemente, en El retorno del profesor de baile (2000), novela policial que no pertenece al ciclo del famoso inspector, Mankell se adentra en el pasado pronazi de una parte de la población sueca en tiempos de Hitler. Uno de los personajes clave de esa novela vive en la Argentina.

Wallander -y ahora Linda- trabajan en la comisaría de Ystad, un pequeño puerto del sudoeste de Suecia. Los casos que los ocupan se desarrollan invariablemente en hermosos escenarios boscosos, pastorales o bucólicos, donde el clima siempre tiene un papel central. Hay veladas de verano, animados cafés, casas aisladas y apacibles, lagos color de estaño, rutas vacías, cielos despejados y amaneceres con nieve en siniestras playas de estacionamiento. "La nieve. Nieve, frío y oscuridad. Esos son mis primeros recuerdos", confiesa el escritor.

Henning Mankell nació en Estocolmo en 1948, pero creció en Härjedalen, en el centro del país, donde su padre instaló la familia después de su divorcio. Mankell tenía apenas un año cuando, resume, "mi madre hizo lo que hacen muchos hombres: se fue". El juez Ivar Mankell se mudó con Henning, su hermana Helena y la abuela. El niño no volvió a ver a su madre hasta los 15 años. Cuando por fin se reencontraron en un restaurante de Estocolmo, las primeras palabras de ella fueron: "Estoy resfriada".

Hoy Mankell reconoce que el desgarramiento de ese abandono lo marcó para siempre. "Suelo preguntarles a mis mujeres si perciben el sentimiento de orfandad que hay en mí. Pero dicen que no." Mankell estuvo casado cuatro veces y tiene cuatro hijos. Eva, su actual mujer "y la última" -directora de teatro como él-, es hija del realizador Ingmar Bergman, muerto en julio pasado.

-Con Eva tenemos una relación única. ¿Cómo decirlo? Cada día que pasa agradecemos habernos encontrado. Ambos sabemos que iremos juntos hasta el final. Que nos tendremos de la mano cuando todo acabe.

-Y Bergman, ¿le enseñó algo o ya sabía todo antes de conocerlo?
-Eramos amigos antes de que yo conociera a Eva. Con él hablábamos de dos cosas: de cine (sobre todo mirábamos sus películas en su casa de la isla de Farö, donde solíamos pasar los veranos) y del mundo. Bergman era un hombre fascinante a quien extraño enormemente.

Como sucede en las películas de su suegro, la entrada en escena en los libros de Mankell tiene siempre algo de sorprendente, en el límite del surrealismo. En El hombre sonriente (1994), un conductor percibe una silla en medio de la ruta con un maniquí sentado encima. En Los perros de Riga (1992), una pequeña embarcación deriva por las aguas grises del Báltico; en el interior hay dos cadáveres entrelazados y muy bien vestidos.

Lo que caracteriza sobre todo al detective Wallander es que pasa la vida dentro de su auto reflexionando, perplejo, sobre el futuro de su país y de Europa. Esa cuestión merece su absoluta atención. Nada se le escapa. Wallander se interroga sobre los cambios sociológicos de Suecia, transformada en un país incomprensible, norteamericanizado, expuesto a la gran delincuencia internacional. Un país que pierde su identidad y su estabilidad, que ha dejado de estar al abrigo de escándalos políticos o atentados perpetrados por fanáticos. Para Wallander -pero sobre todo para Mankell-, el modelo social sueco es simplemente un mito. "Aquello en lo que habían creído, lo que habían construido, se había revelado menos sólido que lo previsto. Habían creído construir una casa cuando solo habían elevado un monumento a la gloria de valores ya superados, prácticamente olvidados. Hoy, Suecia se derrumbaba en torno a ellos como una gigantesca estantería", escribe en La falsa pista (1995).

El talento de Mankell consiste en crear ambientes tan fascinantes como los de Simenon, con la misma sobriedad de medios. Es capaz de describir con la misma facilidad una terminal de ferry, una casa vacía antes de una catástrofe o el malestar que aqueja a un gran burgués. Mankell practica un estilo de ironía helada, particular, a mitad de camino entre lo británico y lo francés. Sus diálogos son despojados, límpidos. Inútil esperar tórridas escenas de sexo o acciones vertiginosas. Como buen autor de obras de teatro, sus textos están impecablemente organizados en capítulos y concentrados en escenas. Comparados con él, los escritores estadounidenses son desordenados y verborrágicos. A Mankell le bastan unas pocas imágenes austeras y algunas descripciones panorámicas para sugerir la tragedia latente en una vida.

-¿Con qué criterio decide los temas de sus libros? ¿Cómo los escoge?
-Viviendo. Sin embargo, no basta que un tema me parezca interesante para que pueda escribir sobre él. Un libro es siempre la respuesta a un interrogante. Un tema tiene que inquietarme, necesito estar movido por la curiosidad, por la incomprensión, para poder escribir. Por eso, desde que decido sobre qué voy a trabajar y el momento de la escritura, la preparación representa el 75 por ciento del tiempo.

-Usted escribe novelas, obras teatrales y policiales. ¿Cuándo elige uno u otro género?
-Siempre depende del tema. Hay cosas que solo se pueden decir con una pieza de teatro o con una novela.

-¿Por esa razón creó a Wallander?
-Así es. En determinado momento comprendí que el trabajo de un policía era la mejor manera de explicar ciertas desviaciones de la sociedad moderna.

-¿Por qué retirarlo en pleno éxito?
-Porque no quise correr el riesgo de aburrirme, de despertarme un día lamentando tener que sentarme a escribir. Hay que saber cuándo poner un punto final a las cosas.

Los textos de Mankell sobre el trabajo de Kurt Wallander nunca son brillantes, fáciles o livianos, pero esa lentitud analítica es formidablemente eficaz para comprender una soledad, una sociedad en crisis, un país enfermo de su evolución. En El hombre sonriente , Mankell usa, a guisa de prólogo, una cita de Alexis de Tocqueville: "Lo que hay que temer no es tanto la inmoralidad de los grandes, sino la inmoralidad que conduce a la grandeza". Para él, esa máxima es hoy más actual que nunca.

Desde los seis años, cuando gracias a esa abuela comenzó a escribir, Henning Mankell no quiso hacer otra cosa. A partir de aquel momento, su vida se organizó en torno a esa imperiosa necesidad que lo llevó a devorar cuanto libro cayó en sus manos. Dejó la escuela a los 16 años. Viajó a París, adonde llegó en 1954, "con unos pocos francos en el bolsillo y un terrible dolor de dientes", y se quedó un año reparando clarinetes. De regreso a Suecia, se embarcó fugazmente en un buque de carga. Pero nunca dejó de escribir. A los 18 años ya había escrito dos piezas de teatro que fueron representadas en Estocolmo, y a los 20, una primera novela sobre la lucha de la clase obrera. Desde entonces, Mankell considera el teatro como su segunda casa: "Es el mismo trabajo que con las palabras, solo que uno lo hace con gente", reconoce.

Desde hace 20 años, Mankell pasa la mitad de sutiempo en Mozambique donde dirige el Teatro Avenida y una troupe de 40 personas, a quienes jamás consiguió "hacer comenzar un ensayo a la hora prevista". Muchos de sus libros están ambientados en África. En La leona blanca (1993), un asesinato conduce a Wallander a investigar un complot contra el presidente sudafricano Nelson Mandela. En Cortafuegos (1998), unos delincuentes tiran los hilos de una macabra maquinación desde Luanda.

Mankell ha escrito sobre África otras excelentes novelas y piezas de teatro que no tienen nada que ver con Wallander. Comedia infantil (1995) cuenta la historia de un niño en las calles de Maputo durante la guerra civil; El hijo del viento describe el encuentro de un niño de Namibia con la sociedad sueca del siglo XIX; Antílopes es una obra de teatro donde una pareja de funcionarios internacionales hace un balance aterrador de los once años pasados en un país africano. En esos casos, con un estilo feroz que se sitúa en las antípodas de sus policiales, Mankell denuncia el colonialismo pseudohumanista de los europeos. En sus últimas novelas, plantea crudamente también el drama de los inmigrantes ilegales en Europa

-¿Qué lo atrae de África?
-No hay nada de romanticismo en esa elección. Vivir en África me ha convertido en un mejor europeo. Después de tantos años sigo poniéndome furioso cuando escucho a los occidentales hablar de ese continente. Todos saben cómo mueren los africanos, pero nadie sabe cómo viven. No estaría mal que África invadiera Europa, como lo hizo América Latina en los años 60.

Digno representante de la juventud sueca (y europea) de fines de los años 60, Henning Mankell decidió que salvaría el mundo y, hasta hoy, no ha renunciado a ese objetivo. En los últimos años fundó y financia en Mozambique organizaciones de ayuda a los niños sin techo y a las víctimas del sida. Su proyecto, bautizado "Los libros de la memoria", alienta a los adultos enfermos a escribir la historia de sus vidas para dejarlas a sus hijos. "Quizás, en 500 años, esos libros serán una preciosa ayuda para la construcción de la memoria africana", afirma. En 2001, también creó en Estocolmo su propia casa editorial: para sus libros y "para publicar autores del Tercer Mundo que, de otra manera, nunca llegarían a existir".

-En Tea bag, una de sus novelas más irónicas, un escritor tiene que lidiar con dos personajes divertidísimos, al borde del autismo: su editor, incapaz de escuchar lo que él le dice, y su madre, una extravagante que tampoco le presta ninguna atención. ¿Fue acaso una alusión directa a su antiguo editor y a su propia madre?
-A mi madre no. Con ella tuve siempre una relación de enfrentamiento abierto. Más bien diría que me inspiré en la madre de Eva, la bailarina Ellen Lundström [segunda esposa de Bergman], que ya murió.

-¿Y el editor?
[Se ríe] - Algo así.
-Desencantado, alocohólico y triste, Wallander no parece tener nada que ver con usted.
-Wallander y yo tenemos solo dos puntos en común: compartimos la misma pasión por Maria Callas y la misma actitud calvinista, obsesiva, por el trabajo. Pero Wallander es, en realidad, la imagen del sueco medio. Probablemente en ello resida su éxito: cada sueco se vio en algún momento reflejado en él.

-Hablando de su obsesión por el trabajo, ¿es tan así? ¿Es verdad que usted no concibe su vida sin la escritura?
-Es verdad.

-Leí una vez que suele compararse con el colibrí que, según los indígenas, no puede dejar de volar porque, si se detiene, se muere.
-Sí, se podría decir que soy como el colibrí de la mitología indígena. Yo vine al mundo para contar historias. El día que ya no pueda hacerlo, seguramente moriré.


Articulo:
http://adncultura.lanacion.com.ar 24/11/2007

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